Prólogo: If You wanna break me...
—¡Mierda! ¡Mierda! —exclamó con furia—. ¿Qué carajo piensas que estás haciendo con tu vida, Kim Junmyeon?
Él negó con la cabeza, encogiéndose de hombros. Parecía no darle importancia a la situación, o tal vez solo fingía tan bien que no se notaba lo tenso que estaba: los hombros temblando, las manos inestables, los labios apretados entre los dientes, y el cosquilleo en su estómago delatando su nerviosismo.
Su hermano, el inmaculado Príncipe Kim Junhee, lo observaba impasible desde el otro lado de la habitación. Pero Junmyeon lo conocía demasiado bien como para no notar que estaba apretando los dientes de la ira.
—¡Respóndeme! —gritó el Rey, su adorado e insufrible padre.
Junmyeon rodó los ojos con fastidio, deseando desafiar aún más su furia.
—No seas insolente. Eres un niño. Un niño imbécil, y tú obedeces mis órdenes en este palacio.
—¿Qué quieres que te diga? Sí, me fui a la ciudad y fui imprudente. Ya no lo haré más. ¿Feliz? —contestó con hastío.
El rey bufó.
—Claro, el niño cree que es tan fácil como decir que no, ¿cierto? —rodeó su escritorio hasta quedar frente a su hijo menor. Lo miraba con furia y decepción. Junmyeon sintió cómo se hacía cada vez más pequeño ante esa mirada. Aunque estaba acostumbrado, no dejaba de dolerle.
—Myeon, no sabes en los problemas en los que te estás metiendo. No conoces la magnitud de ellos y aún así tienes el descaro de pararte frente a mí como el insolente que eres.
Y ahora yo tengo que limpiar el maldito desastre que estás creando al irte a meter con esa banda de delincuentes. Y como si eso no fuera suficiente, vas y te follas al Omega de otro Alfa... Tú —lo señaló con el dedo—. No tienes respeto por nada ni por nadie. Y ahora yo tengo que dar la cara para que no te maten.
—¡Deja que me maten! Eso es lo que más has deseado. Siempre has dicho que soy lo peor que pudo parir mi padre Omega, así que... solo déjame morir y te ahorras el trabajo de hacerlo tú.
Un golpe seco resonó en la habitación, seguido de una risa amarga. Junmyeon se llevó la mano a la mejilla, justo donde el puño de su padre había aterrizado segundos antes. No le sorprendió. Eso era lo más benevolente que había recibido de él hasta el momento.
Un puñetazo no era nada en comparación con los diecinueve años siendo el hijo indeseado, maltratado y odiado por su Padre Alfa. Y menos aún frente a la frialdad y el desdén con el que lo trataba su padre Omega.
—No me ensuciaría nunca las manos con alguien como tú —escupió el Rey—. Y para mi desgracia, aún tengo que ver cómo ensucias mi palacio con tu presencia.
Junmyeon soltó una risa sarcástica.
—Solo déjame irme. No volveré nunca más —lo miró con odio. Sus ojos no podían fingir lo contrario.
—¿Para irte con ese Omega? Nunca.
—¡Entonces mátame! No quiero estar más aquí. Por favor, solo mátame —alzó la voz—. No haces más que despreciarme, romperme de las peores formas. Así que mátame o déjame ir. Estoy cansado. ¿Por qué crees que huyo a la maldita ciudad? No habría conocido a mi Omega si no me hubieses roto todos los dedos de una mano. ¡Por esa mierda terminé saliendo de este manicomio!
El rey lo miró, inmutable, aunque su mente ya maquinaba. Solo le importaba una cosa: la imagen de la familia real. Su hijo menor no iba a arruinarla mientras él siguiera con vida.
—Saldrás de este palacio sobre mi cadáver o sobre el tuyo. Y para tu desgracia, no tengo planes de que mueras pronto... Ahora, si lo que necesito son amenazas para hacerte actuar como se debe...
—No tocarás a Yixing —gruñó, con voz rota—. Sobre mi maldito cadáver le tocarás un cabello.
—No puedes ordenarme nada. Podría hacer que deje de respirar con una sola llamada —sonrió.
Junmyeon tembló. Sabía que no era una amenaza vacía. Su padre podía hacer desaparecer un reino entero si lo deseaba.
—Por favor... Déjalo. —se mordió el labio, conteniendo un sollozo—. Déjalo, yo me quedaré aquí.
—¿Así que ya no eres tan insolente? —se burló el rey—. No tienes poder sobre mí. Ni siquiera lo tienes sobre ti mismo. Aquí se hace lo que yo diga, y tú lo harás hasta que uno de los dos deje de respirar.
—Está bien, majestad. Pero... —soltó un suspiro tembloroso, con un nudo atascado en la garganta—. Él quedará intacto.
Sabía lo que vendría. Lo había sentido en huesos rotos y palabras que todavía sangraban por dentro. Pero nada dolía más que la idea de que su Omega sufriera. Mientras respirara, no lo permitiría. Prefería romperse mil veces si eso significaba proteger al amor de su vida.
...
—¿Qué sucedió? —preguntó el Omega con preocupación.
Junmyeon lucía terrible.
—Mi padre descubrió lo que he estado haciendo... Descubrió que estoy contigo —contestó con la mirada clavada en el suelo.
Yixing trató de regalarle una sonrisa. Lo tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—Mierda. Me va a matar —intentó bromear.
—Primero me tendrá que matar antes que lo deje tocarte un cabello, cariño —el príncipe sonrió, adolorido.
Yixing lo abrazó, su corazón hecho pedazos por aquel hombre al que tanto adoraba. Junmyeon parecía recién salido del infierno.
Envuelto en aquellos brazos, el príncipe se permitió derrumbarse. Lloró las lágrimas que llevaba conteniendo hace semanas. Su corazón dolía, rebosaba amor y miedo a partes iguales. Se preguntaba si valía la pena hacer pasar a Yixing por todo eso. Si debía irse. Porque, ¡dioses!, dolía amar así.
Pero ¡joder!, cómo lo amaba. Nadie más lo había hecho sentir que tocaba el cielo con un beso, con una mirada. Nadie más lo había amado así. Y nunca amaría a otro igual.
—¿En qué piensas? —preguntó el Omega.
El príncipe acercó los labios al nacimiento de su cabello, dejando un beso suave antes de apoyar la barbilla en su cabeza.
—En ti —suspiró—. Estoy pensando en ti.
El Omega sonrió, enamorado hasta los huesos. No existía otro Alfa que lo hiciera sentirse tan amado como Kim Junmyeon.
—Yo siempre pienso en ti, mi príncipe.
Junmyeon rió bajo.
Lo atrajo más hacia sí, como si pudiera fundirse con él. No quería soltarlo. Ni al tiempo, ni al amor. Ni a nada de lo poco que aún les quedaba juntos.
—Sabes que te amo... ¿Lo sabes, cierto? —preguntó con un nudo en la garganta.
—Lo sé, mi príncipe. Y yo te amo a ti. Más que a nadie en este mundo. Y mientras respire, mi amor por ti no morirá.
Así tuviera que morir por ello.
Aunque el mundo se les viniera encima, nada importaba mientras pudieran morir en brazos del otro. Aunque fuera haciendo el amor por última vez, con lágrimas en los ojos y el corazón latiendo como si supiera lo inevitable.
Y cuando amaneció, se separaron.
Cada uno por un camino distinto.
Amándose como locos. Y condenados por hacerlo.









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