PRÓLOGO
En tiempos donde los reinos aún se regían por la palabra de un solo hombre y el destino pendía del suspiro de los dioses, existió un Reino que ni el oro relucía más que una sonrisa, ni el trono pesaba más que el corazón de un rey.
Su nombre quedó grabado en la historia de por vida, no por sus conquistas, ni mucho menos por su forma de gobernar; si no, por el gran secreto que ni el viento se atrevía a murmurar.
El supo gobernar con justicia, sabiduría, dureza, y con dignidad, lo cual solo los verdaderos reyes de la realeza conocen.
El destino, no muy convencido quiso darle la vuelta a la historia con su cruel exactitud, reclamo lo que nunca debió tener; la paz de dos corazones por qué el amor que nace entre muros altos y sombras viejas, rara vez florecen sin sangre.