W Y H. LA GUERRA COMIENZA CAPITULO 1

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Summary

En un continente fracturado por la guerra constante entre monstruos y humanos, dos brujas inician un plan de venganza, buscando una armadura inmortal que les permita destruir a la humanidad que les arrebató todo. Al mismo tiempo, una nueva y brutal guerra estalla: una facción humana lanza su campaña de exterminio contra los monstruos y de sometimiento de su propia raza. En medio de este caos sin precedentes, dos hechiceros se alzan: W debe dominar la única espada capaz de destruir la armadura, mientras H se enfrenta directamente a la implacable facción. El destino de todos pende de un hilo en esta escalada de conflictos.

Genre
Fantasy
Author
Hades
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1 El intruso

CAPITULO 1

EL INTRUSO

Leknes, un reino lleno de hermosos edificios de madera y piedra, está pintado con la sangre de todos sus habitantes.

Los majestuosos edificios yacen humeantes y en ruinas, y las calles se tiñen de rojo con la sangre de miles de personas. El aire se carga con el olor acre del humo y la muerte.

Un grupo de personas se dirige hacia el castillo, caminando sobre los cuerpos y la sangre como si de una alfombra se tratase. Sus pasos resuenan en el silencio sepulcral, interrumpido solo por el crujido de los escombros bajo sus pies.

Wilson, quien aparentemente es el líder, felicita a su hijo y, con una voz llena de orgullo y elegancia, le dice:

—Felicidades, W. Creo que te pasaste un poco, pero no importa. Hay humanos en todas partes, ¿qué importa un par de miles?

W, con sangre en la cara, mira a su padre y, sin mostrar emoción alguna, solo se limita a decir:

—Gracias.

En ese momento, todo se torna oscuro.

W despierta gritando, pues todo es solo una pesadilla.

—Mierda, la misma maldita pesadilla.

Es el año 1735 D.C.

Los primeros rayos del sol iluminan las pequeñas ventanas de madera del cuarto de W mientras él se prepara para comenzar una jornada más como carpintero. El contraste entre la pesadilla y la tranquila rutina matutina es abrumador.

W baja a desayunar y se encuentra a May haciendo el desayuno. El aroma de la avena caliente y las frutas frescas llena la cocina.

May es una chica de ascendencia japonesa; al medir un metro con cincuenta centímetros, apenas alcanza las repisas. Su cabello negro y lacio cae sobre sus hombros mientras se mueve con agilidad por la cocina.

Cuando lo ve, May dice con un tono de voz burlesco:

—No te había visto, creí que seguías gritando en tu cuarto.

W se ríe de forma sarcástica y contesta:

—Muy graciosa. La verdad, me extraña que te hayas levantado tan temprano.

May responde:

—Pues hoy es el festival del ejército de Leknes, así que debemos proporcionar las sillas y mesas.

W se disculpa por haberlo olvidado y menciona que ya tiene planes con su novia Sara.

May, molesta, le dice:

—¿Por qué no me sorprende? Esa humana te quita mucho tiempo y yo no te cubriré... Oh, por cierto, está esperándote en el taller.

W se dirige al taller y se encuentra con su novia Sara. Ellos ya han planeado ver el desfile del ejército juntos y falta poco para que comience. Sara, con su uniforme de soldado impecable, lo espera con una sonrisa y juntos se van al desfile.

W y Sara caminan por la plaza tomados de la mano mientras observan a la gente preparándose para el desfile militar.

En la zona de las bancas, hay una maestra contándoles una historia a los niños.

Sara le dice a W que vayan a escucharla, pues piensa que será entretenido.

—Bueno, niños, ¿cuál quieren que sea la siguiente historia? —pregunta la maestra a los quince niños que la rodean.

—¡La historia del muro continental! —grita un niño en el fondo.

La maestra sonríe y comienza a narrar:

—Hace más de doscientos años, colonizadores europeos saqueaban este continente, arrebatando las vidas de los indígenas y destruyendo sus pueblos. Pero un día, un brujo, su nombre ya olvidado, intervino.

Se dice que al involucrarse rompió un pacto de hace miles de años.

Una niña la interrumpe preguntando con curiosidad:

—¿Lograron ganar?

La maestra sonríe y dice: —En esa parte estoy.

Ella continúa relatando:

—Al verlo hacerle frente a los extranjeros, más y más seres con poderes sobrenaturales se unieron a él para defender a los humanos de la maldad de los extranjeros. Y así, después de un año, lograron expulsarlos del continente.

—¿Y eso cómo explica el muro? —pregunta

otro niño.

—¡Todavía no termino! —exclama la maestra.

—Los gobernantes de Europa no se darían por vencidos y, al cabo de unos años, regresaron, pero como algo nunca antes visto. Trajeron consigo un ejército formado por humanos y seres sobrenaturales, también llamados monstruos, pero no solo de Europa, sino de todas las naciones del mundo.

—¿Quién ganó? —pregunta la misma niña de antes.

La maestra continúa:

—Diez años duró la guerra. Para este punto, había extranjeros e indígenas de ambas partes. Nuestro continente estaba a punto de perder, pero un mago, un hechicero y un brujo, usando un poder misterioso, elevaron un muro desde las profundidades del mar hasta alcanzar las nubes. Nadie puede destruirlo ni tocarlo. Luego de eso, los millones de extranjeros que quedaron dentro del continente americano firmaron la paz junto con los indígenas.

—¿Y qué pasó después? —pregunta la misma niña por tercera vez.

La maestra contesta:

—Los monstruos fueron abandonados por los humanos y la mayoría de estos comenzó a atacarnos, pero no se preocupen, construimos ciudades con muros hechizados para que no puedan entrar.

Suena una campana indicando que los puestos de comida han abierto

y los niños se van corriendo a comprar.

—¿Ya la habías escuchado? —pregunta Sara con curiosidad.

A lo que W responde sonriendo:

—La había leído hace tiempo, pero ya se me había olvidado.

Una explosión resuena desde la entrada de la ciudad. El estruendo es ensordecedor, y una nube de polvo y escombros se eleva hacia el cielo.

May sale corriendo y, muy asustada, dice sin todavía poder creerlo:

—Imposible, ¿cómo es posible que hayan podido destruir la entrada?

La explosión resuena por toda la ciudad, sembrando el pánico entre los habitantes.

Unos momentos atrás, en la entrada de la ciudad, va llegando un joven. Sus blancos pies van descalzos por las calles de tierra, y su presencia emana una extraña calma.

Cuando llega a la puerta de la ciudad, esta se encuentra cerrada. Unos guardias se le acercan y le piden que se identifique.

El joven, con sus ojos marrones, los mira de reojo y, sin mostrar ninguna emoción, levanta el puño para romper la puerta con sus propias manos.

Los guardias se ríen, ya que no se ve fuerte por lo delgado que es.

El joven da un puñetazo a la puerta de la ciudad. El golpe es tan fuerte que no solo agrieta la puerta, sino que también agrieta partes del muro cercanas a la puerta.

Las grietas hacen aparecer unas runas por el muro dañado y estas provocan una explosión, destruyendo la entrada de la ciudad.

W y Sara, luego de escuchar la explosión, corren directo al taller en busca de May.

Después de buscarla por toda la casa, la encuentran en el sótano. May está buscando sus antiguas runas, su rostro refleja una mezcla de miedo y determinación.

Sara les pregunta qué está pasando, a lo que W contesta que no sabe, pero ya que May fue quien hechizó el muro de la ciudad hace cien años, ella tal vez podría hacer algo.

May solo se limita a decir:

—No sé qué carajos está pasando, pero sea lo que sea pudo destruir mis runas de protección. Yo no puedo hacer nada, pero tal vez sirva de algo llevar mis antiguas runas. Solo espero que aún funcionen.

Los tres salen armados del taller, preparados para enfrentar lo que sea que haya destruido la entrada.

Mientras tanto, el joven camina hacia el castillo del rey de Leknes. Un grupo de más de doscientos soldados a caballo llega para enfrentarlo.

El Mariscal Enquist, líder de la caballería, grita a todos los soldados que ataquen. Los arqueros tensan sus arcos y lanzan una lluvia de flechas hacia el joven. El sonido de los cascos de los caballos y los gritos de los soldados llenan el aire mientras se lanzan hacia el intruso.

La lluvia de flechas dura apenas unos segundos, pero parece interminable. Sin embargo, ninguna flecha logra acertar, ya que el joven ha creado una barrera de protección. En ningún momento pierde su expresión vacía y sin emociones.

Todos los soldados se sorprenden al ver tal hechizo, pero el mariscal Enquist ordena atacar con espadas y lanzas. Los soldados comienzan a cabalgar hacia el joven, pero no están preparados para lo que pasará.

Las uñas del joven comienzan a crecer y, cuando ya están lo suficientemente largas, aprieta sus puños para causarse una hemorragia en cada mano. Los soldados lo miran atónitos, pero no detienen su paso. La sangre del joven no deja de salir, pero esta no toca el suelo; en su lugar, levita y comienza a tomar la forma de decenas de puntas de lanzas.

Con leves movimientos de sus dedos, el joven guía las puntas de lanzas hechas con su sangre hacia los soldados. Todas estas atraviesan una y otra vez las piernas de los soldados, causando un dolor insoportable, pero no letal. Los caballos se asustan y tiran al suelo a sus jinetes, dejando a los soldados retorciéndose de dolor en el suelo.

El joven sigue su camino hacia el castillo. El mariscal Enquist, con mucho dolor, se pone de pie y le pregunta al joven con una voz adolorida y seria:

—¿Por qué haces esto?

Entonces el joven contesta con una voz inexpresiva:

—Su rey ha robado algo que me pertenece y he venido a recuperarlo, así que no me estorben.

El joven ya ha caminado casi una hora por las calles vacías; todos los civiles han huido hacia el otro lado de la ciudad. Pero no han aparecido más soldados, lo cual es muy sospechoso, ya que Leknes es la ciudad más grande de la península de Yucatán, una ciudad con más de veinte mil habitantes, por lo que debería tener miles de soldados.

El joven no parece darle importancia, pero de repente detiene su paso al ver que delante de él hay tres personas en medio de la calle esperándolo. W, Sara y May lo esperan, pero W, al verlo, se pone pálido y su cara comienza a expresar miedo y ansiedad.

Las chicas sacan sus armas; May saca runas de fuego de su bolso y Sara desenvaina su katana. El joven se comienza a acercar, manteniendo fija la mirada en W, y cuando ya está a unos diez metros, le dice con una voz inexpresiva:

—Esta no es la ciudad que dejé.

W confirma sus sospechas: el joven que los ataca es su hermano H. W se queda callado, pero May se da cuenta de que el hecho de que H haya logrado llegar hasta allí significa que la caballería del mariscal Enquist ha caído.

Sara, al escuchar esto, se rompe por dentro, ya que el mariscal Enquist es su padre. Entonces, con furia, grita.

—¡Maldito! —mientras corre hacia H.

H detiene la espada usando dos dedos de su mano izquierda y, con su mano derecha, le da una bofetada a Sara, quien atraviesa una ventana.

May y W se enojan y se lanzan con furia a la batalla. May le lanza fuego, pero H lo esquiva. Entonces May activa una runa de fuego, la mete en una bolsa y se la lanza a H, provocando una explosión.

Sin que May se dé cuenta, H está detrás de ella y, de una patada, la estrella contra una pared. W intenta desesperadamente atinar un golpe con su espada, pero H lo noquea de un golpe en el estómago.

H continúa su camino como si nada hubiera pasado, sin perder esa expresión vacía. Cuando llega a las puertas del castillo, encuentra decenas de cadáveres por todas partes y, en las puertas del castillo, están dos gemelas.

Son dos mujeres que parecen tener unos treinta años. Una de ellas tiene en su mano derecha el mapa que H busca y en su mano izquierda la cabeza del rey de Leknes. La otra gemela, con una voz educada y algo burlesca, le grita a H.

—Te estábamos esperando.