La elección
Ella no sabe que ya es mía.
Camina por los pasillos como si el mundo no la mirara, como si no sintiera mi presencia detrás de cada esquina. Tan ingenua. Tan perfecta en su distracción. Me bastó una sola tarde para decidirlo: no quiero compartirla. Ni con sus amigas, ni con sus libros, ni con sus pensamientos.
Seul-gi. Su nombre suena como una promesa. Cada vez que sonríe sin saber que la observo, algo en mi interior arde. No puedo evitarlo. No quiero evitarlo. Voy a hacer que me mire, que me necesite. Voy a entrar en su mundo aunque tenga que arrancar a cada persona que se interponga.
Después de todo, ¿qué es el amor si no es pertenencia? Y ella ya me pertenece. Solo que aún no lo sabe.
ְ
Hoy la seguí.
No fue difícil. Siempre toma el mismo camino a casa, doblando a la izquierda después del semáforo, metiéndose en ese callejón donde nadie mira. Ella cree que nadie la nota. Que es solo otra cara entre muchas. Pero yo la veo. Cada día. Cada gesto. Cada suspiro.
Seul-gi vive en el segundo piso, ventana al oeste. La cortina azul clara deja pasar la luz justo a la hora que se sienta a estudiar. Me pregunté cuánto tardará en notar que alguien la observa desde la esquina opuesta. Pero no importa. Cuando lo haga, será demasiado tarde.
No soy una extraña. Ya hablé con ella. Una vez. Le presté un libro en la biblioteca. Me agradeció con una sonrisa tímida, y desde entonces supe que había una grieta. Una pequeña abertura en su mundo... por donde puedo entrar.
Y ya estoy entrando.
Mañana me sentaré junto a ella en clase. Fingiré torpeza, risa nerviosa, interés compartido. Ella no sospechará nada. Aún no. Pero cada conversación, cada mirada será una semilla que voy a plantar. Y cuando florezca...
Seul-gi no sabrá dónde termina ella y dónde empiezo yo.