Lancashire

All Rights Reserved ©

Summary

Victor es un joven quien de un momento a otro comenzó a tener experiencias muy extrañas a su alrededor, el tratará de descubrir todos los misterios que guarda el pueblo de Lancashire.

Genre
Adventure
Author
Chuckye
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO I: Esa noche


¿Silencio? Definitivamente no sabía dónde me encontraba.

Escuché una voz suave, al principio lejana, pero que poco a poco se acercaba. ¿De quién era esa voz? Me costó un momento comprender que no era simplemente una voz: eran gritos. Gritos desesperados.

—Esa voz... me es familiar. ¡Claro, es la voz de mi madre!—

La escuchaba, apenas, llamándome una y otra vez:

—¡Víctor! ¡¿Dónde estás?!—

Era su voz dulce y cálida, pero esta vez impregnada de una preocupación lacerante. Sentía la necesidad de comprender lo que estaba ocurriendo, pero algo me lo impedía. Mi cuerpo no respondía. Era como si no lo tuviera, como si yo fuera sólo pensamiento en un espacio hueco y seguro, donde lo único que existía era mi voz interior.

—¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué es este lugar?—

Me esforcé por concentrarme, por percibir alguna sensación que me guiara hacia una respuesta, pero todo era un vacío. Sin embargo, no era desagradable. Sentía una paz extraña, como si mis pensamientos tuvieran un peso real, como si al fluir, me acercaran a algo. Algo que se parecía a... ¿una luz?

Y entonces, desperté.

Abrí los ojos con dificultad. Mi madre me sostenía en sus brazos, llorando sin cesar, aliviada de verme abrir los ojos. Me abrazaba con fuerza. —¿Dónde estoy? ¿Es este el bosque?— pensé, intentando recuperar el control de mi cuerpo entumecido.

Personas del pueblo nos rodeaban. Portaban trincheras, antorchas, rostros tensos pero ahora aliviados. Intenté hablar, pero mi voz no salía. Cada sensación que regresaba a mi cuerpo traía consigo un dolor leve pero constante en la espalda, brazos y piernas.

—¡Maldita sea, me duele todo!— pensé, intentando moverme.

A pesar del dolor, el sueño me vencía de nuevo. Luchaba por mantener los ojos abiertos, por entender, pero antes de que pudiera asimilar algo más, noté algo... sentía que algo me observaba desde el bosque. Con lo último de mis fuerzas, entre los árboles, distinguí un par de puntos rojizos. ¿Eran ojos? Luego, todo se desvaneció.

Desperté de nuevo, esta vez en mi cama. Miré el reloj: eran las 11:30 de la mañana. —¡Qué carajos fue ese sueño!— musité mientras me sentaba. Me sentía extrañamente tranquilo en casa. Fui al baño, y al quitarme la camisa, una visión me sobresaltó.

—¡Qué demonios es esto!—

En mi hombro izquierdo, una marca: una "C" encerrada en una estrella, con pequeños números grabados. Toqué la marca, no dolía. Parecía reciente, como quemada, pero sin herida aparente.

Intenté buscar respuestas. Llamé a mi madre, recorrí la casa, pero no estaba. Pensé que habría salido por algo. Decidí esperar. Volví a revisar la marca: seguía allí, más intensa, más roja, más real.

La puerta se abrió. Era mi madre, cargando frutas y vegetales. Al verme, dejó caer todo y me abrazó con fuerza. Sentí su corazón latir apresurado.

—Estás bien... en verdad estás bien. Tenía miedo. Mucho miedo— dijo entre sollozos.

—¿Miedo? ¿De qué? ¿Qué pasó esa noche?—

Ella respondió en voz baja: —Esa noche...—

—¿A qué te refieres?—

Guardó silencio, luego respondió con firmeza:

—Eso ya no importa. Estás bien, y eso es lo único que importa.

No me sirvió esa respuesta. Exigí saber. Ella se negó a responder y me mandó a descansar. Pero recordé algo: no le había mostrado la marca.

Decidido, le enseñé el hombro:

—Puedes evitar mis preguntas, pero no esto. ¿Quién hizo esto?—

Ella frunció el ceño, confundida:

—¿Quién hizo qué, Víctor?

Miré la marca, seguía allí. Insistí. Ella negó verlo. Se molestó y me acusó de bromear de mal gusto. Su mirada decía que no me creía. Y así, sin respuestas, me mandó de nuevo a mi habitación.

Subí, confundido, sin entender por qué ella no podía ver lo que para mí era tan claro. Pensé que quizá mi mente me había jugado una mala pasada. Quise dormir, pero no podía. Me revolvía en la cama, hasta que finalmente encontré una posición tranquila. Cerré los ojos, y entonces…

Escuché una voz.

Una voz suave, interna, que susurraba sin parar: —Ven—.

Intenté ignorarla, pero persistía. Mi cabeza comenzó a doler. Me levanté y miré por la ventana: el pueblo lucía extrañamente vacío. Miré hacia la salida, y la voz se intensificó. Pero no me moví.

Había algo perturbador en esa invitación. No podía simplemente seguir un susurro desconocido, por más hipnótico que fuera. Me senté junto a la ventana, intentando racionalizar lo que sentía. Tenía miedo, pero también una creciente curiosidad.

Fue entonces cuando noté algo más: la marca en mi hombro comenzaba a arder suavemente, como si respondiera a aquella voz. Un calor pulsante se expandía desde ese punto, acompañado de un cosquilleo inquietante. La marca brilló tenuemente, apenas un parpadeo de luz roja.

Ese fue el verdadero detonante.

—¿Qué está pasando conmigo?—

Algo dentro de mí me decía que no podía ignorarlo. Que si me quedaba, me arrepentiría. Tenía que entender el vínculo entre esa marca, la voz y todo lo que había pasado desde la noche anterior.

Y así, tomé la decisión.