Capítulo 1: “Solo fue un sueño”
El viento soplaba suave a través de las cortinas de lino bordadas en oro pálido. La habitación, amplia y silenciosa, apenas respiraba vida. Los rayos de sol matutino atravesaban las celosías del ventanal, pintando líneas sobre las alfombras de seda color amatista. Sobre un futón impecablemente tendido, Mikaela Hyakuya abría los ojos.
Otra vez, el mismo sueño.
Mika, con no más de siete años, estaba de pie en la entrada de un viejo orfanato japonés. El patio de tierra, las tablas crujientes de la valla rota, el sonido lejano de niños riendo. En el sueño, él barría con energía, con esa sonrisa inocente que aún no había aprendido a esconder. Luego aparecía un niño de cabello oscuro, quejándose a voz alta de lo injusto del desayuno, del sistema, de todo. Siempre enojado, siempre apasionado.
—"¡Nos dan arroz frío otra vez!" —gritaba el niño.
Y entonces jugaban. Corrían. Reían. Caían en el polvo y no les importaba.
Pero justo cuando el recuerdo se volvía cálido... se desvanecía.
Mika se sentó lentamente en la cama. El peso del silencio cayó de nuevo sobre él. Su cabello rubio caía en mechones suaves y algo despeinados sobre sus mejillas. Sus ojos azules —tan intensos como el hielo— miraban hacia un punto fijo en el suelo.
—Solo un sueño —pensó.
Nada más.
No recordaba cuántos años tenía cuando lo llevaron al palacio, ni cómo se llamaba el niño del sueño. A veces creía que su mente solo intentaba inventarse una infancia menos vacía.
Se levantó sin apuro. Caminó descalzo sobre la alfombra mullida y fue hacia el perchero donde colgaba su vestimenta.
Era un kimono largo de seda púrpura, con bordados dorados en forma de lirios y mariposas. El interior tenía una capa más suave, color perla, que se asomaba sutilmente en las mangas. Los hilos dorados brillaban con el movimiento como si el propio sol los bendijera. Ató el obi —una faja ancha— con precisión, sin necesidad de ayuda. Sobre su cabello colocó un pequeño adorno de marfil con una flor tallada y una borla del mismo tono que el kimono. Un símbolo silencioso de su condición imperial... aunque nadie lo tratara como tal.
Una vez vestido, cruzó la habitación con pasos suaves. La habitación era enorme, pero vacía. No tenía juguetes, ni retratos. Solo libros, cojines apilados cerca de su cama, una mesa baja con tinta y pergaminos... y una pequeña jaula de madera laqueada en blanco, tallada con motivos de flores y lunas crecientes.
Parecía hecha para un príncipe.
Adentro, dos conejos. Uno blanco con manchas negras en el lomo, y otro café claro con manchitas blancas en el rostro. Dormían acurrucados. Mika se arrodilló frente a la jaula, deslizándose con gracia en el suelo de tatami. Deslizó una pequeña puertecita y colocó dentro su desayuno: una mezcla de frutas troceadas, hojas frescas, y un poco de heno seco.
—Buenos días —murmuró.
Fue la única vez que sonrió esa mañana.
Se quedó allí un momento, viendo cómo los conejos se desperezaban y comían. Ellos eran los únicos con quienes no debía fingir. No esperaba nada de ellos, ni ellos de él.
Volvió a pensar en el sueño. En esa risa. En la calidez.
Pero no. Solo eran imágenes sin sentido. No significaban nada.
O... ¿sí?
No recordaba nada más de su vida antes del palacio. Solo sabía que desde que tenía memoria, había sido entrenado para obedecer. Para servir. Para callar. Para sentarse derecho. Para no mirar directamente a los ojos a un noble. Para hablar solo cuando se le dirigía la palabra.
Una herramienta. Un símbolo.
Un hijo bastardo que debía ganarse el apellido que le fue dado.
Se apartó de la jaula con suavidad y se sentó sobre los cojines apilados. Tomó un libro de cubierta negra con letras en dorado. Comenzó a leer. No porque deseara aprender más, sino porque el silencio era aún más frío sin algo que lo llenara.
Más tarde haría los registros que Krul le había asignado. Revisaría inventario de las reservas del ala oeste y los informes de textiles del mes. Su madre —o al menos la mujer que lo había adoptado— le había enseñado a hacerlo bien. Era metódico. Perfecto.
Y cuando terminara, si tenía tiempo... dibujaría.
Krul le había regalado tintas de colores. Eran hermosas. Y como todo lo que tenía, también sentía que se lo debía a ella.
No salía mucho de su habitación. Tampoco Krul lo hacía. A ella le gustaba comer sola. A él también. O al menos, eso había aprendido.
Sus únicos amigos eran Lacus, un omega mayor que lo trataba con dulzura sin invadir su espacio... y René, un beta calmado que a veces le traía libros y comentaba cosas que Mika nunca respondía.
Pero él no se quejaba.
Tenía un lugar donde dormir.
Tenía comida.
Ropa. Un título.
Una jaula lujosa.
¿Y no era eso suficiente?
El dojo era amplio y silencioso, pero durante los descansos se convertía en un hervidero de voces, risas y pasos inquietos. Afuera, las hojas de los cerezos ya comenzaban a teñirse con tonos otoñales, aunque el sol seguía calentando con la intensidad de finales de verano.
Yuuichirou Hyakuya estaba sentado en uno de los bancos del patio, bebiendo agua con lentitud. A su alrededor, el sonido de espadas de bambú, pasos descalzos sobre la madera, y conversaciones cruzadas llenaban el aire. Pero él estaba en otro lugar.
En su mente, un recuerdo.
Un niño rubio —con los ojos más brillantes que recordaba— revolvía con una cuchara de madera una olla con curry, riendo mientras él, Yuu, se quejaba de lo poco que les daban para cocinar.
—"¡Esto no es justo! ¿Cómo se supone que nos llenemos con este curry aguado?"
—"Si sigues gritando, se va a salar solo por molestarte" —decía el otro niño, sonriendo con un brillo travieso.
—"¡Tú también deberías quejarte, Mika!"
—"Prefiero cocinar. Tú prefieres gritar. Así está bien."
Y luego... esa pequeña sonrisa. Una de verdad. Cálida.
Yuu parpadeó y volvió al presente.
El banco se hundió a su lado de golpe cuando Mitsuba se dejó caer sin ceremonia, con los brazos cruzados y el ceño fruncido como de costumbre.
—Tienes cara de que estabas soñando despierto otra vez —dijo, medio burlona.
—¿Eh? Cállate, no es cierto —gruñó Yuu, volviendo la mirada hacia otro lado.
—Totalmente cierto —interrumpió Shinoa, apareciendo de la nada detrás de él, colgándose de sus hombros como si fuera una liana humana—. Estás muy tierno cuando te pones todo pensativo. ¿Era una chica? ¿O un chico? ¿O el menú del almuerzo?
—No es nada —dijo Yuu, apartándola con una mano como si espantara una mosca—. Solo pensaba en lo que nos espera mañana.
—Ahh, sí, mañana —intervino Yoichi, sentándose con una sonrisa calmada—. ¿Pueden creer que realmente nos tocó al mismo grupo? ¡Vamos a servir en el mismísimo palacio imperial!
—Y que vamos a estar encerrados allí durante dos o tres meses —añadió Kimizuki, mientras ajustaba su cinta de la frente—. Dependiendo de si les agradamos o no a los nobles. Qué divertido...
—¿Divertido? —resopló Mitsuba—. ¿Sabes lo estrictas que son esas estancias? Un error y te mandan de vuelta o peor. ¿No dicen que la emperatriz tiene un temperamento horrible?
—Dicen que puede decapitar a un sirviente solo por dejarle tibio el té —bromeó Shinoa, en su tono habitual de sarcasmo dulce—. Pero igual, me gusta el riesgo.
—Yo escuché que nadie ha visto su rostro completo desde hace años —comentó Yoichi, más serio ahora—. Que vive recluida... y que tiene un hijo adoptivo, ¿no?
—Algo así —respondió Kimizuki—. Pero creo que no es su verdadero hijo. Es como una figura política. Raro.
Yuu guardó silencio. Se limitó a apretar la cantimplora entre las manos.
Él sabía exactamente quién era ese "hijo adoptivo".
Lo había visto, lo había abrazado, lo había prometido.
Pero no dijo nada.
No porque quisiera ocultarlo... sino porque las palabras parecían no querer salir desde hacía años.
Como si al nombrarlo en voz alta, el recuerdo se pudiera romper.
—Bueno, como sea —dijo Mitsuba, levantándose—. Mañana nos jugamos más que un simple turno. Si alguno logra impresionar, podría ser asignado de forma permanente.
—¡O conseguir recomendación directa! —añadió Yoichi—. Eso te lanza directamente al cuerpo imperial de élite. No sé ustedes, pero yo quiero que mi familia se sienta orgullosa.
—Yo solo quiero patear nobles insoportables —dijo Yuu, encogiéndose de hombros—. Con suerte, uno de ellos me pide que le traiga algo y le sirvo una patada.
Todos rieron. Shinoa le revolvió el cabello.
—Sabes que vas a arruinar nuestra oportunidad si haces eso, ¿verdad?
—¿Y qué? Alguien tiene que hacerlos bajar de su nube.
Pero a pesar de las bromas, Yuu volvió a mirar al cielo.
Había estado esperando este momento desde que supo de la existencia del palacio.
No por gloria. No por honor.
Sino porque, en algún rincón de ese lugar enorme y lleno de secretos...
estaba Mika.
Él no había olvidado.
Ni la promesa.
Ni los sueños.
Ni esos ojos.
La noche había caído hace horas, y el silencio del palacio se sentía más espeso que nunca. Solo el leve crujido del papel, el rasgueo suave del pincel mojado en tinta y el ocasional chasquido del bambú que golpeaba las ventanas por la brisa nocturna rompían la quietud.
Mikaela estaba sentado en su mesa baja, la espalda recta, la mirada fija en los documentos extendidos frente a él. La luz de la lámpara de aceite hacía brillar tenuemente las letras negras sobre el pergamino. Al lado, pilas perfectamente ordenadas de informes, archivos, y papeles con el sello de la emperatriz.
Llevaba horas en esa posición.
La pluma se detuvo un segundo entre sus dedos. Sus cejas se fruncieron. Otro error de cruce en los registros de los nuevos cadetes que llegarían mañana. No estaba bien categorizado el grupo tres. El dato no coincidía con los listados de entrada.
Respiró hondo.
—¡Cómo detesto las temporadas de prueba...! —soltó de repente, con voz baja, pero lo suficientemente clara como para llenar la habitación vacía.
—...Ah. Lo dijo —murmuró una voz somnolienta desde el otro lado del futón.
Mika alzó la mirada, sin girarse del todo. Lacus Welt estaba medio recostado en uno de los cojines de la sala, el uniforme de guardia medio desabotonado, su cabello largo atado en una coleta floja. Cabeceaba desde hacía rato, pero ahora lo miraba con un ojo abierto y el otro cerrado, como si estuviera peleando con el sueño y la realidad.
—¿Quieres ayuda? —preguntó Lacus, con un bostezo mal disimulado.
—No —respondió Mika, y volvió a bajar la mirada a sus papeles—. Puedo solo.
—Lo sé —respondió Lacus con suavidad, aunque su voz sonaba entre resignada y fraternal—. Pero que puedas no significa que debas.
Mika no dijo nada. Solo pasó al siguiente expediente con calma precisa, aunque sus dedos mostraban algo de tensión. El color de la tinta en su pincel ya no era tan firme. Llevaba demasiadas horas sin detenerse.
Lacus se incorporó con pereza, estirando los brazos mientras suspiraba. Caminó descalzo hasta el escritorio y se sentó junto a Mika sin pedir permiso. Ya sabía que no era necesario. Mika nunca le decía que se fuera.
—Rene está en el ala de los sirvientes, supervisando la llegada de los preparativos —comentó, mirando por encima de los hombros del menor—. Supongo que me toca a mí desvelarme contigo esta vez.
Mika siguió escribiendo, aunque su tono fue ligeramente más suave cuando respondió.
—No te obligo a quedarte.
—Ya lo sé. Pero no confío en que te detengas aunque te caigas de frente sobre los informes —bromeó Lacus, aunque la preocupación real se notaba en su tono.
Mika hizo una pausa, solo un segundo.
—¿Por qué siempre me piden a mí estos reportes?
—Porque los haces bien —respondió Lacus, encogiéndose de hombros—. Porque eres meticuloso, silencioso... y no se te olvida nada.
—O porque soy el hijo bastardo con nombre de noble, al que pueden usar para tareas sin protestas —replicó Mika sin levantar la voz, con esa calma helada que dolía más que si hubiera gritado.
Lacus bajó la mirada un momento.
—Mika...
—Está bien. Ya lo acepté hace mucho —respondió el menor, con un tono neutro que ocultaba demasiado—. Solo estoy cansado. Eso es todo.
La lámpara parpadeó con una ráfaga de viento. El silencio volvió a envolver la sala.
Lacus observó a Mika por unos segundos más. Ese niño de rostro sereno, ojos fríos y movimientos perfectos... parecía esculpido por el deber. Y sin embargo, ahí dentro aún quedaba un rastro de humanidad. Solo que lo escondía muy bien.
Se inclinó un poco, recogió uno de los documentos sin decir nada, y empezó a revisar nombres y sellos.
Mika no lo detuvo. No lo miró.
Pero esa fue su manera de decir: gracias.
Y así, bajo la tenue luz de la lámpara, ambos hermanos sin sangre compartieron otra noche sin descanso, mientras el reloj invisible del destino marcaba las últimas horas antes del encuentro inevitable.
El bullicio de las habitaciones asignadas a los aspirantes comenzaba a calmarse mientras los últimos doblaban sus uniformes y empacaban sus pertenencias. Yuu estaba de rodillas junto a su baúl, cerrando cuidadosamente las hebillas de cuero. A su alrededor, sus compañeros hacían lo mismo, entre bromas nerviosas y conversaciones entusiastas.
—¿Creen que la emperatriz sea tan temible como dicen? —preguntó Yoichi con una sonrisa nerviosa, apretando entre sus manos la cinta que amarraría a su bulto de viaje.
—Dicen que ni siquiera come con la corte. Que ni su propio consejo la ve seguido... —respondió Shinoa en tono teatral, mientras alzaba los brazos para imitar una sombra tenebrosa—. Y que su castillo es como un laberinto donde uno se puede perder y nunca volver.
—¡Deja de meter miedo, Shinoa! —refunfuñó Kimizuki, intentando mantener su compostura mientras doblaba sus hakamas con precisión militar.
—Me pregunto cómo será por dentro... —añadió Mitsuba con tono serio, ignorando a los demás—. Lo que sí es seguro es que si lo hacemos bien, nos podrían asignar allí de forma permanente. O al menos conseguir una carta de recomendación...
Yuu los observaba mientras ataba su espada al costado de su uniforme. No era muy expresivo, pero se notaba que también estaba emocionado. A diferencia de ellos, había una inquietud distinta en su pecho... Un presentimiento, como si ese lugar al que iban a llegar escondiera algo más que solo pruebas.
—Tranquilos —dijo con una media sonrisa—. Esta vez prometo no pelearme con nadie... al menos no sin razón.
Los demás rieron. Esa promesa ya era ganancia.
🏯 Apariencia exterior del palacio
El grupo de aspirantes llegó en fila, escoltado por algunos instructores, a la gran entrada del palacio imperial. La visión los dejó momentáneamente sin aliento.
El castillo se alzaba con una arquitectura imponente y elegante: grandes muros de piedra clara rodeados por pilares negros con detalles dorados, tejados curvados al estilo japonés tradicional, pero con toques decorativos únicos que lo hacían parecer casi sagrado. Dos grandes estandartes colgaban a los lados del portón principal, con el emblema del imperio bordado en hilos carmesíes. Desde el patio, podían verse jardines cuidadosamente podados y caminos de piedra gris que se perdían entre los edificios secundarios.
Los guardias que los recibieron lucían uniformes diferentes: algunos, con kimonos de tono azul oscuro, mangas amplias y pantalones tradicionales pensados para el combate. Pero lo que más llamó la atención de Yuu y su grupo fueron dos figuras que se adelantaron al resto.
Uno era un joven omega de cabello largo atado hacia atrás, uniforme blanco con detalles negros, capa ondeando suavemente tras de sí. Sus botas altas resonaban con firmeza. A pesar de su porte sereno, su mirada era filosa como una katana: Lacus Welt.
A su lado, un hombre beta de complexión más robusta pero mirada tranquila —Rene Simm—, con una versión ligeramente distinta del uniforme: sin capa, pero con una banda de rango en el brazo izquierdo.
Ambos se detuvieron frente a los aspirantes.
—Bienvenidos al palacio de la Emperatriz Krul —anunció Rene con voz firme—. Desde este momento quedan bajo la observación del alto consejo y de sus superiores directos. Cualquier falta será registrada. No hay segundas oportunidades.
Mientras hablaban, Lacus se limitó a revisar una lista en una tablilla de madera con símbolos cuidadosamente trazados.
—Sus nombres han sido clasificados. Cada grupo será asignado a un noble distinto. Ustedes cinco —miró a Yuu y sus amigos— están bajo asignación directa del Palacio Imperial.
Los murmullos entre los presentes no se hicieron esperar. Ser asignado al corazón del imperio no era poca cosa.
🌀 Interior del palacio: primer impacto
El interior del palacio contrastaba con la rigidez de su exterior. Los pasillos estaban hechos de madera pulida oscura, adornados con biombos pintados a mano, lámparas de papel colgantes y paneles de seda que separaban los espacios comunes. Las paredes estaban cubiertas de tapices bordados con escenas de antiguas leyendas imperiales, y por todas partes se respiraba una calma casi irreal.
—Este sitio parece un laberinto —murmuró Yoichi al oído de Yuu, maravillado.
—Lo es —respondió Lacus sin mirar atrás, como si hubiera oído cada palabra—. Y no todos los pasillos están abiertos para ustedes.
Al llegar a una habitación común, Rene les entregó una hoja con los horarios y normas del palacio. Nada de charlas después del anochecer. Silencio absoluto durante los recorridos por los pasillos principales. Prohibido el contacto directo con miembros de la familia imperial sin autorización.
—¿Alguna duda? —preguntó Rene.
Todos negaron con la cabeza.
—Bien. Descansen. Mañana comienza su primer día de servicio.
Cuando Lacus y Rene se retiraron, las voces volvieron a elevarse.
—¿Notaron algo raro? —dijo Mitsuba en voz baja—. ¿Ese tal Lacus...? No solo es un omega, es un guardia con alto rango. Y parecía tener autoridad incluso sobre otros betas.
—Creí que los omegas de la corte eran... otra cosa —murmuró Shinoa pensativa.
—¿Cómo qué? —preguntó Yoichi.
—No sé. Pero eso definitivamente no era común...
Yuu no dijo nada. Mientras los demás comentaban, él sentía una extraña sensación en el pecho. Algo le decía que el palacio tenía secretos mucho más profundos de lo que cualquiera de ellos podía imaginar.