Chapter 1
-¡Frans, no tienes adónde ir, estás atrapado pedazo de mierda! -Grita Salliz, el menudero más arrogante y maniático de la zona. La primera vez que vi a Salliz me pareció un hombre peligroso, de sangre fría, capaz de asesinar sin ningún titubeo. Antes de convertirse en lo que es, era un peleador clandestino y muchas de sus peleas fueron a muerte. El resultado de su pasado se puede corroborar en las múltiples cicatrices que tiene en el rostro.
Me detengo al quedar atrapado entre muros altos, imposibles de escalar, que rodean esta zona. Las visiones terminan por confundirme. Mi intención; escapar por la calle Frigter y desviarme a los suburbios dónde estaré a salvó por algunos días. La deuda con Salliz no es un asunto grave, pero, Salliz no perdona un día de retraso. “Las cuentas claras conservan amistades”, suele advertir, mientras fuma un cigarrillo en las esquinas malolientes.
-No tengo el dinero, Salliz -digo, temiendo las represalias en mi contra. Que más da, todos vamos a morir de una u otra forma. ¿Dolerá? Sí, creo que la muerte no es agradable sin importar la forma en qué se haga presente.
De complexión ancha y fuerte, con pantalones de mezclilla raídos y camiseta negra, fumando su habitual cigarrillo, se acerca a zancadas hasta mí, imponente, dispuesto a quitarme la miserable vida que llevo desde varios años; desde que mi familia tomó la decisión de cortar nuestros lazos familiares. Sus razones: mis malos hábitos. Mi decisión: aceptar el veredicto sin ningún reproche. El destino a veces es una mierda, y el mío se rompió cuando conocí a Helen Vardot, una hija de puta que nunca debí haber conocido.
Un golpe en la boca me hace aterrizar estrepitosamente contra el muro más cercano. Mi complexión famélica cruge al caer sobre el suelo de piedra. Sin darme tregua, clava su daga en mi pierna. Un dolor insoportable me hace dar gritos en el sombrío callejón, nadie va a perturbarse por escuchar lamentos ajenos, es común que personas malas deambulen a esas horas de la noche, y lo que les suceda lo tienen merecido. Un malandro muerto es un problema menos, las personas buenas agradecen esos gestos. Torpemente me voy arrastrando con la daga aún clavada en mi pierna, el dolor se hace más intenso con el movimiento, el efecto de la heroína ya no corre por mis venas. Alcohol. Nada más reconfortante que un maldito trago de alcohol para calmar el dolor. No es la primera vez que soy herido, una vez un compañero perdió el control y clavó un cuchillo de mesa en mi vientre. Fueron cuatro semanas de tormento las que tuve que pasar en una camilla del hospicio. La muerte suele venir a sonreírme a menudo, la veo sentada junto a mí, susurrando a mi oído que nadie escapa de sus malas decisiones.
-Tienes un día, la próxima vez que veas mi rostro será lo último que verás en tu miserable vida -sentencia Salliz, su voz fuerte y clara es otro claro ejemplo del peligro que representa su presencia.
Asiento, el dolor no me deja hablar, y Salliz lo entiende al extraer la daga, propinando un puntapié en mi rostro. Luces de colores, repiques de una campana y la oscuridad chocan al unísono. Inconsciencia es el resultado final. No sé cuánto tiempo ha transcurrido, al volver a la realidad el dolor se hace más fuerte. Rasgo un trozo de camisa hecha girones, amarro mi pierna con toda la fuerza que logró reunir y la sangre deja de fluir. Siento el palpitar de mi labio inferior y la sangre en mi boca, tambien sangro de esa parte. Ponerme en pie es complicado, la fuerza reducida y el cuerpo maltrecho cobran factura. Seguir respirando no me causa alegría, tal vez la muerte sea un mejor consuelo, pero sigue negándose en llegar, quizá disfruta observando el sufrimiento. Ninguna persona se ve en las calles, algunos automóviles circulan a esas horas.
¿Qué hora es?
Más de media noche, seguramente.
Nadie se detiene a verme, también es común ver drogadictos en las calles caminando sin rumbo fijo. Al ir cojeando voy perdiendo minutos, nadie me espera, lo que es bueno y malo a la vez. Todos en algún punto necesitamos de alguien, ya sea en la vejez, la niñez, enfermedad, o en cualquier ridícula situación. Morir en soledad es triste, patético e impotente.
Caminando a pasos lentos avanzo por la calle Frigter, algunas farolas aún funcionan, dando una luz tenue a las calles solitarias. La calle Frigter es concurrida por bandidos, lacra que contamina aún más la imagen de la ciudad que alberga criaturas hipócritas que consumen el mundo vanidoso. No soy digno en juzgarlos, les tengo el mismo aprecio que ellos me tienen a mí: asco. Las personas de esmoquin, corbata o vestido de seda, suelen aprobar leyes contra los vagabundos y drogadictos, leyes que han llevado a la muerte impune de muchos. Tampoco voy abogar por los que se fueron, ellos están en mejor lugar, según lo que predica la fe. No creo en absurdas creencias religiosas, la muerte es real, lo demás, palabras escritas en papel e interpretadas a conveniencia. Somos el resultado de nuestras decisiones, no hay porque tener duda de eso, siempre lo he tenido presente y voy a morir defendiendolo.
-¡Ah, carajo! ¡Maldita pierna, ya deja de doler! -suelto, cuando no puedo continuar caminando. Apostó mi espalda contra la pared más cercana, dejándome caer al suelo.
Un par de ojos brillan bajo un automóvil estacionado al otro lado de un portón, no es más que un perro callejero, he visto esa mirada otras veces. La mirada del perro se desvía a la derecha, donde la calle toma una curva. El perro lanza frenéticos ladridos, se acobarda, alejándose del lugar con el rabo entre las piernas. La farola proyecta una sombra larga, acercándose, esa persona asustó al perro. No me preocupa en absoluto, los bandidos nunca hacen daño a los drogadictos, todo lo contrario, algunas veces regalan dinero para que podamos comprar más heroína.
Los pasos se van acercando, cierro los ojos, el cansancio mezclado con dolor me esta agotando, voy a quedarme dormido a la intemperie como ya lo he hecho en otras ocasiones.
-¿Estás bien? -pregunta la voz de una chica, la reconozco al instante. Eso es extraño, las mujeres evitan la calle Frigter, incluso las que consumen alucinógenos.
Al abrir mis ojos descubro a una chica alta, de piel pálida, algo que resalta incluso a la poca luz del lugar. Lleva un vestido negro sin mangas, dejando al descubierto sus huesudos brazos. El color de sus ojos no alcanzo a verlos, nada más su pelo castaño y la nariz puntiaguda. Luce enferma, eso no se puede ocultar.
-Esta calle es peligrosa -le advierto.
-¿Estás herido? -inquiere, sin prestarle atención a mi advertencia. La chica se pone de cuclillas frente a mí, toca mi pierna manchando sus dedos de sangre-. Tu sangre no tiene olor -dice al oler sus dedos-. Debes estar muy enfermo.
-¿Quién eres? -preguntó. Esta vez soy yo quien tiene dudas. La chica es real, siento el tacto de sus manos sobre mi pierna, eso descarta una posible alucinación de mi parte. Además, mis cinco sentidos están cuerdos, el efecto alucinógeno ha desaparecido hace un rato.
-Hannel -me responde.
-¡Hannel! -digo, extrañado por la apacibilidad de la chica, cualquier otra habría seguido su camino sin detenerse-. ¿Estás perdida?
-Lo estoy -aclara, lo cual despeja mis dudas-, ¿puedes ayudarme?
-Ayudarte. -Río entre dientes-, soy la peor persona a la cual puedes recurrir. Mírame, no puedo, Hannel.
Hannel escruta detenidamente mi pobre situación.
-Estan buscándome, si no logró ocultarme esta noche me encontrarán -dice, su voz melódica denota preocupación, y su rostro huesudo muestra signos de temor.
Más problemas, no, absolutamente no.
Hannel ve sus manos y comienza a temblar. La noche es otoñal, disfrutable, a pesar de estar en las primeras horas de la madrugada. Así que, cualquiera que sea el motivo de su temblor, Hannel sufre de alguna extraña enfermedad. ¿Cómo alguien como ella vaga a solas por la calle Frigter? Ninguna chica en su sano juicio lo haría. Los puntos se reducen a estos; a) tiene problemas mentales, b) no conoce la ciudad. Su desenvolvimiento verbal descarta el primer punto, no puede sufrir fragilidad mental. De cualquier forma, no voy a prestarle ayuda, ni siquiera puedo ayudarme yo mismo. ¿Adónde llevarla? Bajo del puente Arrial. ¿Que clase de escondite puede ser ese cuando estás rodeado por una decena de indeseables drogadictos?
-Tengo sed -pronuncia, y sin más palabras caye de espaldas, con la mirada perdida y todo su cuerpo temblando.
¡Carajo!
¡Maldita suerte! He tenido noches desafortunadas, y está, sobrepasa todos los límites.
-Tengo sed -murmura.
Tocó su brazo, tiene mucha fiebre, eso le provoca escalofríos, necesita agua y medicina.
¡Borsin!
El recuerdo de Borsin se hace presente al pensar en medicina. Borsin puede ayudarla, es buen amigo, el único menos hijo de puta de la ciudad. Si logró llegar hasta su casa, son tres manzanas desde la calle Frigter, la chica recibirá la atención requerida y de paso, también saturaría mi herida. ¡Por un carajo, como no lo pensé antes!
-Hannel, te llevaré a un lugar seguro, necesito que hagas un esfuerzo por levantarte, ¿puedes hacerlo?
La mirada perdida de Hannel logra captar mi atención y asiente. Le lleva cinco minutos incorporarse, se apoya en mi hombro izquierdo y la conduzco despacio a casa de Borsin. Nos lleva casi una hora cruzar tres manzanas. Ninguno cuenta con la fuerza necesaria para ayudar adecuadamente al otro, en resumen, nuestros cuerpos pesan de inutilidad. Pienso en dejarla sobre la calle Darmel, donde algún mejor samaritano podrá ayudarla, pero, Frans Mcardy no es tan hijo de puta, aún existe algo de bondad en lo más recondito de mi alma fragmentada por mis propias manos.
El timbre suena varias veces. La casa de Borsin es agradable y espaciosa. Un médico soltero debe tener las comodidades necesarias que va a necesitar en su futuro, así es como piensan las personas sensatas que no desperdician su vida. Borsin debe estar durmiendo, por lo contrario, ya habría abierto su puerta. Tres, cuatro, cinco veces tocó el timbre. Una luz se enciende en la segunda planta, un chihuahua comienza a ladrar adentro. Maldita rata, sabe que soy yo, siempre se pone a ladrar como esquizofrénico cuando me ve.
El chihuahua deja de ladrar, obediente a las instrucciones de su amo. Borsin, envuelto en una bata blanca que resalta su piel morena, se hace presente en el umbral.
-¡Frans! ¿Qué haces a estas horas? -pregunta con cierto enfado-. ¿Quién es ella?
-Es Hannel, la encontré en la calle, necesita ayuda -digo, sin darle las buenas noches, no soy un hombre de buenos modales.
Borsin ajusta sus lentes.
-¿Sobredosis? -inquiere, apartando el cabello castaño de Hannel para mirar su rostro.
Hannel está casi inconsciente, haciendo un esfuerzo sobrehumano logró mantenerla de pie, por suerte su peso es liviano.
-No, no es como yo -le doy a entender-. Tiene fiebre, debe padecer alguna enfermedad, que se yo, eres el médico, tu sabrás su padecimiento.
Borsin toma el brazo de Hannel examinando su pulso.
-Llévala adentro.
-Tengo mi pierna herida, no sería mucha molestia un poco de ayuda.
Hasta ese punto Borsin se da cuenta de la sangre en mi pantalón. Me ayuda a llevar a Hannel adentro, al manjar de comodidades que posee su casa. Enormes cuadros de fotos familiares, estrambóticos floreros traídos de algún jodido país. Paredes de mármol, muebles finos, aparatos eléctricos controlados por una voz que acata las órdenes dictadas. Borsin vive en soledad, un soltero aburrido, aunque excelente en su profesión. Cada vez que veo a Borsin me recuerda lo que pude ser, y luego pienso; “soy una mierda de persona”.
-Necesita una transfusión, la llevaré arriba -dice Borsin.
-¡Qué! -digo, justo cuando pensé en ir a tomar asiento a un cómodo diván-, por una fiebre.
-Es algo más complicado, ves el temblor en su cuerpo, si no recibe una transfusión su corazón dejará de latir -me explica a brevedad.
Sin ninguna complicación Borsin carga en sus brazos a Hannel y sube las escaleras hacia la segunda planta. No puedo seguirlo, al traer a Hannel mis piernas quedaron agotadas. Me tumbo en el diván a espera de Borsin, vuelvo a ver luces de colores en mi mente, malditos efectos secundarios.
Media hora más tarde, el chihuahua baja y comienza a gruñirme marcando su territorio. Siento el impulso de propinarle un puntapié, lo que sería una falta de respeto contra Borsin, pero, por un carajo, ese maldito chihuahua es exasperante.
-Cronch, arriba -le ordena Borsin desde las escaleras con balcón de cristal. Cronch, jodido nombre olvidadizo. Las piernas cortas del perro irritante suben corriendo las escaleras.
Borsin trae su maletín de trabajo. Comienza a buscar alcohol, aguja, hilo, algodón y tijeras. En segundos la pernera de mi pantalón es cortada, coloca anestesia, desinfecta la herida y clava la aguja en mi piel adormecida. Cinco puntos son necesarios, y vendaje limpio.
-Un día de estos vas a morir como un perro -dice Borsin, guardando sus cosas de médico en el maletín de cuero negro con las iniciales “B. V.” grabadas en una placa de acero plateado.
-Posiblemente, Borsin, la vida es una mierda -respondo, haciendo uso del sarcasmo.
-No me sorprende, tu filosofía sobre la vida es cuestionable; traumas del pasado, traumas sobre el futuro, has olvidado el valor de coexistir con la naturaleza misma.
Sermón habitual de Borsin, por tratarse de un médico voy a respetar su punto de vista.
-Cambiando de tema, ¿cómo se encuentra la chica? -le pregunto.
-Estable -responde-, he tomado una muestra de su sangre, la llevaré al laboratorio, así sabremos sobre su enfermedad. Por cierto. -Borsin me ve fijamente, como lo haría un hermano mayor, lo que resulta desagradable-. Estarás a cargo de ella.
-¡No! -me niego, rotundamente.
-Lo harás, tu la trajiste, la responsabilidad es tuya -me contradijo-. Hasta que ella pueda restablecerse.
-¡Responsabilidad! De qué mierda hablas, soy un desastre, Borsin, no puedo ni con mi vida. El médico eres tú, yo cumplí con traerla, lo que suceda con ella no me incumbe.
-No sabemos que enfermedad padece, Frans, puede requerir ser hospitalizada. Si eso llega a suceder, no puedo llevarla, hay reglas, el hospital puede suspenderme si algo sale mal -expone Borsin, sabiamente. Le miro sin entender del todo el contexto que trata de exponerme-. Es una desconocida, supongo. -Asiento-. Todo paciente que entra al hospital es registrado, la policía está pendiente de cualquier anomalía en el proceso. La chica puede tener un pasado delictivo, o ser víctima de algún abuso, todo puede ser posible. Como voy a explicarles eso a las autoridades.
-Puedes argumentar haberla encontrado en la calle, es común encontrar personas en situaciones precarias -dije, desbaratando la explicación racional de Borsin.
-Solamente hay un problema; la trajiste a mi casa. En el trascurso hay cámaras de seguridad que seguramente los captaron, si la chica es víctima de algún abuso, o pertenece a alguna pandilla y tiene en su historial delitos graves, harán una investigación, y como ves, llegarán hasta mí.
¡Carajo!
Las mentes limpias piensan con claridad. Viéndolo desde esa perspectiva, Borsin tiene razón. Lo que me lleva a proponer una excusa para evadir dicha responsabilidad que pretende imponerme.
-Siendo ese el caso, esperemos que recupere fuerzas y luego voy a dejarla en algún punto de la ciudad.
Borsin frunce su ceño cetrino.
-La cobardía no va conmigo, Frans, lo sabes. No pretendas embarcarme en tus ideas retorcidas -farfulla.
Señor Honestidad, un sobrenombre ideal para Borsin. Por personas como él, el mundo aún no se ha ido a la mierda.
-De acuerdo, veamos tu franca propuesta que incluye obligarme a cuidar una moribunda chica -digo, al no encontrar otra salida.
-Es tu tarea averiguar quién es y de dónde proviene. -No comprendo, y Borsin, ferviente servidor de la paciencia prosigue a explicar-; le has brindado ayuda, tienes un voto de confianza con ella.
-No puedes estar seguro de eso.
-Lo estoy -asegura, Borsin, con su voz recta y educada que suele utilizar hacia sus pacientes-. Ten más confianza en ti, Frans.
-La confianza puede ser una palabra traicionera si te confías demasiado -añado en tono burlón. Mi compañía es desagradable, es algo que todos saben, y Borsin es el único tolerante a mi agreste personalidad.
-Le informaré a Jenn que pasarás el día al pendiente de la chica, puedes dormir en el cuarto del fondo, toma una ducha, cámbiate, encontrarás ropa adecuada en el armario. Pareces un pordiosero, la confianza inicia con un buen estilo, puedes tomarme como ejemplo -indica, sonriendo al observar mi desaprobación.
-Tienes estilo y soltería, te mereces un aplauso -digo, evidenciando mucha sorna.
-Tengo a Jerly, que más puedo pedir -responde.
Jerly; curvilínea pelirroja colega de Borsin, se conocieron en el colegio, cultivando una amistad cercana.
-A estas alturas ya deberías saber que perteneces al círculo de amigos con derecho. Jerly comenzó a tener sexo sin pudor desde su adolescencia, es una nudista compulsiva, muchos saben eso, Borsin.
-No deberías degradar la feminidad de una mujer haciendo tales comentarios -dice sin ninguna molestia, demostrando ser un crío que necesita del calor femenino.
-Por mí, puedes comerle sus enormes tetas cada vez que sientas hambre emocional.
Borsin negó con la cabeza, no hay manera de mejorar mi vocabulario, soy la puta verdad andante.
-Ve a bañarte, descansa, saldré a primeras horas de la mañana, te veré al medio día, espero que tengas los datos de la chica.
Y con una leve sonrisa se despide, volviendo a subir a la segunda planta, dejándome a solas, sin temor a que pueda robarle alguna pertenencia. Robar no es lo mío, pedir limosna, sí, me he llegado a rebajar de tal forma. Las adicciones se vuelven incontrolables que terminan por someter a la vergüenza.
Caminó cojeando a la habitación de huéspedes, no es la primera vez que voy a dormir en ella. La encuentro ordenada; cama suave, armario, mesita de noche con una lamparita en forma de luna.
El agua fría termina de relajar mi tensión, el vendaje protege la herida. Dormir, no es tan sencillo, imágenes surrealistas vienen a visitarme. Algunas veces he llegado a creer que terminaré loco, o quizás ya lo estoy. Salliz, la deuda, por un demonio, aún tengo ese pendiente. Con tal pensamiento me voy adormitando hasta morir en la inconsciencia de un vacío oscuro.
Alguien llama a la puerta. El brillo cegador del foco pendiendo en el techo taladra mi sentido visual. Es de mañana, las primeras horas según el ruido de los automóviles que circulan por la ciudad. Segundos después el gruñido del chihuahua aparece debajo de la puerta, se trata de Jenn, la sirvienta de Borsin.
Con ropa holgada debido a mis delgada complexión, salgo a recibir a quiénes llaman a la puerta. Al rostro asiático de Jenn no le causa ninguna gracia mi presencia inoportuna. El jodido chihuahua amenaza con morderme, sus ojos saltones me provocaran un súbito deseo de lanzarlo por la ventana.
-Cronch, ¡silencio! -le ordena Jenn, con su marcado acento asiático. Cronch obedece al instante, después de todo es una rata entrenada a la manipulación. Jenn presta su atención en mí-. El señor Borsin me comunico sobre su estadía, ¿desea tomar el desayuno en el comedor, o prefiere en la cama? -pregunta.
-Iré al comedor, no es necesario tomarse dichas molestias por personas incómodas como yo -dije, comprendiendo la situación.
-Como guste -responde, entre dientes-. El señor Borsin dijo que no olvide visitar a la señorita Hannel, quien ya está desayunando en su habitación -me informa Jenn.
Tardó cinco segundos en recordar quién es Hannel; claro, la chica de la noche anterior.
-Subiré después de tomar el desayuno -le respondo.
Jenn se marcha, custodiada por Cronch, quien nunca deja de mirarme feo.
El desayuno; avena, leche, cereal y pan. Un trago de whisky habría estado mejor, pero Borsin no toma bebidas alcohólicas, así que mis deseos son fantasiosos en casa ajena. Jenn no se molesta en hablarme, es lo suficiente astuta para no socializar con personas como yo. Por cortesía termino el desayuno y subo, cojeando, a la segunda planta, con la presencia de Cronch en la sala, viéndome subir con dificultad los veinte escalones.
Tocó a la puerta que Jenn me ha indicado.
-Adelante -dice Hannel.
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Al entrar, no puedo evitar cierto asombro. El rostro de Hannel luce rubicundo, la chica famélica de la noche anterior ha desaparecido por completo, siendo reemplazada por su belleza original. ¿Qué demonios? Nadie puede recuperarse tan pronto. Mi herida duele casi lo mismo a pesar de haber sido suturada limpiamente. A la luz del día veo sus ojos marrones, su piel mate, el cabello castaño con pequeñas ondulaciones y pómulos redondos. Una completa contraposición con la primera imagen que aún recuerdo de ella. Al ver el impacto que causa en mí, sonríe de manera soñadora. Su rostro muestra una dulzura auténtica que muy pocas veces he visto a lo largo de estos años caminando entre calles mugrientas.
-Frans, te estoy muy agradecida por traerme -dijo, mostrando sus dientes marfileños. Viendo detenidamente, notó como sus incisivos sobresalen de manera anormal, en forma puntiaguda, muy similar a los de un canino-. ¿Es tu casa? -pregunta, observando su habitación asignada.
-No -respondo, regresando mi atención a su rostro-, es de un viejo amigo que accedió en atenderte.
-Debo agradecerle, ¿dónde está?
-Trabajando.
Jenn llega a recoger la bandeja donde sirvió el desayuno de Hannel, quien sólo probó un par de bocados. Cronch entra dándose aires de perro ejemplar, moviendo su cola hacía la paciente, posa sus patas delanteras al borde de su cama permitiendo que Hannel acaricié sus orejas.
-¡Gracias, Jenn, eres muy amable!
Jenn hizo una leve reverencia y sale con su uniforme blanco y sus zapatillas rosas, flanqueada por Cronch en todo momento.
-Tu amigo fue muy gentil en ayudarme -dice Hannel, retomando el tema pausado tras la llegada de Jenn.
Echo un vistazo a la habitación, es acogedora como toda la casa, con persianas persas, edredones finos y muebles importados. Tiene las comodidades de alguien con el dinero suficiente para darse ese tipo de lujos feos y extravagantes. Borsin; médico por vocación, no depende de su salario, su familia; los Bleisson, poseen un bufete de abogados. En la familia Bleisson el dinero nunca ha sido un problema.
-La gentileza de Borsin es conocida por muchos en la ciudad. A propósito, ¿quién eres? -pregunto, sin andarme con rodeos, no soy un puto psicólogo y me gusta ser directo.
Tuve la sensación que Hannel estudia mi perfil, reservándose unos segundos de silencio antes de responderme.
-¿Crees en los fantasmas? -quiso saber.
-No -aclaró. No voy a jugar el ridículo juego de adivinación.
-¿Por qué?
¿Irritante? Sí. Preguntas y respuestas, no soy bueno en eso. Hannel no va a ceder la verdad al menos que preste o finja algo de atención. Estoy atado de manos, le di mi palabra a Borsin de averiguar más sobre ella. El dolor en mi pierna me hace irme a sentar en el diván de enfrente. Hannel baja sus pies al piso alfombrado, Borsin, o Jenn, no sé quien de los dos, le proporcionó un pijama de seda negro.
-Soy conciente que las alucinaciones que tengo se deben a la heroína que consumo. He dormido en las calles, bajo el frío y la lluvia, soñando con la muerte. ¿Fantasmas? Nunca he visto alguno en las penurias de mi delirio -le respondo, aclarando su pregunta.
La mirada de Hannel no deja de verme fijamente, es una chica que disfruta del contacto visual.
-Es por eso que tu sangre es indetectable para mí, esta contaminada -dijo, dejándome con la intriga-. ¿Quieres saber de mí? -Asiento, es el punto de mi visita-. ¿Qué sabes sobre vampiros?
-Nada más lo que cuentan las leyendas urbanas -respondo. La conversación va por un rumbo extraño, ¿acaso Hannel es una experta mentirosa?-. Antes de proseguir, respóndeme esto; ¿cómo demonios te has recuperado tan rápido? Nadie puede hacer eso, es, me atrevo a decir sin caer en la exageración, casi inhumano.
-Para responder a tu cuestión, debes entender antes el contexto, ah -vacila-, ¿perdona, cuál es tu nombre?
-Frans Mcardy -digo, a secas, sin adornos ni títulos que respalden mi linaje.
-Bien, Frans, lo que voy a decirte quizás te resulte algo ridículo, y revelarte esto pueda ponerte en peligro a ti y a tu amigo, sin embargo, me ayudaron y les debo respuestas.
Desde que la vi supe que está chica traía problemas consigo. Al carajo con eso, no llevo una vida de santidad, la curiosidad ya empezó a ganarme, escucharé cualquiera que sea su argumento.
Le indico que prosiga.
-Hay una larga historia detrás de mí, pero no es relevante por ahora. Los vampiros no son un mito, Frans, son una realidad y soy parte de ellos -suelta, sin tanta desambiguación, con la seriedad de un anciano.
¿Embustera?
No me parece, aunque, existe la posibilidad de estar equivocado. Admito que su respuesta es descabellada, ni como negarlo, pero el mundo esta plagado de horrores; personas horrendas cometen actos innombrables en cualquier escalón de la sociedad, es una película que muchos han vivido.
¡Vampiros!
Existen numerosas referencias, todo ficticio hasta el día de hoy, sobre ellos. No leo mucho, los libros son inteligencia superior para personas sobresalientes, y hace mucho que deje de ser sobresaliente en algo.
¿Creerle o creerla una mentirosa? Su simpatía complica el argumento, lo que me lleva a pedirle pruebas sólidas de lo qué acaba de revelarme.
-Sé que no crees lo que digo, no eres bueno fingiendo -dice, sin darme oportunidad de exponer mi pregunta-. Abre la ventana -pide, lo cual tiene su lógica, si es una entidad malvada, el sol tendrá efecto sobre ella, según el atavismo de la sociedad. Me levanto y descorro las cortinas, un rayo de sol penetra sobre el borde de su cama.
Hannel coloca su mano en la luz y su piel se vuelve broncinea al instante. Veo el dolor en sus facciones cuando la piel de sus dedos se vuelve de marrón oscuro.
¡Jodida verdad!
No miente, ella es..., alguien imposible de existir. Hannel retira la mano del sol y su piel comienza a regenerarse de nuevo, volviendo a su estado normal.
¡Por un carajo!
Ni siquiera los efectos alucinógenos han logrado crear algo tan asombroso como lo que mis ojos acaban de observar.
¡Jodidamente increíble! La fantasía dándome una bofetada de realidad.
Tomó la mano de Hannel, tersa, lo que hace un minuto estaba marrón desapareció sin dejar rastro. Me he quedado boquiabierto, cualquiera en mi lugar tendría la misma expresión.
-Es comprensible, todos sufren la misma impresión. El cerebro procesa más lento lo que antes creía imposible -dijo Hannel.
Suelto su mano y vuelvo al diván, pensando en lo maravilloso del momento.
-¿Ustedes viven entre nosotros? -inquiero, es lo primero que viene a mi mente.
-No entre ustedes.
-¿Cómo? -Ahora tengo un raudal de inquietudes.
-Hay una ciudad oculta, bajo los túneles, dónde vive... -Hannel duda-, vivimos.
-¿Y nadie sabe sobre ustedes? -Es absurdo que puedan mantenerse ocultos de la sociedad perspicaz que anhela tener el control de todo.
-El círculo es pequeño, y están en las altas esferas del gobierno y...
-Es altamente confidencial. -Típico, cada enorme secreto de este mundo es conocido por un reducido número de personas, lo sabemos, y somos educados para ignorar esa clase de hechos. Antes de convertirme en lo que soy, tuve un IQ generoso que me permitió comprender la funcionalidad de una sociedad-. Dijiste que podían encontrarte -le recordé.
-Lo harán, necesito moverme, no creerías el alcance de su poder. Ustedes se han puesto en riesgo al ayudarme, no era mi intención hacerlo, no tuve alternativa, iba a morir si no recibía sangre -responde.
Las cosas se ponen feas, por suerte estoy acostumbrado.
-Morir, pero acabas de regenerarte frente a mí. -Esa duda debe ser resuelta.
Hannel no desvía su mirada en ningún segundo, tener la vista fija parece ser un don que domina a la perfección.
-No soy como ellos, Frans, no en la forma que imaginas. Me inyectaron sangre infectada como parte de un proyecto. Me convertí en parte de ellos, pero no del todo. Al cumplir cinco años empezaron a experimentar conmigo, querían probar un suero que impediría la muerte al ser heridos por una bala de plata. No querían arriesgar a uno de ellos, siendo una cría convertida indirectamente, me tomaron como su objeto de prueba. Fue un fracaso, hasta el día de hoy no han podido crear un anticuerpo que los proteja de tal manera -me explica, de forma serena.
-Sobreviviste, ¿cómo?
-Algunas sustancias del suero se quedaron atrapadas en mi cuerpo y contaminan la sangre que ingiero en un máximo de setenta horas, lo que me obliga a tomar sangre fresca, o sufriré una muerte por deshidratación, lo cual sería algo doloroso. Básicamente el suero aceleró mi apetito más de lo normal.
Concuerda con la imagen de la noche anterior, pero, su argumento suena descabellado, sospecho que hay algo que Hannel oculta, tiene esa mirada vivaz, dispuesta a manipular.
-¿Adónde irás ahora?
Levanta sus hombros en respuesta. Lo cual indica que a pesar de ser alguien diferente, su IQ no es tan sobresaliente, de lo contrario, habría planificado su escape de mejor manera.
-¿Crees que tu amigo pueda darme sangre para llevar?
-Es posible -respondo, sin darle falsas esperanzas, no sé como irá a reaccionar Borsin. A estas alturas del día ya tendrá una idea del padecimiento patológico de Hannel al examinar la muestra de sangre que se llevo al laboratorio-. Puedes tomarla a la fuerza -le sugiero.
-No me agrada dañar a otros, si lo hago es por defensa propia -me responde, en tono serio.
-¿Y dónde encuentran sangre los tuyos? -inquiero, siendo otra de mis dudas. Con la mente despejada pienso mejor, al menos por algunas horas, la ansiedad siempre se encarga de arruinarme el día.
-Hay muchas cosas que te sorprenderían. -Alzó las cejas sin comprender-. Tienen bancos de sangre -aclara.
-¿Humana?
-La sangre animal no genera la misma fortaleza, es indispensable que sea humana.
-¿Cómo obtienen la sangre?
Hannel baja su mirada por un instante, es la primera ocasión que lo hace.
-Las cosas que suceden allá abajo son aberrantes, Frans, muchos las consideran horrendas.
-¿Obtienen sangre asesinando personas?
-Es mucho peor, las mantienen secuestradas y así seguir extrayendo su sangre, es un método más viable, una persona viva es una inversión, puede dar servicio el tiempo que ellos consideren necesario. Las obligan a vivir esclavizadas para mantener a flote el banco de sangre.
Horrendo, si, no quiero imaginar lo desagradable que debe ser vivir siendo un cordero de circo. Así es el mundo, hay veces que me preguntó cómo es posible que sigamos existiendo cuando somos seres irracionales que nos destruimos con nuestras propias manos. Un día la naturaleza nos demostrará que somos la mierda más grande que ha existido sobre su faz, y desde ese día podrá respirar limpiamente.
No quiero oír más nada sobre Hannel, no me importa ella, ni lo qué es, ni a dónde va, ni de dónde viene. Los problemas ajenos no tienen porque ser míos.
-Es todo lo que necesito, estaré en la sala -dije.
Hannel asiente cortésmente.
Bajo a pasos lentos hasta la sala, impaciente, necesito un maldito trago de alcohol.
Una hora más tarde llega Borsin. Sus pasos intrépidos se detienen en la sala, me ve tumbado sobre el sofá violeta y se acerca.
-¿Has hablado con la chica? -quiso saber de inmediato.
Asiento. Tengo una jodida jaqueca de los demonios, y el dolor en mi pierna se vuelve punzante por momentos.
-¿Te ha dicho la verdad?
-Es una chica estúpidamente lista, puede estar fingiendo, no soy un maldito psicólogo experto en descifrar conductas -le respondo.
-¿Sabes lo qué es? Tienes idea del peligro al que nos hemos expuesto -dice, poniendo enfasis de enfado en su voz delgada.
Me siento, veo la mandíbula cuadrada de Borsin tensarse, lo cual es comprensible. Nunca, en todos sus años de médico, ha tenido un paciente como Hannel.
-¿Ya habías escuchado algo parecido antes? -le pregunto, sobre la condición anormal de Hannel.
-Algunos rumores, pero sólo han sido eso, Frans. Esto va contra la naturaleza humana. Las creencias religiosas lo consideran un acto del diablo. Científicamente se supone que son seres superiores a nosotros, con fuerza y habilidades fuera de lo ordinario. Hacer un estudio sobre ellos podría otorgar un premio nobel de medicina -responde Borsin, con cierta excitación sobre obtener tal reconocimiento.
-Antes de revelar al mundo de su existencia, beberían tu sangre en pequeños sorbitos, Borsin. Son una estructura élite, no dudarían un segundo en eliminar cualquier amenaza -le hago saber.
-Estas en lo correcto -razona, recobrando la cordura-, son un peligro inminente, y estamos envueltos.
-Como hombre adulto y sensato que eres, ¿qué sugieres hacer? -le pregunto.
Planear no se me da mucho, mis adicciones nublan mi cordura y resultó siendo un desastre.
Borsin, con su ropa elegante, y aura de hombre sabio, se puso a pensar en la resolución al problema.
-Tengo un amigo, detective, que fue despedido por investigar casos sobre desapariciones de personas en bares y casinos. El cree que hay una ciudad oculta entre nosotros que opera con impunidad. Hannel podría ser la pieza clave que resuelva el crucigrama.
-Suena sensato lo que propones, nada más hay un detalle, ¿la chica querrá ir con él? Te recuerdo que puede matarnos sin sudar una gota, y lo peor, convertirnos en uno de ellos. No quiero vivir como animal, ya he tenido suficiente en esta vida miserable, Borsin.
-¿Así me ves -pregunta Hannel, mientras desciende las escaleras de forma natural-, como un animal?
-No puedo catalogar de otra manera tu especie -le respondo, con total sinceridad, sin importar que pueda romperme el cuello de un tirón, no soy nadie y nadie va a extrañar a un drogadicto perdido desde hace años en la miseria.
-Hannel, le comentaba a Frans que conozco un amigo que puede ayudarte -dijo Borsin, sin ocultar el nerviosismo que lo invade, un gran error de su parte, Hannel lo descifra de inmediato.
-Acepto ir con una condición. -Borsin se pone en pie cuando ella se detiene a un metro de distancia-. Que Frans venga conmigo.
-¡No! -repongo a voz de trueno-. Eso no puede ser posible, no necesitas de mí, has logrado escapar sola, mi presencia es un cero a la izquierda, créeme. -Trato de ser razonable, no veo la necesidad de verme más involucrado en este agrio asunto.
-Recibí ayuda, habría sido imposible lograrlo por mis propios medios -dice sin apartar su mirada de Borsin-. Ahora estamos en una situación dónde pondera la desconfianza, además, no conozco la ciudad. Yendo contigo sabré que no se trata de una trampa -dicta sentencia.
-Puedes confiar en mí, te daré lo necesario, sé que necesitas sangre. -Borsin coloca su maletín en la mesita, lo abre y extrajo tres litros de sangre-. La he traído. No tengo nada personal contigo, prefiero continuar viviendo de manera pacífica. Con respecto a Frans, es una compañía desagradable, tendrás que tener tolerancia con él.
Hannel toma las bolsas de sangre y las arroja a mis manos.
-Tu las llevarás.
-¡Hijos de puta, desde cuándo deciden por mí!
-Ten, esto es para ti -añade Hannel, entregándome tres billetes de quinientos-. Sólo podrás consumir alcohol -me advierte.
Jodida tentación. El dinero no me llueve del cielo, las personas como yo debemos mendigarlo.
-No te recomiendo darle rienda suelta a sus vicios, se te hará complicado tener el control sobre él -le sugiere Borsin.
-Frans podrá controlarse, o tendré que convertirlo a mi especie si se vuelve un fastidio -puntualiza Hannel, con aura de mala vibra brotando de sus delgados labios.
-Llamaré a Gormaz -indica Borsin, amo y señor de la situación, algo extraño, pensé que iba a tener más temor con la presencia de un ser sobrenatural como lo es Hannel-, saldrán por la noche, vive al otro lado de la ciudad, a dos o tres horas según el tráfico que encuentren.
-¿Por qué en la noche? -quise saber.
-Su condición le impede transitar durante el día -me explica Borsin, con obviedad.
Al parecer el dinero comienza a idiotizarme.
Borsin hace la llamada y Hannel sube a descansar, si es que descansan, hay tantas intrigas que definitivamente la adicción me obliga a ir con ella. El amigo de Borsin, Gormaz, accede en recibirnos, otra víctima del interés. Las personas cuerdas no toman este tipo de riesgos, Gormaz y yo sin duda no formamos parte de ellas. El maldito dinero tarde o temprano nos llega a corromper la poca conciencia que aún nos queda. Hay una campanita en mi oído advirtiéndome del peligro que voy a correr, no importa, la muerte vendrá de cualquier modo a mi encuentro.
-¡Esto es una locura, Frans! -dijo Borsin, sentándose en otro sofá, llevándose las manos a la cabeza, exhalando bocanas de aire. Un médico en apuros, es algo que no se ve todos los días, aún así, lo veo tranquilo, otro en su lugar habría sido presa de la histeria.
-Una vida sin locura no puede llamarse vida -digo, obviamente estoy parafraseando.
-Sé que tu vida no tiene mucho sentido, pero esto sobrepasa incluso tus límites, Frans.
-Descuida, soy un cero a la izquierda, tu posición corre más peligro. Si están buscando a Hannel, les resultará fácil llegar a ti. Tienes que dejar está casa, pide vacaciones, sal del país si es necesario -le advierto, viendo el panorama de manera amplia.
-No es tan sencillo, mi familia no creerá una historia como esta -responde.
-Nadie que no haya visto lo que esa chica es, lo creería, Borsin. Pero tienes una ventaja, cuando vengan por ella manejarán el asunto con mucha discreción. Tu familia es una de las más importantes en la ciudad, y no harán nada que ponga en riesgo la identidad desconocida que poseen. En cambio, a ti, si pueden hacerte daño, vives sólo, se les hará sencillo convertir en accidente lo que puedan hacerte.
-Cuando no tienes el cerebro contaminado de heroína, sale a flote el antiguo Frans Mcardy que algún día fuiste -dijo Borsin.
-Por suerte no sucede tan a menudo -le contesto sin engaños.
Guardo la sangre en una pequeña hielera de Borsin, también nos presta uno de sus automóviles, y preparo con anticipó nuestra salida. La tarde empieza a caer, trayendo una suave brisa. Jenn me hizo el favor de comprarme una botella de ron, y cuando Hannel sale de la casa, una tercera parte del líquido embriagante recorre por mis venas. Las luces de la ciudad comienzan a brillar como luciérnagas serpentinas por toda la ciudad. Borsin está al pie de la puerta, salió a despedirse y desearnos suerte, acompañado de Cronch, que permite una última caricia de Hannel.
El tráfico a esas horas empieza a volverse lento. No importa, mi pequeña felicidad artificial es suficiente para tolerar el camino.