Nuestro mundo imperfecto

Summary

🚧 Contenido maduro explícito 🚧 Soñé que un hombre me besaba y dormía conmigo. En un mundo donde la pasión y la aventura se entrelazan, Steven Grant, un joven y apasionado trabajador de museo, se cruza con Marc Spector, en un gimnasio, quien es un mercenario despiadado y misterioso. A medida que se conocen, su conexión se vuelve más intensa y su amor se convierte en una fuerza poderosa que desafía las adversidades. Y algunos sabemos que la adversidad en ocasiones se presenta bajo el nombre de Jake Lockley 😨 🚧 Contenido maduro explícito 🚧

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO I- PERSPECTIVA DE STEVEN



Soñé que un hombre me besaba y dormía conmigo, tal vez por eso me desperté a las 8:40 am, tarde. Muy tarde. Aún con los ojos entrecerrados intente buscar a aquel enigmático varón por toda mi habitación pero solo estaba yo, un joven solitario, que...

—tenía que estar en el museo a las 9:00 am! Dona me va a regañar de nuevo!—

Salté de la cama con una mezcla de pánico y resignación. Me repetía que no era falta de motivación porque en el fondo amo mi trabajo. Rodeado de artefactos antiguos y personas deseosas de aprender sobre mitología egipcia ese lugar es mi refugio donde puedo ser yo mismo. Pero la noche anterior como muchas otras tantas me había quedado absorto en la Ennead mi novela favorita de verdad la amo, es simplemente perfecta. La historia de romance entre una guerrera y una esclava ambientada en el antiguo Egipto aunque nadie lo sabe me siento conectado con esos personajes, con cada uno de ellos. Me dan algo que mi vida carece: emoción y compañía, no sentirme tan solitario cada día.

Frente al espejo mientras intentaba abotonar una camisa algo ajustada murmuré para mí mismo en voz baja —¡Hoy será un gran día para ti Steven! Tal vez conozca a alguien como Meth, la valiente guerrera egipcia y todo cambiará... aunque... sería mejor si despertaras a tiempo ¿no crees?, sin duda.—

El reflejo me devolvió una mirada llena de dudas pero no había tiempo para pensar más. —¡Adiós Gus!— me despedí rápidamente de mi pez dorado de una sola aleta ,el único compañero constante en mi vida. Tomé mi lonchera y salí corriendo.

Mientras trotaba hacia el museo una ráfaga de viento me recordó algo crucial: mi cabello desordenado. Esos rizos rebeldes tapaban mis ojos y aunque intenté domarlos con las manos sabía que mi apariencia dejaba mucho que desear , eso me molestaba en el fondo. Las miradas curiosas de los transeúntes me hacían sentir más consciente de mi desaliño produciendo una gran incomodidad en mi. —Tal vez Dona tenga un cepillo... aunque eso sería pedir demasiado— pensé acelerando el paso.

Al llegar al museo apenas crucé la puerta y fui recibido con el habitual tono crítico de Dona la administradora, aunque ya estaba acostumbrado a ello. —¡Steven! Otra vez tarde. Te di una semana libre para que aclararas tu mente y regresaras con energía pero son las 9:30. ¿Cómo esperas que maneje este lugar con empleados como tú? Eres un desastre mírate.—

—Lo siento el despertador Dona— balbuceé sintiéndome como un niño atrapado en medio de una travesura y muy apenado.

—Y ni siquiera te peinaste. Deja de balbucear y ¡Muévete al mostrador! Los dulces no se venderán solos— dijo con un gesto de fastidio mientras mascaba chicle y suspiraba alto.

—Si ya voy solo quería preguntar si tu... si... podrías prestarme un cepi...—

En ese momento Larry, el guardia de seguridad se acercó con una sonrisa burlona. —¿Qué pasó Steven? ¿Te fuiste un mes y volviste más... rellenito o me parece?—

Miré mi abdomen casi instantáneamente. Era cierto. La semana pasada había sido un festival de pasteles y café, con razón esa mañana había tenido dificultades para abotonar la camisa. —Una semana... Solo fue una semana...— respondí casi en un susurro aún más avergonzado.

—Es verdad Steven ¿Que te pasó?— preguntó Dona mientras seguía mascando su chicle con la misma indiferencia y molestia de siempre.

La vergüenza me invadió de nuevo y opté por guardar silencio. En el mostrador mientras organizaba los dulces mi mente vagaba entre pensamientos autocríticos y promesas de cambiar urgentemente. No soy alguien que se obsesione con su apariencia pero esa mañana algo en mí se había quebrado dándome aún más inseguridad de las que ya tenía.

Un sonido metálico interrumpió mi reflexión: monedas cayendo sobre el mostrador. Levanté la vista desconcertado y encontré a un hombre con boina que ocultaba parte de su rostro. Tenía una presencia extraña, intimidante, simplemente él no encajaba en el lugar.

—Oye niño ¿Piensas atenderme o seguirás lamentándote?— dijo con voz grave y algo molesto.

—Perdón señor solo estaba... meditando, en fin, ¿Va a llevar esa bolsita de caramelos?— pregunté intentando no tartamudear pero evidentemente nervioso. aquel hombre no respondió solo me dio la bolsa.

—Son... 15.50— murmuré tras escanear la bolsa con rapidez.

El hombre dejó un billete arrugado sobre el mostrador y me miró con intensidad. —Veras soy nuevo en la ciudad y ando buscando un guía de turistas que me muestre algunos rincones ya sabes... así que... si esta noche no estás tan ocupado meditando ven conmigo—.

—Que... ¿que dice? señor yo no soy un guiá de turista solo soy un vende regalos—.

—Uff... mira muchachito te estoy invitando a una cita vendré por ti esta noche y mas te vale que no me dejes plantado; se donde vives— dijo antes de marcharse con una sonrisa que no pude interpretar mientras tomaba sus dulces y se alejaba.

Me quedé en shock. ¿Era una broma? ¿Una amenaza? Mi corazón latía con fuerza y salí al balcón del museo para tomar aire. Necesitaba despejarme. Fue entonces cuando lo vi: un gimnasio justo enfrente.

—Quizá debería intentarlo...— me dije buscando algún propósito verdadero. Esa misma noche al salir del museo me inscribí.

El gimnasio era un lugar caótico: música estridente, risas, máquinas resonando. Me acerqué a la recepción donde una empleada visiblemente agotada me atendió con frialdad. —Hola buenas noches quiero una membresía por favor— dije con un hilo de voz mirando hacia todos lados.

—Claro señor bienvenido, primero debe saber que abrimos todos los días menos los lunes, no se permiten bebidas de dudosa procedencia está prohibido gritar y sobre todo no maltrate el equipo del establecimiento, una vez entendido esto ya puede ingresar—.

Asentí con la cabeza ante todas las indicaciones, —sip... soy muy obediente, am... no traje ropa deportiva supongo que mejor empezare mañana—.

—No se preocupe también vendemos ropa deportiva- la recepcionista observo mi cuerpo y luego fue por una sudadera color rosa pastel -esta es de tu talla amigo, lo siento solo tengo en este tono—.

—De acuerdo la tomaré después de todo solo es ropa para ejercitar— abracé la ropa y me fui a los vestidores en donde me cambié aunque aquella sudadera me quedara muy grande.

Por fin llegó la hora de entrenar aunque a estas alturas el ambiente me sobrepasó. Todo el mundo parecía saber lo que hacía. Me sentí pequeño, fuera de lugar, perdido. Decidí empezar por algo básico: una bicicleta estacionaria. Pedaleaba lentamente observando a los demás.

Delante de mí en el área de peso muerto estaban los más serios. Parecían dioses del Olimpo, cada movimiento estaba lleno de fuerza y precisión. Entre ellos un hombre destacaba. Su ropa era sencilla pero había algo magnético en su presencia qué capturó mi atención al instante.

Ni siquiera llevaba audífonos. No necesitaba distracciones; estaba completamente enfocado. Varias chicas se acercaban a él pero las ignoraba inmerso en su entrenamiento.

Entonces nuestras miradas se cruzaron. Fue un instante breve pero suficiente para hacerme sentir algo que no entendí. Era como si el mundo se detuviera.

Mi corazón latía con fuerza como si acabara de descubrir algo nuevo sobre mí mismo. Y aunque no sabía cómo terminaría ese día una cosa era segura, ese hombre había dejado una huella en mi mente.