Capítulo 1: La mitad
El amor, a veces, no llega una sola vez en la vida. A veces, aparece en diferentes formas, con diferentes rostros, en distintos tiempos, y nos obliga a mirar hacia dentro y preguntarnos: ¿a quién pertenece realmente mi corazón?
Tuve la fortuna —o el dilema— de vivir dos grandes amores. Uno me enseñó lo que era crecer al lado de alguien. El otro, lo que es imaginar lo que podría ser.
Con mi prometido, la historia comenzó como un cuento de hadas con capítulos intensos, complejos, dulces y otros difíciles de leer sin lágrimas. Tiene un carácter fuerte, cuesta comunicarse con él... pero cuando lo logramos, cuando las palabras finalmente fluyen, todo se vuelve mágico. Como si todo cobrara sentido.
Nos conocimos desde niños, casi como si el destino hubiera dibujado una línea invisible que nos mantendría conectados con el tiempo. Mi hermana, casada con el vecino que ahora es su esposo, fue el puente que nos unió. Él tenía diez, yo apenas siete. Recuerdo cómo me gustaba, cómo mi corazón de niña ya sabía algo que mi mente aún no podía entender. Nunca se lo dije. La vida nos llevó por caminos distintos, apenas nos saludábamos cuando coincidíamos. Luego, él tuvo novia, y nuestras vidas se alejaron... hasta que el destino decidió regalarnos un nuevo encuentro.
Fue en mi cumpleaños. Su hermana fue a celebrarlo conmigo, y al dejarla de regreso con otros amigos, lo vi otra vez. Rolando. Él corrió hacia mí, me abrazó, y ese momento... ese abrazo... fue como volver a casa sin saber que la estaba buscando. Ahí supe que pertenecía. Que sus brazos, rodeando mi espalda, eran mi refugio.
A partir de entonces comenzamos a hablar por redes sociales. Yo, orgullosa, no me dejé conquistar tan fácil. Pero en el fondo, ya sabía que él me tenía. Entre mensajes y llamadas, encuentros y largas pláticas, pasó más de un año hasta que me pidió ser su novia. Ese día, fui la niña más feliz del mundo.
Dos años después, su carácter sigue siendo difícil. Hay días en los que he pensado en dejar todo atrás. Me duele cuando no parece notarlo, cuando no entiende cuánto pueden herir ciertas palabras. Pero también está la otra cara: la de sus detalles, sus esfuerzos, su forma única de hacerme sentir especial. Hace poco, me pidió matrimonio. Cuando lo vi arrodillado frente a mí, con los ojos brillando, lo único que pensé fue: “¿Esto es real?” Y sí, lo era. Era mi vida, mi historia. Por un momento, todo fue arcoíris. Se me olvidaron los días difíciles.
Pero entonces apareció él.
Un nuevo trabajo. Un nuevo rostro. Alto, de rizos sueltos, piel clara, mirada intensa. No sé su historia, no sé casi nada de él. Apenas si hemos hablado. Pero hay algo en cómo se agacha para mirarme a los ojos, en cómo sonríe, que me desarma. Me hace sentir vista. Me hace sentir nerviosa. Y aunque sé que viene por trabajo, me gusta imaginar que también viene por mí.
¿Será mi intuición, ese sexto sentido que las mujeres llevamos dentro? ¿O solo una ilusión pasajera? Lo veo desde la cafetería, lo observo entre tareas, a veces siento que él sabe que lo miro. Otras veces lo veo con alguien más y me duele, aunque no tengo ningún derecho a sentir celos. No es mío. Nunca lo ha sido. Y probablemente nunca lo será.
Él se irá pronto, a otro país, y yo… yo me casaré. Tomaremos rumbos diferentes. Como debe ser. Él es de otra vida, de noches largas y fiestas, de humo y música. Yo soy de días tranquilos y hogares cálidos, de libros y videojuegos, de amor en silencio. Mi prometido es mi mundo. Me comprende en esa sencillez.
Aun así, el otro… me hizo cuestionar. No mi amor, sino mi corazón. Me recordó que somos humanos, que a veces sentimos más de una cosa a la vez. Que no todo lo que sentimos debe vivirse, pero sí entenderse.
Al final, sé que estoy donde tengo que estar.
Y quizás, solo quizás, esos dos amores no son enemigos. Tal vez uno me formó, y el otro me confirmó que había elegido bien.