1. Curiosidad
Era un día frío. La lluvia golpeaba con fuerza la ventana, y el viento sacudía violentamente las ramas de los árboles. El frío perforaba hasta los huesos, como si la misma naturaleza tratara de expulsar toda forma de vida de aquel bosque sombrío.
Allí estaba él, de pie frente a la ventana, contemplando la tempestad con la mirada perdida. Su taza de té, con su cálido vapor, empañaba levemente el vidrio helado. Era su pasatiempo favorito, su único entretenimiento real en aquel encierro. Había estado aislado por años en esa casa perdida en el bosque, lejos de la ciudad, lejos del peligro. Pero... ¿qué peligro? Ni él lo sabía. Solo recordaba las advertencias: no salgas, no preguntes, no busques respuestas. Sin embargo, la curiosidad ardía en su interior como una llama insistente, una llama que ni el frío ni los años habían logrado apagar.
Suspiró y se dejó caer en su sillón, dando un sorbo a su té antes de depositarlo en la mesa. Sus ojos vagaron hasta la chimenea, donde descansaba un gato blanco, el único ser vivo con el que compartía su soledad. Oriox, así lo llamaba, aunque el nombre ya venía con él, colgado de un pequeño collar en su patita. Nunca supo de dónde había venido exactamente, pero el animal aparecía siempre que llovía, como si la tormenta lo guiara hasta su refugio.
Lo tomó suavemente en brazos y subió a su habitación. Cerró la puerta tras de sí y dejó al gato libre sobre la cama. Se recostó y tomó un libro, intentando distraerse. Pero su mente no estaba en las páginas, sino en algo mucho más grande, en ese pensamiento que iba y venía con una insistencia casi enfermiza: su madre. Nunca la conoció realmente. Solo tenía vagas imágenes de su rostro, fragmentos borrosos de recuerdos que apenas parecían reales. Se la habían arrebatado al nacer, y él nunca supo por qué.
Volvió a mirar la ventana. Afuera, la lluvia seguía cayendo sin descanso. Sus dedos tamborilearon sobre la cubierta del libro. La ansiedad crecía dentro de él, palpitante, sofocante. Ya no podía más. Se incorporó de golpe y corrió las cortinas de par en par, dejando que la grisácea luz de la tormenta inundara la habitación. No podía seguir allí encerrado, no cuando el mundo allá afuera lo llamaba con tanta fuerza.
Se vistió con varias capas de abrigo, preparándose para el frío inclemente. Su continente tenía un clima despiadado: la lluvia y la nieve eran constantes, y el sol apenas se asomaba unas pocas veces al mes. Pero no le importaba. Lo que le preocupaba no era el clima, sino lo desconocido.
Agarró una mochila y metió dentro ropa, comida, libretas, lápices, cosas básicas... y un paraguas. No tenía intención de mojarse más de lo necesario. Antes de salir, miró al gato, que lo observaba desde la cama con ojos tranquilos. Pensó en llevárselo, pero luego suspiró. No, no podía. Oriox estaba acostumbrado a venir e ir a su antojo. No era justo arrastrarlo a lo desconocido.
Bajó al primer piso y abrió la puerta principal. La lluvia no era tan intensa en ese momento, solo un murmullo incesante contra el techo y la tierra mojada. Bajó al gato y lo dejó ir, observándolo desaparecer entre las sombras. Cerró la puerta detrás de él, abrió el paraguas y comenzó a caminar.
El sonido de sus pasos en el lodo empapado, el golpeteo de la lluvia en la tela del paraguas, el susurro del viento entre las hojas... todo parecía amplificado, como si la naturaleza misma le estuviera hablando. Su respiración era pesada, entremezclada con la ansiedad y la emoción. Sus manos temblaban, tal vez por el frío, tal vez por el miedo.
El bosque era inmenso, oscuro y enigmático. Los árboles formaban una cúpula sobre su cabeza, un túnel de sombras y hojas mojadas. Caminó sin rumbo, guiado solo por su instinto y por la necesidad de respuestas.
Pero a medida que avanzaba, algo empezó a cambiar. La lluvia se intensificó de repente, como si la tormenta respondiera a su presencia. El viento silbó con una fuerza inusual, y un escalofrío recorrió su espalda. ¿Era su imaginación, o el bosque se volvía más denso, más sofocante?
Se detuvo. Sintió que lo observaban.
Giró la cabeza lentamente, escudriñando la oscuridad entre los árboles. Nada. Solo sombras y hojas temblorosas. Pero la sensación persistía, clavándose en su nuca como un susurro invisible. Tragó saliva y siguió adelante, aunque su corazón latía con fuerza.
Los cuentos sobre el bosque eran reales, lo sabía. Siempre lo había sabido. Pero ahora, al estar allí afuera, con la lluvia cayendo como un manto sobre el mundo, con la niebla espesándose entre los troncos, con el aire frío mordiendo su piel, comprendió algo aterrador: no estaba solo.
Y quizás nunca lo había estado
La lluvia había cesado, y el bosque entero quedó sumido en un silencio antinatural. Ni el canto de los pájaros ni el susurro del viento se hacían presentes, como si la naturaleza contuviera la respiración. Caminaba con cautela, procurando no resbalar en el barro espeso que cubría el sendero. Los carteles de señalización estaban rotos, desgastados por el tiempo y la humedad, y las marcas en ellos eran ilegibles. Se guió como pudo, buscando terreno más firme para no caer en el barro traicionero.
Suspiró, agotado. Aunque lograra salir del bosque, le esperaba una larga caminata por la carretera hasta la ciudad. Levantó la vista y, sorprendentemente, allí estaba: la salida. Frente a él se alzaba una valla vieja, podrida y húmeda, que parecía desmoronarse con el más leve contacto. Con cuidado-y con algo de asco-pasó por encima, evitando tocar demasiado aquella madera mohosa y quebradiza.
Al otro lado, la carretera se extendía en dos direcciones. Sabía que debía ir a la izquierda. Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño. A la distancia, la ciudad se alzaba oscura, envuelta en una neblina densa que la hacía ver aún más lejana. Mientras caminaba, su mirada se desvió hacia los árboles a su alrededor. En un principio, parecían normales, pero pronto notó algo inquietante: sus hojas eran de un rojo intenso, como si estuvieran teñidas de sangre.
El aire se volvió más frío, un frío seco y cortante que se filtraba por su ropa y le congelaba la piel. Un escalofrío recorrió su espalda, acompañado de una sensación difícil de ignorar: no debía seguir. Cada fibra de su ser le gritaba que se detuviera, que diera media vuelta y volviera a la seguridad del bosque. Pero lo ignoró. Con miedo, pero también con la terquedad de quien no sabe cuándo detenerse, continuó avanzando. ¿Qué podía perder?
El viento helado le hacía cada vez más difícil moverse. Su respiración se tornó pesada, y cada paso se sentía como un esfuerzo titánico. Cerró los ojos por un momento, tratando de concentrarse en seguir adelante. Al abrirlos, un estremecimiento recorrió su cuerpo.
Estaba allí.
La ciudad que alguna vez pudo haber estado llena de vida ahora yacía en ruinas. Edificios destruidos, calles agrietadas, ventanas rotas. Pero lo que más llamaba la atención era la vegetación. No era el verde vibrante de la naturaleza reclamando su territorio, sino un rojo carmesí que cubría cada rincón. Árboles, enredaderas, musgo... todo teñido de un color que no debería estar ahí.
El paisaje era perturbador, pero también hipnótico. La combinación del día lluvioso, la niebla espesa y el predominante tono rojo le daba un aire surrealista, casi apocalíptico. Para cualquiera, aquello sería una imagen sacada de una pesadilla. Para él, en cambio, tenía un extraño encanto. Creció con escenarios como este, donde el sol apenas se dejaba ver y el mundo parecía detenido en el tiempo. Y sin embargo, no sentía nostalgia. Lo que sentía era incertidumbre.
Se encontraba en la entrada de la ciudad. Había llegado al lugar donde su curiosidad lo había llevado, pero no estaba completamente seguro de querer entrar. Miró en todas direcciones, dudando. Sabía que lo sensato era regresar. Pero, ¿qué sentido tenía? No tenía nada que perder.
Respiró hondo y dio un paso adelante, cruzando la línea blanca en el suelo. En ese instante, una sensación recorrió su cuerpo, como si acabara de atravesar un umbral invisible.
El silencio lo envolvió de inmediato.
Solo podía escuchar sus propios pasos resonando en el pavimento mojado, el golpeteo de la lluvia contra su paraguas, el aullido lejano del viento y... el silencio. Un silencio pesado, opresivo. No era la ausencia de sonido; era un vacío palpable, como si la ciudad misma estuviera conteniendo algo, esperando.
Y él ya estaba dentro.
¡Hola! Está historia es una re-make de un de mis historias antiguas, la verdad, si les soy sincero, no voy a actualizar muy seguido. Ya que tengo la escuela y pues, ocupa mi mayor tiempo libre.
Antes que nada, también me gustaría darles dos datazo
https://drive.google.com/drive/folders/1PMjsjJH1Kj24gMCL7bCz_XtPb08zrvM0
¡En esta carpeta de Drive subo TODOS los diseños de los personajes que van apareciendo en la historia, con sus nombres, facciones y capitulos en los que aparecen!
Si quieren revisar los diseños, bienvenidos sean :)
(Pueden copiarlo y pegarlo en Google)
Segundo datazo:
Suelo variar entre primera persona y tercera, cuando se trate de primera persona (Pregunté, miré, observé, etc) se trata del protagonista hablando. Y suelo poner los separadores para diferenciar los cambios de perspectiva.
¡Además, tengo 4 otros capitulos ya listos!