Peligro

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Summary

Una chica llamada Lara tiene una vida complicada, y tendrá que hacer frente a problemas inimaginables para ella al principio. Para Lara, rendirse no es una opción. Su amor por los animales provocará el inicio de esta trágica historia. Aún así, estará dispuesta a revivir cada momento si eso la lleva al mismo final. ¿Te atreves a acompañarla?

Genre
Mystery
Author
Naima
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Gracias, mamá

Todo el mundo tiene una rutina que debería cumplir.

Levantarse temprano, estudiar, trabajar... En pocas palabras: “hacer lo correcto”.

Pero, ¿realmente la seguiríamos si no fuera necesario?

En mi caso, ya os digo que no.

¿Sabéis cuántas veces me he despertado suspirando porque pensaba que tenía examen cuando ya lo había hecho?

Yo tampoco, pero muchas más de las que me gustaría.

Y eso no es lo peor.

Lo peor es cuando de verdad olvidas poner la alarma y no es un susto, es real.

Y… sí, hoy me volvió a pasar.

Oh, no. ¡Se me olvidó poner la alarma!

No me ha dado tiempo de repasar para el examen de Nietzsche.

Miro la hora en mi móvil. Son las 10:40.

Ya no llego a tiempo.

Okay, respira. Tranquila. No pasa nada.

Es solo una prueba de la que depende si apruebo o no filosofía.

¿A quién quiero engañar?

No puedo estar tranquila. Mi estómago se revuelve y mi corazón se acelera mientras me destapo apresuradamente.

Voy a acabar repitiendo el curso... o mínimo recuperando esta asignatura.

—Lara, ¿vienes? —pregunta mi madre desde la puerta, asomándose.

La miro con cara de pánico. ¿Qué clase de pregunta es esa un viernes lectivo?

—¿Dónde quieres que vaya? —le suelto, sin medir mi tono de voz.

—A la tienda. Tengo que comprar algunas cosas —dice como si no hubiera nada raro en que yo estuviera en casa.

—¿Pero por qué no me has despertado antes? ¿Cómo voy a ir a la tienda? ¡Hoy tengo un examen y ya voy tarde! —me doy cuenta de que estoy agarrando los filos de la cama con fuerza cuando me empiezan a doler las manos y los suelto.

Ella frunce el ceño, mirándome confundida.

—¿Y yo cómo iba a saber que tenías que ir al instituto un sábado? No me habías dicho nada.

¿Un sábado...?

¿QUÉ?

Me quedo en blanco un segundo.

De repente me invade una felicidad que no todos comprenderán. Es la mejor sensación del mundo.

—¿Hoy es sábado? —pregunto, todavía sin creerlo.

Ella asiente.

Me dejo caer de espaldas en la cama y me extiendo abriendo los brazos como una estrella. Tengo en este momento una de las sonrisas más sinceras que he llegado a esbozar.

Que alivio tan inmenso, aunque espero que no se vuelva a repetir.

A veces la vida te da un respiro sin avisar.

Y en esos momentos te das cuenta de que cumplir con la rutina no es negativo todos los días, porque también existen los sábados.

La vida es demasiado corta para vivirla siempre alterada, y eso es algo que tengo que trabajar aún.

Como ya me había despertado de golpe y tenía la energía al máximo, decidí que era buena idea ir al gimnasio, pero, ¿lo era?

Me quité el pijama y me puse uno de mis outfits favoritos para hacer deporte. Ya que estoy contenta, que se note.

Bajé a desayunar algo ligero, bajo en grasas, cero calorías… espera, ¿te lo estabas creyendo? Sinceramente, lo que me comí fueron dos napolitanas de chocolate y un batido también de chocolate. Sí, me encanta el chocolate.

No es que sea mi desayuno de todos los días, pero sí de la mayoría. Tengo un metabolismo rápido y no hay manera de engordar. Para mí eso es un problema porque intento subir de peso sin éxito. Sigo yendo al gimnasio desde hace 2 años a pesar de que no veo grandes resultados y no me gusta ir, por la sencilla razón de que es lo único que me hace subir de peso.

—Adiós mamá, me voy.— Me despido mientras me coloco la mochila con todo lo necesario. Es decir, una toalla para colocarla en las máquinas y una botella de agua.

—¿Te vas a dónde? — me pregunta con una ceja enarcada mientras remueve su café como cada mañana.

En serio, creo que tiene obsesión con el café. Pero bueno, ¿quién soy yo para juzgar si hago deporte y no como sano?

—¿Dónde crees? — Le digo con ironía sin poder ocultar una pequeña sonrisa mientras me señalo el outfit de arriba abajo.

—Primero come.

Oh, por, Dios. Cuántas veces habré escuchado esa frase a lo largo de mi vida. ¡Sí como! ¡Lo juro!

—Mamá, ya he comido. Mira los plásticos vacíos donde venían las napolitanas, son lo último que hay tirado en la papelera. — Me pone de mal humor que me digan que coma cuando ya lo he hecho, pero intento mantener la calma y se lo digo lo más tranquila posible.

—Vaale, adiós mi niña. – es lo último que me dice antes de que nos despidamos con un beso en la mejilla.

—Adiós mami. —Sí, tengo 18 años y le sigo diciendo mami. Y no te hagas, seguro que tú también se lo dices, que no te dé vergüenza admitirlo. Peor sería hablarle mal, ¿no crees?

Habiendo terminado mi rutina de ejercicios me volví tranquilamente a casa y no pasó nada extraño.

Eso es exactamente lo que me hubiera gustado que pasara. Pero no es tanta mi suerte. ¿Qué karma estaré pagando?

Para empezar ni siquiera llegué al gimnasio, y tengo una gran justificación. ¡Por el camino vi a un hombre pegándole patadas a su perro! ¡En medio de un parque donde también había niños! ¿Cómo es que nadie hacía nada? No me puedo creer la indiferencia de esas personas, y lo peor es que también tendrán mascotas. ¿Cómo de egoísta y cobarde debes ser para no defender a un pobre animal indefenso? Evidentemente, yo no me podía quedar quieta. No fui capaz de quedarme de brazos cruzados, me sentía en llamas. De repente me encontraba corriendo hacia él e hice algo muy maduro de mi parte (nótese la ironía).

–¡Ey! ¡Tú! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¿Quieres que te dé una patada yo a tí?–Estaba completamente acelerada, sentía el corazón a mil.

—¡El perro es mío! ¡Quién te crees que eres para levantarme la voz, niñata!

Okay. Respira, inspira…

Acaba de coger al perro del cuello. Delante de mí. Pobrecito este hombre, no sabe cómo me altera que toquen a los animales.

Me quité la mochila de la espalda y le pegué con todas mis ganas en la cara, la cabeza… todo sitio donde pude. Fue muy liberador.

Él sin duda no se lo esperaba, solo hay que verle la cara, que pena que no podáis verlo. Para ayudaros a imaginarlo se me ha ocurrido una idea: imaginad que váis andando por la calle y de repente el suelo frente a vosotros se hunde. Exacto, esa misma cara se le quedó a él.

No digo que esté bien lo que hice, pero funcionó.

Al intentar atacarme soltó al perro. Y ahí, en ese justo momento, es cuando le pegué una patada en sus genitales. La patada que me dió una gran ventaja. Agarré al perro y corrí como nunca mientras su dueño se retorcía y gritaba insultos en el suelo. No me arrepiento de nada, y ahora, tengo una nueva mascota. No sé en qué momento solté la mochila, pero sé que no me quiero regresar a por ella, ¿estará ahí él aún? Mejor ni pensarlo. El problema va a ser explicarle a mi familia que ahora tenemos un nuevo miembro. A veces actúo tan rápido que se me olvida pensar. Que cansada estoy de los imprevistos.

¿Ya váis entendiendo la dinámica de mi vida?

Mi madre lo llamaría transición de la adolescencia a la vida adulta. Yo lo llamo CAOS.

Y seguro que no soy la única, ¿verdad?

¿A quién no le ha pasado que se le presentan situaciones que no estaban planeadas y le cambian su futuro?

Con esto que pasó aprovecho para hablaros sobre la pasión que siento por los animales. Con ellos, que nunca te van a juzgar, dime cómo no podrías sentirte libre. Y eso no es tan fácil de sentir, al menos desde mi perspectiva. Siempre he crecido rodeada de animales, y hablo de mis mascotas, no de esos seres que se hacen llamar compañeros de clase. Que escalofríos me da acordarme, mejor no los mencionaré, vaya que los invoque.

Como iba diciendo, he tenido siempre mascotas, y os adelanto que con ellos, es el único momento de mi vida donde siento que respiro aire fresco y soy yo. Sin ninguna apariencia ni guardar las formas que tanto parecen importar en la sociedad. Por eso, si se me presentan situaciones como la de hoy, no me queda otra que defenderlos. Sea como sea.

Cuando entré al comedor con el perrito en los brazos, mi madre lo miró como si fuera un dragón de dos cabezas.

Y la reacción de mi padre no fue mucho mejor.

—Lara, ¿qué haces con ese perro? ¿De dónde lo has sacado?– me preguntó mi padre con tono de enfado. El cual la verdad, no me sorprende.

—Es que me lo encontré abandonado. — Dije con un tono de súplica.

Obviamente les mentí, no les iba a contar lo sucedido.

—¿Y tu mochila?—Pregunta mi madre extrañada.

Noto como de golpe se me baja la presión, dejándome al borde del desmayo.

Eeh vale, tenía que pensar rápido. Cómo no se me había ocurrido pensar una respuesta a esto.

—Ay, que mal, es que la solté cuando lo iba a coger para darle agua de mi botella y al final lo dejé todo atrás y no me acordé de cogerla.— Espero que me crean, aunque en mi tono de voz se nota que ni siquiera yo estoy muy convencida de lo que digo.

Se me quedaron mirando fijamente durante unos segundos sin decir nada. Hasta que mi madre suspiró con pesar y se puso la mano en la frente.

—¿Y ahora qué hacemos con él? No nos lo podemos quedar, ya tienes suficientes mascotas. —Expresó mi madre con dureza.

—Es que no lo podía dejar ahí solito, en la calle, pasando hambre, frío… —Le estoy poniendo mi cara más suplicante, espero que funcione. Además, el perrito también se le quedó mirando con ojitos tristes, y el echar las orejitas para atrás le dió el toque final para ablandarla.

—Que sea la última vez. Puedes quedártelo porque lo has hecho de buen corazón. Pero no quiero que se repita. No podemos quedarnos con cada animalito que veas en apuros.

Sabía que la convencería, ¿quién podría resistirse a este peludito tan adorable?

Me invade la alegría y sonrío mientras doy saltitos de emoción con mi nueva mascota aún en brazos. Me mira un poco asustado, pero no intenta huir. Ahora que lo pienso, creo que voy a tener que trabajar también en la confianza entre él y los humanos. Tiene que entender que no todos somos como su anterior dueño.

—Gracias, mamá.—se lo digo aún sonriendo y mirándola a los ojos. Ella me responde con un dulce abrazo que no puedo corresponder porque sigo con el cachorro encima.

—¿Y a mí quién me va a pedir opinión? ¿No estáis viendo que yo también estoy aquí?

Se me había olvidado que estaba papá presente. Pero no me va a arruinar mis planes.

—Papá, ¿no ves tú qué somos dos contra uno?— Le digo con la cabeza alta y una sonrisa triunfante.

Él no dice nada, menos mal.

Ahora iré a comprarle pienso, una camita y todo lo que necesite. Vaya efecto mariposa. Como cambia tanto la vida de un momento para el otro. Por eso prefiero improvisar, de todas formas me va a tocar hacerlo.