Una cabeza revuelta
No entiendo, pero entiendo a la vez. ¿Cómo se llama esa sensación? Ese sentimiento de completo entendimiento y, a la vez, de completa ignorancia respecto a lo que uno siente. Lo catalogaría como idiotez. ¿Cómo no vas a entender tus propios sentimientos? Mínimamente, hacé eso: entenderlos, si son tuyos. Buscar referencias lo considero apropiado, pero si estás tan confundida, tal vez los confundas con otros similares: amor, obsesión, por ejemplo; felicidad o adrenalina...
Amo los sentimientos, las sensaciones, los pensamientos; todo me parece hermoso. Pero desprecio esa corrupción que los arruina. Aquellos que desean el sufrimiento ajeno, que hacen cosas horribles por placer. ¿Por qué existe gente así? Los odio. Los odio tanto y tan profundamente desde que entendí el significado de eso. Incluso hoy me cuesta pensar que alguien haya hecho actos malvados para satisfacer su deseo de... ¿de qué? Seguro me confundí. No los entiendo. Podría llegar a entender problemas psicológicos, pero no comprendo el deseo puro de causar dolor. Me dan asco. ¿Cómo alguien puede desear el sufrimiento de animales, humanos, de lo vivo?
Vida... la amo tanto que mi entendimiento de la muerte desaparece por momentos. Siempre vuelve, por supuesto. La muerte no es algo malo; para muchos, es liberación del sufrimiento. A pesar de herir a los que quedan, es necesaria. Es aprender a apreciar el momento, lo que tenemos, lo que hay... Muchas veces no lo he apreciado lo suficiente. Pienso que es algo que me llevaré a la tumba. Qué tema cliché: la vida y la muerte, o la alegría y la tristeza, el odio y el amor... y, aun así, es en lo que pienso desde hace años. ¿Soy tan común? ¿Y si todos somos comunes? ¿Y si las personas ya son tan variadas que perdí el significado de lo común? ¿Y si sentimos tanto lo mismo que ya todo es manejable? Eso me haría una idiota por no saber manejarlo, entonces. Es un hecho.
Fuaa... ¿qué me costaba pensar menos? A veces me gustaría ser más inteligente en matemáticas que en preguntas y pensamientos estúpidos. Quiero que me enseñen algo y entenderlo a la primera, no después de cinco explicaciones para infantes. Qué inútil, qué imbécil. ¿Me va a costar tanto pensar un poco? Pensar en cosas necesarias, no en “¿por qué se murió mi mascota?” Ahí nace mi amor-odio hacia la muerte. Pero estaba sufriendo, y no quería que siguiera viviendo así. ¿Tan estúpida soy que la dejé morir? ¿Tan insensible? No la aprecié lo suficiente, no la amé lo suficiente. ¿Por qué lloro cada vez que la recuerdo? No quiero dejar de pensar en ella, pero terminó llorando. Así que no quiero pensar en ella. Me pasa con todo: cada pérdida, sea material o simbólica… familia, mascotas. ¿Tengo que olvidar para no sufrir? No los quiero olvidar. No quiero cometer esa falta de respeto. Me haría sentir una persona horrible. Quiero… deseo y necesito algo que sepa que siempre va a estar ahí, incluso después de mi muerte. Que siga ahí después de años.
Entonces llegué a Él. San La Muerte. Con todo respeto quiero hablarle, no solo como un elemento mítico o fantástico de esto que escribo. No... De hecho, a pesar de que lo pienso todos los días desde que conocí su nombre, de que he investigado sobre él y de creer plenamente en su existencia, no puedo ser considerada devota. Ni siquiera tengo un altar, una estampa, algo. Soy todo menos devota a San La Muerte. Una amiga me dijo que, antes de entregarte a algo —una deidad, un santo, a alguien—, tenés que conocerlo. Es algo obvio, pero es bueno escucharlo. ¿Es mi necesidad de creer que siempre voy a tener a alguien lo que me lleva a querer ser devota? ¿Que, a pesar de los años, sé que mi Santo va a seguir ahí? ¿Solo es mi tema del momento?... ¿Si lo respeto tanto como digo, es irrespetuoso escribir de él con duda? Seguramente sí. Perdón.
Muchas veces pido perdón. Ya perdí el significado real de la palabra. Llegué tarde: perdón. Me equivoqué: perdón. No pensé: perdón. Hice algo mal: perdón. Las personas cercanas a mí me van a recordar por decir eso: “perdón”. O capaz por mi mal humor y mala cara, que también puede ser. Ojalá mi lápida tenga una carita enojada. Me gustaría, en realidad. Serían mis hijos, si es que tengo, porque soy la menor de mi familia directa. En teoría, voy a ser la última en morir. Pero solo en teoría. En la vida real, puedo morir mañana, y el hijo mayor será el último en morir. Creo que estoy perdiendo el tema de lo que estoy escribiendo. Perdón