Luces, botones y un entrometido
Las luces del departamento chispeaban cada vez que la licuadora se encendía. Era una de esas viviendas pequeñas, rentadas a último momento, donde todo parecía funcionar "lo justo": las puertas no cerraban del todo, el calefactor tenía humor variable, y los focos parpadeaban como si dudaran de su propia existencia.
James Langford, veintidós años recién cumplidos, apretaba los botones del aparato con la impaciencia que le salía natural. Estaba descalzo, con una camiseta sin mangas arrugada, y el pelo revuelto como si hubiera dormido poco (que era exactamente el caso). La cocina, iluminada por una sola bombilla de bajo consumo, olía a banana vieja y café de supermercado.
—Vamos, gira, no es tan difícil —murmuró mientras agitaba la base de la licuadora con firmeza, como si sacudirla fuera parte del proceso.
Desde el pasillo, una voz grave, con restos de sueño aún atrapados en la garganta, rompió el zumbido del motor fallido.
—¿Qué estás haciendo? ¿pidiéndole señales al universo a través de electrodomésticos otra vez?
James no se giró. Sabía perfectamente quién era. Reconocía esa voz entre cien, incluso con la cara pegada a una almohada. Su hermano, Steve. El mayor. El responsable. El que había nacido con cara de "yo me encargo".
—Batido de proteína, payaso —respondió sin dejar de pelear con el electrodoméstico. Su tono era práctico, pero tenía ese filo sarcástico que usaba cuando quería que alguien escuchara su opinión sin pedírsela—. Te vendría bien uno. Tal vez así dejarías de parecer una película de Clint Eastwood... pero sin la parte interesante.
El silencio que siguió fue breve, pero el tipo de silencio en el que una ceja se arquea sin necesidad de verlo.
—Gracias por tu cariño de siempre —replicó Steve, asomando el torso a la cocina. Llevaba unos pantalones de deporte que claramente habían visto mejores días y una camiseta del ejército con el cuello dado de sí. A pesar de su aspecto desordenado, seguía teniendo esa postura recta que parecía natural para él, como si ni dormido pudiera dejar de ser militar.
James soltó el botón con resignación. La licuadora emitió un último brrrrp antes de rendirse. Él suspiró, se pasó una mano por la cara, y caminó hasta el sofá como quien ha perdido una batalla. Se dejó caer con un suspiro largo, de esos que no pedían consuelo, solo un poquito de comprensión.
Había estado trabajando horas extras toda la semana. Turnos partidos, entregas contra reloj, y un jefe que hablaba más por stickers que por instrucciones claras. El cansancio no se notaba en su cuerpo —todavía se movía como alguien joven y fuerte—, pero estaba ahí, enterrado en los ojos.
Steve, mientras tanto, abrió uno de los armarios y sacó dos tazas. Lo hacía como quien no tiene prisa, aunque tampoco descanso. Preparar té era casi un ritual para él. Algo que se hacía siempre igual, en el mismo orden, con la misma marca de siempre.
—¿Algo interesante hoy? —preguntó, sin levantar la mirada.
James, con una media sonrisa, se estiró como un gato. Sus brazos colgaban sobre los cojines, y no parecía tener ni una pizca de culpa en la voz cuando dijo:
—Te creé un perfil en Spark.
El golpe de la cuchara contra la taza fue apenas audible, pero bastó.
Steve giró la cabeza lentamente, como si su cuello necesitara tiempo para procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Spark?
James asintió, como si estuviera informando algo rutinario. Como si eso no fuera, en efecto, una violación mayor a la privacidad fraternal.
—Una app de citas. Tranquilo, usé tus buenas fotos: la de la entrega de insignias, esa de la fiesta de Peter donde hiciste la pose de Hulk con el muñeco, y la que te tomé en Disney con Mickey. Estás sonriendo y no con cara de que pagas impuestos. Fue un buen momento.
Steve se apoyó contra el marco de la cocina. No dijo nada enseguida. Miró a su hermano como si tratara de entender si hablaba en serio... o si estaba alucinando por falta de sueño.
—¿Por qué harías eso?
—Porque estás solo desde que empezaste tu vida como soldadito —replicó James sin rodeos—. Y antes de eso también estabas solo. Y, ¿adivina cómo estabas antes de ese antes? Exacto. Solo. Mamá estaría completamente de acuerdo conmigo. De hecho, creo que, si se entera, me lo agradecerá.
Steve apretó los labios, exhaló por la nariz. No parecía molesto, pero había una línea de cansancio que cruzaba su rostro, de esas que no vienen del cuerpo, sino del alma.
Había algo cierto en las palabras de James, aunque vinieran con el sarcasmo habitual.
Su sexualidad no era el inconveniente, había salido del clóset en su adolescencia. El problema era su sentido de mamá gallina. Él siempre había estado pendiente de los demás. De su familia. De los compañeros caídos. De lo que quedaba. Ser útil era más que una obligación, era su forma de existir. Pero en ese intento de no fallarle a nadie, se le había olvidado qué se sentía tener algo para uno mismo.
—Además, el perfil está genial —dijo James, sacando su teléfono con una sonrisa culpable. Lo giró para mostrarle la biografía con orgullo contenido.
Steve Langford (26)
Mi guapo hermano me trajo aquí.
Soldado, protector, de granja. Ojo raro, buen corazón. No preguntes más sobre este perfil, no lo hice yo.
Steve entrecerró los ojos.
—¿"Ojo raro"?
—Es tu rasgo distintivo. En marketing eso se llama "misterio visual". Funciona. Es como... "¿Por qué tiene un ojo bicolor? ¿Fue en combate? ¿Es medio lobo? ¿Tiene visión nocturna?" Las posibilidades son infinitas.
Steve parpadeó un par de veces.
—James...
—¿Qué? Es verdad.
Por primera vez esa mañana, Steve soltó una risa leve. Era corta, casi imperceptible, pero real. Se acercó, tomó la taza con el café ya listo, y bebió un sorbo en silencio.
—No pienso usar esa app.
—Obvio que no —dijo James, volviendo a hundirse en el sofá—. Pero... tampoco vas a borrarla, te conozco.
El soldado no respondió. Se sentó junto a él, sin mirar el teléfono. A veces, las respuestas no necesitan palabras.
El silencio entre ellos era cómodo, como una vieja manta con agujeros que aún abriga.
Después de unos segundos, Steve dejó su taza sobre la mesa y se recostó hacia atrás, cerrando los ojos.
Tal vez no pasaba nada. Tal vez ni un alma lo vería en esa app.
Pero tal vez —solo tal vez— mirar no sería un gran esfuerzo.
Y quizás, incluso, algo dentro de él quería ser visto.