PROLOGO
Prólogo
La primera vez que lo vi, tenía las manos manchadas de sangre y los ojos vacíos de culpa.
Estaba lloviendo. No esa lluvia romántica que uno ve en las películas, sino una lluvia densa, helada, como cuchillas líquidas sobre la piel. Me habían advertido que no saliera sola, que en esa parte de la ciudad, después de las once, no había redención. Ni ley. Ni regreso.
Yo no escuché.
Mis botas chapoteaban sobre charcos espantados por las luces de neón. El viento aullaba entre los edificios como un animal herido, y yo caminaba rápido, con la cartera apretada al pecho, los latidos desbocados sin saber si por miedo… o por anticipación. Porque algo en mí, desde que tengo memoria, siempre ha corrido hacia el peligro, no lejos de él.
Y entonces, lo vi.
O más bien, lo escuché primero: el chasquido seco de un disparo. Después, el ruido sordo de un cuerpo cayendo. Me congelé. Era una tontería haber salido sola. Y sin embargo, giré la cabeza.
Allí estaba él.
De pie bajo la lluvia, la pistola aún humeante en la mano, el cuerpo de otro hombre tirado a sus pies como un muñeco roto. Su rostro no mostraba emoción alguna. Era hermoso de una manera cruel: mandíbula afilada, cabello oscuro mojado contra la frente, una cicatriz leve que partía su ceja izquierda. No parecía tener alma. O si la tenía, estaba en guerra con ella misma.
Nuestros ojos se cruzaron.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás un segundo. Quizás toda mi vida. Me habría marchado corriendo si mis piernas me lo hubieran permitido. Pero no pude. Algo en su mirada me arrancó el aliento. Era como si hubiese estado esperándome… como si ya me conociera.
Y entonces, sonrió.
Un gesto leve, peligroso, como si supiera que esa noche, yo ya no era libre.
Él se acercó.
Me dijo su nombre, o al menos uno que podía usar por ahora. Me ofreció su chaqueta para cubrir mi ropa empapada. Me habló con voz suave, como si no acabara de matar a alguien segundos antes. Me tomó del brazo, no con fuerza, pero tampoco me dejó opción.
—No estás segura aquí —murmuró—. Y ya me viste.
Me llevó con él.
No me preguntó si quería ir. No me prometió nada. Pero cuando me subió al coche negro y las puertas se cerraron como la tapa de un ataúd, supe que mi vida, la que conocía, había terminado. No era una víctima. No del todo. Porque en el fondo, muy en el fondo, algo dentro de mí quería ser llevada.
Nunca supe si fue un secuestro… o destino.
Lo que sí supe, desde esa noche, fue que había caído en los brazos del hombre más peligroso de la ciudad. Y que, de alguna forma enferma y oscura, iba a aprender a amar sus cicatrices… mientras él destrozaba las mías.
Y así comenzó mi historia.
Una historia de sangre, mentiras, placer y cadenas.
Una historia donde el amor no salvaba… solo consumía.