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Advertencia:
La presente novela está pensada para un público amplio, pero es importante señalar que su contenido incluye expresiones de lenguaje obsceno, juegos de doble sentido, elemento de humor negro y alguna descripciones explicitas .
Aunque no se trata de una obra restringida únicamente a adultos, se puede abordar situaciones y recursos narrativos que requieran cierto nivel de madurez para comprenderse o disfrutarse plenamente.
Por esta razón, la edad mínima recomendada para leerla se sitúa entre los 13 y 14 años .Aun así. se aconseja discreción y criterio personal al momento de acercarse a esta historia.
(El apellido de Khalan puede leerse como ¨Su-gua-na-tat y si no puedes, no te preocupes, yo escribo este libro y tampoco lo pude leer a la primera.)
En Nueva Orleans, donde el dinero era la medida de todo, Los Winslow cenaban en silencio mientras las agujas del reloj marcaban las ocho en punto. Lauren y Maxwell Winslow intercambiaban miradas cargadas de tensión, buscando la manera más cuidadosa de darle a Margot la noticia que cambiaría su vida.
Durante veinte minutos, los cubiertos apenas rozaron los platos. El silencio se adueñaba del comedor, ahogando las palabras antes de que pudieran nacer. Finalmente, Lauren encontró el valor para hablar.
— Margot, ¿has oído hablar de los Suwannathat? —preguntó con cautela.
—¿Los socios de papá?—aventuró Margot.
—Si, ellos que—replicó la joven, cada vez más confundida.
Lauren se volvió hacia sus hijas menores, con un tono que no admitía discusión:
—Niñas, su padre y yo necesitamos hablar a solas con Margot. Suban a sus cuartos, por favor.
Cuando la puerta se cerró tras sus hermanas, Lauren clavó su mirada en su hija mayor.
—Margot, ellos tienen un hijo.—
—No—interrumpió Margot de inmediato, comprendiendo a dónde iba todo.
—Margot, siéntate —ordenó su madre. La joven obedeció, aunque con desgano.
—No quiero andarme con rodeos —continuó Lauren, su voz carente de emoción.
— Cuando naciste, hicimos un acuerdo con los Suwannathat. Ellos invirtieron en la empresa de tu padre para salvarla de la quiebra. A cambio, prometimos que, cuando ustedes tuvieran la edad adecuada, se comprometerían. Mañana, después de tus clases, iremos a verlos.—
Margot la miró horrorizada.
—¿Edad adecuada? ¡Tengo casi 17 años! —su voz temblaba de incredulidad—. Supongo que su hijo también está en contra de esto, ¿no?
—No —respondió Lauren sin dudar.
— ¿¡No!? ¿¡Está loco!? —exclamó la joven, con la voz quebrada.
Luego, en un susurro casi inaudible, preguntó —Mamá... ¿cuántos años tiene?—
—Margot, él es un buen muchacho, te cuidará —intentó suavizar Lauren.
—¿Cuántos años tiene? —insistió Margot, su voz cargada de angustia.
—Es educado y caballeroso, deberías...
—¡¿Cuántos años tiene?! —gritó Margot, perdiendo el control.
—¡Veintiuno! —espetó su madre.
Margot sintió que el mundo se desmoronaba.
—Veintiuno... —repitió en un hilo de voz—. ¿Cuatro años mayor? ¿Y quieren que me case con él? ¡No lo haré!
—No te estoy preguntando, Margot —dijo Lauren con frialdad—. Es una orden. Ellos nos ayudaron mucho y tenemos que corresponderles.
—¡No me casaré con él! —soltó Margot, antes de sentir la bofetada que la hizo girar el rostro.
—¡No tienes opción! —Lauren la fulminó con la mir
Las lágrimas brotaron de los ojos de Margot. Sin decir una palabra más, subió las escaleras con la cabeza en alto. Pocos minutos después, su padre entró a su habitación.
—Margot —dijo Maxwell con un suspiro, mirándola con una mezcla de dolor y ternura mientras entraba a su habitación cerrando la puerta detrás de el.
—Papá... —sollozó ella, refugiándose en sus brazos. Siempre encontraba consuelo en él, aunque supiera que no podía oponerse a su madre el siempre estaba ahí cuando ellas peleaban.
—Sé que esto es difícil —murmuró Maxwell—. Pero quiero que sepas que si alguno de los dos encuentra a alguien con quien de verdad quiera estar... el acuerdo quedaría sin efecto. Es una cláusula que dejamos abierta.
Margot lo miró con ojos esperanzados, aunque la incertidumbre seguía oprimiendo su pecho.
—¿Y si él no quiere romperlo? —preguntó Margot con voz baja, ronca de tanto contener el llanto. Tenía los ojos enrojecidos, pero la barbilla en alto, como si no permitirse desmoronarse fuera su última forma de resistencia.
Maxwell se sentó en la orilla de la cama, suspirando como si cargara encima los años de un pacto que nunca debió firmar.
—No lo conoces aún —dijo con calma—. Y por mucho que nos cueste estar del lado tu madre, ella no se equivoca, y como dice ella, parece ser un buen hombre, no es por querer estar en tu contra, Margot. Pero lo único que te pido es que lo conozcas.
—¿Y si no quiero conocerlo? ¿Y si me cae mal? ¿Y si me da asco? —escupió las palabras como si le quemaran la lengua—. ¿Y si ya me gusta alguien más?
Maxwell tardó en contestar. Su silencio fue largo, como si midiera cada frase con el peso del mundo sobre sus hombros.
—Entonces esperaremos a que él lo entienda. Pero si lo rechazas sin hablarle, sin saber quién es... —hizo una pausa— entonces el que quedará como desagradecida serás tú, no él.
—¡¿Perdón?! —Margot se irguió, con el ceño fruncido—. ¿Y a mí quién me salvó de algo? ¿A mí quién me preguntó si quería ser parte de ese acuerdo?
—No, nadie lo hizo —admitió Maxwell, bajando la mirada—. Pero yo también era joven. Tenía miedo de perderlo todo. Pensé que, con el tiempo, las cosas cambiarían... que tal vez ustedes se conocerían de otra forma. Que no dolería tanto.
El silencio volvió a colarse entre ellos, denso como el vapor en un cuarto cerrado. Afuera, se escuchaban los pasos leves de Vera y Hannah cruzando el pasillo, seguidos del chasquido lejano de una puerta cerrándose.
—¿Cómo se llama? —preguntó Margot finalmente, con la voz rasgada.
Maxwell la miró con cierta gratitud, como si ese mínimo gesto de curiosidad le diera permiso para respirar.
—Khalan. Khalan Suwannathat.
Margot repitió el nombre en su mente, buscándole un rostro, una voz, una vibra. No le sonaba a nada. Como si fuera un invento. Un espejismo que ahora tenía más poder sobre su vida que ella misma.
—No quiero que me obliguen a sonreírle —dijo—. Ni a fingir que esto me parece justo.
—No tienes que fingir nada —respondió su padre con suavidad—. Pero sí te pido que no cierres los ojos antes de tiempo. A veces, el destino entra por la puerta equivocada y aun así se queda.
Margot resopló, entre irónica y vencida.
—Tú deberías escribir novelas, papá.
—Créeme, hija... esto no tiene nada de novela. Ojalá lo fuera. En las novelas, uno puede arrancar la página que no le gusta.
Se quedaron callados unos segundos más. Luego, Maxwell se acerco un poco mas a Margot para tomar sus manos con delicadeza .
—Mañana iremos después de clases. No tienes que llevar nada especial. Solo sé tú. Eso es lo que más importa.
Luego se levanto de la cama y se poso frente Margot de cuclillas —Y si no te gusta, Margot... si realmente no lo soportas... hablaremos. No quiero que sufras ni tenerte obligada a un hombre al que no toleras, hija. Tu madre era igual a ti cuando la comprometieron conmigo—hizo una pequeña pausa mientras intentaba recordar, lo cual no fue muy difícil para el mayor—
Ella... me odiaba con toda su alma, recuerdo, que se empeñaba en hacerme la vida imposible cuando nos conocimos, sin embargo, yo no la trataba tan bien en los primeros tres años que estuvimos casados, no fue hasta que... — su voz pareció perderse por unos segundos, hasta que solo carraspeo y siguió con la charla—
Estuve por perderla, y...fue ahí donde caí en cuenta que nunca me fije en sus sentimientos, solo...me fije en que no volviera a el infierno que vivía en casa de su padres, sin saber que ella lo seguía viviendo conmigo— Cuando termino de hablar solo se limito soltar un suspiro lleno de tristeza y cansancio y besar la frente de su hija y marcharse, claro no sin antes decirle un "Te amo hija" y luego cerrar la puerta.
Cuando se fue, Margot se quedó inmóvil, mirando el techo con los ojos llenos de tormenta. Quiso gritar, romper algo, escaparse por la ventana. Pero en lugar de eso, se tapó con la cobija hasta la cabeza y dejó que las lágrimas hicieran lo que mejor sabían hacer: arder en silencio.
Mansión Suwannathat
Khalan Suwannathat, un joven tailandés de sonrisa encantadora, despertó a las ocho en punto aquella mañana. Bajó de inmediato al gimnasio de su casa, con la disciplina que lo caracterizaba – piel nívea, cabello negro perfectamente peinado y una altura que rozaba los dos metros – era tan magnética como intimidante. Khalan era conocido por su carácter frío y su temperamento firme.
Era el modelo principal de la marca de su padre y un joven con un puesto asegurado en la empresa familiar. Tenía talento y ambición, y lo sabía. Lo sabía con la misma certeza con la que entendía que el simple hecho de entrar a un lugar atraía miradas y despertaba envidias.
Aunque la opulencia lo rodeaba y su vida pública estaba llena de flashes y titulares, en privado era amable y disfrutaba de los pequeños momentos. Nadie conocía realmente sus pensamientos más allá de las cámaras, las conferencias o las reuniones, salvo su familia y sus mejores amigos, Saksit y Hyun-woo.
Desde jóvenes habían asegurado su lugar en el emporio familiar de Khalan, gracias a una inteligencia que igualaba su carisma.
Tras una hora de entrenamiento, Khalan subió a su habitación. Sus pensamientos eran un torbellino: nervios, náuseas, dudas. Tenía que darles una respuesta a sus padres. A diferencia de los Winslow, ellos habían respetado su decisión, pero la espera había terminado.
Aquella noche, Khalan cruzó la biblioteca, donde su padre lo esperaba.
—Sí, me voy a comprometer —dijo con firmeza.
El hombre mayor levantó la vista del libro que hojeaba, su expresión serena pero atenta.
—¿Estás seguro, hijo? ¿Sabes que hay cuatro años de diferencia? —preguntó con calma, aunque en su tono se adivinaba una chispa de curiosidad.
—Lo sé. Pero no lo hago solo por nosotros —respondió Khalan con voz pausada—. Ellos tenían problemas financieros. Necesitaban ayuda, y esta alianza, aunque ya no tengan deudas puede mejorar su imagen.
Su padre asintió, acariciándose el mentón.
—Cierto. Bien. Si eso es lo que quieres, haré que informen a los Winslow que los esperamos mañana antes del atardecer para discutir los planes —sentenció antes de levantarse.
Al llegar a la puerta, se detuvo y giró levemente la cabeza.
—Ah, y aún no le digas a tu madre. Ella... bueno, ya sabes. Mejor espera un poco —dijo con una carcajada suave. Khalan sonrió y asintió.
Apenas salió el hombre mayor, una chica de dieciocho años entró a la biblioteca como un vendaval, lanzando insultos al aire con ligereza, aunque no olvidó saludar.
—Hola papá, Adiós papá — espetó la menor antes de entrar por completo a la sala
—Hola hija, Adiós hija— respondió de igual manera con una sonrisa dejando solos a los hermanos.
—¿Te sientes bien, hermano? —preguntó con picardía.
—¿Por qué lo dices? —respondió él, alzando una ceja.
—Oh, nada... no es como si estuviera escuchando detrás de la puerta —replicó ella con fingida inocencia—. Pero... ¿casarte con una niña casi de mi edad? ¡Por favor, Khalan! Cada día me sorprendes más.
Khalan suspiró. —No es por amor, Min-ji. Es por negocios. Y para ayudar a su familia.
Ella se acercó a él, con una sonrisa ladeada. —Sí, claro...según yo , ellos ya no tienen ninguna deuda— dijo mientras se sentaba en la alfombra frente su hermano.
—Pero sospecho que al final, terminarás enamorándote de ella. Porque así es el amor, ¡no!, mas bien, así eres tú. —Se levantó de un salto y se marchó—. Me voy antes de que se me pegue lo heterosexual, hermanito. ¡Cuídate!
Kim Min-ji, nacida en Corea y adoptada cuando era bebé, era un torbellino de alegría en la casa. Su padre había movido su oficina al hogar para poder pasar tiempo con sus tres hijos, dos de ellos adoptados. Min-ji era como un sol en constante movimiento: piel blanca al igual que su hermano, cabello negro azabache y ojos café oscuro, con un metro sesenta de altura. Siempre rodeada de amigos hombres, compartía con ellos bastantes cosas en común música, deportes y hasta sus preferencias por las mujeres. Aunque nunca había tenido que demostrar su orientación sexual —"no me visto como lesbiana", solía decir con ironía—, pero no dudaba en aclararlo para espantar a la gente con malas intenciones.
Esa noche, el sueño parecía haber abandonado a aquel joven. Lo perseguían un pasado oscuro, un miedo latente, un amor muerto. Temía volver a convertirse en el blanco de un amor disfrazado de interés y envidia. Pero no era el único que permanecía en vela. Al otro lado de la ciudad, alguien más luchaba contra sus propios fantasmas: una morocha temblaba bajo las sábanas, secando en silencio las lágrimas que se deslizaban por su rostro. Quizá ella también sentía miedo, pero... ¿ miedo a qué? Tal vez ni siquiera lo sabía con certeza. Lo único claro era que no quería quedar atada a un desconocido. O, al menos, eso creía.

