SUSURRO CARMESÍ

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Summary

La guerra entre humanos y vampiros terminó hace cinco años. No hubo negociaciones, treguas ni actos de misericordia. La humanidad, arrogante en su creencia de supremacía, cayó ante criaturas que habían acechado desde las sombras por siglos. Ahora, los vencedores caminan libremente bajo la luna, gobernando con puño de hierro. Los humanos que sobrevivieron no son ciudadanos ni aliados, sino propiedades, reducidos a mercancía y entretenimiento. Cada luna roja, el Consejo de Ancianos Vampíricos celebra su victoria con un ritual sangriento. La sangre de los sacrificados fluye en cálices de obsidiana, mientras los nobles brindan por su inmortalidad. En este mundo sin piedad, un hombre roto por la guerra y la pérdida sigue su propio camino. Chris Oblivion, un vampiro de linaje puro, perdió a su esposa en la masacre. Desde entonces, su corazón no ha conocido la ternura, solo la ira. Desprecia a los humanos como un reflejo de su dolor, recordándole que fueron ellos quienes le arrebataron su felicidad. Su única distracción es el poder que ostenta y la obediencia que exige. Pero todo cambia cuando compra un grupo de esclavos… y entre ellos está Coraline. Una mujer que no se inclina con facilidad, cuyos ojos oscuros desafían la oscuridad que lo consume.

Genre
Fantasy
Author
Karol
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La compra

Las luces rojizas de las lámparas goteaban sobre las piedras antiguas, reflejando la sangre seca que adornaba el suelo. El mercado de esclavos era un espectáculo grotesco, un recordatorio del nuevo mundo. Humanos enjaulados, humillados, vendidos al mejor postor. Gritos ahogados, miradas vacías, esperanza hecha cenizas.

Chris Oblivion caminaba con indiferencia entre las filas de cuerpos encadenados, observando sin emoción. La pérdida de Elena aún ardía en su pecho como hierro al rojo vivo, y cada rostro humano le recordaba la mano que le arrebató su felicidad.

—Mi señor Oblivion, estos son los humanos más resistentes de la cosecha. Fuerte constitución, dóciles si se les entrena bien. Puede elegir a los que desee.

Se detuvo ante un grupo de esclavos recién traídos. Sus ojos se posaron en una mujer de cabello largo y ondulado, piel trigueña clara, con un lunar debajo del labio izquierdo. No era la más sumisa. Sus ojos marrones se clavaron en los suyos con una mezcla de temor y desafío.

—Esa.

El mercader titubeó, mirando a la mujer con cautela. Coraline no apartó la mirada, pero sus labios temblaron levemente.

—Una excelente elección, mi señor. ¿Desea un lote completo o solo a ella?

Observó al resto del grupo con indiferencia. En su mente, los humanos no eran más que herramientas. Pero hoy, su compra no se trataba de utilidad… sino de castigo.

—Llévate cinco más y envíalos a mi propiedad. Pero que esta sirva en mi casa.

La decisión estaba tomada. Coraline no tenía opción.

Mientras los guardias la arrastraban hacia su nuevo destino, no supo si había escapado del infierno… o si acababa de entrar en uno peor.

El trayecto hasta la propiedad de Chris fue silencioso. Coraline no habló, no luchó, solo observó el camino desde la jaula de metal en la que la habían encerrado. Afuera, la ciudad bajo el dominio vampírico respiraba una calma inquietante. No había caos ni gritos, solo humanos obedientes y vampiros que caminaban con poder absoluto.

Cuando llegaron, los guardias la arrastraron hasta el interior de la mansión. Era una obra imponente de piedra oscura, donde la luna se reflejaba en los vitrales teñidos de rojo. El aire olía a cera derretida y sangre seca.

La empujaron sin cuidado, y tropezó antes de recuperar el equilibrio.

—Aquí trabajas. Aquí obedeces.

Su mirada recorrió el salón principal, donde las velas apenas iluminaban los detalles dorados y los muebles antiguos. La voz grave resonó como un latigazo, cortando el silencio.

—No ensucies el suelo.

Coraline alzó la vista. Chris estaba ahí, apoyado en el marco de una gran puerta, observándola con un desprecio evidente.

Ella apretó los dientes.

—No soy un perro.

La respuesta fue inmediata y firme, y por un instante, él pareció sorprendido. No era común que un humano respondiera con esa claridad.

Chris se acercó, sus ojos azules fríos como el hielo.

—No, eres peor

Coraline sintió la amenaza en cada sílaba. La cercanía le dio escalofríos, pero no apartó la mirada.

—Si soy tan insignificante, ¿por qué me compraste?

Los guardias retrocedieron ligeramente. Era una pregunta peligrosa, casi una invitación a la ira.

Chris entrecerró los ojos.

—No creas que tienes importancia. Solo eres otra criatura inútil de esta raza patética.

Coraline sintió la furia revolverse en su pecho.

—Si soy tan patética, ¿por qué te molestas en decirlo?

Un silencio pesado llenó la habitación.

Chris movió la cabeza apenas, como si estuviera decidiendo si valía la pena responder. Finalmente, exhaló con indiferencia.

—Empieza a trabajar. No quiero ver tu cara más de lo necesario.

Se giró, dando por finalizada la conversación. Coraline sintió una extraña mezcla de alivio y frustración.

Mientras los guardias la dirigían hacia la zona de servicio, supo que su estancia en aquella casa no sería fácil. Chris la despreciaba, la veía como un recordatorio de su odio.

Pero Coraline no tenía intención de inclinar la cabeza.

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