La Primera Gota de Sangre
La niebla cubría las calles de Londres, como un manto pesado que ahogaba cualquier rastro de luz. Las farolas de gas parpadeaban en la oscuridad, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. En la fría madrugada de un octubre que prometía ser largo, la ciudad se mantenía en suspenso, esperando la próxima tragedia.
El primer cuerpo fue hallado en un callejón estrechado, en el mismo lugar donde ya se había hallado el anterior. El homicidio dejaba su huella: una brutalidad inexplicable, una perfección quirúrgica en los cortes, como si alguien que entendiera a fondo la anatomía humana estuviese detrás del cuchillo. Y esa exactitud era la que más impresionaba a todos los que se encontraban en los pasos de la policía.
El inspector Jane Clark llegó al lugar envuelto en su habitual abrigo negro, el cuello subido para resistir el viento húmedo que se colaba entre las ruinas del East End. A sus pies, el cadáver aún humeaba bajo la escasa protección de una manta sucia. El médico forense, temblando a pesar de sus guantes, murmuró:
—Mis disculpas, inspector… Es... es idéntico al anterior. Corte limpio, desde la clavícula hasta la cadera. Órganos extraídos sin romper tejidos principales. No hay señales de lucha.
Clark asintió, pero no dijo nada. Su mirada no estaba en el cuerpo, sino en la pared del callejón, donde una frase, escrita con lo que parecía sangre fresca, se desdibujaba entre los ladrillos húmedos:
“Cuando la luna se tiñe de sangre, la ciudad pagará sus pecados.”
—¿Cuándo fue la última luna roja? —preguntó en voz baja.
Una voz conocida respondió desde la penumbra.
—Hace tres noches. Y volverá en siete más.
Elijah Zornni, el afamado cirujano del Hospital Saint Bartholomew, emergió de la niebla con las manos enguantadas y el rostro más pálido de lo normal. Había sido convocado por la policía, como experto, pero Clark no podía evitar que su presencia le incomodara. Siempre llegaba antes de tiempo. Siempre sabía más de lo que decía.
—¿Qué opina usted de esto, doctor Zornni? —preguntó Clark, sin girarse.
—Es arte. Siniestro, pero arte. Cada corte ha evitado dañar lo innecesario. Es alguien que... ama lo que hace —dijo Zornni, y luego miró a Clark con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Cree que este asesino va a detenerse?
Clark se agachó junto al cadáver. Un objeto brillaba bajo el cuerpo: una moneda antigua, romana quizá, con una figura indistinta grabada en ella. La recogió con cuidado y sintió un escalofrío subirle por la espalda. No era solo una firma. Era una advertencia.
A lo lejos, las campanas de St. Dunstan comenzaron a sonar. Eran las tres. Y en ese mismo instante, el aire pareció tornarse más espeso, más pesado. Como si alguien —o algo— hubiese abierto una puerta que nunca debió abrirse.
—No —respondió Clark, aun
sosteniendo la moneda entre los dedos—. No va a detenerse. De hecho... creo que apenas está comenzando.








