Único
Cada noche, ella volvía. No con flores, ni con excusas, sino con la misma mirada distraída y los labios cargados de silencios. Él la recibía con una sonrisa rota, como quien aún cree en lo imposible. No decía nada; ya lo había dicho todo en otras madrugadas, en otros abrazos que terminaron en vacío.
Ella se sentaba a su lado, encendía un cigarro y hablaba de todo, menos de ellos. Él escuchaba, como si cada palabra fuera un hilo que lo mantenía atado a una historia que ya se estaba deshilachando.
"Voy a cambiar", le había dicho una vez. Y él le creyó. No porque fuera convincente, sino porque la amaba más de lo que se amaba a sí mismo.
Los días pasaban, y con ellos, su esperanza se encogía. Pero seguía ahí. Porque cuando uno ama de verdad, incluso el dolor se vuelve rutina.
Una noche, mientras ella dormía en su cama, él se sentó en la oscuridad del comedor. No lloraba. Ya no quedaban lágrimas. Solo un corazón que, en silencio, seguía llorando por alguien que nunca había decidido quedarse del todo.
Entonces, escuchó el susurro que temía:
—No sé si quiero seguir siendo quien tú esperas.
Y en ese instante, supo que la espera podría ser eterna… o que algo, finalmente, estaba a punto de romperse.