Capítulo 1
Mateo dijo una vez que los recuerdos son como cajas que uno guarda en el fondo del armario. A veces los abrimos con cuidado, otras veces se caen solos.
Y hay uno, solo uno, que nunca quiso abrir.
Un día, Anna apareció entre el ruido de una cafetería y el olor a café recién hecho, y esa caja cayó. Y cuando cayó, no hubo forma de no mirar adentro.
(…)
La lluvia comenzó a caer justo cuando Anna cruzó la calle con prisa, buscando refugio en la primera cafetería que encontró. Su paraguas roto no había servido de mucho, y el cabello se le pegaba al rostro mientras pedía un capuchino con voz cansada.
Eligió una mesa cerca del ventanal. Sacó su cuaderno —siempre llevaba uno, aunque últimamente escribía poco— y dejó que el sonido de la lluvia llenara los espacios que su mente no quería ocupar.
No lo vio entrar. Pero lo escuchó.
Una carcajada, apenas más grave que en su memoria, pero inconfundible.
Se giró por instinto. Y ahí estaba él.
Mateo.
Del otro lado del local, con otra gente, otra vida... pero los mismos ojos. Los mismos que había aprendido a leer cuando aún creían que la amistad era para siempre.
Anna bajó la mirada con rapidez, como si eso bastara para no sentirse expuesta. Como si su corazón no la estuviera traicionando con cada latido acelerado.
—¿Por qué hizo eso? —susurró, sin mirar a nadie, sin esperar respuesta.
Y entonces, como si las palabras hubieran abierto una puerta, el recuerdo llegó.
Mateo, con apenas once años, corriendo tras ella en el parque del barrio. Anna reía, con las trenzas sueltas y las rodillas raspadas. Habían hecho una promesa esa tarde, mientras el sol se escondía: “Nunca vamos a dejar de hablarnos. Aunque crezcamos. Aunque seamos viejitos.”
Pero el tiempo no perdona promesas hechas con voz de niño.
Y ahora, años después, ahí estaba él. Y ella... sentada frente a una taza de café frío, preguntándose por qué nunca supo en qué momento lo perdió.
Mateo pareció a punto de voltear hacia ella. Sus ojos se movieron lentamente, buscando algo —o a alguien— en el reflejo del ventanal.
Pero cuando finalmente giró la cabeza, Anna ya no estaba.
Solo quedaba la taza de café, con el vapor mezclándose con la lluvia que seguía cayendo afuera.
Capitulo 1 "La coincidencia"....