Devotion Chains #01

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Summary

Prometida a un mafioso. Vigilada por un guardaespaldas. Deseada por ambos. Alina Baranova ha sido criada para obedecer. Heredera de una de las familias más poderosas de Rusia, su destino está marcado: casarse con Alessandro Bellini, un hombre tan atractivo como peligroso, tan posesivo como letal. Pero entonces aparece Nikolai Vetrov. Exmilitar. Silencioso. Con cicatrices en la piel y un abismo en la mirada. Él fue contratado para protegerla. Y terminó obsesionado con ella. Entre alianzas mafiosas, traiciones familiares y secretos que podrían destruirlos, Alina se convierte en el centro de un juego donde el amor es una sentencia… y la devoción, una cadena imposible de romper. ¿Qué haces cuando tu libertad depende del hombre que jura protegerte… y del otro que nunca te dejará escapar?

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Como un relago Envenenado

ALINA

—Enderézate. —La voz de mi madre corta el aire como un bisturí bien afilado—. La postura lo es todo. No puedes parecer una víctima esta noche.

La miro por el espejo, aunque no lo necesito. Sé que está ahí. Siempre lo está. Como una sombra con labios pintados y expectativas clavadas a fuego.

—No sabía que los sacrificios necesitaban buena postura.

Ella no se inmuta. Lleva décadas entrenando su rostro para no mostrar debilidad. Ni siquiera frente a su propia hija.

—Alina, por favor. No empecemos. Esta unión es lo mejor para ti.

—No, mamá. Es lo mejor para él. Para ustedes. Para sus malditos acuerdos de poder disfrazados de alianzas familiares.

Me levanto el cabello con una mano y dejo que caiga en cascada sobre mi hombro. Perfecto también. Como todo lo que me rodea. Como todo lo que me asfixia.

Ella da un paso hacia mí, y por un segundo, casi parece una madre. Pero sus manos no acarician. Ajustan. Corrigen. Pulen el barniz de mi fachada.

—Alessandro es un hombre importante. Te protegerá. Te dará un lugar. Un futuro.

—Un futuro que yo no elegí.

Silencio. De esos que huelen a pólvora.

—La libertad es un lujo que pocas pueden pagar. Tú no eres una de ellas. Aprende a sobrevivir con lo que tienes. Haz lo que yo hice.

—¿Y eso qué fue? ¿Apagarte? ¿Convertirte en una estatua vestida de Chanel?

Sus ojos se endurecen, pero su sonrisa no se mueve ni un milímetro. Todo en ella es control.

—Esta noche, sonreirás. Brindarás. Y aceptarás el anillo sin temblar. ¿Lo entiendes?

No respondo. Bajo la mirada al escote que me aprieta el pecho como una promesa rota. Las perlas cosidas a mano brillan como cuchillas pequeñas bajo la luz del tocador.

—¿Y si no lo hago? —susurro, más para mí que para ella.

Mi madre no responde. Solo me entrega el frasco de perfume que lleva su nombre. El mismo que me obligó a usar desde niña. Un aroma empolvado, opresivo. Un recuerdo.

—Porque si no lo haces, cariño… alguien más pagará por tu desobediencia.

Ahí está. El verdadero lenguaje de esta casa. No son órdenes. Son amenazas vestidas de seda.

Tomo el perfume. Lo rocío una sola vez. Luego levanto la barbilla. Me miro al espejo.

Hermosa. Impecable. Preparada.

Y vacía.

—Hermosa —dice una voz grave desde la puerta.

Lo veo reflejado en el espejo. Mi padre. En su traje perfectamente entallado, corbata de seda, y esa mirada que no sabe si pedir perdón o permiso. Siempre entra así. Como si no le correspondiera del todo estar en su propia casa.

Mi madre ni siquiera se gira. Solo da un paso atrás, como cediéndole el escenario por un instante. Pero no se va. Nunca se va.

—¿Podemos tener un momento a solas? —pregunta él, sin dirigirse a nadie en particular.

Ella asiente con un gesto tan mínimo como frío, y desaparece tras la puerta con un murmullo de tacones sobre mármol. El eco queda flotando. Como todo en esta casa.

Mi padre se acerca con pasos lentos, como si temiera romperme. Qué ironía. Lo hicieron hace años.

—Alina —dice, y su voz tiene grietas que antes no notaba.

Me doy la vuelta, cruzo los brazos sobre el corsé. Siento cómo la costura amenaza con ceder. Ojalá.

—¿También vienes a convencerme?

Suspira. Se pasa una mano por el rostro, como si eso pudiera borrar lo que va a decir.

—No. Yo vengo a explicarte… a explicarte por qué no hay otra salida.

No contesto. Solo lo miro. Que se hunda en su propia incomodidad.

—Hija, tú crees que esto es un castigo. Y tal vez… en parte lo es. Para mí. Porque ofrecerte como pieza en esta alianza es lo más vil que he hecho. Pero fue mi decisión.

Frunzo el ceño.

—¿No fue mamá?

—Tu madre lo propuso, sí. Pero yo lo acepté. Porque pensé que, si al menos yo lo controlaba, si me aseguraba de que el hombre fuera adecuado, podrías estar… segura.

—¿Segura de qué? ¿De no ser feliz?

Se le tensan los labios, y los ojos le brillan. No es como ella. Él llora. Cuando nadie lo ve, pero lo hace. Yo lo he visto.

—Segura de que no te rompan más de lo que ya estás.

La habitación se vuelve más pequeña. El aire, más denso.

—¿Sabes lo que me duele más, papá?

Me acerco. Él no se mueve.

—Que no me estés pidiendo perdón. Me estás pidiendo que lo entienda.

Cierra los ojos. Asiente. No tiene defensa. Nunca la tuvo.

—Solo quiero que estés viva, Alina. Aunque me odies por ello.

—Ya estoy muerta —le digo. Y me doy la vuelta.

El silencio que sigue no se rompe. No con palabras. Solo con el leve sonido de la puerta cuando él se va, sin mirar atrás.

Cuando la puerta se cierra, el silencio no me libera. Solo cambia de forma. Deja de tener voces y empieza a tener peso. Un peso viejo, conocido, que se posa en mis hombros desde que tengo memoria. El vestido cruje cuando me muevo, como si también protestara. Como si supiera que está cosido con hilos de sumisión y expectativas.

Me quedo de pie un momento, sin saber bien qué hacer con mis manos, con mi cuerpo, con este aire que no alcanza. Luego camino hacia la cama, sin prisa, como si mis piernas entendieran que ya no hay nadie que me esté evaluando, al menos por unos segundos. Me siento al borde del colchón con cuidado, más por reflejo que por deseo, y dejo caer la mirada sobre mis rodillas. Perfectamente cruzadas. Como me enseñaron. Como lo espera el mundo.

He sido entrenada para esto. No fue accidental. No fue mala suerte. Fue destino planificado con precisión quirúrgica. Mis padres no se amaron. Fueron dos familias poderosas que decidieron sellar su alianza con una boda digna de portada. Él con su sonrisa melancólica, ella con su perfección afilada. Él soñando con libertad, ella obsesionada con el control. Juntos, construyeron un imperio. Y luego me construyeron a mí.

No me criaron. Me diseñaron.

Desde niña supe lo que se esperaba de mí. Silencio. Belleza. Excelencia. Fui una muñeca bien vestida en salones de mármol, la niña que recitaba poemas en tres idiomas y sonreía en las cenas, aunque no entendiera las palabras envenenadas que volaban sobre la mesa. Nunca me preguntaron si quería ser parte del juego. Solo me enseñaron a no fallar.

Mi madre decía que el poder era femenino, pero su versión de poder olía a perfume caro y sonaba a obediencia. Mi padre, más blando, más humano, se refugiaba en la culpa como si eso lo hiciera menos cómplice. Ninguno de los dos me salvó. Solo se aseguraron de que supiera sonreír mientras me hundía.

Y ahora estoy aquí. A horas de aceptar un anillo que pesa más que una cadena. A punto de pertenecerle a un hombre que apenas conozco. Y lo peor es que nadie en esta casa considera que algo esté mal. Para ellos, esto es éxito. Estrategia. Victoria.

Levanto la mirada hacia el espejo y ahí está ella. Esa versión de mí que tanto se parece a mi madre en sus mejores días. Maquillaje perfecto. Cabello como seda. Mirada vacía. Me pregunto si algún día podré borrarla. O si ya es demasiado tarde.

Quizá siempre fue tarde.

Las luces doradas del salón me dan náuseas.

Todo brilla. Las copas, los vestidos, las sonrisas falsas. Todo menos yo. Estoy parada en un rincón, fingiendo mirar una obra de arte que no entiendo, deseando ser parte del mármol del piso. Invisible. Intocable.

Pero no. Soy la atracción principal. El trofeo. La hija obediente que todos han venido a celebrar.

Mi madre se acerca con esa elegancia glacial que la caracteriza. El perfume que usa desde que tengo memoria me invade antes de que siquiera hable.

—Deja de esconderte —dice en voz baja, aunque su tono tiene filo—. Ve con los invitados. Son tus futuros aliados.


No lo son. Son carroñeros, y yo soy la carne sobre la bandeja.

Respiro hondo, me obligo a avanzar. La tela de mi vestido se desliza contra mis piernas con un susurro incómodo. Cada paso es una pequeña traición.

Entonces, el aire cambia.

No por el violín que comienza una nueva pieza. Ni por los murmullos que se esparcen como pólvora. Sino porque él acaba de llegar.


No tengo que girarme para saberlo. El silencio reverencial que lo acompaña lo delata. Es un tipo de presencia que no se anuncia con palabras. Se impone con miradas. Con poder. Con miedo.

Me obligo a levantar la vista. Lo veo avanzar entre la multitud como si el mundo le perteneciera. El traje negro perfectamente entallado. El cabello castaño claro, perfectamente peinado hacia atrás. Y los ojos… celestes como el hielo antes de romperse.

Me está mirando.

Como si ya fuera suya.

Como si estuviera evaluando la mercancía antes de cerrar el trato.

Mi cuerpo reacciona antes que yo. Se tensa. El estómago se me revuelve. La nuca se me enfría.

Él sonríe, lento. Y todo en mí quiere correr.

Mi madre se acerca con la eficiencia de una reina de ajedrez, me toma del brazo y me arrastra hacia él.

—Alessandro, querido —dice con esa dulzura artificial que usa para manipular presidentes—. Te presento a mi hija, Alina.

Él no responde de inmediato. Me observa como si estuviera imaginando todas las formas posibles de desarmarme. Luego extiende una mano.

—Finalmente —dice. Su voz es baja, aterciopelada. Y peligrosa.

Coloco mi mano en la suya por pura inercia. Sus dedos me envuelven con una firmeza que no tiene nada de romántico. Es una advertencia. Un recordatorio.

La gente aplaude. No sé cuándo comenzó la escena, pero de repente estamos rodeados. Me giran hacia él. Y entonces, frente a todos, él saca el anillo.

Es grande. Antiguo. Frío como su mirada.

No pregunta. No espera. Solo toma mi mano izquierda y desliza el anillo en mi dedo.

Una jaula de oro.

Y sonríe otra vez. Esta vez más ancho. Más oscuro.

—Ahora sí —dice, sin apartar sus ojos de los míos—. Oficialmente, mía.

No sé si la habitación está en silencio o si el ruido se volvió un zumbido ensordecedor. Solo sé que sus palabras me atraviesan como un disparo invisible. Y que su mirada… su mirada no me ve como una mujer.

Me ve como una conquista.

Y eso me asusta más que cualquier cosa.

El anillo aún pesa en mi dedo como si fuera de plomo en lugar de oro.

Alessandro no suelta mi mano. Me tiene atrapada entre su brazo y su sonrisa perfecta. Demasiado perfecta. Como si fuera tallada para convencer, no para sentir.

—Estás muy callada —dice, su voz apenas un murmullo, pero su cercanía hace que la sienta en la piel—. ¿Te intimido?

No sé si reírme o temblar. ¿Qué se supone que debo responder a eso? ¿“Un poco”? ¿“Mucho”? ¿“¿Quiero salir corriendo, pero no puedo porque acabo de convertirme en tu propiedad”?

—Es solo… mucha gente —balbuceo, bajando la vista.

Él no suelta mi mano. La acaricia con el pulgar. El gesto es casi tierno. Si no supiera lo que sé de él. Si no hubiera escuchado las historias. Los rumores. Los cadáveres envueltos en silencio.

—¿Te gustan los eventos? —pregunta, como si estuviéramos en una cita normal y no en una entrega formal de mi libertad.

—No mucho.

—Perfecto —responde, sonriendo—. A mí tampoco. Ya tenemos algo en común.

Quiero decirle que odiar las mismas cosas no es suficiente. Que no alcanza. Que yo no soy un peón. Pero no me sale la voz.

—¿Te gustaría salir un momento? —me pregunta entonces—. El jardín es más tranquilo. Y me gustaría conocerte sin tanto ruido.

Su tono sigue siendo amable. Galante, incluso. Pero debajo, hay algo más. Una corriente subterránea de poder, de amenaza velada. Como si decir que no fuera una opción.

Asiento.

No porque quiera. Sino porque me siento observada. Porque sé que, si alguien ve que rechazo al gran Alessandro Bellini, las consecuencias no serán sólo sociales. Serán personales.

Me guía con una mano en mi espalda baja. Cada paso hacia el jardín se siente como una sentencia.

El aire nocturno es más fresco. Las luces del salón quedan atrás. Los sonidos se amortiguan. Y por un segundo, creo que puedo respirar. Hasta que él se detiene y se gira hacia mí.

—Eres muy hermosa, Alina.

Me trago la respuesta automática. El “gracias” que quiere escaparse por educación. Porque sé que eso no fue un cumplido. Fue una declaración. Una observación fría. Como si estuviera anotando algo en una libreta mental.

—Sé que esto es… nuevo para ti —continúa—. Lo entiendo. Pero quiero que tengas claro algo antes de que todo comience.

Se endereza. El galán se evapora.

Ahora está el otro. El que mata sin mancharse las manos. El que mira con la seguridad de quien lo ha tenido todo sin pedir permiso.

—A partir de ahora, eres mía. Eso significa que me obedeces. Que me respetas. Que no hay espacio para mentiras, secretos ni juegos.

Trago saliva. Él no levanta la voz. No necesita hacerlo. Su autoridad está en la forma en que cada palabra se clava como un puñal silencioso.

—No hablarás con hombres que no apruebe. No te expondrás sin mi permiso. Y no cuestionarás las decisiones que tome por nosotros.

—¿Y si no quiero…? —me escucho decir, más por reflejo que por coraje.

Él sonríe, ladeando la cabeza.

—Entonces me decepcionarás. Y eso, Alina, no es algo que quieras hacer.

Me mira como si ya supiera todo de mí. Mis miedos. Mis límites. Mis puntos débiles. Como si estuviera trazando un mapa de mi alma para romperla a su gusto.

—No soy un hombre fácil, Alina. Pero puedo ser muy generoso con quien me pertenece. Siempre y cuando entienda las reglas.

Una ráfaga de viento me despeina. Él estira la mano y acomoda un mechón detrás de mi oreja. El gesto es íntimo. Casi dulce. Pero yo tiemblo.

Porque ese no fue un toque. Fue una advertencia.

Y lo peor de todo es que sonríe. Como si no acabara de asfixiarme con promesas de obediencia envueltas en flores.

—¿Tienes alguna pregunta? —pregunta, como si estuviera cerrando un trato de negocios y no definiendo los barrotes de mi futura jaula.

Lo miro. Siento que, si digo algo, cualquier cosa, me partiré en dos.

—No —respondo. Porque no puedo permitirme otra opción.

Él asiente, satisfecho.

—Bien. Entonces volvamos. Esta noche es solo el comienzo.

Y lo dice como si fuera un regalo. Cuando para mí… es el principio de mi extinción.

Las luces del salón me ciegan. El murmullo elegante de las conversaciones, la música clásica de fondo, los flashes de las cámaras, todo se siente como un teatro mal montado. Estoy en el centro de la escena, pero no quiero estarlo. Solo quiero que esta noche termine.

Alessandro me ha presentado oficialmente como su prometida. Lo hizo con una sonrisa de hielo mientras me colocaba el anillo delante de todos. Sus dedos fueron suaves, pero su mirada… no. Esa mirada me quemó la piel. Me miró como si ya fuera suya. Como si mi cuerpo, mi voz y mi vida le pertenecieran por derecho. No había ternura. Solo poder. Posesión. Muerte envuelta en Armani.

Ahora, me mantengo cerca de la barra, fingiendo interés en una copa que no he tocado. Respiro por la nariz. Cuento hasta cinco. Intento que el vestido no me apriete tanto el pecho.

Y entonces sucede.

Un grito. Pero no uno cualquiera. Uno directo. Hacia mí.

—¡Esto es por Italia!

No me da tiempo a reaccionar. Siento el silbido cortante de la bala y, al instante, el ardor agudo en el hombro. El dolor es afilado, caliente. Me tambaleo hacia atrás, y en un parpadeo, alguien se abalanza sobre mí.

El impacto me deja sin aire. Caigo al suelo envuelta en un cuerpo firme, poderoso, que me cubre por completo. Brazos musculosos me envuelven. Una mano aprieta la herida de mi hombro con una presión exacta, entrenada.

—Estás bien. No te muevas. Respira —susurra una voz grave, rasposa, directamente en mi oído.

Parpadeo. El techo del salón gira sobre mí. Intento hablar, pero solo me sale un quejido.

El caos estalla alrededor. Gritos, pasos apresurados, alguien llama a seguridad. Veo el rostro del atacante mientras es reducido: un hombre de mediana edad, con un rostro tan familiar como anónimo. Lo último que hace es intentar gritar algo más.

No llega a hacerlo.

Un disparo seco. Preciso. Definitivo.


Con el arma aún humeante en la mano, se aleja del cuerpo inerte como si nada. Como si acabara de aplastar un insecto. El salón se sumerge en un silencio que corta la respiración.

Alessandro avanza entre la multitud. La gente se aparta como si cargara una enfermedad mortal.

Cuando llega hasta mí, sus ojos celestes no buscan mi herida. Buscan otra cosa.

—¿Quién carajo es este?

La pregunta no va para mí, sino para el hombre que aún está agachado, sujetándome como si fuera frágil de verdad. Como si no me estuviera desangrando por dentro y por fuera. Él lo mira sin moverse. Como si no le intimidara el mismísimo demonio.

—Bajá la voz —dice el hombre que me sostiene, sin apartar la mano de mi hombro—. Estás asustándola más.

—¡Te pregunté quién eres! —escupe Alessandro, dando un paso más cerca, el arma aun colgando de su mano.

—Basta. —La voz de mi padre irrumpe como un latigazo. Aparece entre los invitados, visiblemente agitado, pero con ese control quirúrgico que aprendí a temer de niña—. Él es Nikolai. El hombre que te salvó la vida, Alina. Tu nuevo guardaespaldas. El que va a viajar contigo a Italia. El que va a asegurarse de que llegues viva al altar.


Levanto la mirada hacia él. Es alto, más alto que Alessandro. El traje negro se amolda a un cuerpo que no parece decorativo, sino letal. Tiene el rostro definido, masculino, con una sombra de barba que no suaviza nada. Sus ojos son de un color entre gris y tormenta. No sonríe. No hace falta. Su presencia es más fuerte que cualquier palabra.

Es hermoso. Pero no como un príncipe. Como un asesino que sabe que es el mejor en lo que hace.

Y ahora, es mío.

Mi guardaespaldas.

—Necesita atención médica —dice él, con un tono que no acepta discusión.

Alessandro da un paso atrás, con los ojos clavados en mí. Y por primera vez, veo algo más que celos o poder. Veo una advertencia.

Como si acabara de presenciar algo que no debía pasar.

Como si su posesión... ahora tuviera competencia.

La sangre me arde sobre la piel. No puedo ver bien la herida, pero siento cómo el vestido se empapa en el hombro izquierdo. El corsé ahora es una cárcel húmeda, opresiva.

Nikolai me ayuda a ponerme de pie, pero antes de que pueda decir algo más, Alessandro ya está a mi lado. Lo empuja con firmeza. No brusco, pero sí con la intensidad suficiente para dejar un mensaje claro.

—Yo me encargo —dice con voz baja, afilada.

Nikolai se queda inmóvil unos segundos. Me mira como si no quisiera soltarme. Pero lo hace. Me suelta. Alessandro ya me tiene entre sus brazos.

Es la primera vez que me carga así. Y lo odio.

Su cuerpo es cálido, firme, seguro. Como si nada en el mundo pudiera alcanzarme si él me tiene. Y eso debería tranquilizarme. Pero no lo hace.

Me lleva fuera del salón por un pasillo lateral, mientras el caos queda atrás. No habla. Solo avanza, con pasos largos, decididos. Siento su perfume —cuero caro, tabaco y algo más— envolviéndome como una red invisible.

—Podías haber dejado que lo hiciera el enfermero. —Intento que mi voz suene firme, pero me tiembla. Me tiembla todo.

—No. Tu eres mía —responde sin mirarme.

Mía. Como si fuera un objeto que acaba de rescatar del fuego. Un trofeo agrietado que igual va a conservar. Pulir. Poner en una vitrina.

Entramos en una pequeña habitación blanca, lujosamente equipada. La enfermería privada del salón. Una camilla, una vitrina con materiales médicos, una luz que cae directo desde el techo y hace que todo parezca más real.

Me deja con suavidad sobre la camilla. Luego se quita el saco, se arremanga la camisa hasta los codos y lava sus manos como si se estuviera preparando para una cirugía.

—¿Sabes lo que haces? —pregunto, con un intento torpe de sarcasmo.

—Sé cuidar lo que es mío.

Vuelve con una bandeja de metal. Alcohol, gasas, pinzas. Sus dedos se mueven con precisión, como si lo hubiera hecho mil veces.

—No va a necesitar puntos. Pero te va a doler. —No lo dice como advertencia, sino como una verdad inevitable. Como todo lo que viene con él.

Cuando roza la herida con una gasa húmeda, no puedo evitar soltar un jadeo ahogado. Él no se detiene. Solo me observa. Su mirada celeste se clava en la mía mientras limpia la sangre, como si disfrutara ver mi piel quebrarse. Como si este momento lo acercara más a su idea de posesión absoluta.

—Tienes la piel muy suave —murmura, más para sí mismo que para mí—. Vas a curar rápido.

—No soy de porcelana. —Me esfuerzo por mantener la voz firme.

Él ladea la cabeza, una sonrisa apenas perceptible en la comisura de los labios.

—No. Eres más peligrosa que eso. La porcelana se rompe. Vos, en cambio… sobrevivís. Hasta a balazos.

Aprieta una venda con fuerza alrededor de mi brazo, por debajo del hombro. El dolor es sordo, insistente. Pero lo que más me incomoda es su cercanía. Su respiración. Su control absoluto.

—¿Por qué lo mataste tan rápido? —susurro, sin poder evitar la pregunta.

Él no responde enseguida. Deja la bandeja a un lado, se acerca y se apoya en la camilla, inclinándose hacia mí hasta que su rostro queda a escasos centímetros del mío.

—Porque nadie toca lo que es mío. Ni siquiera con una bala.

Su aliento me roza la boca. Huele a peligro. A poder. A muerte.

Me congelo. No porque quiera, sino porque mi cuerpo no sabe cómo reaccionar a él. No es solo miedo. Es otra cosa también. Algo oscuro que se arrastra por debajo de la piel.

—Me estás asfixiando —susurro.

—Mejor acostúmbrate.

Toma mi barbilla entre sus dedos, con una presión suave pero firme. Me obliga a mirarlo. A entender lo que hay detrás de sus ojos: obsesión, control, hambre.

—Este matrimonio no es una unión entre familias, Alina. Es un contrato de propiedad. Y vos... ya eres mía.

Se aparta por fin. Me cubre el hombro con una manta fina y da la espalda.

—Cambia ese vestido cuando puedas. Está arruinado. —Su voz vuelve al tono neutral, casi elegante—. Y la próxima vez... quédate más cerca de mí. Las balas no me tocan a mí.