Ayer, hoy y nunca

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Summary

Dicen que el tiempo lo cura todo. Pero en neuvielle, el tiempo no avanza. Solo da vueltas. A las tres con treinta y tres, el viento sopla con voz de niño. Las flores se cierran como párpados. Los relojes se detienen. Y el internado respira, como una criatura dormida que sueña con épocas que ya no existen. Nadie lo nota. Nadie lo recuerda. O al menos, eso quieren creer. Las muchachas repiten sus clases de piano con las mismas notas desafinadas. Los pasillos crujen en los mismos lugares. La carta que nunca llegó, vuelve a enviarse. La caída por la escalera. La noche en que ardió la biblioteca. El susurro detrás del espejo. Todo ocurre. Y luego, todo vuelve a comenzar. Pero esta vez, hay algo distinto. Un nombre escrito en tinta roja, en un cuaderno olvidado en la biblioteca de 1902: "Liliane" Un nombre que nadie ha pronunciado en más de un siglo. Y sin embargo, ella ha regresado. Con un abrigo gris y una maleta vieja. Con una carta de admisión en la mano, y una cicatriz invisible en el corazón. Se hace llamar Lilith, aunque no sabe por qué. Ella cree que ha llegado al internado por primera vez. Cree que su historia apenas comienza. Pero neuvielle la recuerda. Los muros la han visto morir. Los relojes la han visto volver. Y el tiempo, cruel y elegante como un vals fúnebre, se prepara para comenzar su danza otra vez.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Capítulo I – Saint Nocturne


"Algunos lugares no aparecen en los mapas. No porque no existan, sino porque nadie se atreve a recordarlos."


La limusina negra avanzaba por el camino estrecho como un cuervo demasiado elegante para estas tierras. La niebla bailaba entre los árboles altos, enroscándose entre las ramas desnudas como si susurrara secretos en una lengua que Lilith Thorne no hablaba... aún.


Afuera, el mundo parecía suspenso en algún limbo entre el otoño y el olvido.


Adentro, Lilith miraba su reflejo en la ventana empañada. La sombra del cabello rojo como sangre teñía su cara de guerrera cansada.


—Genial —murmuró, con tono seco y entonado como si escupiera una maldición—. Llegamos al set de una película de terror clase B.


El chofer no respondió. No lo hacía desde que habían salido de París. Odiaba el silencio. Pero odiaba más la cortesía fingida.


Cuando cruzaron el cartel de madera carcomida, su humor se volvió más ácido:


"Bienvenido a Neuville" decía en letras torcidas, como garabateado por una mano temblorosa.

Debajo, una inscripción casi ilegible:

"Donde los ecos nunca mueren."


—Perfecto —siseó Lilith, sacando su teléfono por décima vez—. Cero señal. Estoy oficialmente muerta para el mundo.


Miró al frente. El pueblo no parecía haber escuchado hablar del siglo XXI. Techos de pizarra, chimeneas humeantes, faroles antiguos con luz amarilla que parpadeaba como si tuvieran miedo de apagarse por completo. La gente en las calles era escasa, vestida con colores apagados y miradas pesadas. Todos parecían guardar un secreto en la garganta, como si respirar fuerte fuera peligroso.


"¿Qué es este lugar? ¿Un museo de traumas?" pensó, mientras la limusina bajaba la colina.


Y entonces, lo vio.


El Internado Saint Nocturne.


Se alzaba sobre una colina lejana como un dios olvidado, con torres góticas que tocaban el cielo gris. Las paredes eran de piedra oscura, cubiertas de enredaderas secas. Las ventanas parecían ojos... ojos que no parpadeaban.


—¿Ese es el internado o el escenario de mi funeral? —ironizó, con media sonrisa torcida.


El chofer detuvo el auto frente a los portones negros de hierro forjado, altos como árboles malditos. Lilith bajó. El aire olía a lluvia vieja, a tierra y a algo más... algo que no supo nombrar, pero que se sintió como cuando alguien te observa sin moverse.


El hombre salió, abrió el maletero y dejó su baúl junto a ella. Ni una palabra.


—¿No vas a ayudarme con las maletas? ¿O eso tampoco estaba en el contrato? —preguntó, sabiendo ya la respuesta.


El chofer solo la miró un segundo, algo en sus ojos tan resignado que Lilith sintió una punzada... no de compasión, sino de advertencia. Como si quisiera decirle huye, pero su boca ya no supiera cómo.


Subió de nuevo al auto y se fue. Sin mirar atrás.


Lilith se quedó sola, frente a las puertas cerradas de Saint Nocturne.

Detrás de ella, Neuville susurraba.

Delante, el castillo esperaba.

Y bajo sus pies, el suelo guardaba historias que estaban a punto de despertar.


—Vamos allá, castillo de Drácula —susurró, y empujó los portones.


Estos se abrieron con un crujido largo y doliente, como si no quisieran dejarla entrar.


Los portones se cerraron detrás de ella con un golpe seco.


Frente a ella se extendía un jardín de estatuas rotas y árboles torcidos, como si el tiempo hubiera pasado por aquí con cuchillo en mano. El sendero de piedra la guiaba hasta la puerta principal: dos hojas de roble talladas, cubiertas de símbolos que no eran meramente decorativos.


El edificio en sí era un monstruo. No uno que ruge, sino uno que observa. Gótico, vasto, cubierto de hiedra y humedad, cada gárgola parecía tener una historia que contar, pero ninguna que quisieran compartir con facilidad.


Lilith avanzó.


Con cada paso, el eco de sus botas resonaba como si caminara dentro de una catedral dormida. Levantó la vista: vitrales polvorientos mostraban escenas religiosas, ángeles y demonios peleando en silencio eterno, pero... había uno que le hizo detenerse.


Un vitral que no parecía parte del conjunto. No había figuras celestiales. Solo un ojo.

Un ojo azul, abierto, que la miraba directamente.

Parpadeó. El vitral no lo hizo.


—Qué divertido —murmuró—. Me vigilan hasta los cristales. ¿Dónde firmo mi renuncia?


Cuando finalmente tocó la aldaba de hierro con forma de serpiente, la puerta se abrió antes de que la golpeara.

Solo un poco. Una rendija, como una exhalación.


Lilith tragó saliva. Empujó la puerta.


Dentro, el aire estaba tibio, cargado de incienso, cera derretida y algo antiguo. Muy antiguo.

El vestíbulo era inmenso. Suelo de mármol blanco, techos altos con candelabros oscuros colgando como coronas de sombras, y retratos en las paredes que la observaban con desdén.


En el centro, una mujer esperaba.


Alta. Impecable. Labios pintados de vino seco, cabello recogido en un moño tan tirante que parecía doler. Sus ojos eran de un gris tan claro que parecían nublados.


—Liliane Fairchild —dijo con voz de aguja de hielo.


—Lilith Thorne —corrigió ella, firme.

La mujer arqueó una ceja.


—oh, debi de confundirme.


Lilith apretó los dientes. Ya empezábamos bien.


—Y usted debe ser la señora "Terror Gótico número uno". ¿O hay más como usted?


La mujer no respondió. Solo giró sobre sus tacones y dijo:


—Sígame.


Lilith obedeció. Porque a veces el silencio manda más que un grito.


Avanzaron por un pasillo larguísimo, con puertas cerradas a ambos lados y vitrales que dejaban pasar una luz azulada. Era como caminar dentro de una canción antigua, de esas que te cantan al oído en sueños pero no entiendes al despertar.


—¿Cuántos alumnos hay? —preguntó.


—Los suficientes.


—¿Cuántos sobrevivieron el primer trimestre?


—Menos de los que llegaron —respondió la mujer, sin detenerse.


Lilith sonrió, contra su voluntad. Humor negro. Bien.


Llegaron a una puerta de roble tallado con el símbolo de un cuervo. La mujer la abrió.


—Este será su dormitorio. Hay otras tres chicas con usted. No se encariñe demasiado.


—¿Por qué? ¿Se evaporan?


—No. Pero a veces desaparecen. dirigete a la oficina del director cuando termines de acomodarte.


Y la dejó allí, en la penumbra.


El cuarto tenía el aire de una biblioteca abandonada: techos altos, cuatro camas con dosel, cortinas de terciopelo oscuro, y un gran espejo ovalado que colgaba del muro frente a la ventana. Lilith se acercó y se vio en él.


Por un instante, su reflejo no la imitó.

Parpadeó...

...y luego, todo volvió a la normalidad.


O eso quiso creer.


Se dejó caer en la cama más cercana. El colchón crujió como si no le gustara ser usado por extraños.


Sacó su teléfono. Sin señal.

Tiró el celular al colchón y murmuró:


—Genial. Internado embrujado, señal cero, gente espeluznante y un espejo con vida propia.

¿Qué es lo siguiente? ¿Un exorcismo en la clase de literatura?


Tocaron la puerta.


Lilith se incorporó. La madera tembló de nuevo. Otra vez.


Cuando abrió, no había nadie. Solo un sobre negro a sus pies.

Lo recogió. Dentro, una tarjeta escrita con tinta granate.


"Lo que fue ocultado, será revelado.

Lo que fue quemado, aún arde.

Bienvenida a casa."


Y abajo, solo una palabra:


Nunca.


Lilith levantó la vista hacia el pasillo vacío.


—Ok. Esto ya se puso raro.

Perfecto.


Y sonrió.

Porque sí. Estaba sola, perdida, y rodeada de locura.

Pero algo en sus venas tembló de emoción.


Por fin... algo interesante.


Lilith sostuvo la tarjeta entre los dedos unos segundos más, como si esperara que cobrara vida o le lanzara otra profecía mal redactada. Nada pasó.


—Claro... "Bienvenida a casa" —repitió en voz baja, con una mueca sarcástica—. Muy poético todo, pero nadie me dio un mapa, una llave o siquiera un maldito horario.


ella volvió a mirar el cuarto. Las otras camas estaban vacías, impecables. No había rastros de las supuestas "compañeras". Solo silencio, polvo en los bordes de las ventanas, y esa sensación incómoda de estar siendo observada por algo que no necesitaba ojos.


Entonces, recordó algo que la mujer de hielo había dicho:


—Debes ir a la oficina del director.


Lilith se detuvo en seco.


—¿La oficina del director? ¿Y cómo se supone que llegue hasta allí? ¿Me convierto en GPS? ¿Pido señales a los espíritus del más allá?


No había indicaciones, ni flechas, ni carteles con "este es el pasillo menos maldito". Solo puertas cerradas y vitrales lúgubres que no ayudaban en nada a su orientación.


Abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo.

La madera crujió bajo sus pies como si el edificio respirara con cada paso.


—Señorita... Señora Cementerio Gélido... ¿Una ayudita tal vez? —llamó, en voz alta, sin miedo a sonar irrespetuosa—. Me dijo que fuera a la oficina del director como si yo hubiese vivido aquí en otra vida.


Silencio.


—¿Alguien? ¿Una monja asesina? ¿Un espectro amistoso? ¿El conserje con alma atormentada? ¿Una app mágica? ¡Algo!


Nada.


Solo el sonido del viento golpeando contra los vitrales, y un leve murmullo... no, una corriente de aire que parecía susurrar palabras ininteligibles desde las paredes.


—Genial. Mi primer día en Saint Nocturne y ya estoy hablando sola en un castillo embrujado. Qué gran decisión familiar. Gracias, tíos. Ojalá se atraganten con sus vinos caros.


Giró a la izquierda en el pasillo, porque izquierda siempre le había parecido un buen lado para el drama. El corredor se extendía mucho más de lo que parecía desde afuera, como si el lugar cambiara de tamaño según su humor. Las lámparas colgantes emitían una luz tenue, ámbar, que no calentaba nada.


Pasó frente a una puerta entreabierta. Dentro, parecía haber una sala de música, pero los instrumentos estaban cubiertos por sábanas blancas, como cadáveres tapados en un hospital olvidado.


Siguió caminando.


Pasó otra puerta. Biblioteca. O al menos eso parecía. Cerrada. Cerradísima.


—La oficina del director, claro... seguro está justo después del pasillo de las almas en pena —bufó, cruzando los brazos—. Qué clase de psicópata diseña un internado sin señalización. Esto ni Hogwarts.


Se detuvo frente a una escalera de caracol que subía a una torre. Dudó.


—Si hay algo que aprendí viendo películas de terror es que nunca subas la escalera misteriosa en la torre. Pero también aprendí que si no lo haces... te lo pierdes todo.


Suspiró.

Y subió.


Cada escalón chirriaba como si protestara por su existencia. Cuando llegó al último, se encontró frente a una puerta distinta. No era tan antigua. Era de madera pulida, tenía una placa dorada (¡milagro!) que decía:


"Dirección – Dr. Adrien Voclain"


Lilith levantó las cejas.


—Bueno, al fin un poco de lógica en este manicomio estético.


Tocó la puerta.

Nada.

Volvió a tocar, esta vez con más fuerza.


—¿Hola? ¿Doctor Voclain? ¿Director encantado? ¿Vampiro centenario con título académico?


La puerta se abrió sola. Otra vez.


Lilith frunció el ceño.


—Ok, esto empieza a ser una rutina bastante dramática.


Entró.


Y lo que vio no era lo que esperaba


La oficina olía a incienso barato, cuero viejo y un leve toque de algo más... azufre, quizás.

Lilith no era experta en decoración, pero sí sabía reconocer un lugar que pretendía intimidar. Las paredes estaban cubiertas de libros gruesos que parecía que nadie abría desde 1883, vitrinas con artefactos que parecían sacados de un museo de lo oculto y, en el centro, un escritorio tan macabro como elegante. Tallado a mano. Demasiado perfecto. Demasiado... premeditado.


Un hombre se alzó lentamente detrás del escritorio.


Alto. Delgadísimo. Tan pálido que parecía hecho de papel quemado.

Vestía de negro, desde los zapatos hasta la corbata, y su presencia era tan imponente que por un momento Lilith pensó que se trataba de una estatua que había cobrado vida.


—Señorita Fairchild —dijo, sin pestañear, como si acabara de decir su propio epitafio.


Lilith se detuvo.


Parpadeó.


Frunció el ceño.


—Perdón... ¿cómo dijo?


El hombre se congeló. Solo por un segundo.

Un gesto minúsculo, casi imperceptible. Pero ella lo notó. Esa fue la primera grieta.


—Ah... lo siento, debí confundirme con otra alumna. —Su tono cambió con la rapidez de un actor entrenado—. Usted debe ser Lilith Thorne, por supuesto.


Ella alzó una ceja, escéptica.

—Sí... a menos que alguien haya decidido cambiarme el nombre mientras dormía.


El director soltó una leve risa. Esa risa que suena vacía, como un cascarón hueco.


—Perdone la confusión. Soy el Dr. Adrien Voclain, director de Saint Nocturne. Bienvenida al internado.


Ella no le dio la mano. Solo lo miró, manteniendo la guardia alta.


—Gracias, supongo. La señorita de la entrada me dejó tirada sin decirme nada más. Literalmente me soltó un "vaya a la oficina del director" y desapareció como si estuviera en modo fantasma.


—Oh, sí... la señorita Deneuve. Siempre tan... eficiente —dijo Voclain, con una sonrisa afilada.


Se inclinó, abrió un cajón y sacó una carpeta delgada, de color borgoña. Había algo escrito en la tapa, pero lo cubrió con la mano antes de que Lilith pudiera leerlo.


—Aquí está su información. Clases, dormitorio, uniforme. —Le entregó la carpeta—. Todo está en orden.


—Genial —respondió ella, tomando los papeles con desdén—. ¿Y también hay un mapa con indicaciones para no perderme en este castillo maldito?


Él sonrió otra vez, como si la respuesta le pareciera adorable.


—Le aseguro que, con el tiempo, encontrará que Saint Nocturne no es tan aterrador como parece.


—A mí me parece lo suficientemente gótico como para que Tim Burton quiera mudarse —murmuró ella, hojeando los papeles—. Y por cierto... eso que dijo antes... Fairchild. ¿Quién es?


Él no dudó.


No tragó saliva.


No miró a otro lado.


Simplemente sostuvo su mirada con naturalidad.


—Una alumna antigua. Tuve un lapsus. Usted me la recordó por un segundo, eso es todo.


Lilith no respondió. Algo en su estómago se encogió.

Una intuición. Una punzada sorda. Como si su nombre real hubiera estado al borde de su lengua... y se lo hubieran arrancado justo a tiempo.


—Bueno —dijo, cerrando la carpeta con un chasquido seco—. Si no hay nada más...


—Bienvenida oficialmente a Saint Nocturne, señorita Thorne —dijo Voclain, sin parpadear—. Le deseo una estancia... reveladora.


Ella salió sin agradecer. Sintió los ojos del director clavados en su espalda incluso después de cerrar la puerta.


Y lo que no vio fue que, cuando se fue, Voclain sacó otra carpeta de su escritorio.

Una muy vieja.


Nombre: Liliane Fairchild.

Fotografía: Borrosa, pero reconocible.

Cabello rubio.

Misma mirada.


"no debe recordar"


—Porque claro... "busque su uniforme en secretaría" —mascullaba Lilith mientras caminaba a paso firme por los pasillos—. Como si yo supiera dónde diablos está la maldita secretaría. ¿Por qué no me ponen un GPS implantado en el cráneo también, ya que estamos?


El eco de sus propios pasos le respondía con sorna. El internado, en su esplendor gótico y silencioso, parecía burlarse de ella con cada rincón idéntico al anterior. Paredes cubiertas de terciopelo desgastado, candelabros que parpadeaban con luz real (¿por qué no usan LEDs como la gente civilizada?), cuadros antiguos que parecían seguirla con la mirada, y alfombras tan mullidas como inquietantes.


—Esto es una prueba, ¿verdad? —siguió murmurando para sí misma—. Una especie de broma pesada de los Thorne. "Vamos a mandarla al internado de los fantasmas a ver si sobrevive". Ja, ja. Muy gracioso.


Pasó junto a una armadura oxidada que casi le rozó el hombro. Lilith se detuvo, retrocedió un paso, y la observó con recelo.


—No me mires así. Tú tampoco sabés dónde está la secretaría, ¿verdad?


La armadura no respondió, por suerte. Aunque el sonido metálico de algo suelto hizo que Lilith se alejara con prisa, fingiendo dignidad.


Siguió caminando, doblando una esquina, y luego otra, y luego otra.

El internado parecía circular. Una especie de laberinto diseñado por alguien con serios problemas de odio hacia la lógica.


—¿Qué clase de escuela no pone carteles? ¿Qué clase de maníaco diseñó este castillo sin señalética?


Consultó la carpeta por décima vez. Solo decía:

"Buscar uniforme en Secretaría antes de la cena."

Ni una flecha, ni un croquis, ni un "en la planta baja, a la izquierda del infierno". Nada.


Lilith se dejó caer de espaldas contra la pared, cruzó los brazos y miró al techo con resignación dramática.


—Perfecto. Perdida, sola, hambrienta, y encima teñida de rojo como si fuera a protagonizar una historia de horror. Lo único que falta es que empiece a llover sangre por las ventanas.


Como si el universo la escuchara (y tuviera muy mal sentido del humor), un trueno retumbó a lo lejos. Lilith alzó la vista lentamente.


—Ese fue un chiste. ¡No era literal! —gritó al techo.


Entonces, algo la interrumpió.


Una voz suave. Como un murmullo. Apenas un susurro que venía del fondo del pasillo.


—¿Estás perdida...?


Lilith se congeló.

No había nadie.

Solo cuadros. Estatuas. Paredes. Silencio.


Y la carpeta temblando un poco en sus manos.



—¿Estás perdida...? —susurró la voz otra vez, como un viento que se arrastraba por los pasillos.


Lilith se giró en seco, el corazón rebotando como una batería de guerra contra su pecho.


Nada.

Silencio.

Oscuridad envuelta en terciopelo.


—Genial. Fantasmas parlantes. Lo que me faltaba. —se rio nerviosa, pero ni ella se creyó la risa—. Estoy teniendo alucinaciones sonoras en un castillo maldito con servicio al cliente inexistente. ¡Hermoso comienzo!


Dio un paso hacia atrás, dispuesta a continuar su exploración errática por los pasillos cuando, de pronto...


—¿Busca la secretaría, señorita Thorne?


La voz llegó justo detrás de su nuca, clara, cortante... y completamente inesperada.


Lilith pegó un grito. Uno sincero, puro y sin filtros. Saltó medio metro del suelo, se giró de golpe, con los ojos desorbitados y la carpeta apretada contra el pecho como si fuera un crucifijo.


—¡¿ESTÁS LOCA?! —espetó—¡¿No podés usar zapatos con suela o... no sé, hacer ruido como una persona normal?!


Frente a ella, imperturbable como una estatua viva, estaba una mujer de mediana edad. Alta, delgada, vestida con un traje color gris carbón, tan ajustado al protocolo que parecía planchado por la mismísima Inquisición. Su cabello estaba recogido en un moño tirante, y sus labios, apretados como si nunca hubiera sonreído.


—Mis disculpas —dijo con una inclinación mínima de cabeza—. No fue mi intención asustarla. Suele pasarle a los nuevos.


—¿"Los nuevos"? ¿Los nuevos qué? ¿Sacrificios humanos? ¿Víctimas de bromas satánicas?


—Estudiantes —aclaró la mujer, sin inmutarse.


Lilith inspiró hondo. Se obligó a soltar el aire despacio, como había aprendido en las pocas clases de yoga que su tía le había obligado a tomar ("para la ansiedad, Lilith, por tu bien").


—Bueno, ya que estás aquí... ¿podrías decirme dónde demonios está la dichosa secretaría? —agitó la carpeta frente a su cara—. Porque este hermoso instructivo no me da más indicaciones que "vaya a buscar su uniforme" como si yo fuera una clarividente o una experta cartógrafa de castillos encantados.


La mujer asintió una sola vez, girándose con la precisión de un péndulo de reloj.


—Sígame, por favor.


Lilith la siguió, murmurando por lo bajo:


—Por supuesto. Porque claramente soy una princesa del siglo XIV siguiendo a su institutriz fantasma...


—¿Dijo algo?


—Solo que me encanta esta escuela. Un sueño hecho realidad —respondió con una sonrisa tan falsa que hasta la armadura del pasillo rodó los ojos.


Lilith caminó detrás de la secretaria. El internado Saint Nocturne la devoraba lentamente, pasillo a pasillo, sombra a sombra. Algo le decía que su llegada aún no era el verdadero comienzo... solo el primer escalón hacia un abismo que no figuraba en ningún mapa.


La secretaria la condujo en completo silencio, sus pasos resonando como campanadas fúnebres sobre el mármol negro. El pasillo parecía interminable, como si la estuvieran llevando a una cripta en lugar de una simple oficina. Finalmente, se detuvieron frente a una puerta doble de madera oscura, con un cartel antiguo que apenas se leía: "Secretaría Académica".

—Aquí es —dijo la mujer, con ese tono neutro que Lilith ya asociaba con la burocracia infernal.


Antes de que pudiera replicar o siquiera preguntar si la acompañaría, la secretaria ya se había desvanecido por el pasillo, dejándola sola otra vez.


—Claro. Cómo no. Perfectamente normal. —refunfuñó Lilith, empujando la puerta con un suspiro.


El interior era frío y meticulosamente ordenado, como un quirófano para papeles. Al fondo, otra mujer —más joven esta vez, con gafas y el pelo recogido en una trenza apretada— ni siquiera levantó la vista de la máquina de escribir.


—¿Lilith Thorne? —preguntó sin emoción, como si leyera un ticket de supermercado.


—Depende. ¿Esto va a doler? —ironizó.


La mujer extendió una bolsa de tela negra, impecablemente doblada y sellada con un pequeño broche dorado con forma de cuervo.


—su uniforme. Vístase en el vestidor al fondo.


Y sin más palabras, volvió a ignorarla por completo, como si acabara de entregar un paquete rutinario y no el destino textil de una chica confundida.


Lilith sostuvo la bolsa con ambas manos. Era pesada, más de lo que esperaba. El broche la miraba como un ojo cerrado, esperando ser abierto.


—Qué considerado. Ni siquiera una nota de "¡Buena suerte sobreviviendo al primer día!" —murmuró, caminando hacia el vestidor.


Desenvolvió el contenido sobre una silla. Al ver el uniforme, no pudo evitar una exclamación:


—Oh. Wow. Esto sí que grita "escuela encantada con tradición milenaria y probable culto secreto".


El vestido era sobrio, elegante hasta la tiranía. El cuerpo negro azabache, recto y ajustado a la cintura como si la disciplina estuviera cosida en las costuras. La falda larga, casi religiosa en su caída. Las mangas, de un rojo profundo como sangre antigua, abullonadas y ceñidas con botones negros que brillaban como pequeños ojos. Y en el pecho, justo sobre el corazón, el escudo: dorado y granate, con un cuervo, una luna creciente y una llave cruzada.


Era hermoso. Inquietante. Imponente. Como si te obligara a comportarte sólo con ponértelo.


Lilith se lo probó en el vestidor, y al mirarse en el espejo no supo si estaba lista para una clase... o para presidir un juicio mágico.


Cuando salió, con el vestido puesto, la secretaria ya no estaba. Ni una nota. Ni un "sígueme". Nada.


—¿En serio? ¿Otra vez? —bufó—. ¿¡Tienen la costumbre de abandonar a las alumnas nuevas como si fueran cachorros en una caja de cartón!?


No hubo respuesta. Solo el eco de su voz y un leve crujido en el techo, como si el internado se riera de ella.


Lilith se cruzó de brazos, el vestido cayendo como una sombra perfecta a su alrededor. Su reflejo en el vidrio la observó con una mezcla de burla y resignación.


—Muy bien, Saint Nocturne. Me vestí. Estoy sola. Estoy confundida. ¿Y ahora qué? ¿Me lleva un cuervo al aula?


La carpeta seguía apretada bajo su brazo, con sus papeles burocráticos y su miseria institucional.


ella suspiro y comenzo a caminar hacia su hanitacion.


El internado era un laberinto de piedra y madera vieja que crujía a cada paso. Como si el edificio respirara. Como si no estuviera sola, nunca.


Llegó al cuarto. Nadie más.

Se tiró sobre su cama con un suspiro teatral, el tipo de suspiro que pide un cigarrillo, un escape, o mínimo, una playlist de Lana del Rey.


Se levantó, sin más ganas de quejarse. Abrió su valija, desparramó su mundo en ese rincón: fotos polaroid que no recordaba haber tomado, libros subrayados con furia, una manta suave que olía a casa. Decoró a su manera: una vela negra que no podía encenderse (prohibido fuego), una cajita de música que no sonaba desde 2019, y una postal de París que nunca envió.


El uniforme colgaba ahora en una percha, perfectamente doblado. Su abrigo negro descansaba como una sombra sobre la silla.

Y justo cuando se acomodaba contra la almohada, dejando caer la cabeza como si fuera a dormir todo el semestre...


¡BONG!


La campana de la catedral sonó.

Un eco profundo, antiguo.

Tres golpes.

Uno por cada ala del colegio.

Uno por cada pecado no confesado.


Lilith se incorporó. El sonido le caló los huesos.


Y entonces...


¡BONG!


La campana de la catedral rugió desde el corazón de piedra de Saint Nocturne, arrastrando consigo el murmullo de cientos de pasos, risas lejanas, puertas que se cerraban como finales de capítulos.

El final de las primeras clases.


Lilith ya estaba en su cama, echada como una reina cansada de su propio trono, cuando...


Clic.

La puerta se abrió con la parsimonia de una revelación.


Tres siluetas cruzaron el umbral.

Tres presencias.


La primera, una chica de piel palida y dos largas trenzas levantó la vista desde un libro encuadernado en cuero negro, con el ceño levemente fruncido detrás de unos lentes redondos.


—Oh, genial —dijo sin emoción, como quien recibe un paquete que no pidió pero acepta igual—. La cuarta llegó.


La segunda entró bufando, sacudiéndose el cabello negro con dramatismo contenido. Llevaba una remera ajustada bajo la túnica escolar, uñas negras y actitud de "me importa cero". Al ver a Lilith, frunció los labios, entre interesada y fastidiada.


—Pensé que íbamos a tener una cama vacía. Me da ansiedad el número impar. Soy Daphne, por cierto. No toques mis cosas o te vas a arrepentir.


La tercera entró girando sobre sí misma con gracia, como si la gravedad le tuviera cariño. Rubia, de rizos angelicales, con una energía que gritaba "cuento de hadas psicodélico".


—¡Hola! Yo soy Eloise. ¡Qué emoción que por fin llegaste! Tu cama es esa, ¿no? ¡Te quedó linda! Me encanta tu estilo, muy... apocalíptico elegante.


Lilith las observó, apoyada en su codo, con media sonrisa torcida y el aura de una heroína que no pidió ese capítulo.


—Soy Lilith —dijo, con voz que rozaba el sarcasmo—. Y si una más me da la bienvenida como si esto fuera un culto, juro que me lanzo por la ventana.


Daphne soltó una carcajada sarcástica.


—Me caes bien.


Margot la chica de los lentes, volvió a su libro con un suspiro.


—No lo hagas, por favor. Caerías justo sobre el jardín de botánica. Y es el único lugar donde no huele a encierro.


Eloise se sentó con las piernas cruzadas en su cama, como si lo que acababa de pasar fuera lo más natural del mundo.


Lilith miró al techo. Suspiró.


—Bueno... supongo que esta es mi nueva vida.


Y afuera, la campana aún vibraba, como un corazón lejano que latía en nombre de todas.


Lilith se quedó un rato en silencio.

Las otras tres chicas se dispersaron en sus rutinas: Margot encendió una lámpara que olía a almizcle y papel viejo; Daphne sacó un tarro de galletas (que claramente no estaba permitido) de debajo de la cama y comenzó a devorar una sin pudor; y Eloise tarareaba una melodía suave, tan antigua que parecía arrancada de una caja de música maldita.


La luz del sol, o lo que quedaba de ella, se filtraba entre las cortinas con un color raro. Demasiado rojo. Demasiado... melancólico.


Lilith se recostó por fin.

No era su cama.

No era su cuarto.

No era su mundo.


Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sintió del todo sola.


Y justo cuando el sueño comenzaba a vencerla, escuchó a Daphne murmurar, como sin querer:


—¿Alguien más tuvo la sensación de... haberla visto antes?


Silencio.


Margot no levantó la vista, pero su mano se detuvo sobre la página.


Eloise dejó de tararear.


Lilith, medio dormida, no respondió.


O quizás sí lo hizo, en un sueño, o en una vida pasada.


Y mientras las sombras se alargaban tras los muros de Saint Nocturne, una rosa roja comenzó a marchitarse en el invernadero. Sin motivo aparente.


[Capítulo 1 – Fin.]