Cap 1
Bajo las máscaras🎭
Boss Thanawaich era el mayor de los cuatro hermanos. Un Alfa en todo sentido, criado para liderar, para controlar, para proteger. Desde afuera, parecía invulnerable. Pero incluso el Alfa más fuerte era amado y cuidado por su familia. Y en los Thanawaich, el amor iba de la mano con una protección que no entendía de edades ni jerarquías. Boss lo sabía. Sus padres —Biblui, el Alfa sereno y firme, y Build, el Omega dulce y cálido— podían darles libertad, pero nunca dejarían que sus hijos enfrentaran el mundo completamente solos. No en el entorno en el que se movían. No en la mafia.
El salón del club privado estaba en su punto más elegante. Música suave, copas de cristal, y conversaciones bañadas en falsas sonrisas. Boss caminaba con paso seguro entre la multitud, saludando con discreta cortesía. Tenía experiencia para detectar intenciones ocultas, y por eso lo sorprendió lo que sintió: algo distinto, una mirada limpia entre muchas máscaras.
El camarero que pasaba con la bandeja no parecía tener la actitud servil de quienes sabían a quién servían. Sus movimientos eran naturales, su sonrisa auténtica. A Boss le llamó la atención… demasiado.
—¿Lo viste? —preguntó con una sonrisa apenas dibujada al acercarse a Dunk su hermano menor, quien observaba desde una columna.
—¿Al camarero o a cómo te estaba mirando? —respondió Dunk, alzando una ceja.
Boss rió, bajo.
—Ambos. No sé por qué, pero se sintió diferente. Aunque tú sabes cómo es esto… No quiero que las cosas se compliquen por un impulso.
Dunk apoyó una mano en su hombro con confianza.
—Si algo aprendimos de padre y papá es que podemos confiar en nuestros instintos, pero también en nosotros mismos. Solo… no lo enfrentes solo, ¿sí?
—Jamás —respondió Boss, mirando una vez más hacia donde el camarero había desaparecido entre la multitud—. Pero ojalá esto no sea solo otra decepción disfrazada.
Mientras Boss se perdía entre las luces doradas del lugar, creyendo que esa noche tendría un final diferente, a kilómetros de allí, el menor de los Thanawaich vivía un momento completamente opuesto.
Envuelto en una bufanda de lana y con una gorra bajada ocultado su rostro, Phuwin empujó la puerta de una pequeña cafetería escondida entre calles tranquilas. No buscaba atención. Solo un momento de paz.
La campanilla sobre la entrada sonó suave. Nadie lo reconoció, y eso era exactamente lo que quería. En un mundo donde su apellido abría puertas, a veces también las cerraba de golpe.
El lugar olía a café y chocolate recién molido, también a pan caliente recién hecho. El ambiente era cálido, acogedor… y real.
—Bienvenido —dijo pond el barista de turno tras el mostrador con una sonrisa sin pretensiones.
—¿Algo caliente para este clima traicionero? —preguntó con una sonrisa.
—Lo que sea que recomiendes —respondió Phuwin sin levantar mucho la mirada.
Pond se fue a preparar la bebida, mientras Phuwin observaba por el cristal empañado. No solía hablar mucho con desconocidos, pero había algo en la voz de aquel camarero que le daba una extraña calma.
Cuando volvió con la taza, se la dejó suavemente en la mesa. No se fue de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó sin presión.
Phuwin dudó, pero algo en él cedió.
—Quisiera pensar que sí… aunque no siempre lo siento así —dijo finalmente, con la mirada en su taza humeante—. Es solo que… confiar en alguien fuera de mi familia no me resulta fácil.
Pond no lo interrumpió. Sólo escuchó.
—Hubo alguien —continuó Phuwin, con la voz apenas temblorosa—. Me hizo creer que me veía a mí, no a mi apellido… pero todo fue una fachada. Desde entonces, me cuesta confiar. No porque desconfíe de todos por naturaleza, sino porque sé lo que duele entregarte y que te usen. Incluso cuando alguien parece sincero, algo dentro de mí se detiene.
Hice lo que pude para no cerrarme del todo. Mis papás y mis hermanos siempre me apoyan, me recuerdan que no estoy solo. Pero el dolor… el dolor que alguien más puede causarme, ese solo yo lo cargo. Y a veces, protegerse es lo único que uno puede aprende a soportar.
Pond asintió con empatía.
—No creo que seas débil por desconfiar. Creo que eres fuerte por seguir buscando.
Phuwin alzó la mirada por primera vez. Sus ojos se encontraron y, por un instante, no hubo apellido, ni protección, ni familia, ni miedo. Solo dos personas compartiendo una conversación mientras el bebía una taza de chocolate caliente en un invierno que parecía menos cruel.
Al salir de la cafetería, su celular vibró con un mensaje.
Maxky: Llevas casi una hora en esa mesa… Y sí, estoy afuera. Y Relájate, solo me aseguraba de que no te rompan el corazón. Otra vez, no.
Phuwin sonrió con ternura. Sabía que su hermano lo vigilaba, pero no desde el juicio, sino desde el amor.
Otro mensaje apareció.
Dunk: Si vas a confiar, que sea con alguien que sepa lo que vale tener tu atención. Si no, dile adiós antes de que papá Biblui le ponga precio a su cabeza.
Rió suavemente. Sabía que sus hermanos alfas podían ser intensos, pero también sabía que, junto a su otro hermano Omega, Dunk, lo entendían. Dunk era fuerte, callado, pero lo comprendía de una forma que solo otro Omega en su misma posición podía hacerlo.
A pesar de todo, Phuwin sabía cuidarse solo. Sus padres le habían dado alas, aunque no dejaran de mirar el cielo cuando él volaba.
Pero en el fondo, esa tarde en la cafetería… tal vez no quería protegerse. Tal vez, después mucho tiempo, quería creer.
Y aunque el chocolate ya se había enfriado, algo en su interior apenas comenzaba a calentarse.