I. El principio del fin
Corría tan rápido como sus pies se lo permitían, no estaba en la mejor forma para un maratón en este momento pero no es como que tuviera otra opción.
Era correr o morir.
Y sinceramente todavía se consideraba muy joven para irse de este mundo tan rápido.
El único ruido que sus agudos oídos lograban captar era el de su propia respiración agitada y el crujir de las hojas bajo sus pies.
Posiblemente ya nadie lo perseguía pero prefería alejarse de esa zona prohibida lo antes posible.
Sabía que en primer lugar no debería estar allí, sobre todo si no quería toparse con cierta manada que literalmente lo odiaban por ser simplemente lo que es.
Pero su curiosidad era más grande que su sentido de auto conservación.
Le encantaba explorar los frondosos bosques que tenían miles de plantas que podía usar para su magia secreta.
Si, secreta, porque absolutamente nadie sabía que el pecoso había heredado esos poderes "malditos" de su madre.
Un quejido lo hizo detenerse abruptamente. Su mirada se dirigió automáticamente hacia donde provenía el sonido.
No logró ver nada a simple vista así que decidió avanzar hacia donde sabía que provenía el repentino ruido.
Al mover unos arbustos y pasar por unos árboles lo vio.
Un chico no mayor de 20 años recostado a un enorme árbol, tenía sangre por todos lados.
El estómago del peliverde se revolvió al ver tal escena que se sentía como un... Deja vu. No sabía porque sentía esa sensación, estaba seguro que nunca antes había visto a aquel rubio.
Cuando aquel hombre mal herido alzó la mirada el pecoso se tensó.
Rojo y verde colapsaron al cruzarse y mirarse fijamente.
Eran como dos supernovas que colisionan al mismo tiempo.
Automáticamente el oji esmeralda sintió la necesidad de ayudarlo, de salvarlo...¿otra vez?
Se acercó a paso dudoso a aquel hombre, cuando el rubio adivinó sus intenciones sacó una pequeña navaja de su zapato y lo punto.
— No te atrevas a acercarte más, idiota — gruñó con dificultad.
El más bajo pudo lograr ver una herida que parecía bastante profunda a un costado de su estómago, el oji rubí intentaba detener el sangrado con su mano.
— No...no voy a hacerte daño — el otro lo seguía viendo con desconfianza— Lo juro solo quiero ayudar, puedo ayudar.
— No te creo ni una mierda — dijo con dificultad— Ustedes los malditos salvajes del bosque siempre hacen esto.
El pecoso se quedó sorprendido al escuchar esas palabras.
Así que... Eso lo había hecho alguien de su manada.
—. ¿C-cómo sabes...?— no pudo terminar de pronunciar las palabras.
— ¿Cómo se que eres un maldito y asqueroso lobo? ¡Ja! Todos ustedes son iguales, incluso en la situación en la que estoy puedo ver tu estúpida aura.— Solto con desprecio el hombre herido.
El chico más pequeños estaba tratando de procesar todo lo que estaba pasando. Cuando su vista cae en el lado izquierdo del estómago descubierto del hombre herido lo vio, un tatuaje de un dragón.
Ahí lo comprendió todo.
El pecoso era un Lobo, o al menos lo iba a llegar a ser por completo en unos meses. Y la manada de Lobos con los que convivía todos los días tenían la asquerosa costumbre de matar a otra especies por diversión.
Si, "diversión", ellos no se comían a sus víctimas, pero si disfrutaban de torturarlas hasta la muerte.
Por supuesto que no lo hacían con razas que eran más fuertes que ellos, como los dragones. Por lo que no comprendía como es que había logrado herir tanto a aquel chico.
Solo había una respuesta para eso.
El rubio tampoco había llegado a la mayoría de edad para poder convertirse en su animal interior.
—. Ya veo... — susurró el de cabellos verdes.— No te preocupes, en serio no voy a hacerte daño, yo tampoco he alcanzado la mayoría de edad, no soy un lobo por completo.
El rubio dudo unos segundos antes de bajar la navaja y soltar un quejido por el dolor que brotaba de su abdomen descansando su mano sobre su propia pierna.
—. Arg... Maldición .— murmuró el de ojos rubíes.
El pecoso lo tomó como un aceptamiento silencioso de su ayuda así que se acercó sigilosamente hacia el.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca sacó de su pequeño bolso algunas hierbas que había recolectado hace unos momentos atras.
Consigo traía otras medicaciones y pociones que el mismo había hecho.
Era buen momento para comprobar si si funcionaban
El menor hizo unas rápidas mezclas mientras el más alto lo miraba dubitativo.
Luego de que el menjurge estuvo listo lo mezclo entre sus dedos antes de ponerlo sobre la herida aún sangrante del rubio, este se sobresaltó al sentir las manos del pecoso tocandp su piel, la zona afectada empezo a sentirse un poco caliente.
Todo estaba en silencio, solo escuchándose la respiración entrecortada del oji rubi hasta que el peliverde empezó a susurrar palabras inentendibles con los ojos cerrados mientras presionaba sus dedos contra la herida.
El hombre casi dragón no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Sorprendentemente aunque el chico entrañó estuviera presionando fuertemente su herida no sentía ningún dolor.
Pero si comenzó a sentirse un poco nervioso, ¿qué estaba haciendo ese extraño?
Y además, ¿Por qué estaba tan cerca?
Luego de unos segundos los susurros pararon, pero las manos del pecoso no se despegaban de la herida.
Como si saliera de un trance el más bajo se apartó como si la herida de repente quemara.
—. Ya está.— murmuró un poco avergonzado por tocar por unos segundos más de lo necesario al rubio.
El ojirubi le lanzó una mirada extrañada antes de bajar su vista hacia la herida.
Los ojos del rubio se abrieron con sorpresa, estaba totalmente cerrada y con tan solo una cicatriz de una mordedura bastante grande.
—. Lamento que te haya hecho esto alguien de mi manada, en serio.— la vergüenza por su propia raza no cabía dentro del pecoso.— Yo no estoy de acuerdo con esto que hacen y también es algo demasiado salvaje hasta para mi...
—. !¿Se puede saber que clase de brujería me hiciste?!— estallo en un grito sin poder contener más la sorpresa.
Se levantó con tambaleos antes de sostener otra herida en su hombro mucho menos peligrosa que la del estómago.
El peliverde se sobre saltó ante la actitud tan cambiada del rubio.
—. ¡No era brujería! ¡Lo juro!— se desesperó por aclarar que era lo que había hecho.
—. ¡Entonces como mierda hiciste esto! — señaló su herida ya cerrada.
—. ¡Es magia curativa! — gritó el pecoso un poco ofendido.
—. ¡Eres un maldito Lobo! ¡Los lobos no hacen magia, idiota!
—. Es difícil de explicar— dijo un poco más calmado.— Es... algún tipo de don que herede... creo.
—. ¡Que mentira más grande! ¡No te creo nada!
—. ¡DEJA DE GRITAR QUE NOS VAN A...! —. El pecoso se calló cuando escuchó el ya conocido gruñido de sus archienemigos—. Mierda ¡Me tengo que ir!
El pecoso no dudo ni tres segundo en agarrar las cosas de él que tenía a simple vista y salir corriendo dejando al rubio con las palabras en la boca.
—. !OYE IDIOTA, ES DE MALA EDUCACIÓN DEJAR HABLANDO SOLA A LA GENTE!
—. !Lo siento! Me tengo que ir, ¡cuídate, adiós!
Tch, idiota
No pudo seguir con sus maldiciones porque unos gruñidos bastantes fuertes llamaron su atención.
De unos arbusto salieron una manada de tigres mostrando sus dientes filosos, parecían que estaban buscando algo o alguien, el rubio se podía hacer una idea de quién.
—. Hey imbeciles —. No dudo en enfrentarlos —. No están en su maltido territorio así que les conviene irse de aquí antes de que me enoje.
La mirada gélida del ojirubi casi hizo temblar a los tigres.
Era un dragón, la raza más fuerte de todas.
Por supuesto que no lo era completamente, pero ellos no sabía eso.
Los tigres retrocedieron, yéndose por donde vinieron.
El rubio dio media vuelta para irse pero un destello lo hizo detenerse, miró al suelo quedándose unos segundos enfocando para ver que era lo que resaltaba entre las hojas secas y ramas.
Se agachó y al recogerlo lo vio detalladamente, era un pequeño cuarzo verde brillante, estaba envuelto en unos pequeños hilos haciendo que pareciera un collar.
Y el rubio sabía perfectamente a quien pertenecía aquella hermosa piedra mágica.
