Melodía de amor

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Summary

Ella soñaba con ser una gran cantante, pero más que eso, anhelaba sentir las emociones que solo podía imaginar en cada letra que convertía en poesía. Él...él ya era una estrella, un integrante de la banda latina más famosa de todos los tiempos. Su vida podía decirse que estaba en su completa plenitud, pero para cada persona siempre hay un pequeño vacío en medio de la grandeza. Él no sabía qué era eso que necesitaba, y no esperó conocerlo de una forma tan peculiar. Una melodía guío sus pasos en el mismo sentido. Justo ahí comenzarían a escribir las líneas de su historia de amor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

¿Cómo cantarle al amor cuando nunca lo has conocido? ¿Cómo crear poesías sobre un sentimiento que nunca ha estado en tu vida?


Yo era esa persona poeta que le cantaba a eso que solo estaba en mi imaginación. Componía versos inspirados en lo que creía que podía sentir un corazón enamorado. Letras y melodías bonitas eran las que salían de mi mente, mas no de mi alma. Esa sensación, quizás de vacío, era lo que no lograba convencerme por completo cada vez que terminaba una canción.


Quería más, quería sentirlo, deseaba vivirlo, y de tanto pedirlo en silencio, se me concedió. La magia que le faltaba a mis melodías fue atraída hacia mí en un soplo de inspiración.


《Me enamoré…

De la sonrisa que casualmente encontré.

Del Sol brillando en sus ojos color café.

No lo busqué no lo esperé, simplemente lo hallé》


La sonrisa de emoción surcó mis labios mientras terminaba de grabar el verso que se me ocurrió de pronto; siempre era muy precavida de agarrar las musas en el aire y guardar la inspiración que me traían en la grabadora de mi celular. Llevaba el teléfono en una mano y una malteada de chocolate en la otra, saliendo emocionada de mi cafetería favorita. Acababa de encontrar el coro perfecto para la nueva canción que estaba componiendo, y apenas terminé de cantar reproduje la grabación para escucharla en los audífonos de cintillo que llevaba en mi cabeza.


El día estaba hermoso, con un Sol radiante haciendo lucir los colores de la mañana. El aire fresco mecía las hojas de los árboles en las orillas de las aseras, de la misma forma movía mi cabello suelto. Las calles no estaban muy transcurridas, perfectas para cantar en solitaria paz.


Comencé a tararear la melodía con la imprudencia de cerrar mis ojos; era inevitable, cuando se trataba de música el mundo exterior perdía mi atención. Ese era mi peor defecto, ya mi mamá me había regañado de mil maneras por mi manía de andar por la vida con los audífonos a todo volumen como si fuese un ser inmortal.


Verdaderamente no sé cómo aún no he muerto atropellada por un carro.


Desgraciadamente siempre hay una primera vez. No choqué contra un carro, pero sí contra algo que pondría mi vida a dar más vueltas que un vehículo a toda velocidad.


Fue tan rápido que no tuve tiempo de apartarme cuando ya había chocado de frente con una persona. Un cuerpo con la dureza de un muro de concreto. Mi vaso de malteada terminó derramado encima de ese alguien, y la enorme mancha marrón en su blanca camisa fue lo primero que vieron mis ojos impactados.


La melodía de mi voz aún sonaba en mis oídos mientras mi mirada viajaba de forma lenta y ascendente, pasando por el pecho, luego el cuello, y finalmente el rostro de aquella persona. Era un chico, uno tan lindo que era imposible no quedarse admirando su rostro.


Traía una gorra que cubría un poco su cara, pero aún así pude detallar sus rasgos. Tenía un mentón marcado, labios carnosos y simétricos, nariz perfilada, cejas rectas y anchas, ojos rasgados en una forma gatuna con pestañas largas y tupidas.


Andar por la calle con un rostro así debería ser ilegal, definitivamente.


—I'm sorry—fue lo primero que dije luego de forzarme a salir de mi ensoñación. Quité enseguida mis audífonos dejándolos en mi cuello y recibiendo en mis oídos los sonidos de la ruidosa calle.


Quise decir otras palabras de disculpas pero solo balbuceaba cosas incoherentes, pensar en inglés no era mi fuerte, menos cuando estaba nerviosa. Pero acababa de chocar con un desconocido en plenas calles de Miami, se suponía que debía usar ese idioma aún tan enredado para mí.


—Don't worry, everything is fine.


¡Oh Dios! Su voz era tan dulce y cálida, podía comprarla con una taza de chocolate caliente en una noche helada. Cuando lo escuché volví a sentirme realmente culpable por el desastre que acababa de causar.


—¿Por qué soy tan torpe? La próxima vez me pondré un cartel delante que diga peligro. Pobre niño, le arruiné su bonita camisa—murmuré regañándome a mí misma, pero me sorprendí en cuanto escuché una risita ronca. Más avergonzada aún lo miré con exagerada sorpresa—. ¿Hablas español?


—Lo suficiente para decir que con un cartel en frente los tropezones serán más seguidos. Ah, y gracias por lo de la camisa bonita—una divertida y torcida sonrisa adornó su rostro.


Si había una forma de quedar todavía más en ridículo, mi estúpida boca lo había conseguido diciendo idioteces mientras pensaba que él no me entendería.


Ese chico parecía más divertido que enojado. Su rostro tenía la sonrisa de un niño que veía algo muy gracioso delante, de la misma forma que sus ojos cafés me observaran con una curiosidad rara.


—Bueno, al menos en español me puedo disculpar mejor—sonreí nerviosamente.


—Y yo lo repito en español. No te preocupes, la camiseta tiene reemplazo, no has arruinado nada—habló de nuevo con una tranquila voz—. Si vamos a buscar culpables entonces yo también lo soy. Choqué por distraerme con una voz muy bonita.


—¿Me-Me escuchaste?—tragué en seco abriendo más mis ojos.


—Sí, y déjame decirte que tienes una voz hermosa. Pensé que estaba escuchado alguna cantante.


—Ojalá—murmuré y cuando volví a verlo sus ojos me observaban curiosos—. Es que…en realidad amo la música, por eso venía tan entretenida del café en donde…


Mis palabras fueron muriendo cuando me dí cuenta de algo. ¡Claro! ¡La cafetería! Ese era mi sitio favorito y podía invitarlo a tomar algo como forma de redimirme por el accidente que causé.


—¿Sabes una cosa? Se me acaba de ocurrir una manera de disculparme por esto.


—Pensé que ya habías dejado de sentirte culpable. Esto no…


—De ninguna forma. Mi educación me obliga a disculparme con un desconocido después de semejante torpeza—dictaminé.


—¿Un desconocido?—su rostro se volvió de sorpresa y la curiosidad con la que me veía se acrecentó— ¿De esa forma me ves?


Fruncí mi entrecejo completamente confundida con la pregunta.


—Eso eres, ¿no?–dije algo titubeante e intrigada.


Él me miró fijamente por un par de segundos. Sentía que sus ojos afilados casi me traspazaban. Al final sonrió de una manera lenta y sutil que no llegué a interpretar muy bien.


—Sí, eso soy—asintió suavemente.


—¿Entonces me dejas invitarte a tomar algo?


—Solo dime a dónde debo ir y te seguiré—afirmó dibujando después una sonrisa amplia que marcó un suave hoyuelo en su mejilla derecha.


Mis mejillas se pusieron tibias de la nada.


—Yo—me aclaré la garganta—, yo te guío—tomé su mano impulsivamente.


Sin poner resistencia él se dejó arrastrar por mí hasta las puertas de Harmony Delight; la cafetería en donde pasaba la mayor parte de mis días componiendo y cantando. Era un sitio especial para mí, se había convertido en un refugio donde me envolvía entre las melodías y letras de mis canciones en un ambiente tranquilo. Compartirlo con él significa más para mí que la propia malteada.


Cruzamos la puerta escuchando el sonido alegre de las campanas en la entrada anunciando la llegada de un nuevo cliente. La música que era habitual en este lugar nos recibió de inmediato.


El sitio no era muy grande, pero sí acogedor; sus paredes en tonos violetas tenían delicados dibujos de notas musicales en todo el alrededor. Las mesas eran de coloridos tonos pasteles, al igual que las baldosas grandes en el suelo. En el fondo resaltaba el pequeño escenario donde algunos nuevos cantantes hacían presentaciones los miércoles y sábados. El lugar tenía la mezcla perfecta entre deliciosa comida y música abrazando el ambiente.


—Es hermoso—alabó la voz del chico a mi lado, tomándome por sorpresa.


—¿Verdad que—me quedé a medias cuando voltee a verlo y noté que me miraba atentamente—. Vamos—retomé mi caminata hasta que ambos nos detuvimos en el mostrador de la cafetería.


—¿Tu de nuevo? Los clientes y yo ya estamos cansados de ver tu cara. Me veré obligado a poner tu foto en la entrada con un cartel de; "No pasar".


El "amable" empleado tras la barra, quien limpiaba un vaso de cristal mientras me veía con cara aburrida, era nada más y nada menos que mi mejor amigo; por eso su forma tan bonita y especial de tratarme.


—Muy gracioso—sonreí sarcástica—. Lamento informarte que no podrás hacer eso porque soy clienta fija. No quería decírtelo para no ofenderte pero…por mi tragas—alcé una ceja con arrogancia.


—No me simpatizas.


—Pero tu a mi sí, pa' que veas—agité mis pestañas sonriendo como niña. Él puso los ojos en blanco dejando el vaso en el mostrador—. Quiero hacer un pedido.


—¿Otro? ¿Si sabes que tanta azúcar hace daño? Vas a matar las pocas neuronas que te quedan.


—No es para mí—me defendí—. Es para él—señalé al chico de rizos negros quien nos veía con sus ojos bien abiertos.


De seguro estaba sorprendido y extrañado con la forma tan "bonita" en la que mi amigo y yo nos tratábamos. Ser consciente de eso me avergonzó un poco, no había dejado de parecer una loca ante sus ojos desde que cruzamos la primera palabra.


Mi amigo lo miró, dándose cuenta de su presencia. Por un momento ví algo extraño en su cara, como si analizara al muchacho rizado y al mismo tiempo estuviese tratando de recordar algo. Alterné mis ojos entre los dos extrañada.


—Una víctima de tus desastres por lo que veo—comentó mi amigo terminado de analizar la apariencia del chico. Este último soltó un discreto suspiro y rápidamente su cara dejó de estar tensa.


—Algo así—apreté mis dientes en una sonrisa incómoda—. La cosa es que quiero disculparme invitándole algo de esta cafetería—expliqué volviendo mi rostro a un lado para mirarlo—. Lo que él pida yo lo pagaré.


—No es necesario que lo pagues…


—No trates de convencerla, vas a perder—le advirtió mi amigo deteniendo su intento de negarse.


Él nos miró a ambos por un momento, finalmente dándose por vencido y asintiendo con una tierna sonrisa.


—Muy bien. ¿Qué vas a querer?—le preguntó agarrando su agendita para anotar.


—Bueno…—me miró pensativo—…creo que una malteada de chocolate sería lo más justo.


—Tienes razón—acotó mi amigo mientras anotaba—. Ahora la traigo—se alejó desapareciendo por la puerta de la cocina.


El chico rizado se volteó hacia mí con claras intenciones de decir algo, pero al momento en que su boca se abrió ligeramente mi teléfono comenzó a sonar. Escuché su risa a mi lado y de inmediato me avergoncé al deducir el por qué de ella; mi tono de llamada con la canción de My little pony, resultado de una apuesta con mi hermano.


Sonreí para excusarme con él antes de contestar.


—¡¿Dónde estás?!—casi se me cae el teléfono cuando escuché el grito de mi mamá al otro lado de la línea.


—Estoy en la cafetería mami. ¿Qué pasa?—hablé casi en susurros, dándole una sonrisa nerviosa al chico confundido junto a mi.


—Tu papá estaba arreglando la llave del fregadero, resbaló con una esponja y la tubería disparó agua. El agua le cayó encima a Mecal, se asustó y se trepó al árbol del frente. Tu hermano quiso bajarla y se cayó de cabeza. Ahora él y tú papá tienen dos tremendos chichones en la frente, y tu porquería de gata sigue maullando en la punta del árbol haciendo un espectáculo que todos los vecinos del condominio están viendo—ella fue aumentando el tono de su voz con cada palabra, hasta que al final casi terminaba gritando.


Ay no, definitivamente sonaba a algo que solo podía pasar en mi caótica familia.


—¡Le voy a lanzar una pedrá a la gata esa!—escuché de fondo el grito de quien identifiqué como mi hermano.


—¡Que se haga el loco y yo seré quien le lance una pedrá!—grité asustada, mirando con vergüenza como atraje muchas miradas—. Dile que lo que le haga a Mecal se lo voy a devolver cien veces peor—amenacé entre dientes.


Con mi niña nadie se metía.


—Entonces ven rápido y bájala de la mata a la que se subió.


—Ya voy para allá—le aseguré a mi mamá escuchando el pitido de la llamada siendo cortada.


Ahora tenía que pensar en cómo demonios iba a bajar a esa gata loca de ese árbol.


—Me tengo que ir, disculpa—le dije apenada guardando mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón.


—Pero, ¿tan rápido?


—Sí es que…hay un problema en mi casa. Nada grave pero tengo que resolverlo pronto.


—Tu…¿Estarás aquí algún otro día?


—Muy probablemente—aseguré con una sonrisa de labios cerrados—. Disfruta tu malteada, ¿si? Y nuevamente perdón por mi desastre—dejé el dinero para la malteada encima de la barra y dí media vuelta para irme muy de prisa.


Justo iba a cruzar la puerta cuando la voz del chico de rizos me hizo detenerme a mitad de camino.


—¡¿Cómo te llamas?!—exclamó cuando ya me había alejado de él.


—¡Melody!—grité de vuelta llegando a la puerta.


—¡Espera Melody!


Solté la manija y me giré expectante. Él se puso de pie acercándose de prisa hacia mí.


—Ay no…dime que no hice alguna otra bobada—pedí con temor a seguir haciendo torpezas.


Él volvió a sonreír de esa forma encantadora y algo traviesa.


—No—negó divertido—. Pero, ¿te cuento un secreto?—se acercó un poco teniendo que inclinarse a mi altura pequeña—. A veces no somos conscientes de las personas o mundos con los que sin querer chocamos.


Parpadee confundida y abrumada con su cercanía, con el olor de su perfume invadiendo mi nariz intensamente.


—¿Por qué…por qué lo dices?—murmuré viéndolo enderezarce.


—Solo estoy pensando que no estoy acostumbrado a este tipo de tropiezos.


—Por supuesto, no debe ser cosa del diario que te tienen una malteada encima—bromee y ambos compartimos una risa.


—No lo es, pero tu…—volvió a repasarme con los ojos—, tu eres diferente a mi cotidiano diario.


—¿Diferente en qué forma?—indagué y él se encogió de hombros con sus pupilas destellantes.


—En una muy buena—aseguró—. Espero tener el placer de encontrarte una vez más.


—Yo igual.


—Y la próxima vez yo invito las malteadas. Si no es que antes tropiezas con alguien más.


Reí mirándolo, mi mente ya daba daba vueltas con su presencia. Me pregunté; ¿Quién era este chico y por qué sentía que con él me abrubama una nueva melodía? Se sentía como la desconocida sensación que a mis canciones le faltaban.