Prólogo
Elian
Actualidad
No sabía dónde estaba, pero cada paso me parecía familiar.
Las paredes de piedra, las cortinas deshilachadas, el olor a cera vieja… Todo me resultaba tan conocido, como si en algún punto de mi vida hubiera estado ahí. O quizás solo era un sueño que nunca olvidé del todo.
Mis dedos rozaban las telas con cuidado. Había un temblor en mi mano, como si algo dentro de mí recordará el peligro. Y sin embargo, seguí avanzando.
El pasillo era largo, iluminado apenas por candelabros pegados a los muros. El aire olía a flores marchitas. Había un silencio espeso, casi solemne. Mis botas hacían eco sobre el mármol, y por alguna razón, noté que llevaba ropas antiguas… un jubón azul, con bordes dorados, una camisa de lino, un anillo en el dedo anular que no recordaba haber visto antes. Pero lo más extraño era mi reflejo, apenas visible en una vidriera rota: el cabello más largo, la piel más pálida, los ojos… más tristes. Era yo, pero no era yo.
Entonces lo escuché.
—Elías…
Una sola palabra. Una sola voz.
Y con ella, el mundo parecía inclinarse.
No sabía de dónde venía, pero al oír ese nombre —que tampoco era mío— sentí como si algo se encendiera en mi pecho. Como si alguien me hubiera llamado desde siglos atrás.
Me giré.
Y ahí estaba.
En la penumbra, junto a una columna, vi la silueta de un hombre. Firme, silencioso. Su capa ondeaba ligeramente con la corriente de aire. Tenía las manos manchadas de sangre, tierra, ceniza.
Sus ojos me miraban con una mezcla de amor y dolor que me cortó la respiración.
Lo conocía.
No sabía su nombre… pero era importante para mí.
Lo había amado antes. En algún otro lugar. En alguna otra vida.
—Kael —susurré, sin pensar.
Y en cuanto pronuncié su nombre, supe que era cierto. Que siempre había sido él. Una parte en mi no sabía con certeza de quién se trataba, pero la otra lo sabía.
Quise correr hacia él, pero el suelo se quebró bajo mis pies.
Cayó. Todo.
Yo.
Mi cuerpo.
El mundo.
Me hundí en un abismo de oscuridad, como si el universo se deshiciera alrededor mío. Y en esa caída lenta y cruel, una imagen me atravesó como una daga:
Una celda.
Una soga.
Él, mirándome por última vez.
Y mi voz, desgarrada por el llanto, jurando con rabia:
—Nos veremos en otra vida. Y te amaré… aunque no me recuerdes.
🀢🀣🀦🀤
Desperté gritando.
El sudor me corría por la espalda. Me senté en la cama de golpe, con el corazón desbocado. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz azul del reloj digital.
3:33 a. m.
Me pasé las manos por el rostro y sentí que estaba… llorando.
No recordaba del todo el sueño. Pero el nombre Kael seguía ardiendo en mi lengua.
Y por algún motivo que no podía explicar…
Lo extrañaba.
Como si acabara de perder al amor de mi vida…
🀢🀣🀦🀤🀢🀣🀦🀤