23 de enero
One-shot basado en la canción Please don’tde K.Will <3
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Las mañanas de enero siempre me han parecido más frías que todas las demás. Desde pequeño, los momentos en que debo dejar la cama para estas fechas han sido los más tristes.
Quizás fuese un presagio, o alguna señal confusa que no supe cómo interpretar. Después de todo, nuestra historia comenzó en enero. Un veintitrés de enero, y es lógico que acabe igual.
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El sonido de tres golpecitos a la ventana del coche es lo que da inicio a mi día. Pausando la música, sonrío mientras abro la puerta del pasajero.
—Ah, Satoru... Que frío. —Cuando ella ingresa al coche y se sienta a mi lado, todo cambia radicalmente. El ambiente se transforma, otra cosa que siempre ha sido así. Desde aquel lejano día tomando chocolate —un veintitrés de enero— para mitigar la helada brisa de la mañana, mi cuerpo reacciona de forma inmediata.
—Es enero —respondo, quizás mi voz suena un poco hueca, pero es porque todavía es temprano—. Es lo normal.
—Estamos a menos diez grados. —Su cuerpo continúa temblando, por lo que no tengo más opción que regular la calefacción—. Gracias —dice, sonriendo por fin cuando logra controlar sus temblores—. Debimos hacer esto en Tokio. Allí no es tan frío como aquí. Los invitados la van a pasar mal.
—Que va, están todos acostumbrados. —No puedo evitar que mi voz siga sonando plana. Me fuerzo a cambiar el tono, aunque me cueste—. Además, es donde crecimos. Lógicamente debía suceder en este lugar.
—En eso tienes razón —asiente, convencida—. ¿Piensas en el pasado?
La pregunta genera un ligero espasmo en mis manos, por suerte, logro mantener el control del coche.
—¿Pasado?
—¿No es cursi haber elegido esta fecha? Veintitrés de enero. El día que nos conocimos.
—¿Acaso estás dudando? —Algo comienza a correr dentro de mí. Un calor tan conocido como anhelado—. Kento se sentirá muy triste si no puede llevarte al altar.
—Claro que no. —Su risa es pura y cristalina. Como hielo cayendo dentro de un vaso. Luego de esto necesitaré un trago—. Son los nervios prenupciales. Eso dice mi madre. Esperemos que tenga razón.
O dos.
—La tiene. Tranquila, todo saldrá bien.
—Gracias —su sinceridad al decirlo es tan abrumadora que no puedo evitar mirarla. Tiene esa sonrisa de nuevo. La suave y tierna sonrisa que tanto dolor ha causado a mi corazón—. Siempre has sido tan amable conmigo. Me alegra mucho que Kento te eligiera como su padrino.
—A mí también —digo, y es la mentira más grande que he pronunciado alguna vez.
Quisiera estar tan lejos de aquí ahora mismo. Tan, pero tan lejos...
Llegamos a la casa un poco antes de lo previsto. Al ser tan temprano, las carreteras estaban más despejadas por lo que no toma mucho tiempo volver a ver la figura de Kento envuelto en abrigos, esperándonos.
Nada más verse, ella se lanza a sus brazos y me veo obligado a mirar hacia otro lado cuando comparten un beso. Para mi suerte, Kento nota mi incomodidad y corta el momento, llevándonos a la cocina, donde tres tazas humeantes de chocolate caliente nos esperan. Tomo la que me ofrece, pero no puedo beber. El nudo en mi garganta se ha hecho tan grande que siento que no podría ingresar ni el más mínimo soplido de aire.
—¿Cómo estuvo el viaje? —Ya en la sala, nos acomodamos en los sillones de siempre. Ellos en el grande uno junto al otro y yo en el pequeño.
Antes, cuando Kento y yo pasábamos la tarde juntos leyendo historietas o jugando videojuegos, ese solía ser mi lugar. Es inevitable perderse en esas memorias cada vez que regreso aquí. Su casa, la mía al lado. Horas y horas de tonterías gracias a un simple momento que marcaría el resto de nuestras vidas.
—Bien. Cómodo. El avión... —Ella habla y solo puedo mirarla. Con gesto ausente, me aseguro de grabar a fuego este instante en mi memoria. Nadie tiene porque saber la verdad detrás de mis intenciones. Sus delgados dedos portando un anillo precioso. La estrecha cintura contenida dentro de un hermoso vestido. La sonrisa siempre agradable, siempre dispuesta.
Kento escucha en silencio, como es su costumbre. Asintiendo de vez en cuando e interviniendo en el monólogo que ella lanza solo cuando lo considera necesario.
Kento ha sido así desde el principio. Desde aquella lejana tarde cuando un niño extraño se coló en mi jardín delantero para pedirme un poco de mi chocolate caliente. Un veintitrés de enero, con más o menos —ya no recuerdo bien— frío que este día, una amistad dio comienzo.
Solo unos cuantos años después apareció alguien más en la ecuación y el sueño se transformó poco a poco en pesadilla. Fue mi amiga primero. Las cosas... Las cosas no debieron suceder de esta manera. Si yo no hubiese estado en medio. Si no los hubiese presentado, tal vez...
—Estuviste muy callado en la cena.
Más tarde, cuando todos se retiran, nos quedamos a solas ella y yo y no puedo evitar recordar cosas.Sentircosas. Cosas que no debería sentir. Que pésimo amigo soy.
—Sigo sin poder creer como pasó todo tan rápido. —Es una respuesta vaga, pero no por eso imprecisa.
—Se siente extraño, ¿verdad? —Con rapidez recogemos los platos y demás de la mesa y mientras Kento acomoda a los invitados en sus respectivas habitaciones, comenzamos a lavarlos en la cocina—. Un día estás tomando chocolate caliente en la nieve y al otro te casas.
—Sí, lo es. —Nuestras manos se rozan accidentalmente al comenzar el proceso de limpieza y retiro la mía con rapidez. Su anillo lanza un destello, como guiñándome un ojo brillante y el nudo da una vuelta más, ajustando aun más mis entrañas.
—¿Echas de menos esos tiempos?
Más que a nada en el mundo.
—No sigas hablando así. Pareces una anciana al borde de la muerte. —Ríe, y ese sonido es como pequeñas puñaladas disparadas directas a mi alma.
—Es verdad, perdona. Todo esto me pone de un humor raro.
—¿Pudieron acabar a tiempo los arreglos del vestido?
El maldito vestido. Esa pequeña obra maestra de tul, encajes y bordados que le había quedado demasiado pequeño. Una señal, dijo mi madre, es una señal.
Ya que Kento no podía verlo antes del gran día, me vi forzado a acompañarla durante el proceso. Esa noche lloré como nunca en la vida al teléfono con mi madre. Como un niño pequeño, necesité de todas mis fuerzas para no abandonar la ciudad esa misma noche.
—...y entonces finalmente encajó bien la cintura. —La larga explicación acerca de los arreglos llega a su fin y no podría repetir una palabra al respecto aún estando bajo peligro de muerte. Lo único que ocupa el espacio dentro de mi cabeza son dos anillos, un altar, y una boda que jamás llegará a suceder.
—Me alegro. —Que falso eres, Satoru. Que amigo más falso y más cruel.
Y que estúpido.
Que estúpido, estúpido eres.
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—¿Nervioso?
—¿Qué no eres tú el novio acaso? ¿Por qué debería ser yo quien esté nervioso?
Kento no dice nada, pero una comisura de su boca se eleva y eso es más que suficiente para transmitir todo.
—No pareces tú mismo estos días —comenta de forma casual, acomodándose el moño frente al espejo hasta quedar satisfecho con el resultado.
Una vez más estamos en el ático de su madre, donde tantas aventuras sucedieron en tiempos menos difíciles. El espejo de marco dorado nos devuelve la imagen de dos adultos vestidos de traje y miradas serias.
—Es el frío. Sabes que...
—Odias el frío —termina de decir—. Lo sé. Preparé más chocolate por si quieres tomar antes de ir a dormir.
Claro que quiero. Siempre quiero y ambos lo sabemos.
—Gracias. Agh... Nunca me acostumbraré a estas cosas —reniego, luchando contra la corbata que se niega a quedar como debería.
Kento se divierte a mi costa un rato, viéndome perder la batalla contra la soga de seda color celeste una y otra vez. Finalmente se apiada de mi pobre alma y pegando un cachetazo a mis manos las quita de en medio para tomar la corbata entre sus dedos, comenzando a anudarla con propiedad.
—Acabo de notarlo —dice, con gesto de extrañeza.
—¿Qué cosa? —Mis manos tiemblan ligeramente todo el rato de manera incontrolable.
—Este color es el mismo de tus ojos. —Con eso, mi mente se bloquea por un segundo.
—Tengo entendido que quien eligió el color de las corbatas de novio y padrino fuiste tú. ¿Algo que confesar, Kento?
Me arrepiento al instante que las palabras salen de mi boca. Estúpido Satoru.
—Que más quisiera tu madre que tenerme a mí de yerno —rebate, con ese tono de broma que tantas veces ha usado para referirse al tema. Puede que en algún momento me resultase gracioso. Pero ya no. Tantas cosas dejaron de tener gracia hacia tanto tiempo...
—Tendrá que aprender a vivir con la decepción. —Quizás mis palabras suenan demasiado ácidas para la situación. Kento me mira un segundo y parece querer decir algo, aunque se arrepiente y vuelve a cerrar la boca.
—Listo, ya quedó.
Con un último tirón, acomoda la corbata en su sitio y voltea. La imagen de ambos en el espejo, uno junto al otro con trajes negros, moño y corbata celestes me recuerda a nuestra fiesta de graduación. En aquel entonces nos pareció divertido asistir con trajes y peinados idénticos, solo porque sí. Aunque claro, en ese tiempo los dos vestíamos corbata. Ahora, apenas seis años después, tal cosa me parece la vivencia de otra persona.
—Esa noche cambió todo. —Ha leído mi mente, como no. Lleva haciéndolo toda la vida.
—Si... —Fue entonces cuando le presenté a quien ahora lleva el dichoso anillo gemelo idéntico al que porta en su dedo. Cuanto mal me hice con tan solo una simple acción.
—Ella estuvo enamorada de ti primero.
—¿Cómo dices? —Sus palabras salieron tan rápidas, tan de repente que no creo haber oído bien.
Kento me mira a través de nuestros reflejos en el espejo. Su expresión es difícil de descifrar.
—Eras tu quien le gustaba. Me lo confesó años después.
La revelación ocasiona una marea de sensaciones extrañas que no sé bien como clasificar, lo que se refleja en mi expresión.
—¿Tu no...? —comienza, dubitativo.
—Tranquilo. No sientas culpa. Pasó lo que tenía que pasar.
Kento suspira, sus hombros y expresión se relajan notablemente. La imagen del espejo se difumina un poco y me doy cuenta que es gracias a que estoy conteniendo las lágrimas. Ah, mierda, no es el momento.
—¿Quieres...?
—Sí. —Ni siquiera es necesario preguntar.
Con rapidez nos deshacemos de los elegantes trajes y con todo el sigilo posible bajamos a la cocina. La casa está silenciosa a esa hora. Los invitados han de estar dormidos y a pesar de ser tan tarde, conozco a Kento lo suficiente como para saber que no podrá pegar ojo pronto. Aunque pretenda disimularlo, los nervios están devorándolo.
Robando un par de tazas con chocolate caliente, nos dirigimos al jardín delantero como dos niños haciendo una travesura. La luna está alta en el cielo, su luz da brillo a la alfombra de nieve que se hunde bajo nuestros pies.
Sin pensarlo mucho, Kento dirige sus pasos a la casa de al lado. Mi casa. Donde nací, crecí, nos conocimos y también, donde me dieron la fatídica noticia. ¿Lo peor? No pudo ser una tarde cualquiera. A los veintitrés días de haber comenzado aquel año y con tres tazas de chocolate caliente como testigos, me mostraron lo que yo ya sospechaba y me negaba a creer.
—Fue aquí mismo —dice Kento, mirando un área donde antes solía crecer un arbusto y ahora se congelaban unas rosas—. Aquí mismo hace seis años, te dijimos que comenzamos a salir.
—Y aquí mismo hace un año me dijeron que se casarían. Lo sé. Lo recuerdo.
Jamás podría olvidarlo. ¿Cómo una misma fecha puede contener tanta felicidad y tanta desdicha a la vez?
—No has probado tu chocolate —dice Kento luego de un rato de nada más que él, yo, la luna y la nieve. Sentados como antaño en la entrada de mi casa, casi podría llegar a imaginar que somos ese par de niños otra vez—. ¿Está amargo?
—No. Está bien. —Es solo que... duele.
—Esta mañana tampoco tomaste ni un sorbo. Satoru...
No me mires así, mierda. Ya estoy haciendo demasiadas cosas mal.
—Tengo el estómago cerrado —admito finalmente.
—¿Está todo bien?
No.
—Mucho trabajo —miento. Soy bueno mintiéndole a Kento.
Desgraciadamente.
—Puedo prepararte un té —ofrece y yo niego. Reuniendo fuerzas, doy un sorbo a la taza.
El delicioso y dulce sabor explota a través de mi paladar. Es perfecto.
—Delicioso como siempre. —Son las palabras más sinceras que he pronunciado en mucho tiempo.
—Extrañaba esto, ¿sabes? Tú, yo, chocolate y nada más.
—Ah, ¿sí? —es todo lo que logro hacer salir de mi garganta. Tomo otro poco de chocolate, para disimular el obvio quiebre que ha sufrido mi interior.
—Es solo que... A veces... —duda, buscando poner orden a sus ideas—. ¿Crees que hago lo correcto?
—¿A qué te refieres? —Kento suspira, su aliento empuja las volutas de humo que ascienden desde la superficie de su taza, dispersándolas en el espacio. Varios pensamientos corren a través de sus ojos en pocos segundos.
El tiempo se ralentiza entonces, al darme cuenta de que acaba de entregarme la llave que puede cambiar todo. Sin embargo...
—Te ama. Tú la amas. No sé qué debería haber de erróneo en eso.
Kento tarda en responder entonces y mis manos vuelven a temblar cuando llevo la taza a mi boca una tercera vez. El trago que doy es mucho más largo que los anteriores. Sin importar el calor del chocolate me obligo a pasarlo a través de mi garganta. El ardor que deja a su paso es un alivio. Me distrae del resto de sensaciones incómodas que se acumulan una sobre otra. Cuando me doy cuenta, la taza está vacía y quiero más. Necesito más distracción. Quemarme la lengua.
Arrancarme el corazón.
En silencio, Kento extiende su taza medio llena en mi dirección. Había olvidado esto. El cómo siempre estaría dispuesto a darme el sobrante. Otra cosa que también se ha repetido durante años.
—Volvamos. Es tarde y deberías dormir. Si mañana tienes ojeras, será a mí a quien mate.
Ya en mi habitación, horas más tarde, giro de nuevo en la cama. La taza con el resto de chocolate de Kento sobre la mesilla me devuelve la mirada en silencio. Ella te ama, se repite en bucle dentro de mi mente hasta el hartazgo.Ella te ama.
Ya no necesito retenerlo, dándole la espalda al mundo, finalmente me permito llorar.
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La mañana llega demasiado pronto. Me cuesta decidir si eso es bueno o malo.
Por suerte para los invitados, el día no está tan frío. Por el contrario, una agradable calidez va haciéndose presente con el transcurso de la mañana. Será la boda perfecta. Mierda.
—¡Satoru! ¡Espera! —Volteo. Más por inercia que por otra cosa. Ella está sonriéndome, mientras me hace señas con una mano para que me acerque. Lo hago, y cada paso se siente como un pequeño disparo al corazón—. Necesito tu ayuda.
La sigo hasta un cuarto apartado al final del pasillo. Su séquito de damas de honor la rodean al instante, mientras arreglan cada detalle de su imagen. El vestido, el peinado, el maquillaje. Todo es tan, pero tan perfecto que por un instante me paralizo. Se ve hermosa.
—Satoru, quiero tu opinión. Esto está a punto de desatar una guerra. —El tono serio con que habla resulta divertido—. ¿Velo corto o largo?
Sosteniendo dos piezas de tul de distinta extensión, me mira como si de esa decisión dependiera el futuro del país. Para mi sorpresa, río. Todo esto es demasiado ridículo.
—¿Cuál crees que le guste más a Kento? —Mi sonrisa se borra al instante. Por suerte, nadie parece notarlo.
—Este —digo, señalando uno al azar—. Luce mejor con el vestido. Combina con eso que tienes en la cintura.
—Te lo dije —afirma muy contenta una de las tantas mujeres de la habitación—. Con ese tocado, el velo largo lucirá más.
—Además... —agrega otra y ya desconecto totalmente de la conversación.
Creí que cuando este día llegara estaría mejor preparado. He ensayado todo tipo de expresiones frente al espejo con asiduidad. Debería ser capaz de mantener esta sonrisa hasta que finalice la ceremonia. Luego, en la fiesta, beber ayudará a soportar el resto.
Tanto blanco resulta abrumador. El vestido, las flores, la decoración. A través de la ventana, logro tener una vista perfecta del jardín trasero de la casa, donde un ejército de personas vestidas de manera muy formal pone orden a los últimos detalles antes del inicio de todo.
Las tiendas para los invitados acumulan nieve en el techo, dando un efecto extrañamente precioso. El aroma de los arreglos florales llega hasta mi incluso a pesar de estar en un segundo piso. Nada podrá arruinar este día para los novios.
—¿Qué piensas? Necesito una opinión masculina.
Está nerviosa. Ni el maquillaje ni el peinado pueden ocultarlo. Tiembla como una hoja al viento mientras esperamos nuestro turno para hacer la gran entrada. Por supuesto, a falta de sus padres, el honor de entregar a la novia será mío.
—Estás hermosa —digo, y es la verdad. Está radiante. Brilla como si el sol solo naciera para posarse a su espalda. ¿Por qué esto es tan doloroso? ¿Cuándo es que acabará este sufrimiento?—. Cálmate, vas a arruinar tu cara.
—Quiero llorar —admite. Levantando el rostro, pestañea rápidamente para controlar las lágrimas. Algo se despierta en mí entonces. Algo que jamás he hecho antes con ella, aunque... bueno, la situación lo requiere. La abrazo. Es un gesto corto y simple, dura menos que un suspiro para mí, pero parece ser todo lo necesario para ella, ya que el nerviosismo parece desaparecer—. Gracias —dice, algo confundida. La situación queda allí ya que detrás de las puertas cerradas que dan al jardín comienza a sonar la marcha nupcial.
El momento ha llegado. Y no estoy listo.
Hay cosas de las mujeres que jamás he entendido. Una de ellas es este momento. Cuando en las películas la novia camina hacia el altar veo sus rostros emocionados por la situación. ¿Qué tiene de grandioso?, es lo que pensaba en cada uno de esos momentos.
Ahora lo entiendo. No es la caminata o el vestido o las personas mirando. Es el saber que al final del pasillo está la persona a la que amas. Está aquel con quién has decidido compartir la vida, la muerte y el corazón.
Me pregunto si eso es lo que piensa ella al ver a Kento allí de pie. Él no puede despegar los ojos de la mujer que hace su entrada y se siente extraño. Es como ser invisible. Como ser un intruso en un momento íntimo. Quiero correr.
—¿Quién entrega a esta mujer en matrimonio? —pregunta el sacerdote.
—Yo lo hago —mi voz se quiebra en la última sílaba. Espero que nadie lo notara. O al menos, que lo tomen como emoción por mi amigo de mi parte.
Emoción es. Positiva... no tanto.
La ceremonia es relativamente corta. Creo. Disocio de mí mismo la mayor parte de ella. Solo puedo pensar de nuevo en eso.
Dos anillos, un altar y un futuro que jamás sucederá.
De forma inesperada, la fiesta no está tan mal. Incluso ni siquiera necesito emborracharme. Solo necesito evitar el círculo principal. ¿Se verá mal? Seguramente. Por suerte no soy el centro de atención. Una situación que pretendo explotar al máximo.
La música es buena y la comida deliciosa. Me concentro en esos detalles para hacer todo más llevadero. Converso y bailo con el resto de invitados. La sonrisa, la máscara de una, mejor dicho, siempre presente. Los fotógrafos están al acecho en cada rincón, es necesario dar un poco el espectáculo.
Para la madrugada mi cuerpo me pide a gritos que pare. Escucho su llamado y salgo de la tienda montada en el jardín, escapando como una cucaracha al interior de la casa. Sé dónde ir en estos momentos. Aunque esté mal, lo necesito. A espaldas de la alegría general, me escabullo a la habitación donde estuvieron preparando a la novia. Un lugar tranquilo, en el cual solíamos jugar de niños y realizar quedadas de amigos cuando grandes. Demasiados recuerdos entre estas paredes.
El espejo me devuelve el reflejo de un hombre abatido. De alguien que se rindió sin pelear. Es frustrante. Quiero golpearlo. Tuviste tiempo, me dice ese hombre. Pudiste hacer por tu cuenta y te acobardaste. Permitiste que otra persona te robara ese precioso futuro.
—¿Estás bien?
¡Mierda!
—¡Kento! —Kento ríe ante mi yo espantado del susto. En algún momento su reflejo se materializó en el espejo sin que lo notara—. ¿Qué haces aquí? Mierda, casi me matas.
Más risas. Esa sonrisa. Hacía mucho tiempo que no veía esa sonrisa. Es extraño.
—Eso debería preguntarte yo. Mi padrino está perdido.
—Bebí demasiado. Necesitaba un respiro. —Es la mentira más obvia del universo, sin embargo, Kento sí ha bebido más de la cuenta, entonces es fácil de engañar. Una vez más, mi nula tolerancia a la bebida juega a mi favor.
—Es raro, ¿no lo crees?
—¿Qué cosa?
—Cómo pasa el tiempo... —Con su mirada vidriosa, Kento apoya su mentón en mi hombro. Cruzando sus brazos por delante de mi torso, me envuelve en un abrazo—. Todo empezó con un tu y yo. Y ahora... Y ahora no podemos volver atrás...
—¿Tengo que meterte a la ducha para quitarte la borrachera?
—Ja, ja. No sería la primera vez.
No. No lo sería. Pero como bien dice, esos tiempos han quedado atrás.
—¿Crees que hice bien?
—Es un poco tarde para estas preguntas, ¿no crees? —Mierda. Sueno mucho más amargado de lo que debería. Lo siento. Lo siento, Kento. No puedo mentir ahora mismo. No así. No aquí. No justo aquí.
Volteo, aunque voy demasiado rápido y los reflejos de Kento están muy alterados como para seguirme el ritmo, por lo que acabamos cayendo al suelo en un nudo de brazos y piernas. Mi cabeza golpea contra el espejo, que por obra y magia del universo permanece intacto, y suelto un quejido. En cualquier otra circunstancia, eso habría activado el mecanismo de protección de Kento. Ese que hace que cuide de mí a la mínima necesidad. Ahora mismo, solo se me queda mirando confundido. Está tan cerca que el olor a alcohol me golpea en toda la cara.
—A veces... pienso en... —comienza a decir y sé exactamente a qué se refiere. A qué segundo exacto de nuestras vidas. Ah, no. No, no, no, por favor—. ¿Tú no?
—No. —contesto con sequedad, cortando de raíz lo que sea que esté pasando por esa cabeza rubia. Tengo que detener esto. Como sea—. Ven. Arriba. La fiesta necesita del novio.
Con esfuerzo jalo de su brazo. Kento no parece muy entusiasmado por cooperar a la primera. Su expresión es demasiado seria para ser que acaba de cumplir uno de sus “sueños de vida”.
—La foto.
—¿Ah?
—Venía a buscarte porque debemos tomarnos una foto. Vamos.
Recobrando la cordura, es él quien acaba tirando de mí para sacarme fuera. El aire fresco nos golpea y parece devolverle algo de claridad. Qué bien.
El fotógrafo y la novia ya están en posición para cuando llegamos. Con un fondo de flores blancas, posamos los tres para inmortalizar este momento. No he bebido prácticamente nada, y, aun así, quiero vomitar. Mi estómago duele. Mi corazón duele. El brazo de ella alrededor del mío quema con la intensidad del sol, si no es que más.
Demasiado alegre para mi gusto, el tipo a cargo de las fotos me entrega una copia antes de retirarnos de la fiesta. Los invitados salimos en procesión cuando todo ha acabado y por fin ¡por fin! puedo respirar con normalidad.
Huyo —no existe otra palabra que defina mejor esto— hacia mi coche y piso el acelerador. Algo que sería nada prudente en la capital. Una cosa buena en todo esto es que no estamos en la capital. Las calles están desiertas a esta hora.
La madrugada está cercana cuando salgo del pueblo. Lo que hago carece totalmente de sentido. Es decir, todos nos estamos alojando en casa de Kento. Correr a toda velocidad lo más lejos posible de allí es contraproducente, teniendo en cuenta que deberé volver por mis pertenencias.
Sin embargo...
A veces... pienso en... ¿Tú no?
¿Por qué? ¿Por qué tuviste que sacar ese tema? ¿Sacarlo en un momento como este?
¿Cuántas veces lo habrás pensado por tu cuenta, en la soledad de tus pensamientos?
¿Por qué nunca lo mencionaste?
¿Por qué esperaste hasta ahora para decirlo?
¿Era el alcohol o eras tu quién hablaba?
¿Por qué?
Sin poder soportarlo más, detengo el coche de golpe. Mi cabeza casi golpea el volante debido al envión. Quizás perder la consciencia me habría venido bien. Debí beber más. Debí necesitar ser arrastrado hasta una cama por otra persona por no poder mantenerme en pie. Así podría evitar este mar de pensamientos desbordándose dentro de mí.
¡¡¡Mierda!!!
Estoy llorando. Recién me doy cuenta. Las lágrimas caen a chorros por mis mejillas y se sienten frías contra mi piel en llamas. Es insoportable.
Algo cruje cuando me enderezo al fin. Había olvidado la foto. Recobro el trozo de papel del interior de mi saco y lo miro. Las lágrimas difuminan los rostros sonrientes. Mi pecho arde. Quema. Todo en mi interior se enciende en llamas de agónico dolor.
¿Por qué?, pienso, furioso y angustiado a partes iguales, cuando rompo la fotografía en partes.
¿Por qué?
Tres pedazos son meticulosamente separados al desgarrar el papel.
¿Por qué?
Los miro un segundo y deshecho uno de ellos como basura.
¿Por qué?
Dos rostros sonrientes se juntan a medida que reúno los dos trozos que me interesan.
¿Por qué?
¿Por qué elegiste a otra persona?
Kento sonríe cuando uno su mitad con la mía.
¿Por qué no me elegiste a mí?








