Dulce tentación

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Summary

> 🔞⚠️ ADVERTENCIA: CONTENIDO MUY EXPLÍCITO Y GRÁFICO⚠️ Él es serio, reservado y casi imperturbable. Ella es su amiga de la infancia… y su mayor tentación. Ahora viven juntos como simples “compañeros de cuarto”… pero lo que realmente comparten son noches llenas de deseo contenido, juegos peligrosos y fantasías que se escapan de control. Ella lo provoca, se insinúa, se entrega al placer cada vez que él no está mirando. Él intenta resistir, pero el límite entre la amistad y algo prohibido se vuelve cada vez más borroso. ¿Qué pasa cuando lo que no debe pasar… pasa? Una historia para quienes buscan romance erótico con intensidad, tensión, deseo desenfrenado y… relaciones que nunca debieron cruzar la línea. Solo para mayores de 18 años. #Erotismo #+18 #RelacionesProhibidas #AmigosConTensión #Rummates #RomanceErótico #ContenidoExplícito #ComediaPicante #TensiónSexual

Genre
Erotica
Author
vic8182
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo – Cuando te conocí

El calor del verano en Phoenix, Arizona, era intenso, como siempre. El sol caía sobre las aceras agrietadas, y el aire parecía quedarse quieto en las calles tranquilas del vecindario donde vivían los abuelos de Víctor.


Con solo seis años, ya estaba acostumbrado a esos viajes desde México. Cada verano, sus padres lo llevaban a visitar a sus abuelos en Estados Unidos. Aunque no hablaba mucho, le gustaba ese cambio de ambiente. Todo era diferente, desde los árboles hasta el cielo más despejado.


Ese día, mientras su abuela conversaba con una vecina nueva que había llegado del extranjero, Víctor se quedó parado junto a la puerta, observando en silencio. No le gustaban mucho las multitudes ni las conversaciones largas. Pero algo llamó su atención.


Una niña, quizás un poco más alta que él, de cabello rosa recogido en dos coletas y ojos verdes brillantes, lo estaba mirando. No como si fuera un extraño, sino como si ya lo conociera.


Ella dio unos pasos hacia él y le sonrió.


—Hola. ¿Tú eres el nieto de la señora que vive aquí? —preguntó con voz clara y segura.


Víctor asintió lentamente.


—Me llamo María Luisa. Tengo siete años. Vine con mi mamá desde Japón.


Él solo respondió:


—Víctor.


—¿Quieres jugar?


Víctor dudó un momento. Pero esa sonrisa traviesa y amigable lo hizo asentir.


Desde entonces, los dos pasaron los días juntos. Jugaban en el jardín, compartían paletas en la banqueta, se escondían entre los arbustos, inventaban historias sobre dragones, castillos y naves espaciales. No necesitaban más que su imaginación para convertir cada rincón del vecindario en una nueva aventura.


Aunque eran diferentes, se entendían bien. Víctor era más callado y observador. María Luisa era alegre, curiosa y un poco distraída, pero siempre encontraba la forma de hacerlo reír.


—Cuando sea grande, voy a tener una casa con un jardín así —dijo ella un día, mientras ambos miraban el cielo acostados sobre el césped seco.


—Yo quiero una con muchos árboles —respondió él.


—¿Y si vivimos en la misma?


Víctor no dijo nada, pero en el fondo le pareció una buena idea.


El verano terminó. Y cuando Víctor tuvo que volver a México, sintió algo raro en el pecho. Una especie de nostalgia que no sabía cómo explicar.


María Luisa se despidió con una promesa sencilla:


—Te voy a esperar el próximo año.


Él solo sonrió.


No lo sabía entonces, pero ese primer encuentro marcaría el inicio de algo especial. Algo que el tiempo, la distancia y los años no podrían borrar.

Prólogo – Cuando te conocí (Parte 2)


Cada día, Víctor caminaba hasta la casa de su abuela esperando verla. María Luisa ya lo esperaba afuera, sentada en las escaleras o correteando descalza por el jardín. Siempre tenía una idea nueva, un juego distinto, o una historia que contar. A veces hablaba de Japón, otras veces inventaba aventuras donde él era un caballero y ella una princesa con poderes secretos.


—¿Cómo es México? —le preguntó una tarde, mientras compartían una bolsa de dulces bajo la sombra de un árbol.


—Hace calor también. Pero no tan seco. Hay más árboles, y a veces llueve mucho.


—¿Y tienes amigos allá?


Víctor se encogió de hombros.


—Unos pocos. Pero no como tú.


María Luisa sonrió, y luego lo miró con esos ojos grandes y verdes que parecían descubrir todo lo que él no decía.


—Yo tampoco tengo un amigo como tú —dijo con voz bajita.


Los días siguieron con la misma rutina sencilla: juegos, helados, carreras por la calle, y muchas risas. Víctor comenzó a hablar más cuando estaba con ella. No necesitaba pensar tanto en lo que decía, porque María Luisa lo aceptaba como era, sin hacer preguntas incómodas.


Una tarde, mientras armaban una casa de cartón con cajas viejas, ella le preguntó:


—¿Crees que cuando seamos grandes todavía seremos amigos?


—Sí —respondió sin dudar.


—¿Y si un día vivimos en el mismo lugar?


—¿Tú en México o yo aquí?


—O en otro lugar. No importa dónde. Solo que estemos juntos —dijo ella mientras dibujaba una carita sonriente sobre la caja con un plumón.


Víctor asintió.


No sabía por qué, pero le gustaba esa idea.


Al final del verano, cuando la maleta ya estaba lista y sus padres lo esperaban en la puerta, María Luisa se quedó muy quieta frente a él.


—Te voy a escribir una carta —dijo de repente—. No sé cómo, pero voy a encontrarte. Siempre.


Víctor le entregó uno de sus juguetes favoritos: un pequeño dinosaurio verde que llevaba a todos lados.


—Para que no me olvides —dijo, algo avergonzado.


Ella lo recibió como si fuera un tesoro, abrazándolo con fuerza.


—Nunca te voy a olvidar, Víctor.


Fue un adiós simple, sin lágrimas, sin promesas exageradas. Pero dentro de ambos, algo había nacido. Una semilla invisible, guardada en el rincón más profundo de sus recuerdos.


Años después, cuando sus caminos se reencontraran, esa semilla empezaría a florecer… de una forma que ninguno de los dos habría imaginado.

Prólogo – Cuando te conocí (Parte 3: La despedida)


El día de la partida llegó más rápido de lo que Víctor quería. La maleta estaba llena, el coche esperaba en la entrada, y el aire tenía ese sabor a despedida que nadie quiere reconocer.


María Luisa estaba junto a la puerta, con su cabello rosa un poco despeinado por el viento y sus ojos verdes fijos en él, tratando de esconder la tristeza con una sonrisa.


—¿Vas a extrañarme? —preguntó, sin levantar la voz.


Víctor tragó seco. No estaba acostumbrado a decir lo que sentía, ni siquiera a sí mismo.


—Sí —respondió al fin, sincero.


Ella se acercó y le dio un pequeño abrazo, suave y breve, pero suficiente para que los latidos de su corazón se aceleraran.


—Prométeme que vas a volver.


—Lo prometo —dijo él, con una pequeña sonrisa.


Ella levantó la mano y, casi como un juramento, tocó con la punta de sus dedos la frente de Víctor.


—Entonces, hasta el próximo verano —susurró.


El coche arrancó lentamente, alejándose del vecindario, mientras María Luisa lo observaba desde la acera, hasta que la distancia borró su figura.


Víctor miró por la ventana, pensando en ese verano que había cambiado algo dentro de él. Una amistad que parecía simple, pero que para ambos era mucho más.


Y mientras el sol se ponía en el cielo de Phoenix, una promesa silenciosa quedó flotando en el aire: algún día, volverían a encontrarse.