Chapter 1
El hospital olía a café barato y desinfectante. Ese olor peculiar que Emma Rivera había aprendido a asociar con rutina y cansancio. Llevaba tres años trabajando en el hospital San Gabriel, uno de esos edificios grises de concreto viejo, con ventanas que no abrían del todo y pasillos iluminados por luces fluorescentes que zumbaban sin descanso. A veces pensaba que si uno prestaba suficiente atención, ese zumbido era como un latido. Un recordatorio constante de que la vida seguía, incluso cuando dolía.
Esa mañana, Emma se despertó antes que su alarma. Le pasaba a menudo últimamente. El sueño se le escurría de las manos como agua entre los dedos. Se quedó un instante mirando el techo de su pequeño departamento, aún envuelta en las sábanas, hasta que el timbre agudo de su despertador confirmó lo inevitable.
Se vistió sin pensar demasiado: pantalones negros cómodos, una blusa de algodón verde olivo y la bata blanca colgando del respaldo de la silla. Se peinó rápido, dejando su cabello cobrizo en una trenza suelta que le caía sobre el hombro. Frente al espejo, observó su rostro: ojeras suaves, mejillas ligeramente pálidas, pero sus ojos verdes seguían brillando con esa luz obstinada que no quería apagarse. Todavía no.
Tomó su mochila y salió a la calle.
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El cielo estaba cubierto por una capa de nubes espesas, como si alguien hubiese pintado con acuarela gris sobre la mañana. Emma caminó al hospital con paso firme, el sonido de sus botas contra la acera rompiendo el silencio somnoliento de la ciudad. Algunos comerciantes comenzaban a levantar las cortinas metálicas de sus locales, otros barrían frente a las panaderías mientras el olor a masa recién horneada se esparcía por el aire.
En una esquina, una niña arrastraba una mochila escolar, y su madre la regañaba por caminar tan lento. Una pareja discutía en voz baja frente a una parada de autobús. Emma observó esos gestos cotidianos con una extraña melancolía. No sabía por qué, pero algo en su interior le decía que ese tipo de escenas estaban a punto de desaparecer.
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—Buenos días, doctora —la recibió Clara, la jefa de enfermeras, con su eterna expresión cansada pero amable.
Emma respondió con una sonrisa leve y fue a cambiarse. Mientras se ajustaba la bata frente al casillero, escuchó las noticias en la radio del personal.
"—...fenómenos meteorológicos anómalos reportados en distintos puntos del hemisferio. Aún no se ha determinado la causa, pero expertos no descartan un patrón vinculado al reciente aumento en la actividad solar..."
Emma no le dio mucha importancia. Las noticias siempre estaban buscando el próximo apocalipsis para vender titulares.
Pero ese día, los pacientes llegaban con síntomas inusuales.
Primero fue un hombre mayor con fiebre altísima y desorientación. Luego una joven con espasmos y mirada vidriosa. Más tarde, un niño que llegó gritando, con los ojos completamente inyectados en sangre. Todos sin heridas externas, pero con la misma fiebre que no bajaba con nada.
—Tal vez es una nueva cepa de gripe —sugirió Ana, su compañera residente, mientras llenaban informes.
—Pero esto no es gripe, Ana. Ninguno de ellos tose. No hay congestión. Sus cuerpos están en estado de lucha extrema, pero no sabemos contra qué.
Emma se inclinó sobre el niño, que respiraba con dificultad. Su pulso era errático, como si su corazón estuviera peleando contra su propio cuerpo. Le pasó la mano por la frente y sintió la piel ardiendo.
—¿Puedes escucharme? —susurró.
Los ojos del niño se abrieron de golpe.
Por un segundo, Emma juró que no tenía iris. Solo un blanco completo, vacío.
Parpadeó.
Y los ojos volvieron a la normalidad.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar, pero el niño ya se había dormido.
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El hospital comenzó a llenarse. Más pacientes llegaban con los mismos síntomas. Las salas de espera estaban atestadas. El personal médico empezaba a mostrar señales de tensión. Un rumor silencioso recorría los pasillos, como un murmullo al que nadie quería poner nombre.
Durante el almuerzo, Emma se sentó sola en el comedor, revolviendo el arroz sin apetito. Ana llegó y se dejó caer frente a ella con una bandeja de comida chatarra.
—¿Viste el cielo?
Emma alzó la vista. Ana le mostró su teléfono. Había una foto: una grieta blanca, casi imperceptible, cruzaba el cielo nublado, como si el firmamento se hubiera abierto ligeramente.
—¿Photoshop?
—No. Mi hermana la tomó hace media hora desde su oficina.
Emma no dijo nada. Cerró los ojos un momento.
Algo no estaba bien.
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Al final del turno, decidió quedarse unas horas más. No quería irse aún. Era como si su cuerpo supiera que ese hospital sería el último lugar seguro por un tiempo.
Caminó hasta la terraza del edificio. Allí, lejos de los gritos, el desorden, y las alarmas, se sintió extrañamente en paz. El viento soplaba suave, frío. La ciudad se extendía ante sus ojos como una promesa rota.
Los autos aún se movían, la gente aún vivía.
Pero el cielo... el cielo parecía contener un secreto demasiado grande.
Entonces lo escuchó.
Un sonido sordo, lejano, como un crujido gigante.
Luego, silencio.
Y en ese silencio, Emma supo.
La calma había terminado.