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El cristal de los juramentos

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Summary

Amina, una joven caballera del reino helado de Veralidaine, despertó atada a un altar de piedra. El legendario Cristal de los Juramentos había sido robado esa noche, y con él se quebró el pacto que mantenía a raya la oscuridad. Ella fue testigo de la caída de los suyos; la luna llena brillaba sobre el campo de batalla vacío donde su maestro yacía herido. Con apenas fuerzas, Amina juró proteger la verdad de ese altar profanado. Al alba, la noticia llegó a los oídos del Alto Consejo, sin el cristal, antiguos enemigos despiertan. Entonces se le encomendó a Amina una misión desesperada, recuperar el cristal antes de que la niebla maldita del Ocaso Ancestral consuma los bosques y el norte entero. La joven caballera no está sola. Khalida, la hechicera heredera del trono olvidado, también busca respuestas. Sus caminos se entrelazarán mientras desentrañan traiciones en la Corte y rastrean al ladrón del cristal. En un viaje que las lleva desde la Puerta del Viento hasta las ruinas del Viejo Castillo, Amina y Khalida descubrirán secretos sellados con sangre. Cada pista desvela un fragmento del pasado; la verdadera razón del juramento sagrado, la identidad de un traidor oculto y el destino de reinos fundados en mentiras. En la batalla final; allí se decidirá si el cristal de los juramentos puede purificar la sombra desatada o si, en cambio, se romperá el último vínculo con la luz.

Genre
Fantasy
Author
Guiselle
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Atada al juramento roto

POV: Amina Ysvalin.

El frío mordía con ferocidad. Amina sintió la piedra helada contra su espalda como una quijada de hielo, apretándola sin clemencia. Sus párpados temblaron al abrirlos; el haz de luz violeta que emanaba de las grietas del altar la deslumbró un instante. Bajo ella, el suelo de piedra bruñida estaba húmedo por filtraciones, un tenue eco de humedad que se mezclaba con el olor metálico de la sangre seca. Respiró hondo, y su aliento se condensó en una nube nívea que flotó unos segundos antes de desvanecerse. Cada bocanada era un desafío, apenas podía pensar con claridad.

Amina tensó los músculos, tanteó con ambas manos el contorno de su cintura, cuerdas de fibra cristalina le apretaban el torso, sujetándola con fuerza contra la losa. Quiso gritar, pero apenas un hilo de voz se quebró en su garganta. Quiso levantarse, pero cada intento le latía en el pecho como un martillazo. Quiso llorar, pero contuvo las lágrimas, no cabía debilidad en aquel recinto sagrado. Un estremecimiento recorrió su columna vertebral. Sus dedos temblorosos rozaron la superficie del altar. La piedra estaba viva, pequeñas fisuras emitían un brillo violeta, palpitante, como si aún guardase en sus venas una energía ancestral. Amina palideció, ese resplandor recordaba al cristal de juramentos, aquel objeto que otorgaba equilibrio al reino entero y que—ahora lo sabía con certeza honda—había desaparecido.

El juramento de su sangre, el Juramento Original sellado antaño en esas mismas paredes, resonó en su mente, su destino no era servir de mártir, sino proteger la verdad del altar profanado. Proteger la verdad era la misión que la habrían marcado para siempre. Mientras su pulso retumbaba en las sienes, sus dedos encontraron un punto blando en la piedra, no había más que líquenes plateados y restos de runas corroídas. El Juramento Original no se hallaba; ningún fragmento del cristal yacía sobre el altar.

Un murmullo distante le indujo un sobresalto. Con la nuca tensa, giró la cabeza apenas para distinguir siluetas sombrías en el umbral de la cámara. Eran figuras encapuchadas, moviéndose con paso deliberado. Sus botas resonaron en el pasillo de piedra como palpitaciones ominosas. Amina percibió el crujir de armaduras livianas. Algo en ese sonido le recordó la última vez que su padre, el caballero Rygar Ysvalin, había alzado su espada en el campo de entrenamiento, el choque metálico, la determinación cincelada en sus ojos de jade.

Alzó la barbilla, tratando de recordar el rostro de su maestro, Sir Evaric. Tenía la imagen borrosa en la mente, cejas canosas, mirada grave, voz pausada que le enseñó los secretos del Juramento. Bajo la tenue luz vio un bulto en el suelo, un resplandor rojo sobre blancas motas de polvo, la túnica rota de Sir Evaric, su respiración entrecortada. Sintió un estremecimiento de culpa, él había sido herido al protegerla. No recordaba haber visto la escena completa. Sólo un destello de cristales que estallaban, un rugido lejano y luego su propio grito ahogado.

Con un esfuerzo monumental, arrastró el cuerpo hasta quedar a la altura de Sir Evaric. Él se incorporó unos centímetros, dejó caer la cabeza hacia un lado.

—Amina… protégete… el juramento… no debes ceder…- susurró con voz débil.

El aliento de Sir Evaric olía a sangre y a metal acuoso. Ese susurro le trajo el látigo de culpa. Recordó, en un destello, el rostro de Rygar Ysvalin, tallando runas doradas en la empuñadura de esa misma espada que ahora se hallaba fuera de su alcance. Él le enseñó que el Pacto de Luz —institución que sustentaba la unión de clanes— se resguardaba en ese cristal. Sir Evaric, llorado por cientos, le legaba el peso de aquella promesa rota. Amina quiso hablar, pero su voz se perdió en el murmullo de la oscuridad.iar su nombre, pero sólo un hilo rasgado emergió.

Un estremecimiento helado la recorrió al entender la magnitud de aquel acto, el legendario cristal de los Juramentos había desaparecido. Con el cristal se había quebrado la promesa que mantenía a raya la oscuridad. Ella sintió que el corazón le latía con la brutalidad de un martillo.

Un crujido la alertó, un paso firme al otro lado de la cámara. La figura se deslizó frente al altar; el resplandor otoñal del cristal resaltó su capucha oscura. El traidor aún rondaba el santuario. Alzó la vista, y en el umbral se perfiló una figura encapuchada. Runas rojas, vivas como venas, brillaron en el borde de la capucha. El ladrón alzó la mano y, con un solo movimiento, un fragmento de cristal palpitó bajo la energía corrupta. Amina lo vio con nitidez justo antes de que quedara ciega por un resplandor fugaz. Antes de perder la claridad, la vio volverse. Solo unos segundos, suficientes para distinguir ojos tan negros como la noche sin luna. Aquel instante fue suficiente para grabar en su mente la forma del traidor

Un parpadeo la llevó a la inconsciencia. Cuando volvió en sí, una bruma espesa cubría su mente, pero conservó el recuerdo de esos ojos oscuros. Con un jadeo, rodó hacia un costado: la verja de hierro que separaba la cámara del resto de la fortaleza la llamaba como única salida. Las runas del suelo chispeaban con un brillo opaco, como advertencia, el Juramento Original, la esencia de la Luz, estaba incompleto.

Amina entrecerró los ojos, recordando las lecciones de Sir Evaric sobre el Juramento.

“Un juramento sin honestidad deviene en ruina. Cuida tu palabra, Amina; no permitas que nadie la pervierta.”

Amina probó de nuevo, luchó contra las cuerdas, rodó el cuerpo hasta quedar de rodillas, alzó la vista. Su maestro cerró los ojos, un suspiro gélido escapó de sus labios—aquel mismo suspiro había sido antes su impulso—y la caballera sintió un peso precipitar en su pecho. Sacudió la cabeza, no, sir Evaric no podía morir. No aquel día, no todavía.

La caballera contuvo el llanto. El templo subterráneo, antaño santuario del cristal, le resultaba ahora una prisión. Las paredes, cubiertas de runas semiborradas, narraban historias olvidadas, palabras antiguas sobre el Pacto de Luz, versos en lengua Crystail que hablaban de Juramentos de sangre y Luz perenne sobre el hielo.

Con precaución, Amina palpó los bordes del altar con sus nudillos. La piedra era lisa, surcada de grietas rezumantes de luz violeta. Había restos de runas corroídas por el tiempo y martillazos antiguos. Sintió que un fragmento del pasado la empujaba hacia adelante, la historia del Reino Helado, la época de la Emperatriz Selès Nadrah, la formación de la teocracia de Juramentados. Todo estaba escrito en ese altar, si uno sabía leerlo. Amina no había aprendido a leer esas inscripciones—solo Sir Evaric las recitaba a veces, cuando pensaba en alto—pero intuía su magnitud, si aquel lenguaje común del santuario se borraba, el equilibrio se deshacía. Se mordió el labio inferior, recordando los cuentos que su padre le narró, el cómo Selès había unificado clanes nómadas y fundado Veralidaine bajo el Pacto de Luz, forjando el Juramento Original con sangre y voluntad.

Encadenada, herida de orgullo, sola en el templo donde el cristal había brillado. El peso de la responsabilidad se le hizo tan denso como el yunque de una montaña. La magia, si existía, descansaba ahora lejos de sus manos. La promesa se desvanecía dentro de ese silencio remoto, y la niebla maldita—ella lo intuía—avanzaba, lenta pero segura, más allá del umbral de aquella cámara.

Con un resentimiento adherido a la sangre en sus venas, se incorporó en cuatro patas, arrastrando la espada con ella. Dolor punzante en la muñeca, el hombro vibrando con cada latido. Halló un fragmento ennegrecido de runa y, clavándolo con un dedo tembloroso, sintió la vibración tenue, aquel símbolo antiguo le hablaba de la traición más profunda.

Recordó entonces la última lección de su padre.

“Ni la lealtad de una espada ni la fuerza de un caballero bastan si el Juramento carece de verdad. Amina, cuida tu palabra. No permitas que alguien la pervierta.”

A partir de ese instante, determinó que la misión no era solo recuperar un objeto, sino restaurar el honor, el honor de los Ysvalin, el honor del Juramento.

Sus dedos, aun sosteniendo los fragmentos rotos, dejaron escapar un chasquido que hizo brillar las pequeñas astillas, diminutos relámpagos púrpuras que danzaron en su palma, un último eco de la energía que habían contenido. Cuando sus dedos se retraían, la luz se apagó.

Amina inhaló profundamente, absorbiendo el aire gélido. Se dijo a sí misma, otra vez, como un conjuro, “Protege la verdad”.

Y con esa promesa, en lo más hondo de su corazón, comenzó a despuntar la determinación. La oscuridad de la cámara se convirtió en un vacío a llenar —un vacío que ella, Amina Ysvalin, estaba decidida a iluminar.

Algo en su sangre supo entonces que esa cámara profanada la marcaba para siempre; no se trataba solo de un robo, sino de una sombra latente en su familia. Debía liberar su cuerpo, debía salir, debía salvar el Cristal de los Juramentos… aunque ese acto la condenara a derrumbar todas sus certezas.

Con un último barrido de mirada, Amina cerró los ojos un momento, reunió su fuerza y tensó las cuerdas con los brazos hasta que los nudillos le ardieron. Sintió que el altar protestaba, que la piedra se estremecía. No importaba. Con cada movimiento, con cada milímetro ganado, se forjaba la promesa definitiva, cuando sus piernas volvieran a pisar el frío exterior, todo habría cambiado.

Porque el juramento al que estaba dispuesta a entregarse no era ya un mandamiento ajeno, sino la voz temblorosa de su propia convicción.


La losa de piedra cedió con un crujido apenas perceptible cuando Amina, con un último esfuerzo, logró liberarse de las ataduras que la retenían al altar. Aquella piedra nutrida de runas respondió a su voluntad; las fibras cristalinas que la sujetaban se astillaron como ramas heladas al aplicar presión contra su pecho. Un resorte de dolor la agitó: sus hombros y muñecas ardían como si los hubieran marcado con hierro incandescente. Sin detenerse a llorar por el ardor, rodó hacia un lado, apartándose del altar que aún palpitaba con un débil resplandor violeta.

Aun tambaleándose, se incorporó de rodillas. Cerró los ojos un instante para expulsar el mareo. Sentía el eco de su propia respiración, tan ruidoso que creyó escuchar trompetas de triunfo y trombas de desesperación al mismo tiempo. Luego, recobró la vista y contempló el santuario bajo la tenue luz de las antorchas. Todo parecía igual—pero nada volvería a serlo.

Con cuidado, deslizó las manos por el frío del suelo, buscó su espada, enterrada entre astillas de cristal y fragmentos de cuerda. Alzó la empuñadura con dedos temblorosos y arrastró la espada hacia sí, sintiendo el peso familiar del metal frío. Aquella arma había sido de su padre, venerable veterano de la Guerra de las dos Lunas. Recordó brevemente los relatos que le contaba cuando era niña, cómo, en aquel conflicto, ambos sexos habían luchado hombro a hombro, hasta que la codicia de cierto gobernador de la Meseta de las Cenizas rompió la frágil alianza entre clanes y reinos. Una traición ancestral que precipitaría la fragmentación de la teocracia de Juramentados. Así, aquel recuerdo se le mezcló con el dolor del presente, su espada tenía el mismo diseño que la de su padre, con runas rozadas en el pomo, y la tejida inscripción Por la luz eterna, alza la justicia.

Sin ordenar demasiado sus pensamientos, se incorporó contrayendo el abdomen para dominar las náuseas. Contra las paredes corrían hilos de moho plateado, huellas húmedas que mostraban el cauce de aguas subterráneas. Amina examinó el suelo, un mosaico de losas ennegrecidas, interrumpido aquí y allá por placas de cristal incrustadas como tatuajes en la tierra. Percibió un retazo de electrostaticidad, como si los fragmentos rotos cargaran aún algún vestigio de energía. Quizá fuera la misma Sombra Ancestral, aún aferrada al templo.

Se alzó sobre sus piernas, vacilante, y notó que el frío penetraba el acero de su armadura, la cota de malla estaba gélida, y el aliento se le helaba en los pliegues del cuello. Con la espada en una mano y la otra rozando la roca —buscando puntos de apoyo— avanzó hacia el primer pasillo. La luz lila de las antorchas se atenuaba a medida que se alejaba del altar. Al fondo, la bóveda se curvaba en una arcada que apenas permitía distinguir la distancia.

Cada paso que daba resonaba en ese corredor desierto como un golpe de tambor en medio de la nada. La sensación de soledad se proclamaba en las hojas caídas que crujían bajo su bota, aplastadas contra estelas de polvo. Un olor rancio se mezclaba con la humedad; era el hedor de la piedra mojada y, debajo, el aroma metálico de la sangre seca de su maestro.

Amina se dobló a un lado cuando, apenas un giro más adelante, las luces de la antorcha perfilaron un charco oscuro, agrietado, de donde ascendía un vapor púrpura más denso que el resto del aire. Reconoció de un vistazo la marca de la Furia Cristalina, residuos de un juramento inconcluso que había explotado. Aquella mancha en el suelo recordaba la tragedia del Cataclismo de Cristales, cientos de años atrás, cuando Malthor Draven había intentado forjar un cristal supremo sin honrar el Pacto de Luz.

La Furia había devorado hela tierra, creando fracturas ígneas y deformando todo a su paso. Aquella mancha menor, sin embargo, no era roja ni incandescente; era un violeta opaco, como ceniza de sueños rotos. Su sola presencia la obligó a fruncir el ceño y corregir su marcha, un paso en falso la habría sumergido en la catástrofe.

Avanzó, respirando hondo para calmar el pulso. El recorrido la condujo a un muro de piedra tan lisa que parecía un espejo opaco, con inscripciones casi borradas. Podía intuirse un par de siglas en Crystail, un idioma ritual que aprendió en su infancia junto a Sir Evaric, “Den el Juramento, o sella la ruina.”

Amina deslizó los dedos por esas palabras, sintiendo la resonancia profunda de cada vocal. Aquel muro narraba la caída del Imperio Aurífero.

“Cuando la codicia quebrante el total, la Luz se extinguirá y la Sombra se alzará. Solo el Pacto de Verdades selladas con honor restaurará lo perdido."

La historia implicaba que la teocracia, formada al calor de la Era de Oro, había gobernado hasta la traición de Malthor. Entonces, los reinos se fragmentaron en feudos, Veralidaine se alzó como bastión del norte, refugiada en las montañas, mientras que las Ciudades de Cristal del sur florecieron en relativa paz, pero con codicia subterránea. Sin un cristal que guardara el equilibrio, los juramentos morían, y la autoridad de la teocracia se convertía en sombras de un pasado glorioso. Hoy, aquel santuario semiseco conservaba vínculos rotos de aquella herencia.

Amina apretó los labios. Entendía que el rostro fuerte de la monarquía actual descansaba sobre promesas inciertas. La reina regente—una figura débil, obedecía al consejo del Juramento que, según rumores, estaba plagado de facciones en pugna—no tenía el pulso de Selès Nadrah, la emperatriz forjada a sangre y fuego que unificó clanes hacía siglos. La teocracia de Juramentados se había convertido en una burocracia corroída por la desconfianza.

Con aquella claridad aguda, Amina siguió recorriendo el corredor principal. A su derecha, un nicho con estatuillas de deidades antiguas, rostros tallados en minerales de color ámbar y verde jade, de ojos cerrados en éxtasis silencioso. La mayoría habían perdido la punta de la nariz, las manos o la base, su descuido revelaba que la devoción a aquellos dioses caía, que ya pocos le rendían culto. El último dios tallado era Érrath Eluminor, el Mago Fundador, retratado con un cristal en la mano y un rayo de luz partiendo la oscuridad. Bajo su pie, la inscripción en Crystail “El Juramento es mi espada y mi escudo”.

Amina alzó la vista y vio que, al final del corredor, el vacuo de la cámara se perdía en penumbras. Un arco de piedra con tallas de relámpagos apuntaba a una escalera descendente. La caballera se obligó a avanzar en esa dirección. Cada escalón resonaba hueco bajo su peso, reverberando ecos de pasos distantes. Escuchó, de nuevo, el sordo tamborileo de voces a lo lejos—aquellas voces que jurarían bajar la niebla del Ocaso sobre el reino si se desataban.

Su respiración era un jadeo contenido. El frío subterráneo se intensificaba; una brisa casi imperceptible le erizaba el cabello, como si el viento de la superficie buscara colarse a través de grietas que ni la propia muralla conocía. Amina sintió entonces el instinto de sobreviviente, debía orientarse, debía hallar una salida. Cada reflejo de la espada en las paredes le indicaba que aún llevaba consigo un fragmento de poder, no era solo el arma de su padre, sino la prolongación de su juramento.

Al avanzar, sintió un leve temblor en las piernas. Un recuerdo la golpeó, la última vez que vio a Sir Evaric en el campo de entrenamiento, sus palabras quedaron grabadas en su mente.

“Amina, no permitas que el juramento te aplaste; firma solo con tu convicción. Porque el Juramento sin honor es la semilla del desastre.”

Aquel consejo fluyó ahora como manantial. Amina comprendió que no bastaba con cumplir órdenes; necesitaba entender el propósito de cada promesa.

De pronto, un ruido metálico la sobresaltó. Alguien golpeaba un yunque contra una espada en un taller cercano. El murmullo era un sonido extraño en aquel santuario, el taller de forja de Fortaeron estaba ubicado sobre ellos, donde los artífices de hielo cincelaban espadas y escudos con vetas de cristal. Pero aquel golpe cadencioso, acompasado, le resultó sospechoso, en la teocracia, toda arma debía bendecirse antes de usarse. ¿Quizá un arma nueva estaba a punto de nacer para derramar sangre?

Amina decidió no quedarse a averiguarlo. Con paso rápido, condujo su investigación hasta el extremo de la escalera, donde un trampolín de mármol ascendía en un conducto angosto. Allí, halló una salida cubierta por una puerta de hierro oxidado. El pomo, en forma de runa circular, tenía incrustaciones de cristal helado que relucían. Con una exhalación sonora, empujó. El chirrido de las bisagras se prolongó como un lamento. Luego, la puerta cedió y se abrió hacia un pasillo superior donde un tenue resplandor azul filtraba la escasa luz.

Aquella luz no provenía de antorchas normales. Eran lámparas alimentadas por aceites de coral lumínico, cuyas llamas danzaban con reflejos verdes y turquesas. El aire de ese pasillo era menos denso; la caballera notó el aliento fresco, casi marino, que traía consigo. Caminó sin descanso, dejando atrás la cámara del altar, ascendiendo por rampas de piedra pulida. En las paredes, grabados verticales narraban la genealogía de los reyes Ysvalin, un linaje que remontaba a la Era de Oro, cuando se unificaron las tribus heladas bajo una sola corona. Aquellas figuras talladas tenían ojos de ébano, símbolos de vigilancia eterna. Amina se detuvo a mirarlos, vio a su ancestro, el rey Isvar Ysvalin, vestido de pieles, sosteniendo un cristal cubierto de escarcha. Debajo, en lengua Aureliana, se leía la frase “Quien sostiene el cristal, sostiene el destino”.

Esa frase retumbó en su mente con un peso intangible. Si quien sostiene el cristal sostiene el destino, ¿qué destino aguardaba a Veralidaine sin el cristal? ¿Y qué destino aguardaba a ella sin su juramento intacto?

La rampa desembocó en una amplia sala circular, la antecamara de los Juramentados. Allí, columnas de granito blanco se elevaban hasta un domo de cristal semitransparente que dejaba pasar la escasa luz grisácea del exterior gélido. En el centro, un mosaico de mármol mostraba la forma estilizada de Mont Crystallor —veinticinco vertientes de ríos cristalinos irradiando desde la cumbre—. Bajo cada vértice, un símbolo en Kralés evocaba un juramento ancestral “Proteger el norte”, “Honrar la verdad”, “No mentir jamás”... Todo ello formaba el Mosaico del Pacto, un mapa críptico que recordaba a los juramentados su deber supremo.

Amina contempló la escena con reverencia y tristeza. Fue entonces cuando la puerta principal se abrió con un estrépito seco. Se alzaron voces de guardias, botas de acero, risas burlonas y órdenes en Aureliano. Cinco caballeros del Juramento, ataviados con armaduras de placa azul pálido y cristales violetas incrustados en sus pecheras, entraron formando escuadra. Al frente, un hombre alto, de rostro curtido por el viento, con una cicatriz que le atravesaba la mejilla derecha. Sus ojos eran duros, pero se suavizaron al ver a Amina.

—¡Amina Ysvalin! —exclamó con voz sonora—. Por orden del consejo del Juramento, queda arrestada por alta traición en caso de revelar secretos de la Santa Cámara.

Amina alzó la barbilla con orgullo y dolor. Respondió sin vacilar.

—No revelaré nada que me confunda, salón de juristas. Mi juramento es proteger la verdad, no ocultarla.

El caballero de la cicatriz intercambió una mirada con sus camaradas. En sus gestos percibió dudas. él la conocía. Tal vez la estimaba.

—Baje su arma —ordenó con tono grave—. Se le escoltará ante el Alto Consejo. Allí responderá por su acto.

Amina guardó la espada con cuidado, evitando el roce que la hería aún. Ascendió con ellos por una serie de pasillos, cada tramo escoltado por más guardias del Juramento. Mientras avanzaba, notó cómo el murmullo de su nombre se extendía como bruma, “La hija de Ysvalin… la joven caballera… la traidora si miente”. Demasiadas miradas la escrutaban con expectación

Al llegar a una gran puerta de hierro engastado en bronce y cristal oscuro, la detuvieron. Sus acompañantes le quitaron la capucha, y la figura de Amina se expuso al fresco viento que se colaba por rendijas. El murmullo llegó a oídos de la reina regente. La reina asintió con gesto hierático, y las puertas se abrieron

La puerta se abrió con un estrépito seco. Amina entró con el pulso acelerado, sintiendo las miradas de los consejeros posarse sobre ella como cuchillas de cristal. Maldrog, con gafas de filamento brillante, hizo un gesto de asentimiento; Lysera de Comercio apretó la mandíbula junto a Ravik de Defensa; Brémilius susurró algo a la regente, pero ningún sonido se escuchó por encima del eco de la espada arrastrándose sobre el mármol. Columnas salpicadas de vetas violetas sostuvieron el techo, cuyas losas estaban grabadas con las inscripciones de los reyes Ysvalin, desde el primigenio rey Isvar hasta el reciente monarca que había caído en la Edad Negra. El suelo relucía con mosaicos de mármol oscuro y vetas cristalinas que dibujaban el mapa de Aureillon, la Cordillera del Juramento, el Desierto del Ocaso, el Mar de Ívalë. Amina sintió un estremecimiento, cada piedra hablaba de glorias y ruinas.

La reina regente, Asaría Ysvalin, se alzó en su trono de coral cristalino. Su presencia imponía un aire de autoridad fatigada, el rostro flaco, las mejillas hundidas y los ojos grises que relucían con culpa contenida. A su alrededor, los consejeros se habían puesto de pie, Maldrog el Erudito; Lysera la Comerciante, cuyos dedos jugueteaban con una balanza diminuta; Ravik el Guarda, con su armadura bruñida; Brémilius el Ligador de Alianzas. Cada rostro del Consejo la evaluaba. y—al fondo, erguido con una capa oscura—El consejero Althar Vel’Erin, de pie a la izquierda, lucía una media sonrisa que enfrió su sangre. Sus ojos, como carbones ardientes, se clavaron en los suyos.

Amina ignoró el dolor en sus muñecas y apretó la empuñadura de su espada paterna. Con cada paso que dio, percibió la mirada incisiva de Althar, como si supiera su secreto. La reina alzó una mano para ordenar silencio. Los murmullos se disiparon de inmediato. Mientras Amina se arrodillaba sobre las rodillas ensangrentadas, la reina por fin habló.

—Amina Ysvalin, hija de Rygar Ysvalin, jure ante este consejo revelar lo que vio en la cámara de los Juramentados—. Las bufandas blancas de los consejeros deslizaron miradas inquisitivas. Asaría, la regente, la observó con ojos grises que destilaban urgencia

Un latido se le quebró en la garganta. Sus rodillas se hundieron en el frío mármol. Apretó las manos, conteniéndose. Entonces, cerró los ojos un instante y recordó la última lección de Sir Evaric.

“La verdad no se encuentra en un solo ángulo, Amina, sino en mil espejos que reflejan lo que nadie quiere ver.”

Inspiró con trabajo y, alzó la barbilla para mirarlos a todos.

—Juro decir la verdad, nada más que la verdad.

La reina asintió, y una corriente de aprobación recorrió la sala.

—Amina Ysvalin —dijo la reina con voz gélida—. Ha traído luz ante nosotros, como hija de Ysvalin. Sin embargo, esa misma luz puede cegarle. ¿Por qué protéger su juramento a costa de fingir ignorancia en un templo sagrado?

Amina permaneció erguida, sin parpadear, mientras la recordaban las palabras de su padre “La corona puede bendecir o aplastar a un juramentado; tú llevas la espada y el Juramento”. Con voz limpia, juró.

—Mi corona es la voluntad de la verdad. No temo a los designios de los poderosos, pues mi honor es mi escudo.

La reina inclinó apenas la cabeza, y la sala se llenó de un murmullo suave, los consejeros intercambiaban palabras inaudibles. Amina sabía que aun si hablaba, cada sílaba se convertiría en arma o escudo. Decidió callar, pues nada más que sus ojos—resueltos, impasibles—debían responder.

Fue el peso de esa mirada oscura, firme, y con tal seguridad de quien va ganando un juego cuyas reglas va dictando a su marcha, lo que motivó a los labios de Amina a volver a separarse.

—Vi al ladrón… runas rojas… idénticas a las de mi padre.

Un suspiro colectivo la interrumpió. Asaría guardó silencio, estudiando cada palabra. Maldrog asintió, como confirmando que la Furia Cristalina surgía de runas corruptas. Lysera frunció el ceño, imaginando el impacto económico. Ravik se impulsó hacia adelante.

En ese instante, el consejero Althar Vel’Erin, erguido como cuervo negro, esbozó una media sonrisa.

—¿Runas antiguas, dice? En todo Fortaeron se sabe que los Ysvalin juraron no escribir en sangre.

La acusación se alzó como una daga. Amina mantuvo el puño firme sobre la espada.

—Si mi sangre tiñe la traición, entonces dejaré que mi juramento sea el tribunal.

—Las runas del Juramento Original eran doradas y plateadas, no rojas. La indujo el miedo, caballera. La niebla confunde a cualquiera.

Amina sacudió la cabeza. Su mirada fue firme antes de hablar.

—No me confundió el miedo. Mis manos no se manchan sin razón. Hablo de lo visto, no de leyendas añejas.

La risa de Althar fue un soplo helado.

—Culpar a un apellido sin pruebas es juzgar antes de escuchar. Tal vez una falsa acusación.

Amina apretó el puño alrededor del mango.

—Mi espada y mi sangre me avalan más que sus palabras.

Maldrog intervino, frunciendo los labios.

—Basta. Es un signo de temor que albañiles y artesanos del cristal en Fortaeron hayan reportado rituales nocturnos con runas rojas. Necesitamos actuar.

El consejo debatía, y el eco de sus voces se elevaba en salvas entrecortadas.

Con un último latido, la puerta se cerró tras su espalda. En ese instante registró el eco metálico de botas y escudos subiendo la escalera, Althar y los consejeros partían a la sala del Trono, donde su testimonio definiría si el Pacto de Luz aún vivía o si su linaje serviría como chivo expiatorio.






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