Capítulo 1
Sangre, barro y lluvia
Tras la batalla contra Lady Nagant y la captura de Chisaki...
El último pensamiento de Izuku fue:
"All For One..."
Con la compañía de los héroes, Izuku se dirigió al lugar que Lady Nagant había mencionado antes de perder la conciencia.
El Bosque Haibori.
Allí se alzaban, apenas visibles entre la niebla, las ruinas de lo que alguna vez fue la mansión del Clan Rejection.
—All For One y Shigaraki... aún no han conseguido el One For All — pensó Izuku, mientras avanzaba entre los restos consumidos por el tiempo. Las paredes ennegrecidas crujían con el viento y el lodo se adhería a sus botas.
El lugar estaba vacío. Silencioso.
Hasta que una vieja pantalla chisporroteó y se encendió de golpe.
Y entonces, su rostro apareció.
All For One.
—¿La conversación con Nagant fue divertida?
Izuku Midoriya, si estás viendo esto... es porque acerté.
—No hay nadie aquí — gruñó Endeavor, encendiendo su fuego con desconfianza.
El holograma de All For One continuó.
—Me encanta predecir. Alguien como tú jamás le daría la espalda a alguien como ella, ¿verdad?
Izuku apretó los puños con fuerza. No dijo nada. Su respiración se tensó.
—Pero no la obligué a nada. Ella eligió. Las personas que tropiezan en la vida son llamadas villanos. La sociedad dice valorar nuestros quirks, pero... ¿de verdad lo hace? ¿Qué pasa con los que no encajan? Los marginados no tienen lugar en este sistema.
El holograma chispeó, pero su voz era clara como un cuchillo.
—No importa si es democracia o dictadura. Siempre es igual.
Es la naturaleza de los vivos: excluir al diferente.
—¡Basta! — murmuró Izuku, entre dientes, pero su cuerpo no se movía.
—Elegiste el camino más turbulento. Una batalla sin fin, mientras tu alma se deshace.
En prisión pensé en ti.
All Might... ya no me interesa aquel cascarón vacío.
Tú eres... el siguiente.
Y con una última sonrisa, el holograma desapareció.
Una explosión sacudió el terreno.
Los héroes apenas alcanzaron a cubrirse.
Los héroes se habían reunido dentro de un almacén después de los sucedido en la mansión.
—Apenas escapamos con vida... cualquier pista de los villanos voló por los aires. — jadeó Kamui Woods.
—¿Podemos interrogar a Lady Nagant de nuevo? — preguntó Edgeshot, limpiando el hollín de su rostro.
—Imposible — dijo Hawks con voz sombría —Apenas sigue viva. El hospital aún no entiende cómo lo logró.
—Ella se quebró por desesperación y decepción — añadió Kamui Woods.
El ambiente era denso en el almacén donde se reunieron los héroes. Cada palabra pesaba más que la anterior.
—Es momento de arriesgarlo todo, Endeavor — dijo Edgeshot —Debemos revelar el secreto de Midoriya y del One For All a todos los héroes activos.
—La batalla con Nagant lo dejó claro —dijo Mt. Lady —La siguiente operación será aún más pesada para él.
—La policía está desbordada. Pero aún podemos usarlos como apoyo.
—¿Death Arms no renunció hace dos días? — recordó Endeavor.
Mt. Lady bajó la mirada.
—Tenía espíritu heroico. Fue quien capturó a los infiltrados... pero el peso fue demasiado.
—Quizás mañana otro más nos abandone. Quizás alguien ya se está quitando el traje en este momento —murmuró Best Jeanist.
—Y la prensa no deja de acercarse a Deku. Cada renuncia alimenta las filtraciones — gruñó Endeavor.
—Si el One For All se revela, el mundo se volcará contra él.
Y Midoriya... cargará con todo ese odio — dijo Hawks.
—¿Por qué AFO no lo reveló aún? —preguntó Mt. Lady.
—Seguramente tiene sus razones. Pero si Midoriya cae... no tenemos reemplazo — concluyó Endeavor.
El silencio llenó la sala.
Hasta que un celular vibró.
Era el de Endeavor.
Shoto. Un mensaje sin responder. Una promesa pendiente.
—Hagámoslo juntos. Vamos a detener a Touya.
"Perdón, Shoto... Solo un poco más."
Otro mensaje entró. Esta vez, de All Might.
—¡Midoriya ha enfrentado a un segundo asesino... y lo venció al instante! — exclamó Hawks, sin poder ocultar la sorpresa.
Izuku sujetaba al atacante con su látigo negro. El hombre estaba inconsciente, la sangre manchaba su rostro.
—No tenía información útil. Tal vez explote — advirtió, alejándose del lugar.
—¡Espera! — gritó All Might, acercándose. Extendió una caja de bento.
—Tú... no has comido nada, ¿verdad?
Izuku se giró, pero su rostro era sombrío.
—All Might... No tienes que seguirme más. Estoy bien.
Toshinori sintió un nudo en el pecho.
—¡No digas eso...!
—¡Ya puedo moverme al 100%, como tú lo hacías!
Así que no necesitas preocuparte más.
Recordó las palabras de su maestro.
"Muéstrales que tú estás aquí."
Pero ahora, solo quedaba la sombra de lo que fue.
—Tú ya no miras atrás buscando mi aprobación — pensó All Might.
—Entonces... ya no necesitas preocuparte — cerró Izuku.
Y se marchó.
Bajo la lluvia, Toshinori cayó de rodillas.
La caja de comida cayó, abierta. El arroz se deshacía en el barro.
—Midoriya... Yo...
La lluvia caía como cuchillas heladas sobre los tejados de una ciudad que ya no dormía, ni soñaba. Las calles, envueltas en un silencio espeso, parecían contener la respiración.
Y entre sombras y escombros, una figura avanzaba.
Cubierto de lodo, sangre seca y heridas mal cerradas, su cuerpo parecía arrastrar el peso del mundo. Su capa hecha jirones se agitaba como una llama apagándose, mientras los látigos negros del One For All chasqueaban a su alrededor como advertencias vivientes.
Los rumores ya lo nombraban con miedo.
Pero seguía adelante. Sin detenerse. Sin mirar atrás.
Porque mientras alguien —en algún lugar— siguiera pidiendo ayuda, él no podría descansar.
Izuku Midoriya ya no era el niño que admiraba a All Might desde la ventana.
Era un vigilante. Un portador de nueve voluntades.
Un arma que había elegido romperse por salvar a otros.
Y aunque el mundo lo llamara monstruo...
Él aún luchaba por salvarlo.
Porque ese era su deber.
Y también su condena.

Las luces parpadeaban sobre una ciudad que ya había olvidado el significado de la esperanza.
El cielo estaba gris, casi enfermo. El viento no llevaba promesas, solo polvo y cenizas.
En medio de esa oscuridad constante, una señal llegó hasta él, vibrando en su comunicador agrietado:
—Civiles atrapados en el Hospital Kaneyama. Urgente. Nadie ha podido ingresar.
No había firma. No había prueba de legitimidad.
Pero eso nunca lo detuvo antes.
Izuku apretó los puños, sus nudillos blancos por la tensión.
El cuerpo le dolía. Las vendas estaban empapadas en sangre desde la última batalla, y su respiración era un hilo rasposo, cargado de ceniza y agotamiento.
Pero no se detuvo.
—No puedo poner en riesgo a nadie más... — murmuró, la voz ronca, casi un susurro para sí mismo. Y se lanzó al aire.
El hospital emergía entre ruinas como una carcasa vacía.
Los cristales rotos brillaban como cuchillas bajo la luz temblorosa.
Los pasillos eran un cementerio de concreto y silencio.
Sus botas resonaban en el suelo sucio mientras avanzaba.
Cada paso era una punzada. Cada respiración, una amenaza.
Pero siguió adelante.
No podía detenerse.
No debía.
La señal lo guiaba hacia el núcleo del edificio, donde la oscuridad parecía más densa, casi viva.
Izuku apenas tuvo tiempo de sentir el cambio en el aire, esa presión opresiva... antes de que un portón metálico cayera a sus espaldas con un estruendo seco.
Y entonces, la emboscada comenzó.
Las sombras se alzaron a su alrededor.
Ojos brillando.
Risas burlonas.
Uniformes negros con el símbolo de All For One.
Y entre ellos… un Nomu. Gigante, deformado. Respiraba como una bestia furiosa.
—Qué héroe tan idiota — se burló uno—¿De verdad pensaste que habría civiles?
El Nomu rugió y se lanzó.
Izuku apenas esquivó, sintiendo el aire cortarle la mejilla.
El dolor de su cuerpo no reaccionaba con la velocidad de siempre.
Activó el Látigo Negro, lo arrojó como un latigazo contra la criatura, estampándolo contra la pared.
Pero no había tiempo para respirar.
Otro villano le lanzó cuchillas de energía.
Izuku alzó su brazo, liberó aire comprimido. Las desvió.
Pero un resbalón lo traicionó.
Sangre.
Suya.
El pie falló, y en ese instante, una barra metálica lo golpeó por la espalda.
El crujido fue sordo. El grito, ahogado.
Cayó de rodillas, jadeando.
El Nomu volvió, esta vez con los brazos extendidos como látigos de carne.
Lo atrapó.
Y comenzó a apretar.
Los huesos crujían.
El aire escapaba de sus pulmones.
—¡Aaaagh! — Izuku gritó. La desesperación le erizaba la piel.
Reunió todo lo que le quedaba.
Detroit Smash.
El impacto resonó como un trueno. El Nomu voló hacia atrás.
Pero no fue suficiente.
Una explosión menor estalló cerca, lanzándolo contra un muro.
El concreto le rasgó la espalda.
Su brazo derecho colgaba, inútil.
Un corte profundo surcaba su abdomen, supurando sangre a cada latido.
La vista se le nublaba.
Las piernas ya no le respondían.
—¿Lo rematamos aquí? — preguntó uno, sin emoción.
—No. Que se pudra solo. Que se ahogue en su propia sangre.
Rieron. Y se fueron.
Lo dejaron tirado.
Sangrando.
Temblando.
Y solo.
Solo el chasquido húmedo de la sangre goteando sobre los escombros llenaba el silencio.
La pelea había terminado. No quedaba más que el eco de un cuerpo colapsado... y la respiración débil de un chico que alguna vez soñó con ser el símbolo de la paz.