Capítulo 1: "Donde todo comenzó"
Nunca esperé que alguien como yo escribiera un libro sobre mí. Más bien, nunca esperé escribir un libro.
No sé ni por dónde comenzar ni qué escribir, pero supongo que me apetece contar mi historia.
Soy Arthur. Sí, ese Arthur, "el gran héroe" que derrotó al rey demonio. Así me conoce todo el mundo… o me conocía.
Bueno… a ver cómo puedo comenzar esto.
Nací en una pequeña aldea sin nombre, de mala muerte, al oeste de Nothic, la capital. El reino en el que nací se llama Galeato. Nunca supe quién fue mi madre ni mi padre. Mi padre supuestamente murió en la guerra y mi madre falleció al traerme al mundo.
“Qué comienzo más triste”, pensaréis algunos. Bueno, puede ser. Pero para mí no es nada del otro mundo. Tuve una infancia bastante buena, fui feliz. Me crió un sacerdote de la iglesia de mi pueblo.
Era un señor mayor, con muchas arrugas. Siempre iba inclinado hacia delante y le encantaba canturrear la misma canción de siempre. No me acuerdo de muchos detalles suyos. Murió cuando yo cumplí doce… creo yo.
Ha pasado bastante tiempo desde eso. En esos tiempos yo pensaba en cómo enamorar a la señorita más bonita del pueblo. Quién iba a pensar que acabaría en este punto...
Continuando con la historia: cuando el cura murió —más bien, mi padre adoptivo— estuve triste y pasé meses vagando por el pueblo. Él me dejó su linda casa… más bien cuchitril. Vivía en una casa de madera que se caía a pedazos, pero tampoco era diferente a las demás. Todas eran más o menos así.
Cuando cumplí los quince, vinieron unos soldados al pueblo. Y ahí conocí a un general al que comencé a admirar. Grave error.
Él se llamaba Jefferson. Jefferson von no sé qué narices. El maldito trozo de basura más grande que ha existido.
El general y comandante de la brigada roja de las Águilas Negras era un hombre arrogante y presumido, y anteponía sus deseos antes que la vida de los demás.
Cuando llegó a nuestro pueblo, lo primero que hizo fue criticar la infraestructura y cómo funcionaba todo. Aunque, bueno… no se equivocaba del todo. No sé por qué me sorprendí tanto y comencé a admirarlo. Puede que su brillante armadura negra, su pelo largo, bigote y perilla bien cuidadas me llamaran la atención.
Cada vez que visitaba el pueblo —más o menos cada seis meses— se lucía mostrando su habilidad con la espada o presumiendo sus supuestos logros en batalla.
La brigada frecuentemente tenía que pasar por ciertos pueblos hasta llegar a la frontera. Yo pasaba la mayoría del tiempo practicando con una pequeña espada de madera, como entretenimiento y ocio. Supongo que no tenía nada mejor que hacer.
Hasta que un día apareció un gran ejército, ondeando el estandarte de la familia real. Un hermoso pavo real blanco bordado, con detalles dorados y azules. Sobre un corcel color avellana se encontraba sentada una hermosa dama con armadura plateada y una espada al costado.
Un soldado sacó un pergamino y comenzó a recitar en voz alta:
—Tenemos un comunicado de suma importancia —carraspeó antes de continuar—. En nombre de la familia real de Galeato, venimos a reclutar jóvenes dispuestos a formarse como caballeros y servir al rey y a su pueblo.
Hubo un silencio largo. Nadie sabía qué responder ni se atrevía. El silencio fue cortado por la imponente señorita mencionada anteriormente.
—Saludos, pueblerinos. Soy Aghata Vermitomius, general y comandante de la brigada real. Venimos a buscar jóvenes con talento y se realizarán unas pruebas para determinar quiénes son aptos para ir a la escuela de caballeros.
Dicho eso, se bajó del caballo y, con un movimiento preciso que no dejaba lugar a discusiones, ordenó que prepararan todo.
Los soldados se movieron con gran precisión y rapidez, montando un pequeño campo de entrenamiento con distintas secciones, a unos metros de la entrada del pueblo.
Ningún pueblerino se movió. Se escuchaban cuchicheos y familias sorprendidas y temerosas por la situación. Un soldado, sentado en una mesa con una pluma y un papiro, habló en voz alta:
—Pasen por aquí cualquiera que sea mayor de trece y menor de veintiocho, por favor.
Nadie obedeció. Ni siquiera yo. Me sentía temeroso, sin saber cómo reaccionar a todo esto.
Aghata habló de forma imponente e intimidante:
—¡Cualquiera que desobedezca estas órdenes estará atentando contra la familia real!
Esas palabras causaron escalofríos a todos los presentes, y poco a poco se comenzó a formar una fila a la que me sumé, un poco temeroso.
El caballero que estaba sentado en la mesa apuntaba los nombres de cada persona que avanzaba por la fila, y comenzaban a realizar las pruebas.
Eran sencillas, para probar si uno tenía talento o no.
Primero tiro con arco: seis flechas por persona, y una diana hecha de paja a unos veinte o treinta metros. Una distancia elevada, teniendo en cuenta lo inexpertos que éramos la mayoría de jóvenes de allí.
La segunda era blandir una lanza contra un maniquí de paja, supongo que para ver el nivel de cada uno.
Por último, una prueba aterradora: un combate con espadas de madera con la comandante Aghata, la cual no daba ni oportunidad a defenderse.
La mayoría lo hicieron pésimamente, menos algunos hijos de los cazadores, que consiguieron hacerlo bien en la primera y segunda prueba.
Al final llegó mi turno. El caballero del papiro me miró y me preguntó:
—Nombre y edad.
No apartó la vista del papiro, ni siquiera parecía importarle lo que dijera.
—Soy Arthur. Tengo quince años —dije con poca confianza.
El caballero ni siquiera me respondió. Hizo un gesto despectivo con la mano para que avanzara a la prueba del arco.
Otro soldado me dio un arco y las seis flechas. Nunca había tocado un arco. Me concentré lo máximo que pude, pero igualmente acerté solo una… y de suerte. En la segunda me fue mejor, pero seguía siendo bastante patético.
En la última me pusieron un casco de metal y me dieron una espada de madera. Me posicioné temblando delante de la comandante Aghata, la cual empuñó la espada con elegancia y profesionalismo.
Apreté las manos alrededor de la madera seca y dura. Me armé de valor y me lancé hacia delante en un ataque desesperado y mal ejecutado. Obviamente, me esquivó y me contraatacó, y así durante unos veinte minutos. Me volvía a levantar, y poco a poco me iba acostumbrando a sus patrones. Y ella, al parecer, se dio cuenta.
—Alto —dijo firmemente—. Ya es suficiente.
Ella se quedó mirándome unos segundos. No parecía impresionada, ni decepcionada. Más bien... confundida.
—¿Cómo te llamaste? —preguntó, bajando la espada.
—Arthur... —respondí, todavía con la respiración agitada.
Aghata giró sobre sus talones y se marchó sin decir una palabra más. Uno de los soldados se me acercó y me quitó el casco.
—Puedes retirarte —dijo sin mirarme.
Caminé hacia un lado tambaleándome un poco. Sentía el cuerpo lleno de golpes, pero por dentro… estaba emocionado. No había ganado, ni mucho menos, pero me había mantenido de pie. Eso ya era una victoria.
Después de unas horas, cuando todos terminaron, los soldados reunieron a los jóvenes seleccionados. Fueron... cinco. De casi cincuenta muchachos, solo cinco. Yo, sorprendentemente, estaba entre ellos.
—¿Arthur, verdad? —me llamó el soldado del papiro, por primera vez diciendo mi nombre—. Felicidades, serás llevado a la capital. Partimos al amanecer.
No supe qué decir. Me limité a asentir.
Esa noche no dormí. No por nervios. No por emoción. No. No dormí porque no sabía si realmente estaba haciendo lo correcto.
Miré por la ventana del cuchitril que me dejó el cura. El mismo techo que goteaba cuando llovía. Las mismas paredes que crujían con el viento. Pensé en él. En su sonrisa arrugada. En cómo decía que yo tenía “madera de líder”, mientras me obligaba a leer libros que no entendía.
—Viejo terco… —murmuré, con media sonrisa.
Al día siguiente, antes de partir, me acerqué a su tumba en la parte trasera de la iglesia. No tenía más que una piedra y un nombre mal escrito con carbón: Padre Lurio.
—Me voy —le dije—. A ser caballero… o algo así. No te rías.
Me quedé ahí un rato. No lloré. Pero me costó alejarme.
Y así, con una mochila medio vacía, una espada de madera desgastada y una idea muy tonta de lo que era el honor, comencé el viaje que cambiaría mi vida.
Os adelanto que no fue como me imaginaba.