Bajo la luna roja.

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Summary

El rey se encuentra en su lecho de muerte, mientras, sus cinco hijos esperan la inevitable noticia reunidos en el salón del trono, tratando de consensuar quien será el próximo en sentarse en el trono maldito.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo.

En la penumbra de la sala del trono, los cinco hijos del rey Aldric de la casa Tarsal, se reunieron bajo el peso de un silencio opresivo.

Los candelabros de hierro forjado, tallados por los mejores artesanos, con formas de dragones alados, proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra gris, desgastadas por el paso de los siglos.

El trono, un imponente asiento de obsidiana pulida con incrustaciones de zafiros y diamantes que brillaban como ojos vigilantes, parecía observarlos desde todos los ángulos.

Sobre él, un tapiz desvaído narraba la gloria de los Tarsal, aunque sus bordes raídos contaban otra parte de historia, la de un reino al borde del colapso.

El rey Aldric yacía en sus aposentos privados, sumido en un sueño del que, según los maestros curanderos, no despertaría. Los mejores sanadores del gremio, con sus túnicas bordadas con hilos de plata, habían agotado sus ungüentos y conjuros sin lograr que mejorase.

Sólo quedaba esperar su muerte y rezar para que los Dioses le fueran benevolentes. Mas cuando la muerte le llegara al viejo monarca, uno de los hermanos debería dar un paso al frente, tomar la corona y enfrentarse a la oscura leyenda que la acompañaba.

Se decía que el trono estaba maldito. Quien se sentara en él perdería su humanidad, consumido por una sombra que devoraría su alma a cambio de la prosperidad del reino: cosechas abundantes, nacimientos de niños fuertes, fronteras seguras, incluso protegidos de los desastres naturales que ocasionalmente azotaban otros reinos.

Los Tarsal habían gobernado durante siglos bajo este pacto, pero el precio era evidente. El rey Aldric, antaño un hombre de risa fácil y corazón generoso, se había transformado en un tirano de mirada vacía cuya crueldad marcó a sus hijos con cicatrices visibles e invisibles y aplasto a su pueblo bajo un puño de hierro.

La mayoría de los nobles descartaba la maldición como una fábula para disuadir a los usurpadores del trono, pero los hermanos, testigos directos de la caída de su padre, no estaban tan seguros.

—He oído rumores de que envenenaron a padre —dijo Adam, el primogénito, rompiendo el silencio. Su voz sonó rotunda, cual trueno en la noche.

Alto como una torre, con cicatrices de batalla cruzando su rostro y una armadura que relucía bajo la luz de las antorchas, Adam era la viva imagen de un rey guerrero, un paladín defensor de la justicia. Sin embargo, sus ojos cargados de duda, traicionaron su fachada de valentía.

—No me sorprendería —respondió Darren, el segundo hijo, con una sonrisa torcida. Apoyado contra una columna, jugaba con una daga, haciéndola girar entre sus dedos con la destreza de un ladrón. Su rostro, atractivo pero marcado por una vida de riesgos, destilaba desprecio—. Si descubres quién fue, dale una medalla por sus servicios librando al reino de un monstruo.

—¿Cómo te atreves a hablar así de nuestro padre? —Adam presionó la empuñadura de su espada, su rostro enrojeciendo—. ¡Aun es tu rey!

Darren no se inmutó, pese a la imponente figura de su hermano. —Adam, el viejo era un hijo de perra. Nos hizo pasar un infierno a todos, nos golpeaba sin piedad, a ti más que a nadie. ¿Por qué lo defiendes?

—¡Porque aún es nuestro rey! —rugió Adam, desenvainando su espada con un siseo metálico—. ¡Le debes lealtad!

Darren río, esquivando con agilidad felina el primer tajo de Adam. La sala del trono se convirtió en un torbellino de acero.

Adam, con la fuerza de un titán, lanzaba golpes que habrían partido a un hombre en dos, mientras Darren danzaba entre ellos, burlándose con cada esquiva. —¡Vamos, hermano, apunta mejor! —se mofó, sus dagas destellando en sus manos.

—¡Por los dioses, basta! —gritó Eriza, la tercera heredera, levantándose de su asiento. Su túnica azul, bordada con símbolos de pureza, ondeó cuando alzó las manos en un gesto de exasperación—. ¿Queréis dejar de comportaros como niños?

—Sssí, por favor, menos ruido —balbuceó Loth, el cuarto hijo, desde un rincón. El bastardo reconocido, con el cabello desgreñado y los ojos vidriosos por el vino de la noche anterior, parecía más interesado en su botella que en la discusión—. Algunos tenemos resaca.

Pero los hermanos no se detuvieron. Darren empuño sus dagas, contraatacó, sus movimientos eran rápidos como el relámpagos. Sin embargo, Adam, con su fuerza bruta, lo arrinconó contra una columna. Darren esquivó una estocada mortal y respondió con un corte que rozó la armadura de su hermano. Justo cuando parecía que la sangre correría de forma inevitable, una fuerza invisible los separó, lanzándolos contra las columnas opuestas con un estruendo que hizo temblar los candelabros.

—Basta de juegos —dijo Aiden, el menor, emergiendo de las sombras. A sus quince años, su túnica negra de warlock, bordada con runas carmesí, parecía absorber la luz. Sus ojos, fríos como el hielo, brillaban con un poder que ponía los nervios de punta—. Tenemos un problema real, y no se resuelve peleando como perros.

—Siempre tan teatral, Aiden —se burló Loth, alzando su botella en un brindis sarcástico—. Se puede decir mucho malo de ti, pero sin duda, sabes cómo hacer una entrada.

Eriza sonrió con calidez, intentando suavizar la tensión. —Me alegro verte, hermano.

—Lo dudo —espetó Aiden, con la voz más afilada que las dagas de su hermano. Se cruzó de brazos y pasos sus ojos grises por cada uno de sus hermanos, como si los evaluara tras años sin verlos.

Adam se levantó, masajeándose el hombro donde había chocado contra la piedra. —Podría hacer que te ejecutaran por esto, mocoso.

Aiden soltó una risa seca. —Mándame un ejército, Adam, llenaré cementerios con sus cuerpos y plagare a tu ciudad de viudas.

—¿Ves? No tienes amigos por decir cosas como esa —comentó Loth.

Darren, aún dolorido, se puso en pie. —Aiden tiene razón, aunque duela admitirlo. El trono no puede quedar vacío. Un vacío de poder desatará una guerra civil. Miles morirá. No somos los más responsables, pero debemos evitar que el reino sufra más de lo que ya ha sufrido bajo el reinado de padre. Debemos afrontar el problema.

—Bonito discurso, Darren —dijo Loth, recostándose contra una columna—. Creo que tú deberías ser rey.

Darren río, sacudiendo la cabeza. —Buen intento, Loth. Odio la política, y la diplomacia no es lo mío. Si me pongo la corona, el reino estará en guerra antes del próximo amanecer. O peor, en bancarrota.

—Al menos admites que eres un desastre y un completo inútil. —gruñó Adam.

—¿Y tú, primogénito? —replicó Darren, cruzándose de brazos—. Eres el heredero legítimo, el favorito de padre. El trono es tuyo, te pertenece por derecho, te lo ganaste lamiendo sus botas por años, tómalo.

Adam dio un paso hacia Darren, pero Eriza se interpuso, con los ojos brillando de determinación. —Basta. Así no resolvemos nada.

—Cierto —intervino Loth, con una sonrisa pícara—. Lo que cambiaría las cosas sería una reina. ¿Qué dices, Eriza? La corona te quedaría bien con ese vestido.

—¡Oh, no, de eso nada!¡Yo no quiero gobernar! —protestó ella, su voz temblando de frustración—. ¿Vivir atada a protocolos, con cada hora del día programada? ¡No, gracias!

—Sin mencionar que no podrías escaparte a las Tierras fronterizas para verte con ese salvaje que tienes por amante —añadió Darren, ganándose una mirada fulminante de su hermana.

—¡Brast no es un salvaje! —espetó Eriza—. Es el líder de su pueblo, y...

—Viste con pieles, se baño en el rio y vive en un bosque —interrumpió Loth, divertido—. No sé, Eriza, a mi me suena bastante salvaje.

Eriza giró hacia él, furiosa. —¿Y tú, Loth? ¿Por qué no tomas el trono? Seguro que te encantaría mandar a todos y vaciar las bodegas reales.

Loth rió, alzando las manos en rendición. —Me encantaría, de verdad, pero… digamos que a mi también me gustan bastante salvajes. Hombres fuertes, cubiertos de pieles, que te toman con pasión en un arrebato de deseo, agarrándote por las caderas y… —Hizo una pausa, disfrutando de las caras de incomodidad de sus hermanos.

—Suficiente —cortó Adam, frotándose las sienes—. Ahórrate los detalles, te lo suplico. — Resoplo pesadamente y añadió. — Esto es ridículo.

—Entonces solo queda Aiden —señaló Darren, volviéndose hacia el menor de sus hermanos.

Aiden soltó una carcajada amarga. —¿Un Warlock en el trono? Los reinos vecinos lo verían como una declaración de guerra. Y sí, aplastaría a sus ejércitos como insectos bajo mi bota en cuanto se atrevieran a traspasar los límites de nuestras fronteras, pero si quieren paz, no soy la opción porque esos idiotas nunca aprenden y lo seguirían intentando por años.

El silencio volvió a caer sobre la sala, roto solo por el crepitar de las antorchas. Los cinco hermanos se miraron, atrapados en un callejón sin salida. Nadie quería la corona, pero el reino no podía esperar.

Loth se enderezó, por primera vez luciendo serio. —¿Y si destruimos el trono?

Los hermanos se giraron hacia él, sorprendidos. Adam frunció el ceño. — ¿Destruir el trono? Eso es una locura.

—¿Lo es? —preguntó Loth, encogiéndose de hombros—. Si la maldición es real, romper el trono podría liberarnos. Construiremos otro sin maldiciones ni cosas raras, o ponemos una banqueta de madera en su lugar y le llamamos trono a eso. ¿Quién nos va a llevar la contraría? Somos los príncipes y las princesas herederas.

Aiden alzó una ceja, intrigado. —Interesante premisa, sin embargo, si el trono es destruido el poder que sostiene al reino podría desvanecerse con él. ¿Estáis dispuestos a correr ese riesgo?