Prólogo
La oscuridad se había apoderado de su vista, y con ella, el eco del caos resonaba a su alrededor, Erika Wong yacía en el suelo, sintiendo el frío de la tierra penetrar su piel, una punzada de dolor recorría su costado, un recordatorio brutal de los peligros que había enfrentado en su búsqueda para proteger a los dinosaurios, con cada respiración entrecortada, su mente viajaba por el laberinto de recuerdos que la habían llevado hasta allí.
Eran imágenes vívidas: las tardes pasadas con su madre, explorando museos y soñando despiertas con el mundo de hace millones de años; los libros desgastados que había devorado sobre la extinción y la resiliencia de la vida; y la primera vez que escuchó, a alguien comentar, sobre el tráfico ilegal de criaturas que nunca debían haber sido olvidadas.
Mientras la ciudad vibraba con el grito lejano de una criatura amenazada, Erika se dio cuenta de que su amor por los dinosaurios siempre había sido más que una simple fascinación, era una llamada, un susurro en su alma que le decía que debía hacer algo, que debía luchar, pero ahora, en medio de la confusión y el dolor, cuestionaba si su lucha había valido la pena, la adrenalina comenzaba a desvanecerse, dejando solo la realidad de su herida y el eco de un caos que parecía devorar todo con su voraz apetito.
Afuera, el murmullo de las voces de los traficantes se entrelazaba con el crujir de las ramas, y sentía como si el mundo que había intentado salvar, desmoronarse a su alrededor, se preguntó cuántos dinosaurios habrían caído en manos de aquellas personas sin escrúpulos, cuántas vidas se habrían perdido por la codicia, todo lo que había arriesgado, todas las noches sin dormir planificando su próxima jugada, parecía un sueño distante, cada rasguño y cada caída habían sido parte de un camino que jamás imaginó que sería tan empinado y doloroso.
Pero en medio de su desesperación, una chispa de determinación comenzó a arder en su interior, recordó las sonrisas de los niños durante sus charlas sobre conservación, brillando con asombro y esperanza, recordó a sus aliados, aquellos valientes que la habían acompañado en esta travesía, dispuestos a arriesgarlo todo por una causa que iba más allá de sí mismos, en ese instante, mientras los ecos del caos seguían retumbando, Erika entendió que su misión no era solo salvar a los dinosaurios, sino cambiar la mentalidad sobre ellos.
Con un esfuerzo titánico, giró ligeramente la cabeza, buscando el cielo iluminado, donde las estrellas titilaban como promesas de esperanza, la noche podía ser oscura, pero ella sabía que había luz en la lucha. Ella podría estar herida, pero su espíritu seguía intacto, con un profundo aliento, se prometió a sí misma que no permitiría que el miedo la detuviera, ma batalla continuaba, y aunque el caos la rodeaba, su corazón latía con firmeza, listo para enfrentar lo que vendría.
Era el momento de levantarse y seguir adelante, porque la vida —aunque frágil— siempre encontraba su camino hacia la luz.