Mi sonrisa no sabía del abismo
No recuerdo la primera vez que la tristeza se posó en mí.
Tal vez no llegó. Tal vez nació de mí.
Como si hubiese brotado del centro mismo de mis huesos,
sin que yo lo notara,
sin que nadie la anunciara.
Aprendí a convivir con ella sin palabras.
Se sentaba a mi lado en las tardes quietas,
y por las noches, era su mano la que sostenía mi cabeza
cuando no podía dormir.
Nunca fue cruel. Solo constante.
Nunca gritó, pero me hablaba en mi idioma más secreto.
No lloraba por ella. No podía.
Había una dignidad rota que me obligaba a sonreír ante los demás,
a beber el té con las buenas maneras intactas,
mientras por dentro me marchitaba
como las flores que nadie riega por olvido, no por maldad.
A veces, al cerrar los ojos, no pedía consuelo.
Solo silencio.
Un silencio en el que mi tristeza pudiera respirar sin esconderse,
sin pedir perdón por habitarme.
Y aunque nadie la ve,
vive en la forma en que me visto,
en cómo escribo,
en cómo respondo que estoy bien.
No es huésped.
No es sombra.
Es parte de mí.
Como una segunda piel,
como un nombre que nadie pronuncia,
pero que, al mirarme, todos intuyen.
I
Crecí sin quejarme,
como el árbol torcido
que aprendió a no pedir sol.
II
Aprendí a no hacer ruido,
pero el alma —en secreto—
seguía golpeando las paredes del pecho.
III
Callé tan bien,
que hubo días en los que ni yo
sabía si estaba.
Nunca supe en qué instante exacto la infancia me pasó de largo.
Algunos la describen como un campo abierto,
con risas que no piden permiso
y rodillas sucias de tanto caer.
En mi caso, todo fue distinto.
Había que sentarse bien,
caminar sin agitar los pasos,
comer sin ruido,
mirar sin sostener la mirada,
existir sin interrumpir el aire.
Mientras otros jugaban,
yo aprendía a leer gestos,
a interpretar silencios,
a corregir mi sombra si se alargaba demasiado en la sala.
No era tristeza. Era discreción.
No era represión. Era cortesía.
No preguntaba por miedo a parecer atrevida.
Y si alguna vez reí con fuerza,
me arrepentí enseguida.
Yo no fui niña.
Estaba demasiado ocupada aprendiendo a no incomodar.
Recitaba buenos modales como oraciones,
vestía con pulcritud sagrada,
y cultivaba esa invisibilidad decorosa
que tanto agradaba a los adultos.
Y aunque nadie me prohibió soñar,
entendí pronto que hacerlo en voz alta
era un acto de desobediencia.
Así fui creciendo.
No hacia la luz,
sino hacia adentro.
Como una raíz mansa,
enterrada antes de florecer.
IV
No me prohibieron soñar,
pero soñar en voz alta
era casi una falta.
V
Fui creciendo en voz baja,
como lo hacen las cosas
que temen ser vistas.