Minoría

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Summary

Minoría es un poemario escrito desde los bordes, donde el alma no habla, pero arde. Cada página guarda una estación distinta de la melancolía, como si el tiempo se partiera en emociones y cada una tuviese su forma de llorar sin ruido. Aquí no hay trama. Hay permanencia. Prosas que respiran hondo, versos que se inclinan sin romperse, y una voz que escribe sin mirar al frente, como quien borda su historia sin atreverse aún a nombrarla. Este libro no se explica. Se siente. Y si alguna vez tu sombra te pesó más que el cuerpo, si alguna vez fuiste la última en la fila de ti misma, quizá aquí no encuentres consuelo, pero sí compañía. No es un libro. Es la forma más antigua que encontré para no rendirme.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Mi sonrisa no sabía del abismo

No recuerdo la primera vez que la tristeza se posó en mí.

Tal vez no llegó. Tal vez nació de mí.

Como si hubiese brotado del centro mismo de mis huesos,

sin que yo lo notara,

sin que nadie la anunciara.

Aprendí a convivir con ella sin palabras.

Se sentaba a mi lado en las tardes quietas,

y por las noches, era su mano la que sostenía mi cabeza

cuando no podía dormir.

Nunca fue cruel. Solo constante.

Nunca gritó, pero me hablaba en mi idioma más secreto.

No lloraba por ella. No podía.

Había una dignidad rota que me obligaba a sonreír ante los demás,

a beber el té con las buenas maneras intactas,

mientras por dentro me marchitaba

como las flores que nadie riega por olvido, no por maldad.

A veces, al cerrar los ojos, no pedía consuelo.

Solo silencio.

Un silencio en el que mi tristeza pudiera respirar sin esconderse,

sin pedir perdón por habitarme.

Y aunque nadie la ve,

vive en la forma en que me visto,

en cómo escribo,

en cómo respondo que estoy bien.

No es huésped.

No es sombra.

Es parte de mí.

Como una segunda piel,

como un nombre que nadie pronuncia,

pero que, al mirarme, todos intuyen.


I

Crecí sin quejarme,

como el árbol torcido

que aprendió a no pedir sol.

II

Aprendí a no hacer ruido,

pero el alma —en secreto—

seguía golpeando las paredes del pecho.


III

Callé tan bien,

que hubo días en los que ni yo

sabía si estaba.


Nunca supe en qué instante exacto la infancia me pasó de largo.

Algunos la describen como un campo abierto,

con risas que no piden permiso

y rodillas sucias de tanto caer.

En mi caso, todo fue distinto.

Había que sentarse bien,

caminar sin agitar los pasos,

comer sin ruido,

mirar sin sostener la mirada,

existir sin interrumpir el aire.


Mientras otros jugaban,

yo aprendía a leer gestos,

a interpretar silencios,

a corregir mi sombra si se alargaba demasiado en la sala.

No era tristeza. Era discreción.

No era represión. Era cortesía.

No preguntaba por miedo a parecer atrevida.

Y si alguna vez reí con fuerza,

me arrepentí enseguida.

Yo no fui niña.

Estaba demasiado ocupada aprendiendo a no incomodar.

Recitaba buenos modales como oraciones,

vestía con pulcritud sagrada,

y cultivaba esa invisibilidad decorosa

que tanto agradaba a los adultos.

Y aunque nadie me prohibió soñar,

entendí pronto que hacerlo en voz alta

era un acto de desobediencia.

Así fui creciendo.

No hacia la luz,

sino hacia adentro.

Como una raíz mansa,

enterrada antes de florecer.


IV

No me prohibieron soñar,

pero soñar en voz alta

era casi una falta.


V

Fui creciendo en voz baja,

como lo hacen las cosas

que temen ser vistas.