The Sin

Summary

Jimin es un adolescente dulce y vulnerable, atrapado en una familia que no lo comprende. Jungkook, su tío, es un hombre rudo y dominante que lucha contra sus propios demonios. Cuando un amor prohibido nace entre ellos, deben mantener sus sentimientos en secreto, enfrentando el rechazo, la ley y la separación.

Status
Complete
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

1༊

El sonido de las cigarras era lo único que interrumpía la calma abrasadora del atardecer en Busan. El coche se detuvo frente a una casa algo descuidada, de esas que habían resistido más de lo que aparentaban. Jimin bajó con paso tímido, sujetando la correa de su mochila con fuerza. Su rostro era delicado, casi etéreo, con mejillas suaves, labios rosados y ojos grandes que parecían siempre a punto de llorar.

Tenía solo diecisiete.

Y aún no sabía que el verano que comenzaba le robaría la inocencia para siempre.

—¿Este es el chico? —preguntó una voz grave desde el porche.

Jungkook no necesitaba presentaciones. El hermano menor de su padre, su tío, era una figura que Jimin apenas recordaba, pero cuya presencia llenaba todo el espacio. Alto, de hombros anchos, tatuajes visibles en sus brazos bronceados, y una mirada oscura que parecía juzgar al mundo entero.

—Sí —respondió la mujer que lo acompañaba—. Gracias por aceptarlo, Jungkook. Mi hermana no tiene con quién dejarlo este verano, ya sabes cómo está la situación...

Jimin evitaba mirar directamente a su tío, pero cuando lo hizo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Jungkook lo observaba con algo más que desdén. Lo miraba como si no supiera qué hacer con él. Como si no supiera si abrazarlo... o alejarlo.

—Ve adentro, mocoso. Tu cuarto es el del fondo —dijo Jungkook al fin, apartando la vista.

Jimin asintió y caminó en silencio. Su andar era suave, casi felino. Había algo en él que no encajaba con la aspereza de esa casa: su ropa, su voz baja, su fragilidad.

Jungkook lo sabía desde el primer instante: ese chico era un problema. No solo porque era su sobrino. No solo porque era menor de edad. Sino porque su belleza tenía algo peligrosamente dulce. Algo que uno no debía mirar demasiado… si quería conservar el juicio.

Y sin embargo, ya lo estaba mirando.

Demasiado.

Jimin dejó la mochila sobre la cama con sábanas ásperas. El cuarto olía a madera vieja y a encierro. No era un lugar bonito, pero tampoco se quejó. Estaba acostumbrado a adaptarse, a ser invisible, a no molestar.

Pasó las yemas de los dedos por el borde de la ventana, observando el jardín seco. Desde allí se veía la figura de Jungkook encendiendo otro cigarro, de espaldas, como si no quisiera tenerlo cerca… pero tampoco lo alejase del todo.

Cuando bajó para cenar, la mesa era sencilla. Solo dos platos. Su madre le había dicho que Jungkook vivía solo desde hacía años, que no era exactamente sociable. Jimin lo notó enseguida: hablaba poco, y cuando lo hacía, parecía que cada palabra le costaba más de lo que debía.

—¿Ya terminaste la escuela? —preguntó de pronto, sin mirarlo.

—Voy a pasar a último año. Me gusta estudiar... aunque me dicen que parezco muy frágil para este mundo.

Jungkook levantó la vista, y por un momento sus miradas se cruzaron. Ahí estaba otra vez: esa dulzura peligrosa en los ojos de Jimin. No era coquetería... era algo peor. Era inocencia con un dejo de deseo. Una mezcla que desarmaba.

—No deberías decir cosas así —gruñó él, bajando la mirada al plato—. Hacerte el delicado en casas como esta... no es buena idea.

Jimin enrojeció. No por vergüenza, sino porque en el fondo... le gustaba cómo lo decía. Porque aunque sonaba como una advertencia, en el tono de Jungkook había algo que vibraba, algo contenido. Como si se esforzara en no dejar escapar lo que de verdad pensaba.

—No me hago... soy así —susurró, bajando la vista.

El resto de la cena fue silenciosa. Pero algo se había instalado entre ellos. No lo dijeron en voz alta. No lo aceptarían. Pero estaba ahí: ese lazo invisible, ese impulso prohibido.

Jimin se fue a dormir temprano, aunque no podía cerrar los ojos.

Y Jungkook... se quedó despierto hasta tarde. Fumando en el porche. Maldiciendo en voz baja.

Porque había muchas cosas que no podía hacer.

Pero mirar a ese chico...

Ya lo estaba haciendo.