Hogar
Nuestra aldea era como algo arrancado de un sueño. Casas encaramadas en los árboles, unidas por puentes colgantes que se mecían con el viento. La escuela y el liceo se apretujaban entre dos pinos gigantes. Había un minisupermercado atendido por la Abuela Gladis, una bruja que te sonreía mientras mezclaba pociones que olían a miel. Los caminos se dividían en dos tipos: los oscuros, donde la noche parecía más pesada, y los iluminados por luciérnagas que danzaban. Un río cortaba el pueblo en dos, serpenteando hasta perderse en el bosque, donde nadie se atrevía a cruzar. La advertencia era clara: “Prohibido ir del otro lado del bosque.”
En el corazón del pueblo estaba nuestra casa, abrazada por un árbol tan viejo que sus ramas formaban parte de las paredes. Vivíamos con nuestro padre, Jacob, el líder de la aldea. Era un hombre callado, de ojos que parecían ver más allá, siempre con una barba que nunca recortaba. Nos repetía que nuestros collares de cuarzo, regalos del bosque, no eran joyas: eran nuestra protección, nuestro vínculo con este lugar. El suyo, de cuarzo blanco, colgaba de su cuello, pero nunca hablaba de él. Ni de sus poderes, si es que los tenía.
Somos tres hermanos. Yo, Jordan, el menor, con un cuarzo rosa que hace que las plantas cobren vida. Blair, la del medio, con su cuarzo amarillo que enciende la luz más brillante, aunque le tiene un pánico ridículo a la oscuridad. Y Spencer, el mayor, con un cuarzo celeste que domina el agua, desde gotas suaves hasta remolinos que podrían tumbarte. Somos un desastre, pero nos queremos. Más o menos.
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Martes, 16 de Marzo de 2004
Esa mañana, el sol se coló por mi ventana, obligándome a abrir los ojos. Me senté en la cama, mirando mi cuarto, que parecía el escenario de una pelea épica: libros tirados, ropa enredada con raíces que habían crecido.
—Algún día ordenaré esto —mentí, suspirando.
Me arrastré al baño, me lavé la cara con agua fría para espabilarme y agarré lo primero que encontré: pantalones grises, una camiseta blanca de manga larga y mis tenis gastados. Mientras bajaba las escaleras, eché un vistazo al pasillo. Las puertas de nuestras habitaciones eran como espejos de nosotros mismos. La de Blair, amarilla, con un sol que brillaba como ella, aunque se apagaba cuando estaba triste. La de Spencer, celeste, con gotas de agua que a veces goteaban si estaba de mal humor. La mía, rosa, con enredaderas de campanillas que se marchitaban si me sentía mal.
En la cocina, el caos ya estaba servido. Blair, con su pelo revuelto, devoraba una tostada como si fuera una misión. Spencer jugaba con un vaso de jugo, haciendo que las gotas flotaran en el aire. Papá, sentado con una taza de té, alzó una ceja al verme.
—Gracias a la luz que por fin despertaste —dijo Blair, con ese sarcasmo que nunca apagaba.
—Te salvaste de un balde de agua helada —añadió Spencer, sonriendo mientras las gotas volvían al vaso.
—Buenos días a ustedes también —repliqué, rodando los ojos.
—¿Otra vez en el balcón toda la noche? —preguntó papá, con esa mirada que veía a través de mí.
—Solo un rato. Estaba... experimentando con las plantas —dije, esquivando sus ojos.
—Ten cuidado, Jordan. Tus poderes no son un juego. No quiero otro árbol creciendo en la plaza —dijo, serio, refiriéndose a “ese” incidente que todos fingían olvidar.
—No fue mi culpa. Creció más rápido de lo que pensé —mascullé, sintiendo las mejillas calientes.
—No importa. Sé más precavido. ¿No vas a desayunar?
—Estoy bien. Me duele un poco el estómago —mentí, para no admitir que estaba nervioso por algo que no podía explicar.
—Ustedes dos, apúrense —dijo papá, mirando a Blair y Spencer—. Van a llegar tarde.
Blair se atragantó con su tostada, levantando una mano como diciendo "ya voy". Spencer, listo como siempre, se colgó su cuarzo, que brilló un segundo, haciendo que las gotas del jugo formaran esferas en el aire antes de caer.
—Adiós, papá —dijo, como si controlar el agua fuera lo más normal del mundo.
Blair se puso su cuarzo, y las velas de la casa se apagaron de golpe. La oscuridad duró un instante, pero vi el temblor en sus manos antes de que las velas volvieran a encenderse.
—Nos vemos, papá —dijo, fingiendo que no había pasado nada.
Me acerqué a darle un beso en la mejilla, notando su barba desaliñada.
—¿No te afeitas? Pareces un sabio de montaña —bromeé.
—Es para verme más sabio —respondió, guiñándome un ojo—. Ahora váyanse, que se les hace tarde.
Salimos riendo, pero antes de cerrar la puerta, papá gritó:
—¡Y recuerden...!
—“Prohibido ir al otro lado del bosque”—dijimos los tres al unísono, rodando los ojos. Era como un himno que nos sabía de memoria.
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El árbol que sostenía nuestra casa era un gigante, con raíces que se hundían en el río abajo. Extendí la mano, y mi cuarzo brilló. Tres lianas gruesas crecieron desde el tronco, colgando hacia el sendero.
—Ni loca —dijo Blair, cruzándose de brazos.
—¿Entonces cómo bajas, genia? —repliqué, alzando una ceja.
Ella sonrió, con esa chispa traviesa que siempre significaba problemas.
—¿Una carrera? El primero en llegar a la escuela gana.
Spencer alzó una ceja.
—¿Y qué ganamos?
—¡Gloria! —dijo Blair, como si fuera obvio.
—¿Gloria? —pregunté, confundido.
—Suena épico, ¿no? —respondió, inflando el pecho.
Spencer suspiró, pero sonrió.
—Está bien. Pero si rompen algo, no me culpen.
Nos preparamos. Blair hizo brillar su cuarzo, y una esfera de luz la levantó, flotando como una luciérnaga gigante. Spencer invocó una columna de agua desde el río, subiendo con un movimiento fluido. Yo respiré hondo, y una petunia enorme creció bajo mis pies, elevándome a su altura.
—¿Listos? —preguntó Blair, con los ojos brillando.
—Listos —dijimos Spencer y yo.
—¡Tres, dos, uno... YA!
Blair salió disparada, su esfera de luz zigzagueando entre los árboles. Spencer se deslizó por el río, su columna de agua cortando el aire como una flecha. Yo intenté seguirles el paso en mi petunia, pero eran rápidos. Demasiado.
—¡Trampa! —gritó Spencer cuando un destello de Blair lo cegó.
—¡No hice nada! —respondió ella, riendo mientras aceleraba.
Spencer contraatacó, lanzando bolas de agua que nos empaparon a Blair y a mí. Mi petunia se tambaleó, pero la estabilicé, sacudiéndome el agua del pelo.
—¿Y yo qué hice? —protesté.
—¡Es una carrera! —gritaron los dos al unísono.
—Ok, si así quieren jugar... —Sonreí, y mi cuarzo brilló. Ramas de los árboles se entrelazaron frente a ellos, formando una barrera. No lo suficiente para detenerlos, pero sí para darme una ventaja.
Pasé sobre el minisupermercado de la Abuela Gladis, donde el aroma dulce de sus pociones flotaba en el aire. Las casas colgaban de las ramas, unidas por puentes de cuerda que se mecían suavemente. La biblioteca, con sus libros que aparecían si los pensabas, brillaba a lo lejos. Este lugar era magia pura, un equilibrio entre naturaleza y algo más grande, algo que sentía en los huesos.
Bajé hacia el río, mirando atrás. Blair y Spencer seguían peleando con mis ramas, lanzándose pullas. Me reí, pero entonces lo vi. Un destello rojo en lo profundo del bosque. Luego uno gris. Y finalmente, uno azul oscuro. Me detuve en seco, con el corazón en la garganta.
No eran luciérnagas. No eran nada natural. El aire en esa parte del bosque se sentía pesado, como si te empujara hacia atrás. La advertencia de papá resonó en mi cabeza: *Prohibido ir al otro lado del bosque.* Pero esto no era solo un cuento para niños. Algo estaba ahí, y no era amigable.
La columna de agua de Spencer pasó zumbando, y Blair me rebasó con su luz, riéndose. No notaron los destellos. Ni que yo había frenado. Cuando volví a mirar, las luces habían desaparecido, como si el bosque las hubiera tragado.
—¿Qué fue eso? —murmuré, apretando mi cuarzo, que vibró bajo mi palma.
Sabía que había perdido la carrera, pero eso ya no importaba. Aceleré, dejando que mi petunia me llevara a la escuela. Cuando llegué, Spencer se ajustaba su coleta, despeinada por el agua, y Blair se quitaba hojas del pelo, gruñendo.
—No quieres admitir que gané en tu propio juego —dijo Spencer, cruzándose de brazos.
—Tú no ganaste nada —replicó Blair, inflando las mejillas.
Bajé de mi petunia y me acerqué, todavía agitado.
—Al menos no fui la última —dijo Blair, mirándome con una sonrisa triunfal.
—Ni la primera —repliqué, sonriendo, lo que hizo reír a Spencer.
—¿Y tú por qué te tardaste? —preguntó Spencer, alzando una ceja.
—Vi algo... en el otro lado del bosque —dije, serio.
Se quedaron callados, mirándome como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué viste? —preguntó Spencer, frunciendo el ceño.
—Destellos. Uno rojo, otro gris, y uno azul oscuro. No eran normales —dije, sintiendo un nudo en el estómago.
Blair cruzó los brazos, nerviosa.
—Ese lado del bosque siempre es raro. Tal vez lo imaginaste —dijo, mirando los árboles como si fueran a moverse.
—Los árboles ni siquiera se movían. Solo eran luces —insistí.
Spencer se rascó la barbilla, pensativo.
—Tal vez fue la luz de Blair. Te pudo deslumbrar —dijo, con una sonrisa burlona.
Blair lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué siempre soy yo? —replicó—. ¡Tal vez fue tu agua reflejando algo!
—Para, para —intervine, alzando las manos—. No sé qué fue, pero no me lo imaginé.
Blair suspiró, incómoda.
—Sea lo que sea, déjalo. No quiero ni pensar en eso.
Spencer asintió.
—Entremos. No quiero otro castigo del maestro de Historia Pueblerina por llegar tarde.
Intenté relajarme, pero las luces seguían en mi cabeza. Blair y Spencer podían fingir que no pasaba nada, pero yo sabía que había visto algo. Y no era solo mi imaginación.
—Voy a hablar con papá —pensé, apretando mi cuarzo—. Aunque diga que está prohibido, necesito saber qué hay Del otro lado del bosque.