Capítulo 1: El sótano
Las luces de las calles, los campos, los desiertos, los antiguos pasillos de piedra… se desvanecieron en cuestión de segundos. Nadie lo vio venir.
Los cielos de la Tierra se abrieron en puntos distintos del tiempo y del espacio, como si fueran heridas rasgadas en la realidad. Por esos cortes descendieron criaturas imposibles: altos, de piel húmeda y traslúcida, con ojos que no reflejaban nada humano. Tres metros de fuerza descomunal, de un poder que no requería explicaciones.
Aparecieron en distintos momentos. En un bosque donde cantaban grillos. En un tren detenido por la neblina. En una calle llena de vendedores. En medio de una guerra. En una celda.
Uno de los humanos intentó resistirse. Era corpulento, con voz grave y marcada por un acento del norte de Europa. El tipo gritó, forcejeó, golpeó con toda su fuerza a una de las criaturas. El impacto fue brutal, pero el ser no se movió ni un milímetro. Ni un suspiro. El silencio que siguió fue más devastador que el golpe.
Uno solo de esos seres alzó al hombre con una mano, como si levantara un trozo de tela. Luego, sin emoción, lo giró y le propinó un golpe seco en la nuca. Preciso. Mortalmente eficiente.
Así cayeron todos. Cada uno de ellos fue reducido con una facilidad aterradora. Ni un grito. Solo respiraciones contenidas, miradas incrédulas y, al final… oscuridad.
Despertaron en la penumbra. El aire era denso. Cada inhalación parecía arrastrar óxido, polvo y algo más... algo podrido.
Algunos se incorporaron con dificultad. Otros apenas podían girar el cuello. El peso del lugar era… anormal. Cada músculo dolía como si estuvieran cargando sus propios cuerpos multiplicados por cinco. Un muchacho de cabello rizado y manos temblorosas se apoyó contra la pared metálica y murmuró:
—No puedo... moverme... ¿Dónde estamos?
—No es la Tierra —dijo una mujer de piel oscura, voz ronca y mirada aguda—. Aquí… algo no está bien.
La gravedad era tan fuerte que uno de los más jóvenes, al intentar levantarse, cayó al suelo con un sonido seco. Su brazo no soportó su propio peso. Se escuchó un crujido. Gritó. Nadie se atrevió a moverse.
El sótano era inmenso, con paredes metálicas que apenas devolvían ecos. Había luz, sí, pero apenas suficiente. Era como si los estuvieran observando desde más allá de esa penumbra, sin mostrarse.
En un rincón, una mujer con cabello recogido comenzó a hiperventilar. Sus ojos miraban al suelo, donde yacía el cuerpo de alguien... o lo que quedaba de él.
—¿Ese... ya estaba aquí? —susurró alguien más, la voz quebrada.
Había cadáveres. Varios. Retorcidos, reventados. Como si sus cuerpos no hubieran resistido ni un segundo en aquel lugar. Algunos tenían el pecho abierto como si hubieran estallado desde dentro. Otros estaban deformes, sangrando en silencio.
—No aguantaron la gravedad... —dijo un hombre de mediana edad, temblando.
Un niño —no debía tener más de doce años— se tapó los ojos y empezó a llorar sin emitir sonido.
Uno de los más observadores, un tipo flaco y encorvado con cicatrices antiguas en la cara, murmuró entre dientes:
—Nos inyectaron algo antes de traerlos... lo vi… les metieron una aguja en el cuello…
—¿Una vacuna? —respondió alguien— ¿Qué clase de vacuna...?
Como si el universo respondiera, uno de los cuerpos a su lado comenzó a retorcerse. Un estertor seco. Un gemido ahogado.
Todos se giraron a mirar. Era un joven con la inyección aún fresca en el cuello. Su piel empezó a cambiar de color. Primero en el pecho. Luego en el cuello. Un tono púrpura enfermizo.
Su corazón pareció explotar dentro de su pecho. Se arqueó, gritó, y luego… su torso comenzó a abrirse. No como un corte. Como si algo lo rasgara desde dentro. Como si su carne se rompiera poco a poco, con un dolor insoportable.
—¡Ayuda! —alcanzó a chillar, antes de que su rostro se congelara en una expresión de sufrimiento absoluto.
Los demás se alejaron lo poco que pudieron, arrastrándose. Algunos vomitaron. Otros lloraron. Nadie hablaba.
Solo respiraban. Pesadamente.
—Nos están seleccionando… —susurró alguien.
—¿Qué? —preguntó otro, con voz ahogada.
—¿Para qué… nos están seleccionando?
Pero aún no lo sabían.
Aún no sabían lo que venía después.