Entre dos mundos
¿Cómo he llegado aquí? Hace apenas unas horas estaba en la parada del autobús, despidiéndome de mis padres, camino a mi nueva escuela... ¿Mi nueva escuela? ¡Pero si esto es... magia!
Intento recordar... El torbellino de energía, la luz cegadora, la sensación de ser arrastrada por un remolino invisible... ¿Fue un sueño? No, no puede ser. La Academia Arcanum, este imponente edificio con torres que parecen tocar el cielo, es demasiado real.
No podía creerlo. Yo, que siempre había sido una aspirante a científica, una racionalista, una que se aferraba a la lógica y a la razón, ahora estaba aquí, en medio de la magia. ¿Qué estaba pasando? ¿Era esto real? ¿O era un sueño?
Siempre he sido una racionalista, alguien que se aferra a la lógica y la razón... y ahora estoy aquí, en medio de la magia. ¿Qué está pasando? ¡No entiendo nada! ¿Cómo terminé inscribiendome en la escuela de magia?
Mi mente se llenó de preguntas, y la incertidumbre me invadió. Pero también sentí un destello de esperanza. Tal vez, después de todo, la magia no era una tontería. Tal vez, después de todo, había algo más allá de lo que podía comprender.
Tomé una respiración profunda, tratando de calmar mis nervios. No tenía idea de lo que me esperaba, pero sabía que debía enfrentar este desafío. Después de todo, ¿quién era yo para negar la magia?
Hace ocho horas
"Solía pensar que la magia no era real, que era una tontería inventada por los adultos; pero todo cambió cuando cumplí 16 años."
- Puedes alejarte de esa pantalla, que llevas ahí por dos horas. - dijo mi padre, asomándose por la puerta de su habitación. Su ceño fruncido revelaba preocupación, y su voz sonaba un poco más grave de lo habitual.
- Es que estoy esperando el correo, papá. - respondí, inmóvil, con los ojos fijos en la pantalla. La ansiedad se apoderaba de mí, como un nudo que se iba apretando en mi estómago. - Quiero saber si he sido aceptada en la Academia Nova.
- Relájate, estoy seguro de que ingresarás a esa academia. - intentó calmarme, acercándose un poco más. Su tono era suave, pero había un matiz de preocupación que no podía ocultar.
- Pero, ¿y si no lo logro? - pregunté, sintiendo cómo la angustia se apoderaba de mí. Mis brazos se cruzaron involuntariamente, como si intentaran protegerme de un golpe inminente. - En esa academia solo eligen a los mejores estudiantes. He estado trabajando tan duro, y si no me eligen, ¿qué será de mí?
- Escucha, Clarissa. - se acercó más, su mirada se tornó seria, como si intentara atravesar mis dudas. - Tu inteligencia y dedicación son excepcionales. No dejes que un correo electrónico defina tu valor.
- Es fácil decirlo. - repliqué, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza. - En esta sociedad, el éxito está ligado a la academia. Si no soy aceptada, me sentiré como un fracaso.
- No estás sola en esto. - A pesar de la sombra de preocupación en su rostro, intentó ofrecerme una sonrisa alentadora, aunque la luz en sus ojos era tenue. - Tienes un futuro brillante por delante, ya sea en esa academia o en cualquier otro lugar.
- ¿De verdad crees eso? - La esperanza asomó tímidamente entre mis palabras, como una flor que lucha por abrirse en un día nublado.
- Claro. - mi padre asintió, su voz se llenó de convicción. - Eres única. Y aunque no hayas sido aceptada todavía, tu mente es tu mayor poder.
- Gracias, papá. - una sonrisa se dibujó en mi rostro, sintiendo que la confianza comenzaba a florecer en mi interior. - Solo espero que los demás lo vean también.
- Si no lo hacen, tú les mostrarás lo que eres capaz. - su mirada se llenó de orgullo, y sentí que el nudo en mi estómago se aflojaba un poco. - Y recuerda, la vida está llena de sorpresas.
- Sí, tienes razón. - tomé una profunda respiración, sintiendo que la determinación comenzaba a reemplazar mi ansiedad. - No importa lo que pase, seguiré adelante.
- Eso es lo que quiero oír. - su sonrisa se amplió, y por un momento, el peso de la incertidumbre se sintió un poco más ligero. - Ahora, espera un poco más, quizás la respuesta llegue pronto.
Justo en ese momento. Apareció un nuevo correo electrónico. Con las manos temblorosas, abrí la bandeja de entrada. El asunto del correo decía: "Academia Nova - Notificación de Admisión". Mi corazón latió con fuerza. Abrí el correo.
"Estimada Clarissa Ashworth..." Leí las palabras, mi respiración se entrecortó. "...nos complace informarle que ha sido aceptada en la Academia Nova..."
Un grito de alegría escapó de mis labios. ¡Lo había logrado! ¡Había sido aceptada! El nudo en mi estómago se disolvió, reemplazado por una oleada de felicidad abrumadora.
Mis padres corrieron hacia mí, sus rostros iluminados por la alegría.
- ¡Lo sabíamos! - exclamó mi madre, abrazándome con fuerza.
Siempre confiamos en ti, Clarissa - añadió mi padre, con una sonrisa orgullosa.
- ¡Le contaré a Rachel! - exclamé, aún sin poder creerlo. Agarré mi teléfono y marqué el número de Rachel.
- ¡Rachel! ¡Lo logré! ¡Me aceptaron en la Academia Nova! - grité emocionada al otro lado del teléfono.
- ¡No puede ser! ¡Eso es increíble! - escuché la voz emocionada de Rachel. - ¡Yo también fui aceptada!
- ¡No lo puedo creer! - exclamé, llena de alegría. - ¡Las dos iremos juntas a la Academia Nova!
Colgué el teléfono, una sonrisa radiante en mi rostro. Ese día, la felicidad era absoluta. Rachel y yo juntas en la Academia Nova. Era un sueño hecho realidad. Ese día, la felicidad era incontenible. No podía imaginar nada mejor.
Pero... no sabía que, al día siguiente, jamás pisaría las aulas de la Academia Nova. Jamás pensé que mi vida cambiaría para siempre.
Seis horas después
Al llegar a la puerta, el aire se sentía pesado con la emoción y la incertidumbre. Miré a mis padres, que se encontraban en la sala, con la esperanza brillando en sus ojos.
- Voy a extrañarlos tanto. - dije, mi voz temblando ligeramente, sintiendo que el nudo regresaba.
- Nosotros también te extrañaremos, Clarissa. - respondió mi madre, con una mezcla de orgullo y tristeza en su rostro. Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero sus ojos revelaban un atisbo de lágrimas.
- Recuerda, este es solo el comienzo. - añadió mi padre, acercándose para darme un abrazo. Su abrazo era cálido y reconfortante, como un refugio en medio de la tormenta. - No importa lo que pase, siempre estaremos aquí para apoyarte.
- Gracias, papá. - murmuré, sintiendo que el nudo en mi estómago se aflojaba un poco. La calidez de su abrazo me llenó de determinación.
Salí de casa, el corazón latiendo con anticipación. ¡Hoy era el primer día en la Academia Nova! Y Rachel me acompañaría. El autobús llegó pronto, y el viaje fue un torbellino de nervios y risas compartidas con mi mejor amiga. Al bajar, la vi esperándome, con una sonrisa radiante y una mochila llena de libros.
- ¡Clarissa! ¡Qué emoción! – gritó Rachel, abrazándome con fuerza. – ¿Lista para el prímer día?
- ¡Completamente! – respondí, igual de emocionada. – Ya tengo planeado qué haremos en la cafetería durante el descanso. ¡Y después, vamos a explorar la biblioteca!
- ¡Genial! – Rachel asintió, sus ojos brillando de entusiasmo. – ¡Espero que la profesora Evans no sea tan estricta como dicen!
Nuestras risas resonaron en el aire, llenas de la promesa de una nueva aventura. Pero de repente… un silencio extraño envolvió todo. Miré hacia arriba y… ¡un vórtice gigantesco, de un color morado intenso, se abrió en el cielo! Un viento helado nos golpeó, y antes de que pudiera reaccionar, una fuerza invisible me arrastró hacia arriba, hacia el centro de la tormenta. Rachel gritó mi nombre, pero todo se volvió borroso. Vi su rostro lleno de terror, mientras el vórtice me absorbía, alejándome cada vez más de ella, de la ciudad, de todo lo que conocía… de mi vida.
Unos minutos después
"¿Dónde estoy?" Murmuré, mirando a mi alrededor con los ojos muy abiertos. Todo era... irreal. Las hojas de los árboles brillaban con colores iridiscentes, el aire olía dulce y fresco... ¿Dónde estaba Rachel? El pánico comenzaba a apoderarse de mí.
De repente, una voz suave me sobresaltó.
- ¿Estás bien? - preguntó la voz.
Me quedé paralizada. Delante de mí, una figura se acercaba. Era un elfo, con ojos brillantes que reflejaban la luz del sol. Su rostro era sereno, su sonrisa acogedora. Mi mente se negó a procesar lo que veía. Un elfo... ¿realmente existían? La incredulidad me paralizó.
El elfo pareció notar mi silencio.
- ¿Estás bien? - volvió a preguntar la voz, esta vez con un tono ligeramente más preocupado.
- S-sí... creo que sí - respondí, mi voz apenas un susurro. El miedo y la confusión me paralizaban. - ¿Dónde estoy?
- Estás en el Bosque de los susurros. - respondió el elfo. - ¿Estás perdida?
- S-sí - admití, nerviosa. La sola idea de estar sola en este lugar, con seres que creía solo existían en los cuentos, me aterraba. - ¿Sabes cómo llegar a Londres? - pregunté, el pánico comenzaba a apoderarse de mí
- ¿Londres?, no conozco ese lugar. Pero puedes acompáñame. - dijo el elfo. - Me dirijo al Reino de Eldoria. Tal vez allí encontremos a alguien que pueda ayudarte a regresar a casa.
Asentí, sintiendo una mezcla de alivio y temor. No tenía otra opción. Estar sola en este extraño lugar era mucho peor que seguir a un desconocido, por muy extraño que fuera.
Mientras caminábamos, no podía dejar de mirar al elfo. Su presencia era surrealista. ¿Era esto real? Me sentía rara, como si estuviera soñando. ¿Había sido una buena idea seguirlo? La duda me carcomía, pero el miedo a la soledad era mayor.
El elfo pareció notar mi inquietud.
- ¿Te pasa algo? - preguntó con suavidad.
- N-no... es que... - tartamudeé. - Me preguntaba tu nombre.
- Me llamo Loryan Lancaster. - respondió el elfo con una sonrisa amable. - ¿Y tú?
- Clarissa Ashworth - respondí, mi voz apenas era un susurro.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. El silencio era denso, me sentía observada, analizada. El pánico me apretaba el pecho. Tenía que romper el silencio.
- ¿Cómo es Eldoria? - pregunté, mi voz un poco temblorosa. Trataba de sonar casual, pero mi nerviosismo era evidente.
- Eldoria es un gran reino, un importante centro de comercio en la región. Especialmente conocido por sus mercados de gemas y artefactos mágicos. Hay muchas oportunidades para aquellos que buscan hacer fortuna o encontrar su propio camino. - respondió Loryan.
"¿Artefactos mágicos...?" La frase resonó en mi mente. ¡Magia! Por un instante, la idea me dejó sin aliento. ¿Había magia en este lugar? Pero... ¡claro! ¡Tenía sentido! ¡Estaba hablando con un elfo! La idea, que antes me había parecido descabellada, ahora parecía perfectamente lógica. La incredulidad inicial dio paso a una creciente sensación de asombro.
- Ya veo... - dije, mi voz aún temblorosa, pero ahora con una mezcla de asombro y temor.
- Ya estamos cerca. - dijo Loryan, señalando hacia adelante.
Al llegar a Eldoria, quedé petrificada. La magia era omnipresente, fluía en el aire, en los colores, en la misma luz del sol. Era algo hermoso, pero también aterrador. Edificios de piedra, con techos puntiagudos que parecían arañar el cielo, se elevaban sobre mí. Las calles, empedradas y estrechas, estaban llenas de gente, pero no era gente común.
Un carro tirado por un robusto caballo, adornado con plumas de colores vibrantes, pasó junto a nosotros. Los edificios parecían respirar, sus piedras brillando con una luz suave y cálida. Las plantas tenían colores que nunca había visto antes, sus hojas iridiscentes y brillantes. Los árboles parecían susurrar secretos al viento. Incluso el aire mismo parecía vibrar con una energía palpable.
Mi mente luchaba por procesar todo lo que veía. ¿Era esto real? ¿O estaba soñando? El miedo y la fascinación se mezclaban en mi pecho, creando una extraña sensación de vértigo. Seguía sin entenderlo. Para mí, la magia era algo de cuentos de hadas, algo que no existía en la realidad.
Loryan, notando mi asombro y temor, me tomó del brazo.
- No te separes de mí. - me dijo, su voz suave pero firme. - No quiero que te pierdas de nuevo.
Sintiéndome un poco más nerviosa, un nudo se formó en mi estómago, pero no podía dejar que eso me detuviera. Tenía que encontrar una manera de regresar a casa.
- ¿Cómo puedo regresar a casa? - pregunté.
Loryan suspiró.
- No sé cómo ayudarte, pero puedes preguntar en la Academia Arcanum. Tal vez ellos puedan ayudarte.
- ¿La Academia Arcanum? - repetí, sintiendo una chispa de esperanza encenderse en mi corazón. - ¿Dónde está?
- Sigue este camino hacia el norte. - indicó Loryan, señalando con su mano delicada. - No está muy lejos, pero ten cuidado.
- Gracias - dije, sintiendo una chispa de esperanza. Le agradecí con la mirada y luego nos separamos.
Avancé por el camino empedrado que me llevó a la imponente Academia Arcanum, un edificio antiguo con torres que parecían tocar el cielo. La emoción y el nerviosismo se mezclaban en mi pecho mientras empujaba las puertas de madera, que chirriaron al abrirse, revelando un vestíbulo lleno de estudiantes.
El vestíbulo estaba lleno de estudiantes, todos hablando animadamente y mostrando sus habilidades mágicas. Me sentí fuera de lugar, como una hoja llevada por el viento en medio de una tormenta, pero sabía que tenía que encontrar al encargado y preguntarle sobre cómo regresar a casa.
Se acercó un hombre de aspecto severo que estaba detrás de una gran mesa, revisando documentos con una expresión de desdén.
- Disculpe, señor. - dije, tratando de mantener la calma, mi voz temblaba ligeramente.
El hombre levantó la vista, sus ojos fríos me evaluaron por un momento antes de que volviera a mirar sus papeles.
- No tengo tiempo para atender a principiantes. - respondió, sin siquiera inmutarse, como si mis palabras no tuvieran peso.
Sentí un escalofrío de frustración recorrer mi espalda. No podía rendirme tan fácilmente.
- Por favor, es urgente. - insistí, el nudo de ansiedad comenzó a apretar de nuevo en mi estómago.
Antes de que pudiera terminar, un grupo de estudiantes entró, riendo y hablando con entusiasmo. El encargado desvió su atención hacia ellos, ignorándome por completo.
- ¡Aquí están! - exclamó uno de los estudiantes, interrumpiendo mi intento de llamar la atención. - ¡No puedo esperar a mostrar mis habilidades!
Sentí que la ansiedad me invadía, como un torrente desbordante. Sabía que no podía dejar que se escapara esta oportunidad. Sin pensarlo dos veces, traté de llamar la atención del encargado una vez más.
- ¡Disculpé! - grité, pero en mi desesperación, mi mano golpeó un objeto en la mesa. Un jarrón antiguo se deslizó y cayó al suelo, estallando en mil pedazos.
El silencio llenó la sala, y todos los ojos se volvieron hacia mí, sus miradas estaban llenas de sorpresa y desaprobación. El encargado se puso de pie, furioso, su rostro se tornó rojo como una señal de advertencia.
- ¡¿Qué has hecho?! - bramó, señalando los fragmentos esparcidos. - ¡Eres una completa tonta!
Sentí que mi estómago se hundía, como si una piedra pesada hubiera caído en mi interior. Intenté disculparme, pero él ya estaba llamando a los guardias, su voz resonando en la sala como un eco ominoso.
- ¡Llévenla! - ordenó, señalando con desdén, como si yo fuera una plaga.
Sin pensarlo, di la vuelta y salí corriendo, atravesando el vestíbulo. La adrenalina me empujó a buscar un lugar donde esconderme, y pronto encontré una puerta entreabierta. Entré y me refugié en la habitación oscura, el corazón latiendo con fuerza en mi pecho.
Al observar el lugar, vi un uniforme colgado en la pared. Sin pensarlo, me lo puse y me coloqué la capucha, esperando que eso me ayudara a evitar ser reconocida. La tela era suave y ligera, pero me sentía como una impostora.
De repente, la puerta se abrió y un grupo de estudiantes entró, sin darse cuenta de mi presencia.
- ¡Riza! - dijo uno de ellos, mirándome con emoción. - ¡Estás justo a tiempo para la prueba de aceptación!
La confusión me invadió. Me empujaron suavemente hacia un pasillo, junto a otros estudiantes, sin que nadie me diera ninguna explicación. El miedo se apoderó de mí. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba? Mi corazón latía con fuerza, un martillo golpeando contra mis costillas. Todo era tan extraño, tan diferente a todo lo que conocía. Los pasillos eran largos y oscuros, las paredes adornadas con extraños símbolos que parecían moverse ante mis ojos. El aire mismo parecía vibrar con una energía desconocida que me hacía sentir incómoda, vulnerable.
Al llegar al gran salón, el ruido me golpeó como una ola. Murmullos, risas nerviosas, el chisporroteo de la magia... El salón era enorme, abarrotado de estudiantes que realizaban demostraciones de habilidades mágicas que me dejaban sin aliento. Bolas de fuego danzaban en el aire, objetos levitaban, y extraños encantamientos resonaban en el espacio. Era un espectáculo impresionante, pero para mí, era aterrador. Yo no tenía magia. ¿Qué iba a hacer aquí? El pánico se apoderó de mí. No tenía ni idea de qué se suponía que debía hacer. Sentí que el sudor frío me recorría la espalda.
El terror me paralizaba. Necesitaba una salida, una solución, algo... cualquier cosa. Mis ojos recorrieron la sala desesperadamente, buscando una respuesta, una escapatoria. Y entonces, en un rincón oscuro, algo llamó mi atención. Una pila de materiales abandonados: tubos metálicos de diferentes tamaños, alambres, pequeños recipientes con polvos de colores brillantes y un frasco con un líquido que parecía relucir con una extraña luminosidad.
Una chispa de esperanza, pequeña pero insistente, se encendió en mi interior. No tenía magia, pero sí tenía ingenio. Recordé un viejo libro que había leído sobre la construcción de artefactos, un compendio de ingeniería mecánica y pirotecnia. No era magia, pero era algo. ¡Podría hacer un espectáculo! Un espectáculo de fuegos artificiales.
Mis manos, temblorosas por el miedo y la adrenalina, comenzaron a trabajar. Con una precisión que me sorprendió, comencé a ensamblar los tubos, uniéndolos con los alambres. Seleccioné cuidadosamente los polvos, rellenando los tubos con una mezcla de colores que prometían un espectáculo impresionante. El líquido brillante sería el detonador. Cada movimiento era lento, cuidadoso, guiado por la necesidad de crear algo, algo que me permitiera salir de esta situación. No sería magia, pero sería un espectáculo digno de admirar. Un espectáculo que, tal vez, me salvaría. El miedo seguía ahí, un latido constante en mi pecho, pero ahora, mezclado con una nueva determinación. Tenía que funcionar.
Mientras trabajaba, escuché a los estudiantes hablar de Riza Larkin, la estudiante que había desaparecido.
—...dicen que su uniforme está encantado con un polvo mágico que proyecta su imagen...pero escuche que solo es temporal — susurró una estudiante, sus ojos brillaban con curiosidad.
Comprendí entonces por qué me habían confundido con Riza. El uniforme que llevaba, el mismo que pertenecía a Riza, conservaba los polvos mágicos que imitaban su apariencia.
Finalmente, terminé el artefacto. Era un pequeño dispositivo cilíndrico, con una serie de tubos pequeños que salían de su parte superior. Era un espectáculo de fuegos artificiales, pero uno controlado y preciso.
En la presentación, me acerqué con una sonrisa tímida, sintiendo cómo la tensión en mi pecho comenzaba a aflojarse.
—Hola a todos, me llamó Riza Larkin…mi magia... es, eh, diferente — balbuceé, sintiendo cómo la tensión comenzaba a aflojarse un poco. - He creado un espectáculo... de fuegos artificiales.
Con un gesto elegante, activé el dispositivo. Un espectáculo de fuegos artificiales iluminó la sala. Chispas de colores danzaron en el aire, creando un espectáculo impresionante. Los estudiantes, inicialmente sorprendidos, comenzaron a aplaudir, sus rostros llenos de entusiasmo.
Pero la celebración fue efímera. El artefacto explotó con más fuerza de lo previsto, creando una pequeña explosión que envió chispas y humo por toda la sala.
— ¡Oh, no! — exclamé, con una expresión de fingida preocupación. Por dentro, sin embargo, sentía un pánico creciente.
El humo se disipó, dejando al descubierto el caos. El encargado se acercó, furioso, su rostro enrojecido por la ira.
— ¡Eres una irresponsable! — gritó, su voz resonando en la sala. — ¡Has arruinado todo!
Intenté explicarme, pero mis palabras se perdieron en su enojo. Su furia era palpable, una ola de calor que me abrumaba.
Después de un rato, cuando parecía que su furia no iba a disminuir, la directora intervino. Era una mujer de estatura mediana, con el cabello algo canoso recogido en un elegante moño. Su mirada era seria, penetrante, y su presencia imponente llenó la sala, silenciando al encargado al instante. Su sola presencia irradiaba autoridad y control.
El encargado, ante la mirada severa de la directora, bajó la mirada, su furia menguando lentamente. Una pequeña sonrisa, sin embargo, seguía jugando en sus labios. Se cruzó de brazos, con una expresión de extraña satisfacción, como si hubiera presenciado el mejor espectáculo de su vida. La risa contenida seguía presente en su mirada, un testimonio silencioso de su divertida apreciación del caos que yo había desatado. La directora, con una expresión impasible, observó la escena con una mezcla de severidad y... ¿curiosidad? Su silencio era más elocuente que cualquier reprimenda.
—Esperen— dijo la directora, su voz resonando en la sala, calmando el caos. —Este... despliegue de energía... es inusual. Riza, tu control, aunque impreciso, demuestra una comprensión profunda de la manipulación de energía. Te aceptamos en la Academia Arcanum. Tu Magia innovadora requerirá un estudio más profundo.
La verdadera Riza, enfurecida, se abalanzó sobre mí. - ¡Ese es MI uniforme! ¡Y esos polvos mágicos son MÍOS! ¡Has robado mi identidad! ¡Y has arruinado mi oportunidad de ingresar a la Academia! - gritó, su voz llena de rabia y desesperación. Sus ojos chispeaban con furia, y sus puños estaban apretados.
La directora, que hasta ese momento había observado con interés, frunció el ceño. La acusación de Riza sembró la duda en su mente. Me miró, esperando una explicación. Su expresión era seria, esperando la verdad.
Con el corazón latiendo con fuerza, respondí con voz trémula: - ¡Por favor, créame! No tenía la intención de ingresar a la Academia. Todo fue un accidente. Me encontré con este uniforme, me lo puse...y.… bueno, ya sabe lo que pasó después. - mis ojos se llenaron de lágrimas, sintiendo la vulnerabilidad de mi situación. - De verdad lo siento, Riza. No quería quitarte tu lugar. No quería hacerte daño. - mi voz se quebró por la emoción.
En ese preciso instante, el encargado de la Academia llegó, su rostro enrojecido por la ira. - ¡Y además de usurpar la identidad de una estudiante, rompiste un jarrón invaluable! - me acusó, señalando los restos del jarrón en el suelo. Su dedo temblaba de indignación.
Con un suspiro resignado, expliqué: - Lo rompí...pero fue un accidente…tomé la identidad de Riza para distraerlos. Para que no me atraparan. Estaba desesperada, no sabía qué hacer. - mi voz era apenas un susurro, llena de arrepentimiento.
La directora, con una expresión seria, busca la verdad en mis ojos.
- Entiendo que estás en una situación complicada. - la directora observa los restos del jarrón y suspira. - No podemos simplemente ignorar el daño que has causado. Debes asumir la responsabilidad por tus actos.
Con el rostro pálido, temía lo que me esperaba.
- ¿Qué... qué puedo hacer? - pregunté, con la voz temblorosa.
- Tienes dos opciones. - la directora se acerca a mí, su voz firme, pero con un tono de compasión. - Puedes pagar por el jarrón roto o te enfrentarás a dos años de prisión.
Conmocionada por la idea de la prisión, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.
Sentí que mi estómago se hundía al escuchar la palabra "prisión". Mis manos temblaban.
- ¡P-Prisión? - balbuceé, con un nudo en la garganta.
- Sí. - la directora me dio una mirada penetrante. - Tu comportamiento ha sido irresponsable.
No podía creerlo. ¿Prisión por romper un jarrón? La idea me llenó de terror. Buscando desesperadamente una salida, exclamé:
- ¡Pero yo no puedo pagar un jarrón! - mi voz se quebró por la angustia. - ¡No tengo dinero!
La directora, con un gesto de comprensión, observó mi desesperación.
- En ese caso, te propongo una alternativa. - su voz era firme, pero con un tono de compasión. - Puedes trabajar en la biblioteca de la Academia y cuidar de los animales. Tu labor diaria servirá para saldar tu deuda.
Una pizca de esperanza se encendió en mi pecho.
- ¿En serio? - pregunté, con un tono incrédulo.
- Sí, Clarissa. - la directora me miró fijamente. - Tienes un año para hacerlo. Si al final del año no pagas tu deuda o no estás entre las diez mejores alumnas de la Academia, serás expulsada y te enfrentarás a las consecuencias legales.
Mi corazón latió con fuerza. Entendía que era un gran riesgo, pero también una oportunidad.
- ¡Acepto! - exclamé con decisión. - Haré todo lo posible para pagar mi deuda y ser una de las mejores estudiantes.
La directora asintió con la cabeza, su mirada era esperanzadora.
- Confío en que harás lo que tienes que hacer. - sus palabras me dieron fuerza. - Y recuerda, en este mundo, la magia puede ser tanto una bendición como una maldición.
Sentí un nudo de emoción en la garganta. Mi nueva aventura en la Academia Arcanum había comenzado, llena de retos y misterios.
Más tarde, escuché la conversación entre la directora y el encargado de la inscripción. Sentí un poco de curiosidad.
- ¿Por qué fuiste tan indulgente con ella? - el encargado le preguntó a la directora con un tono de incredulidad.
La directora respondió con una voz tranquila y llena de sabiduría.
- ¿Y por qué no? - su respuesta me dejó pensativa. - Veo potencial en ella. Un potencial que podría incluso superar al gran mago Elías.
El encargado, con una expresión de duda, asintió con la cabeza. Me sentí un poco avergonzada, pero al mismo tiempo, sentí que la directora me había dado una oportunidad.
- Es una estudiante peculiar. - comentó el encargado, sin poder ocultar su curiosidad.
- Así es. - la directora sonrió enigmáticamente. - El futuro de la Academia está lleno de sorpresas.
Sentí un cosquilleo de emoción al escuchar las palabras de la directora. ¿Qué sorpresas me aguardaban? Mi mente se llenó de posibilidades.
Al anochecer, estaba en mi habitación, mirando por la ventana. La luna brillaba sobre los extraños árboles que se veían desde mi ventana. No podía creerlo. Estaba en una academia de magia... o eso decían. Sentía un nudo en el estómago. ¿Cómo era posible? No entendía cómo me habían aceptado en la Academia Arcanum. Yo, que no tenía magia. La idea de que la magia fuera real me parecía absurda, una locura. Era todo tan... extraño.
Necesitaba escapar. Tenía que volver a casa. Pero al mirar por la ventana, vi a los guardias patrullando los muros de la Academia. Estaba rodeada. No había escapatoria.
La imagen del jarrón roto, la furia de Riza, la mirada seria de la directora... todo volvía a mi mente. Jamás pensé que un simple día de clases se convertiría en una serie de eventos tan extraños e inexplicables. El uniforme de Riza, la prueba de admisión... ¡Había sido un desastre tras otro!
Recordé las palabras de la directora: ''Tienes un año para hacerlo. Si al final del año no pagas tu deuda o no estás entre las diez mejores alumnas de la Academia, serás expulsada y te enfrentarás a las consecuencias legales.'' Un año... Un año aquí, en este lugar extraño, donde la magia era real, donde yo, una chica sin ningún poder mágico, tenía que competir con estudiantes que nacieron con habilidades increíbles. La idea me llenó de una profunda tristeza. ¿Cómo iba a ser una de las mejores estudiantes? ¿Cómo iba a pagar por ese jarrón roto? Sin magia, mis posibilidades parecían escasas.
Un suspiro escapó de mis labios. La desesperación me apretaba el pecho. Un año... Era una eternidad. Pero no me rendiría. Escapar seguía siendo mi objetivo principal. Encontraría una forma, aunque fuera la más improbable. Aunque fuera un plan descabellado. Aunque tuviera que pasar por mil desastres más.
Secándome las lágrimas, me dije a mí misma que mañana sería un nuevo día. Mañana comenzaría a buscar una salida. Mañana, intentaría que las cosas fueran un poco... mejor. Mañana, encontraría una forma de sobrevivir a esto.