🖤INVISIBLES🖤
Día lunes 25 de agosto
El primer día de clases siempre huele igual. A piso recién trapeado, a marcador sobrepintado en los pizarrones, a mochilas nuevas que ocultan viejos miedos. Elisa lo sabe porque lo ha vivido muchas veces. Y aunque cambien los cursos, los profesores o incluso los colores de las paredes del colegio, hay algo que no cambia: la sensación de ser invisible.
Ese lunes amaneció gris. No con lluvia, sino con ese cielo que se queda suspendido, como si dudara entre llorar o no. Elisa caminó hasta la parada del bus escolar con los audífonos puestos y el volumen bajo. Le gustaba escuchar la ciudad mientras parecía no pertenecer a ella. Los autos, los pasos apurados, los saludos de los vecinos… todos sonidos lejanos, como si viviera tras una pared de cristal.
Su madre no le dijo adiós esa mañana. No es que estuviera enojada. Simplemente no estaba. Elisa aprendió a no esperar más de lo necesario.
En el colegio, las cosas eran parecidas. Nadie la molestaba, pero tampoco la buscaban. Era buena estudiante, tranquila, con letra bonita y pocas palabras. Algunos decían que era “misteriosa”, pero lo cierto es que simplemente no sabía cómo encajar. Su mundo era interno, lleno de pensamientos que no compartía y sentimientos que no encontraba dónde colocar.
La primera clase del día fue Literatura. Elisa la amaba en silencio. Le gustaban las palabras, esas que dolían y sanaban a la vez. La profesora pidió un escrito libre sobre “el lugar donde te sientes más tú”. Todos bufaron, menos ella. Ya sabía la respuesta: su lugar era su habitación, justo debajo de la ventana, donde escribía cada noche con una linterna pequeña que guardaba desde niña. Allí nadie la juzgaba. Nadie la interrumpía. Nadie la olvidaba.
Durante el recreo, se sentó sola en una banca, con su cuaderno en las piernas. No porque no quisiera compañía, sino porque no sabía cómo pedirla. Fue entonces cuando lo vio por primera vez.
Alguien nuevo.
Alto, delgado, con una mochila desgastada y el cabello rebelde. Llevaba los audífonos colgando del cuello y una expresión entre aburrida y cansada. Se detuvo frente a la puerta del aula como si dudara si entrar o no. Elisa lo observó sin querer hacerlo demasiado evidente. Había algo en su mirada… algo familiar. Como si también estuviera detrás de una pared de cristal.
—Se llama Ian Ríos —susurró Sara, su compañera de clase, que apareció de repente como si hubiera leído sus pensamientos—. Viene de otra ciudad. Dicen que es medio raro.
Elisa no respondió. “Raro” podía significar muchas cosas. Y a veces, lo raro era simplemente lo que no se entendía.
Las horas pasaron lentas. Ian fue asignado a su clase, y lo sentaron justo en la fila de atrás, cerca de la ventana. No habló con nadie. Solo respondía con monosílabos. Cuando la profesora pidió que se presentara, dijo su nombre, su edad (17) y luego se sentó. Sin más. Como si no quisiera existir más allá de eso.
Elisa se sintió identificada… y también curiosa.
Ese día, en casa, escribió en su cuaderno:
“Hoy llegó alguien nuevo. No dijo mucho, pero creo que hay cosas que no necesitan palabras para sentirse. Su tristeza era como un eco del mío. Tal vez él también está buscando un lugar donde ser él mismo.”
Cerró el cuaderno con cuidado. En el silencio de su habitación, el mundo parecía más llevadero. Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió algo distinto en el pecho. No alegría, ni ilusión… más bien una pequeña chispa. Como si algo estuviera por comenzar.
Y no sabía si eso la asustaba o la emocionaba...