MASON

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Summary

Un alfa letal. Un omega indomable. Un vínculo que nadie podrá controlar. Mason Aldrich es un alfa nacido para matar. Desde niño fue entrenado como arma, como sombra, como sentencia. Tras años al servicio del crimen, termina encerrado en la prisión más temida de Alemania, donde solo los monstruos sobreviven. Durante cuatro años, el silencio fue su único compañero… hasta que un hombre lo compró. Magnus Grey, un mafioso tan elegante como peligroso, le ofrece libertad a cambio de un contrato muy claro: proteger a su omega, Dayri. Dayri Grey es fuego en la sangre. Rojizo, provocador, con ojos de miel que desarman y una lengua afilada que ni siquiera los guardaespaldas más curtidos han logrado controlar. Atrevido, bello, y demasiado tentador para un alfa que ha vivido reprimiendo cada impulso. Mason juró obedecer. No tocar. No sentir. No ceder. Pero hay vínculos que no se pueden romper. Y este podría arrastrarlos a todos al borde del desastre.

Genre
Lgbtq
Author
Mel♡
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo

La prisión de máxima seguridad de Kassel no olía a metal ni a sangre. Olía a desesperación rancia, a sudor viejo pegado a los muros, a rutina sucia y aplastante. Ahí dentro, los días no tenían color ni nombre. Solo eran fragmentos repetidos, envueltos en una niebla constante de silencio, violencia contenida y miradas que pesaban como cuchillas.

Mason llevaba cuatro años encerrado en ese agujero de concreto y sombra. No tenía calendarios ni relojes, pero su cuerpo sabía exactamente cuánto tiempo había pasado. Ciento cuarenta y seis peleas, la mayoría ganadas. Más de treinta huesos rotos, ajenos. Cinco intentos de asesinato en su contra. Y ni una sola noche en la que hubiera dormido con ambos ojos cerrados. Era mejor así. En Kassel, el que soñaba moría.

Mason no era un preso común. Ni siquiera un asesino común. Era un alfa entrenado desde niño para ser un arma viviente. Su infancia fue fuego, gritos y sangre; su adolescencia, pólvora y contratos. Había asesinado a diplomáticos, empresarios, narcos, policías encubiertos. Había robado bancos y secuestrado hijos de políticos sin pestañear. No tenía un código moral. Solo órdenes. Y cuando lo atraparon, no fue porque fallara. Fue porque cruzó una línea que incluso los monstruos sabían no tocar. Se metió con alguien más grande. Más rico. Más despiadado.

Pero Kassel no lo había destruido. Lo había templado. Lo había vuelto más silencioso, más frío, más letal. Él no hablaba con nadie. Comía solo. Se duchaba con los puños cerrados y dormía con una navaja improvisada bajo el colchón. Era un espectro de 1.97 metros, cubierto de tatuajes que hablaban de guerras, lealtades perdidas y pecados que nunca quiso olvidar. En la cárcel lo apodaban “el carnicero”, y ni siquiera los alfas más agresivos se atrevían a provocarlo. Sabían que no tenían oportunidad. Mason no peleaba. Ejecutaba.

Por eso, cuando esa mañana la puerta de su celda se abrió sin previo aviso, no se levantó de inmediato. El guardia, uno de los pocos que no lo miraban como si fuera una bomba a punto de estallar, le lanzó un uniforme limpio y dijo con voz seca: “Te vas.” Así, sin más. Sin un expediente. Sin explicación.

Mason lo sostuvo con la mirada, en silencio. No se movió. No confiaba en nadie, y menos en una promesa de libertad. En Kassel, todo tenía un precio. Cada gesto, cada palabra, cada permiso ocultaba una trampa. Pero algo en el gesto del guardia —esa rigidez en los hombros, la tensión apenas contenida en la mandíbula— le hizo saber que aquello era real. O al menos, lo suficientemente real para no ser ignorado.

Se cambió sin apuro, dejando atrás la ropa manchada por los años, por el encierro, por el peso invisible de la rutina carcelaria. Se puso la ropa limpia sin emitir palabra y salió de la celda con el paso firme y los ojos en alto. Los otros presos lo observaron desde sus barrotes, algunos en silencio, otros murmurando su nombre como una advertencia, como una plegaria torcida. Mason no devolvió ni una sola mirada.

Lo condujeron por un pasillo que olía a desinfectante barato y a derrota. Pasaron por tres puertas reforzadas, cada una más pesada que la anterior. Al final, un guardia distinto, visiblemente nervioso, le entregó sus pertenencias: una cadena con una placa metálica, una pulsera de cuero gastado y una foto doblada que Mason guardó sin verla. Luego, una firma. Una salida. Y entnces, la libertad.

Pero no había sol esperándolo. Solo un cielo gris y un auto negro con vidrios oscuros estacionado frente a la reja principal. Un hombre de traje —alto, rostro impasible, oreja conectada a un pequeño auricular— abrió la puerta trasera sin decir una palabra. Mason dudó apenas un segundo. Luego entró.

Dentro, el olor a cuero nuevo y perfume caro era casi insultante. En el asiento contiguo, una carpeta lo esperaba. Al abrirla, vio su propio rostro en la primera página. Fichas policiales, historiales médicos, informes psiquiátricos, fotografías de cadáveres. Y una hoja nueva, reciente, con su nombre y una sola palabra subrayada en rojo:

Guardaespaldas

Mason no reaccionó de inmediato. Sus ojos recorrieron cada hoja con la frialdad meticulosa de un cirujano. Era extraño verse diseccionado en papeles: estadísticas, diagnósticos, fechas. Lo habían reducido a un archivo, como si eso bastara para entenderlo. Cerró la carpeta sin decir palabra y apoyó la mano sobre su superficie. No necesitaba leer más. Ya sabía lo esencial: lo habían comprado. Y ahora, tenía dueño.

El auto avanzaba entre calles desconocidas, alejándose del frío gris de la prisión para internarse en un distrito más limpio, más pulcro, más falso. Mason no preguntó a dónde iban. No tenía sentido. Quien paga por un arma no da explicaciones, da órdenes.

Cuando el coche se detuvo, lo esperaba un edificio elegante, sobrio, con vigilancia encubierta en cada esquina. El ascensor privado subió sin detenerse, y al abrirse, lo recibió una sala amplia, impecable, con aroma a madera pulida y alcohol caro. Al fondo, junto a una enorme ventana, lo esperaba el hombre que lo había sacado del infierno.

Magnus Grey era imponente incluso sin hablar. Alto, de cabello rojizo cuidadosamente peinado hacia atrás, barba corta, traje negro sin corbata. Un whisky medio lleno descansaba en su mano. No se levantó. Solo lo observó con una calma que rozaba la amenaza.

—Así que tú eres el carnicero —dijo al fin, con voz grave y lenta, como si probara el sabor de cada palabra.

Mason no respondió. Solo lo sostuvo con la mirada. Magnus sonrió apenas, sin humor.

—Me gusta el silencio. Significa que sabes escuchar. Eso te va a servir conmigo.

Le hizo un gesto hacia una mesa lateral. Encima, una segunda carpeta. Más delgada. Más reciente.

—Ese es tu nuevo contrato. Tu objetivo ya está definido. Tu función es clara: proteger. No matar. A menos que sea necesario.

Mason se acercó y abrió la carpeta. No había muchos datos. Solo una foto. Un rostro joven, con el cabello rojizo revuelto, sonrisa ladeada, pecas sobre las mejillas. Ojos de miel. Atractivo de una forma peligrosa. Provocadora. Debajo de la imagen, un solo nombre: Dayri.

—No te va a gustar —añadió Magnus, sin levantarse—. No coopera. No confía. No obedece. Por eso estás aquí. Todos los demás fracasaron.

Mason cerró la carpeta y alzó la vista.

—¿Y si yo tambien fracaso?

Magnus bebió un sorbo y se encogió de hombros.

—Entonces habrá otro cadáver del que encargarme. Pero no lo harás. Tú no fallas. Por eso te elegí.

No hubo más palabras. Solo una puerta abriéndose al fondo del pasillo. Mason entendió que su nueva misión había comenzado. Y aunque no lo sabía todavía, aquella puerta no lo llevaba a una casa, ni a un trabajo. Lo llevaba directo al centro de algo mucho más caótico, más salvaje, más humano: un vínculo al que no podría escapar.