Café Caliente y Corazones Fríos
Trafalgar D. Water Law llevaba años cultivando una reputación: serio, inexpresivo, con una habilidad perfecta para hacer café... y cero habilidades sociales. Era la clase de barista que te hacía un latte arte de calavera sin pestañear.
Hasta que entró él.
—¿¡QUÉ CLASE DE MILAGRO ES ESTE CAFÉ!? —gritó un tipo de cabello desordenado y sonrisa brillante, con la bufanda mal puesta y una taza humeante en la mano.
Law levantó una ceja detrás del mostrador.
—Es solo café. No es una invocación demoníaca.
—¡Claro que lo es! ¿Le echaste fuego líquido o magia oscura? —El cliente dio otro sorbo—. ¡Porque esto está criminalmente delicioso!
Law parpadeó. Nadie había gritado por el café. Nadie le había sonreído así. Nadie le había llamado "invocador de cafeína".
—¿Nombre para la orden? —preguntó, solo para salir del paso.
—Ace —respondió, con esa sonrisa pícara que parecía derretir hasta el hielo del corazón de Law.
Día uno. Cliente raro. Ignóralo.
Día dos. Regresó. Derramó el café sobre su bufanda. Le preguntó a Law si sabía coser.
Día tres. Invitó a Law a una cita, entre risas, como broma.
Día cuatro. Law dijo que tenía tiempo libre a las seis. “No me gustan las bromas si no se cumplen.”
Ace parpadeó. Y luego sonrió como si le hubieran regalado un millón de soles.
—Entonces es una cita real. ¡No te rajes, señor café oscuro!
Día cinco. La cita fue rara. Terminaron en una librería, discutiendo sobre mangas y el sabor del helado de té verde. Law dijo que Ace era molesto. Ace le compró un llavero de gato con bufanda. Law lo colgó de su llavero sin decir nada.
Día siete. Ace se apareció con una caja de donas, se quemó con su propio café y terminó siendo curado por Law en la trastienda.
—Eres un desastre —murmuró Law, vendando el dedo chamuscado de Ace.
—Y tú eres una taza de café caliente disfrazada de hielo. Te haces el frío, pero quemas igual.
Law lo miró fijamente.
—¿Eso fue una metáfora?
—Una declaración de amor —replicó Ace, como si fuera lo más obvio del mundo.
Y sin más, lo besó.
Law no lo detuvo. Ni lo empujó. Solo le agarró la bufanda mal puesta con una mano, y le devolvió el beso con una lentitud calculada.
—Molesto —dijo después.
—¿Pero te gusto?
—Me gustas molesto.
Ace sonrió.
—Entonces seguiré viniendo todos los días.
—Si traes donas, lo permitiré.
Día ocho. Había dos cafés en la barra. Una dona mordida. Y un cartel nuevo en la puerta del café: “Advertencia: aquí sirven café caliente… y relaciones serias.”