Capitulo 1 "Oda a la monotonia"
Dicen que si uno se acostumbra lo suficiente a la rutina, deja de doler. No estoy del todo seguro. Lo que sí sé es que llevo seis años en el mismo apartamento, sentado en la misma silla ergonómica que compré en oferta porque tenía "un tornillo flojo". La silla, no yo. Aunque ya no estoy tan seguro.
Mi hogar es... funcional. No quiero decir feo porque me ofendería a mí mismo, pero sí tiene esa decoración que podrías llamar “minimalismo involuntario”. Una sola habitación, un baño con la presión de agua emocionalmente inestable y una cocina donde todo está al alcance de una vuelta de muñeca. Perfecto si eres vago o si simplemente no tienes ganas de ser otra cosa.
El edificio donde vivo huele permanentemente a pintura y cigarro. A veces, los vecinos discuten por cosas tan apasionadamente que uno pensaría que están resolviendo el destino del universo. Pero no, normalmente es por si el control remoto está en el sillón o debajo del gato. He aprendido a distinguir los tonos.
En mi refrigerador hay siempre lo mismo: huevos, yogur sin azúcar (porque el destino decidió que el sabor es un lujo), y arroz. No cocino por pasión, cocino por supervivencia, como esos náufragos que fríen cualquier cosa con una vela. Los domingos limpio. No porque me guste, sino porque si no lo hago, el polvo me empieza a mirar raro.
Tengo dos plantas. Una se llama Ulises y la otra Penélope. No les hablo porque no quiero que se acostumbren a tener compañía. Son plantas de interior, no de confianza.
Trabajo en la parte administrativa de una empresa tecnológica tan importante que cada vez que alguien me pregunta dónde trabajo y se lo digo, hacen un gesto como si dijera algo importante. Luego preguntan: “¿Y qué haces ahí?”, y tengo que explicarles que lleno hojas de cálculo con tanto amor como quien dobla ropa húmeda a las tres de la mañana.
Nadie me felicita cuando hago bien mi trabajo. Nadie se enoja cuando lo hago mal. Estoy en ese punto intermedio en el que solo te despiden si te olvidas de existir por completo. Me esfuerzo por mantenerme justo un peldaño por encima de la invisibilidad.
Me gustan los libros, especialmente los que no intentan dar lecciones morales. También los videojuegos donde puedo estar solo. No me gustan los sonidos fuertes, las reuniones donde hay que sonreír como un político y las personas que dicen "yo soy muy directo" justo antes de ser un imbécil.
Cuando era niño, teníamos poco. Vivíamos en una parte de la ciudad donde los baches eran más grandes que los parques, y el futuro era algo que salía en los noticieros, pero nunca en nuestras casas.
Mi padre, Jacobo, fue arrestado cuando yo tenía ocho años. Robó comida para que no muriéramos de hambre. Pan duro, leche en polvo, algunas latas. Cosas básicas que en ese momento parecían artículos de lujo. Lo atraparon saliendo. Nunca volvió a casa. Murió en prisión seis meses después, por una pelea que no era suya. A veces pienso que ni siquiera sabía por qué estaban peleando.
Mi madre, Elizabeth, sigue viva. Tiene esa fuerza que solo tienen las mujeres que han vivido más penas que fiestas. A veces me llama, me pregunta si estoy comiendo bien, si hace frío, si tengo suficiente abrigo. Le miento con delicadeza. Las madres saben cuándo uno miente, pero a veces se lo permiten a uno. Como un gesto de compasión.
Hoy me desperté como siempre, con el vecino tosiendo como si estuviera lanzando un hechizo maligno en el baño. Me preparé un café aguado. Me senté en mi silla con tornillo flojo. Y miré por la ventana. No pasó nada extraordinario.
Pero a veces, en medio del silencio habitual, uno siente como si algo estuviera por cambiar. Algo invisible. Como si el mundo respirara distinto.
Y eso, por alguna razón, asusta más que cualquier cosa que sí suene...