Etereo

Summary

Hay amores que nacen en la calma... y otros que florecen en el caos. Esta es la historia de Athena Lancaster y Christopher Morgan, una pareja unida no por la paz, sino por la tormenta. Él, coronel del ejército, endurecido por la guerra, las pérdidas y las decisiones imposibles. Ella, una mujer fuera del mundo militar, pero con la fortaleza y el temple para amar a alguien que pertenece más al deber que a sí mismo. Mientras las fronteras se desdibujan entre el deber y el deseo, y los silencios se vuelven más elocuentes que las palabras, el lazo entre Athena y Christopher se sostiene con llamadas tardías, promesas susurradas y encuentros breves pero intensos. En un entorno donde las tentaciones son muchas y las lealtades se ponen a prueba, Christopher encuentra en Athena su único refugio, su verdad más profunda. Pecados placenteros no es solo una historia de guerra ni de pasión, sino de decisiones, de miradas contenidas y de lo que se elige cuando el corazón es llamado al frente de batalla. Esta es la historia de una mujer que decidió amar con coraje, y de un hombre que encontró en ella el camino de regreso a casa.

Genre
Action
Author
Aitana
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Athena Lancaster era una bebé de cabello blanco perlado, tan suave y brillante que parecía hecho de hilos de luna. Sus ojos, de un hipnótico color violeta, no sólo desconcertaban, sino que fascinaban a todo aquel que los mirara. Eran un misterio desde el nacimiento, porque ni su madre ni su padre compartían rasgo alguno con ella. Ambos eran de cabello castaño y ojos marrones. Pero Athena era distinta. Irreal. Un milagro, decían ellos... una bendición caída del cielo.

Para Lillian y Arthur Lancaster, ella era el centro del universo. Lo que nadie sabía fuera de su círculo era que eran más que millonarios: eran los jefes de dos de las mafias más poderosas del mundo. Arthur era el heredero de la Martyr, una organización rusa que había superado a la mismísima Bratva. Lillian, por su parte, lideraba la Drango, una de las ramas italianas más antiguas, temidas y letales. Juntos, eran invencibles. Y su hija era el tesoro más custodiado del imperio que construyeron con sangre, fuego y alianzas selladas con muerte.

Athena tenía apenas nueve meses cuando pronunció sus primeras palabras.

—Parece que nuestra pequeña quiere comenzar a hablar... mira cómo balbucea —dijo Lillian, acariciando su mejilla con devoción.

Arthur tomó su teléfono de inmediato.

—Debemos tenerlo grabado, querida. Esto es historia.

—Papá... Mamá —dijo Athena con voz suave pero firme, como si supiera exactamente a quién llamaba.

Lillian no pudo evitar las lágrimas.

—Es hermosa... tan perfecta.

Arthur la besó en la frente, conmovido.

—Gracias por darme este milagro —susurró.

Ese día habían planeado una visita al zoológico. Era un evento preparado con meses de anticipación, no porque les hiciera falta tiempo, sino porque la seguridad debía ser absoluta. La vida de la princesa Lancaster no podía estar expuesta al mínimo error.

—Arthur, tenemos que irnos ya —llamó Lillian desde la puerta.

—Ya voy, amor.

En cuanto la puerta principal se abrió, los guardias de la mansión se tensaron, levantando sus armas con movimientos calculados. Cada sombra, cada rincón, cada mirada era evaluada.

—Mi esposa e hija son la prioridad. No puede haber ningún error —ordenó Arthur con voz de mando—. Van a vigilar a todos, pero sobre todo... grábennme todas las sonrisas de mi hija.

—Como ordene, señor. Cuidaremos a la señora y a la princesa —respondió Brian, el jefe de seguridad.

La pequeña Athena vestía un diminuto vestido rojo de satén. Arthur, al verla, frunció el ceño.

—Quítenle eso. El rojo es el color de los Morgan... Alex Morgan lo proclamó como suyo. No quiero que mi hija lo use, no quiero que haya ni una mínima conexión con ellos.

Los Morgan, pertenecientes a la organización Femf, eran enemigos declarados de los Lancaster. El rojo era su emblema, su veneno. Y Arthur jamás permitiría que su hija fuera confundida o relacionada con ellos, ni siquiera por accidente.

—Mira, amor... un elefante —dijo Lillian, señalando con una sonrisa.

La risa cristalina de Athena resonó entre los árboles, como si el mundo entero se volviera un lugar mejor solo por ese sonido. Alzó los brazos, pidiendo que la cargaran.

—¡Jilafas!

—¿Quieres ver las jirafas, amor? —preguntó Lillian.

—¡Shi!

Pasaron el día entero explorando el zoológico. Cada animal nuevo provocaba risas, aplausos y exclamaciones. Las cámaras de los guardias capturaron cada momento. No por razones sentimentales... sino por seguridad. Athena era vigilada 24/7.

Al volver a casa, Lillian la abrazó con fuerza. No lo sabía entonces, pero esa sería una de las últimas veces que su hija la vería con vida.