Despertar en el verde infinito
El dolor llegó antes que la conciencia. Un pitido agudo le taladraba los oídos mientras Daniel Kessler sentía el peso de mil agujas clavándose en su pecho. Como si un vehículo lo hubiese arrollado y luego dejado caer desde la estratosfera. Entre parpadeos forzados, el interior de la nave se reveló ante él: un esqueleto de metal retorcido, cables colgando como víboras electrocutadas, chispas bailando en la gravedad leve de aquel mundo desconocido. Su traje espacial —agrietado pero milagrosamente sellado— emitía un sonido constante, como un animal herido.
—¿Quémierda...? —dijo, y su voz sonó áspera. La última que había escuchado antes del impacto era la del ordenador:“Prepárese para el impacto”.
Los monitores supervivientes de la cabina parpadeaban enrojo brillantey sus letras amarillasdecían:
“FALLA CRÍTICA – DAÑOS IRREVERSIBLES. PROTOCOLO DE EMERGENCIA ACTIVADO”.
Instintivamente, sus manos temblorosas buscaron los seguros del casco. Necesitaba aire que no oliera a quemado. Pero el visor se iluminó con un mensaje que lo detuvo en seco:
“ADVERTENCIA: ATMÓSFERA NO RESPIRABLE – COMPOSICIÓN: 78% NITRÓGENO, 20% HIDRÓGENO, 2% TRAZAS DE ARGÓN. OXÍGENO: 0.0%”.
—Imposible —murmuró.
Con un suspiro que le arrancó el dolor de las tres costillas rotas, se liberó de los arneses y empujó la escotilla. La luz exterior lo cegó por un momento.
Y entonces lo vio.
El planeta era hermoso.
Llanuras infinitas de vegetación verde esmeralda se extendían hasta donde alcanzaba su vista, pero algo en ese verde era incorrecto. Las “hierbas” no se mecían con el viento, sino que se estiraban hacia los dos soles —uno dorado, otro rojizo— como brazos buscando un abrazo. A lo lejos, lagos de aguas tan cristalinas que parecían espejos reflejaban el cielo lavanda... pero al acercar la vista, Daniel distinguió algo bajo la superficie: filamentos brillantes que pulsaban al unísono, como neuronas en un cerebro líquido.
—Dios mío... —susurró, y por un segundo, el traje eligió ese momento para sonar de nuevo, su voz robótica convertida en una sentencia:
“ALERTA: RESERVA DE OXÍGENO CRÍTICA. 6 HORAS 14 MINUTOS DE AUTONOMÍA RESTANTE”.
Seis horas.
Seis horas antes de que el último aliento se convirtiera en un suspiro atrapado dentro de un casco.
Daniel respiró hondo (el sonido del aire reciclado le recordó a una máquina de respiración artificial) y tocó su costado. El dolor le hizo ver estrellas. Sangre. Probablemente tenía órganos reventados.“Bueno —pensó—, al menos el planeta me ahorrará la espera”.
Miró el paisaje otra vez. El sol rojo estaba más alto ahora, bañando todo en un tono carmesí que hacía parecer las “plantas” aún más vivas. Como si estuvieran observándolo.
—¿Qué diablossonestas plantas? —preguntó al vacío.
El traje, su único compañero en aquel silencio verde, no respondió.