Encadenados al destino

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Summary

Sabe que está prohibida, pero no puede evitar desearla.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

—Miranda, ¿quieres que te dé un aventón a tu casa o tienes quien venga por ti? —pregunta la pelinegra de mi prima, entretanto, un poco acaloradas, descendemos por los escalones del colegio que nos dan paso a la libertad.

—No. —Retiro el cabello castaño muy largo que cubre mi rostro y lo lanzo hacia atrás. Miro a Tamara por debajo de mis pestañas—. Llamaré a Nicolás, voy a pedirle que venga por mí.

Ella me mira como si me hubiese vuelto loca.

—Realmente estás loca. ¿Cómo se te ocurre molestarlo? Nicolás es un hombre muy ocupado, lo sabes. —Pongo mis ojos en blanco con anticipación porque ya sé lo que viene a continuación, hasta puedo repetirlo. Es como una canción que se repite y se repite—. Te lo he dicho hasta el cansancio, Miranda ese hombre es demasiado grande para ti y sin contar que es el mejor amigo de tu padre. Pon tus ojos en otra parte. Te lo pido por favor. Montones de chicos de tu edad mueren por ti, sin embargo, estás babeando por un hombre que casi te dobla la edad, que podría ser tu hermano mayor.

Blanqueo los ojos.

—Esos idiotas que dices se mueren por mí no me interesan, como tampoco me importa si Nicolás tiene cien años o doscientos, Tamara, yo lo quiero igual y me vale lo que diga la sociedad sobre las estupideces de la diferencia de edad. ¿Me escuchas bien?, me vale una mierda.

Ella lanza un suspiro de cansancio.

—Miranda, yo creo que tú...

La paro, levantando una mano.

—Para. —Ella suelta un suspiro molesta. La ignoro. Tamara ni aunque lo intente podría comprender mi amor por el mejor amigo y socio de mi padre. Solo yo—. Voy a llamar a Nicolás para que venga por mí.

Saco el móvil del bolsillo de mi falda, y procedo a marcar el número del hombre que me acelera el corazón, que me hace temblar las rodillas y que a su vez, me hace sentir demasiadas cosas por dentro para ser soportadas. Y, que aunque quisiera no podría evitar los sentimientos que despierta en mí. Tamara está al lado mío ladeando la cabeza en desaprobación y los brazos en jarras.

Largo un pequeño suspiro.

Ella piensa que el amor que siento por Nicolás Maderos —como bien mencionó antes, el mejor amigo de mi padre y varios años más que yo —es absurdo, que no puede ser por la diferencia de edades, ¿pero acaso alguien dijo que para el amor hay edad, etnia, o condición social? El amor no se elige, el amor te elige o más bien, tu corazón elige a quien entregarse.

El teléfono suena dos veces y escucho su voz, gruesa, áspera y la ves, hermosa y siendo capaz de acariciarme todos los sentidos.

—Hola, Miranda —saluda con un acento de lo más sexy—. ¿Cómo estas, pequeña?

Pequeña.

—Bi-bi-bien —y el tonto tartamudeo no falta, a pesar de que yo en sí soy una chica muy segura de mí misma él me pone tan nerviosa—, ¿y tú?

—Bien, hermosa.

Relamo mis labios y procedo a decirle el motivo de mi llamada.

—Oye Nicolás, ¿te puedo pedir un favor? —Escucho su risa al otro lado de la línea. Río yo también.

—El que quieras, princesa. Sabes que yo estoy para complacer y cumplir todos y cada uno de tus deseos. A ver dime.

Me derrito. Todos mis deseos.

— ¿Sera que tú podrías recogerme hoy en el colegio? —le pido evitando tartamudear de los nervios pero si con el corazón latiéndome acelerado en el pecho. Tamara por su parte continúa mirándome con desaprobación.

La ignoro dándole la espalda.

— ¿Quieres que te recoja en el colegio? —inquiere, empleando un tono de voz suave—. ¿No tienes quien te lleve a casa?

Sí, pero quiero verlo. Me muero por verlo como cuando dejas de ver a ese ser que más amas por una eternidad. No lo veo desde hace dos semanas que asistió a una cena familiar en casa y lo echo mucho de menos.

—No, por favor —suplico.

Es obvio que tengo quien me lleve a casa, no solo está Tamara que tiene su coche— regalo de su último cumpleaños— también podría llamar a casa y me recogerá el chofer o mi padre e incluso mi madre, pero mis ganas de verlo son demasiado fuertes.

—Está bien, no te preocupes que voy por ti —me contesta y puedo escuchar el sonido de una silla al moverse, como si se estuviera poniendo de pie después de haber estado sentado tras su escritorio en su oficina—. Estoy ahora saliendo para tu colegio.

Mi corazón saltó de alegría. La mayor parte del tiempo me salgo con la mía cuando se trata de él.

—Gracias Nicolás. Aquí te espero. No te tardes. —Colgué con el corazón en la boca. Miré a mi prima y mejor amiga aún con cara de pocos amigos—. ¿Viste?, vendrá por mí... No me mires con esa cara, Tamara.

—Te miro así porque me preocupas, Miranda —dice, haciendo suspirar por el tono de preocupación en su voz—. No quiero que sufras y por el camino que vas eso es lo que va suceder y si te soy completamente sincera no quiero estar ahí para ver eso.

Lo peor del caso es que ella había tenido razón, mas yo estaba tan perdida en mi mundo de fantasía que me había negado a ver la realidad.

—Basta Tamara, deja de preocuparte que eso no va a suceder, ahora adiós —la alerté a que se fuera de una vez por todas—. No quiero que Nicolás llegue y te vea. Se dará cuenta de que le mentí respecto a que no tengo a nadie quien me lleve a casa. No quiero que me vea como una mentirosa.

Resopla con resignación.

—Está bien, me voy pero luego no digas que no te advertí. —Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Yo se lo regresé con igual cariño—. Te quiero.

Sonreí tomando un mechón de su cabello color negro, metiéndolo con cariño tras su oreja.

—También te quiero, intensa —le digo—. Vete con cuidado y nos hablamos más tarde.

Ella ríe sin mucho ánimo, luego monta en su convertible y se retira.

Unos minutos más tarde, un coche negro frena a mi lado y un hombre alto, guapo, atractivo hasta decir «crucifíquenme que soy pecador por estar tan bueno y derretir tantos corazones» —sobre todo el mío—salió de ese coche con una sonrisa derrite bragas y posó unos bellos ojos grises en mí. Impecablemente vestido con un traje negro que le quedaba pintado, hecho a la medida de su delicioso cuerpo bastante bien formado.

Todo me tiembla, siempre me sucede con él.

— ¿Cómo está la chica más bella de todos Los Ángeles?

Sonriéndome abre sus brazos a los lados, invitándome con su gran sonrisa que vaya a su encuentro. No lo dudo ni un segundo.

—¡Feliz de verte, Nicolás! —grito con júbilo.

Y me le tiro encima, él me atrapa. Un segundo después mis pies son separados del suelo, mis brazos se ajustan tras su nuca y así es como Nicolás me da ciertas volteretas en el aire y me saca montones de sonrisas, captando la atención de algunas personas que allí estaban, entre ellos estudiantes. Él siempre es así de dulce conmigo.

—Yo también estoy feliz de verte, princesa. —Me da un beso, en la mejilla, pero se sintió igual de bonito que si hubiese sido en los labios. ¡Quiero tanto besar esa boca!—¿Me tarde mucho?

Yo te hubiese esperado toda la vida, mi príncipe.

—No —digo, y muy a mi pesar me deja en el suelo.

—En ese caso, señorita… —Me abre la puerta del lado del copiloto y me deslizo dentro rápidamente. Cierra la puerta para acto seguido rodear el auto y varios segundos después estar tomando su puesto de conductor, entretanto, yo abrochaba el cinturón de seguridad a mi cintura—. ¿Qué tal el colegio?

Pone en marcha el coche.

—Bien —contesto y me lleva casa mientras charlamos de cualquier cosa.

❊❊❊

—Hemos llegado —anuncia Nicolás, frente a mi casa. Un momento después rodeó el coche para abrirme la puerta y hacerme salir, ofreciéndome su mano. La tomo y la mía tan pequeña y delgada se pierde en la suya grande y fuerte por completo—. Sana y salva en su castillo, princesa.

—Gracias —le digo ya fuera del coche, él me mira bonito y me sonríe.

—Ha sido todo un placer —me dice.

— ¿No quieres entrar? —no quería que se fuera, no aún.

Rogaba para que me dijera que sí.

—No, pequeña. —Mira el fino y costoso reloj que adorna su muñeca. La desilusión cae sobre mí como un jarrón de agua helada—. Tengo compromisos a los que no puedo faltar sino, con gusto me quedaría.

—Ok —musito desilusionada. Bajo la cabeza, mirando sus pulcros zapatos negros y los míos de colegio con las medias blancas hasta las rodillas, igual de negros.

Nicolás sube mi mentón, haciéndome verme reflejada en su mirada plateada.

—No olvides cuidarte mucho, princesa. —Me acaricia la mejilla y los leones llamados mariposas mutantes se movieron con furia en mi estómago—. Te quiero muchísimo.

Y en ese momento cuando me dijo: «Te quiero muchísimo» Sentí mi corazón estallar, llenándose de ilusiones que eran solo las de una mocosa demasiado enamorada para haber malinterpretado ese te quiero de la forma que me convenía, cuando la dura realidad era otra totalmente distinta y estaba a punto de explotarme en la cara de un modo demasiado doloroso para ser soportado.

❊❊❊

Era la hora de la cena. Toda la familia debía estar ya en la mesa; mi hermana menor de diez años, Andrea y mis padres. Solo falto yo, y mi padre siempre le gusta tener a toda la familia junta en el comedor. Era su regla de oro.

Bajo a pasos rápidos las escaleras, acercándome al comedor donde solo veo a mis padres y ni luces de mi pequeña hermana. Lo primero que hago al llegar es rodear el cuello de papá y llenarlo de besos por todas partes. Adoro a mi padre con el alma.

— ¿Cómo está el padre más lindo del planeta tierra?

—Muy bien. —Se gira un poco sobre su silla, y deja un beso en mi mejilla—. ¿Y mi niña linda cómo está?

Me alejo y tomo asiento en la otra silla, luego de dejar un beso en la mejilla de mi madre.

—Esperando para mí ese coche que me prometiste hace ya dos meses, papá.

Hago un puchero manipulador.

—No estás en edad de coche aún, Miranda. —por supuesto que eso lo dijo mi querida madre que se niega a que me compren ese coche. La miro en su lado de la mesa frente a papá, mientras pasa por su paladar un trago de vino.

—Por supuesto que estoy en edad de coches. Tamara tiene la misma edad que yo y sus padres ya le compraron el suyo, yo también me merezco tener uno. —Miro a mi padre, con una cara de manipulación que debe ser enmarcada en un cuadro de Picasso y contaría miles de dólares, única—. ¿Verdad que sí papito lindo? —pregunto, sabiendo que con lo bien que sé manipularlo desde pequeña, caería.

—Tienes toda la razón mi sol. Mañana mismo iremos a una tienda y elegirás el que desees. —Chillo antes de levantarme de mi asiento e ir hacia él comiéndomelo a besos. Escucho a mi madre caer un cubierto con brusquedad en el plato. Río por lo bajo mientras sigo abrazando a papá.

—Esa manía tuya que tienes de consentir está niña es lo que hace que la eches a perder, Lucas —se queja mi adorada madre, entretanto yo vuelvo a mi asiento. Me siento y rápidamente me coloco la servilleta roja sobre las piernas.

— ¿Qué quieres que haga, Paula? Soy su padre. Vivo para consentirla y echarla a perder como tú dices. —Me guiña un ojo y yo le lanzo un beso, viendo a mi madre ladear la cabeza.

— ¿Dónde está, Andrea? —pregunto tras ver su silla vacía a mi lado.

Relleno una copa de agua y la llevo a mi boca para tomar un trago.

—Se quedó en casa de una amiga, cielo. Tareas —me contesta mamá. Asiento y le pongo atención a mi cena.

— No te conté la buena noticia sobre, Nicolás, querida.

Levanto la cabeza de mi cena y pongo toda la atención en lo que dijo papá, cualquier cosa con el nombre Nicolás me interesa más que respirar, así de perdida me tiene.

— ¿Cuál es esa buena noticia? —inquiere mi madre. Paso la vista de uno al otro, sin prestar atención a mi cena.

—Una maravillosa sin lugar a dudas —susurra mi padre—. Esto te va a sorprender porque a mí me sorprendió de la misma forma, pero estoy feliz por él, es mi amigo y me encanta lo que está sucediéndole. —Mi corazón está muy agitado mientras mi padre tarda demasiado para dar esa dichosa noticia, hasta que finalmente lo dice—. Resulta que aunque lo tenía mu escondida, me he enterado por el mismo que esta terriblemente enamorado, pero eso no es lo mejor, va a casarse pronto.

Casi me atraganto con la última frase. ¿Casar? ¿Cómo qué casar?

— ¿Nicolás se va a casar? —pregunto con temblor en todas las partes posibles de mi cuerpo.

Mi padre sonríe antes de confirmarme las palabras que me romperían en pedazos.

—Sí, hoy conocí a su prometida, realmente es una mujer muy bella.

Tenía que haber escuchado mal.

— ¿Prometida? —cuestiono, en un hilito de voz, esperando aún que sea una mentira.

—Sí, cariño.

Mi padre frunce el ceño al ver. Supongo, mi cara blanca por la sorpresa, incluso los tumbos que da mi corazón podrían escucharse ensordecedor contra mis orejas. Las manos comienzan a sudarme, y las piernas casi dejan de sostenerme y empiezo a sentirme flotando en el aire.

— ¿Qué sucede, Miranda? ¿Te sientes bien? —grazna papá, mirándome con preocupación.

Tengo que disimular. Ni mi padre ni mi madre, que me mira igual de asustada por mi estado pálido, se pueden dar cuenta de que estoy de ese modo por lo que acabo de escuchar.

¿Nicolás se va a casar?

No, eso tiene que ser una mentira. Él no puede hacerme eso, yo lo amo.

—Nada, papá...yo, se me quito el hambre —musito, temblorosa.

Antes de escuchar nada más, que significa mi madre dándome una regañina porque ni siquiera probé un solo bocado, salgo corriendo con la velocidad de un rayo. No sé siquiera cómo pude subir tantos peldaños de las escaleras hasta entrar en mi cuarto.

El alma me duele, me raja de dolor. Internamente quiero pensar que lo que había escuchado no es cierto. Yo estoy enamorada a ese hombre desde que tenía quince años, y él bailó conmigo en mi cumpleaños. Desde ese día le entregué mi corazón. O puede que incluso haya sido antes, mas, no tengo la fecha exacta pero lo quiero. Lo quiero con todo mi ser.

❊❊❊

Después de salir sigilosamente de mi casa, evitando ser vista por mis padres y siendo más de las nueve de la noche, monté en un taxi que me deja en la avenida donde queda un lujoso complejo de apartamentos. Me bajo, pago el taxi y luego camino hacia el lugar. El corazón me late tan fuerte que puedo sentirlo en todos los lugares donde es posible sentirlo, es una sensación dolorosa de un modo insoportable. Lo único que hago es suplicar que cualquier cosa que lo haga latir de esa forma sea una mentira, porque de ser verdad terminaría estallando y amenaza con no volver a recuperase nunca más.

Subo en un ascensor que minutos después me deja frente a una puerta. Alzo mi mano para tocar y luego la bajo. Me falta valor. Agacho la cabeza con la palma de mi mano sobre la puerta, respirando para calmar los nervios que me debilitan las rodillas y me tienen muerta de ansiedad.

Finalmente cuando reúno las fuerzas necesarias toco con dos golpes la puerta, olvidándome del timbre, y espero por unos eternos minutos a que fuera abierta.

Sucede.

La puerta se abre y el hombre alto y de ojos grises que acelera y detiene mi corazón al mismo tiempo me mira perplejo. Se nota sorprendido de mi presencia en su casa casi a las diez de la noche.

—Miranda, qué... ¡Dios! ¿Qué haces aquí a estas horas? Ven pasa. —Me abre la puerta ampliamente, permitiéndome la entrada—. ¿Sucede algo, pequeña?

La puerta se cierra y yo me giro para estar frente a él.

— ¿Es verdad que... tú te vas a... casar?

Las palabras salen de mis labios en un susurro bajo porque muy en el fondo deseo con todas mis fuerzas que sea mentira. Una mentira. Que no sea cierto que otra mujer está a punto de robarme el hombre del cual estoy enamorada.

— ¿Viniste hasta mi casa solo para preguntarme eso? —inquiero, mirándome con sus ojos plata achicados.

Afirmo, pasando saliva por mi garganta tan seca que al tragar me duele.

Nicolás camina en mi dirección y su imponente figura luciendo más alto que yo se detiene frente a mí, su altura obligándome a alzar mucho la cabeza para así poder mirarlo a los ojos.

—Sí... ¿es verdad?

—Ven. —Me ofrece su mano para que me acerque a él, nerviosa obedezco y la tomo. Un escalofrío me recorre la espina dorsal cuando me mira fijamente a los ojos, las piernas incluso las siento un poco más débiles—. Pequeña, dime la verdad, ¿saben tus padres que estás aquí?

Sacudo la cabeza aturdida. Me duele.

—No —susurro, con miedo—. Aún no has contestado a mi pregunta, ¿te casas?

Lo piensa un instante y después, lo deja salir de sus labios, sintiéndose sus palabras como si estás fueran balas yendo directamente hacia mi corazón.

—Sí. Estoy comprometido y muy enamorado de una chica estupenda. Planeamos la boda para dentro de dos meses, por supuesto, tú serás mi invitada de honor.

Su invitada de honor, que palabras más crueles para un pobre corazón enamorado y acabado de romper.

Cierro los ojos y las lágrimas salen como ríos de mis ojos. Luego me dejo caer sobre un sofá que está cerca cubriendo mi rostro con mis manos.

Tras sus palabras mi corazón ha explotado como una bomba en mi interior, en millones de pedazos. La esperanza de que fuera mentira ha muerto. Él se casará con otra sin saber que yo lo adoro.

— ¡Ey! ¿Qué pasa? —Nicolás se sienta junto a mí en el sofá, viendo las lágrimas tomar un camino sobre mis mejillas—. Miranda, pequeña, ¿por qué lloras?

Me levanto del sofá secando mis lágrimas. Si algo detesto era que me vean llorar. No me gusta parecer débil ante nadie y menos ante él. Había sido realmente tonta al soñar con un hombre que estaba demasiado alto para mí. Era seguro que mientras yo veía en él al hombre de mi vida y de mis sueños, él seguramente solo me vía como una niña tonta.

Fue una idiota, ¿cómo pude haberme confundido tanto? Me dijo te quiero y como una ilusa me lo creí.

— ¿Miranda quiero saber qué pasa? —Nicolás se levanta del sofá e intenta acercarse a mí, luciendo preocupado, pero yo retrocedo.

Su contacto me hacía demasiado daño y en ese momento solo tengo que meterme en la cabeza que él va a casarse y no puedo seguir soñando con él.

No puedo.

—Yo... —en ese momento suena el timbre de la puerta, él no se mueve, solo se queda mirándome y esperando una respuesta que yo no sé cómo darle. Vuelve a sonar el timbre y él continúa sin moverse de su lugar—. Deberías abrir la puerta. —Le aconsejo, más que nada para que deje de mirarme de la forma que lo está haciendo, ¿con lástima?

Él vacila un poco pero al final y luego de unos eternos segundos de mirarme se mueve hacia la puerta, tira de ella y la abre de golpe.

—Amor, ¿por qué tardaste tanto en abrir? —Mis ojos miran a la mujer que me roba al hombre de mi vida. Una morena que se arroja a sus brazos, posiblemente la mujer más hermosa que yo haya visto jamás en mi vida—. No importa, cariño. Mejor dame un beso que te extrañé. Te extrañé mucho.

Esa chica pega su boca a la suya, besando esos labios que yo llevo tanto tiempo deseando saborear y que sean los primeros en probar en mi vida. Ya no podrá ser porque él ya no será ni había sido nunca mío.

Fui tan ilusa y duele reconocer que Tamara había tenido toda la razón. Me dijo tantas veces que lo que sentía me iba a sufrir y lo estoy haciéndolo ahora. Siento el corazón en carne viva.

No puedo quedarme más tiempo, es demasiado doloroso, así que me muevo a toda velocidad por la puerta casi empujándolos por la velocidad que llevo.

Escucho mi nombre:

— ¡Miranda, espera! —No me detengo, corro, corro y corro hasta que mis piernas duelen tanto o más que mi pecho.