Episodio 1
Esta historia ocurrió en el siglo XX... aunque ya nadie lo recuerda.
La tierra ya no es tierra.
Los edificios que alguna vez tocaron el cielo, ahora flotan en pedazos como ruinas perdidas.
El cielo no es azul: está desgarrado como una tela vieja, mostrando detrás un universo encendido por relámpagos celestes.
Las nubes ya no se deslizan suaves… ahora rugen.
Las tormentas no traen lluvia, traen fuego.
Y entre ese caos…
Una figura solitaria vuela, como el último recuerdo de un mundo que alguna vez fue puro.
Sang-jun.
Su cuerpo está cubierto de heridas, sangre seca en la comisura de los labios, el pecho agitado.
Sus alas, negras como una noche sin estrellas, se extienden con dificultad mientras lo mantienen en el aire.
Su ropa celestial —de lino blanco y bordados dorados— está rota, ennegrecida, manchada por el combate.
Pero lo que más brilla… es la espiral dorada en su cuello.
Su marca celestial, antes símbolo de luz y esperanza, ahora es una herida abierta que arde.
Sus ojos dorados, tan vivos alguna vez, están fríos. Lejanos. Como si ya no recordara quién fue.
Una voz rompe el silencio.
Un grito desesperado. Humano. Real.
—¡¡SANG-JUN!!
—es Ámbar, corriendo sobre los restos de un edificio flotante que se desmorona.
Su forma humana apenas se sostiene. Tiene cortes en las piernas, el cabello pegado a la frente por el sudor, y los ojos… esos ojos ígneos que alguna vez reían… ahora suplican.
—¡NO LO HAGAS!
—le grita, subiendo la voz por encima del rugido de los relámpagos
— ¡Si activas esa forma... no volverás a ser tú!
Su voz se rompe al final.
Y por un momento, Sang-jun parece dudar.
Baja un poco el rostro. Aprieta los labios.
Una lágrima —solo una— resbala por su mejilla herida.
Pero ya es tarde.
La marca en su cuello brilla con una intensidad que hace temblar el aire.
La espiral dorada pulsa como un corazón a punto de estallar.
Una mezcla de luz sagrada y sombra negra lo envuelve, y su cuerpo se eleva.
—Aunque nos cueste todo…
—susurra.
Y entonces, estalla.
Una ola de energía se libera, como si los cielos gritaran de dolor.
Fuego y luz lo rodean, expandiéndose en un anillo imparable.
El aire tiembla. Las montañas flotantes se quiebran.
El ejército celestial, formado por cientos de alas blancas y lanzas de luz, es lanzado hacia atrás como si una fuerza invisible los rechazara.
Sang-jun, en el centro de la tormenta, no parece humano.
Su cuerpo brilla. Su sombra se extiende.
Ya no se distingue si es ángel… o algo más.
Desde lo lejos, entre las columnas de humo y lava viva, una silueta aparece.
Kael.
Su piel ennegrecida por la batalla. El cabello suelto, empapado por la humedad del fuego. Sus ojos grises con reflejos carmesí observan en silencio.
Ni una palabra. Solo el peso del recuerdo.
En su omóplato izquierdo, una marca ígnea, como una llama encadenada, comienza a brillar.
Se enciende al mismo ritmo que la de Sang-jun. Como si ambas llamaran la una a la otra.
Como si todavía, en medio del desastre, sus marcas se buscaran.
Kael da un paso al frente.
—Sang-jun…
—susurra
—Por favor…
Su voz es más suave que el viento. Pero Sang-jun no lo escucha.
Y entonces, ambas marcas arden al mismo tiempo.
Un estallido aún más fuerte.
La explosión sacude la tierra.
Ámbar grita, empujada por la onda expansiva.
Y por un instante… el cielo se queda mudo.
Mucho antes de eso...
Antes del desastre.
Antes del juicio.
Antes del destierro.
Había luz.
Y promesas.
La Isla de Yen, hogar de los ángeles, se elevaba perfecta en el cielo.
Columnas flotantes. Jardines sin fin. Templos de mármol blanco donde el sol nunca se ocultaba.
Allí, entre niños alados y melodías de campanas eternas, creció un niño muy especial.
Sang-jun, hijo del clan Yun.
Elegido por las estrellas.
Su marca era la espiral dorada más luminosa en generaciones.
Desde pequeño, destacaba. No solo por su talento con la lanza o su capacidad mágica, sino por su dulzura. Su curiosidad. Su corazón abierto.
A veces se preguntaba si estaba hecho para las reglas.
—¿Por qué tenemos que odiarlos si ni siquiera los conocemos?
—le preguntó un día a Jin-ho, su mejor amigo.
Jin-ho, mayor y más prudente, solo negó con la cabeza.
—Porque el equilibrio se rompe cuando mezclamos fuego con cielo.
Pero eso no detuvo a Sang-jun.
Al otro lado del abismo, la Isla de Ren ardía. Una tierra salvaje, de junglas vivas y volcanes eternos.
Allí vivía Ámbar, hija de un linaje prohibido.
No debía existir. Pero existía.
Y brillaba.
Cada día huía de su hogar para explorar. Saltaba entre árboles, cruzaba ríos de lava.
Y un día, en una grieta del cielo, lo vio.
Un niño de cabello plateado.
Un ángel.
Sus ojos se cruzaron.
Él no huyó.
Ella no atacó.
Y el mundo cambió.
Durante meses, se encontraron en secreto.
Entre nubes ocultas, sobre un puente de ruinas flotantes, jugaban, hablaban, aprendían el uno del otro.
—¿Tienes miedo?
—le preguntó Sang-jun una vez.
—No de ti.
—respondió Ámbar
—. De lo que el mundo haría si nos viera juntos.
—Entonces nadie debe vernos.
—sonrió él
—. Que el cielo mire hacia otro lado.
Y así nació una promesa.
Una que jamás debían romper.
Una que jamás debieron haber hecho.
Porque el cielo nunca perdona.
Los consejos se enteraron.
El brillo de la marca de Sang-jun cambió.
La llama de Ámbar empezó a cantar en otro idioma.
Los ancianos hablaron. Los oráculos vieron.
Y las leyes cayeron sobre ellos como cuchillas
.
—El equilibrio ha sido corrompido.
—dijeron.
—Han unido lo que nunca debía tocarse.
—gritaron.
Jin-ho, por no delatar a Sang-jun, fue considerado traidor.
Kael, por haber amado a alguien fuera de su clan, fue acusado de impureza.
Los cuatro… fueron castigados.
> Fueron expulsados.
Fueron desterrados a la Tierra.
Y sus memorias, borradas.
Pero el corazón… no olvida tan fácilmente.
Y las marcas… tampoco.