Capìtulo 01
En el corazón de Aeltharion, donde los árboles susurran con voz de siglos y los ríos parecen recordar nombres olvidados, vivía Naeria, una hechicera nacida de luna nueva y promesas rotas. Su cabello, tan oscuro como la tinta, caía en cascada sobre sus hombros, ocultando los tatuajes que marcaban su destino: el linaje de la última Guardiana del Eterium.
Desde la torre este del Palacio de Aranor, donde los sabios tejían el destino del reino con palabras envueltas en mentiras y secretos, Naeria había crecido allí, entre hechizos, corceles y magia, pero jamás se sintió del todo parte. Como si algo en su alma fuera diferente.
—La magia no se enseña, se recuerda —le había dicho su madre una vez, poco antes de desaparecer en la niebla de un conjuro que nadie más entendió.
Aquella mañana, los heraldos llegaron con tambores de juicio. En el Gran Salón, la Reina Maerel, de ojos azules como cuchillas heladas, anunció que la magia estaba enfermando al reino. Decían que la tierra sangraba por culpa de quienes como Naeria manipulaban las fuerzas invisibles. “Desagrado”, lo llamaron. “Exilio”, susurraron los muros.
Naeria sabía que el verdadero peligro no era la magia, sino aquellos que temían lo que no podían controlar.
En la biblioteca de medialuna, la más antigua de los siete reinos, Naeria buscó respuestas. Descubrió antiguos registros que hablaban de un poder más allá de la noche: el Nocturm, un equilibrio roto hacía siglos por un exiliado sin nombre que, en su furia, arrancó el alma de los astros. Sintió, sin comprender por qué, una punzada extraña en el pecho al leer esas líneas. Como si, en algún rincón del mundo, ese exiliado respirara aún.
Y supiera su nombre podría encontrar una respuesta a aquel problema en el reino para no ser exiliada.
Esa noche, el Consejo decidió que Naeria debía ser desterrada.
—Tus dones son una amenaza —dijo el Archimago Tharn, el mismo que la había enseñado a leer los libros sagrados.
—Mi don es mi alma, es parte de mí —replicó ella, firme, con la voz llena de fuego y dignidad.
No lloró cuando le pusieron las cadenas de hechizo. No bajó la cabeza cuando la Reina le ordenó marcharse al amanecer. Solo miró una última vez su reflejo en el estanque de los susurros y se prometió algo que haría temblar a los dioses:
Volvería.
Pero no como prisionera.
Volvería como la que ayude a su pueblo.
En los márgenes del reino, al borde del Bosque Silente, Naeria se detuvo. Se despojó del sello real, rompió el pergamino del destierro y susurró al viento:
—Que las estrellas sean testigos de una injusticia, nunca haría daño ami pueblo, solo quiero saber que le pasó a mi madre y porque la magia está matando al pueblo.
Porque en lo profundo de su alma, algo se encendía. No era rabia. Era poder.