Ceniza y Sol
Es tarde. Casi anochece.
Estoy sentado en esta banca del campus, mientras mis compañeros ríen a unos metros. Los escucho, claro, pero no los siento cerca. Estoy acompañado más por la intención que por la presencia.
Y escribo. Como siempre he hecho.
Desde pequeño, esta ha sido mi escapatoria.
El refugio que me hacía sentir menos solo.
Hoy no es distinto.
Tuve un día pésimo. De esos que te aplastan por dentro.
Volví a escuchar esa canción que parece escrita con la tinta de lo que me falta:
“Voy a ser yo la calma que me falta,
Darle luz al mañana,
Ser mi sol.”
Y sentí el nudo otra vez. Ese nudo que duele, aunque uno haya tomado la decisión correcta.
Sé que dejarte ir era necesario. Como sacarme una espina del pecho, como cortar la podredumbre que empezaba a consumir lo que quedaba de mí.
Y sin embargo, no me siento mejor.
Todavía no.
No espero milagros. No soy un crío.
Pero sonrío con ironía cuando me lo repito. Porque, en el fondo, todavía guardo dentro de mí el miedo más infantil que existe: el de quedarme solo.
Siempre he amado así: entero, desbordado.
Memorizando gestos, silencios, enojos, manías…
Queriendo aprenderlo todo de alguien, solo para sentirme menos prescindible.
Buscando, en otros, una luz que me devuelva la que perdí hace tiempo.
Mi abuelo solía decirme:
“Entre más apuntes al cielo, más fuerte será la caída.”
Y yo, terco como siempre, le respondía que prefería tocar el sol… aunque me quemara.
Hoy, más que nunca, lo entiendo.
Ella nunca supo que yo la llamaba así, en mi cabeza: Mon Soleil.
Mi sol.
No se lo dije nunca, y ahora ya no importa.
Hoy la vi de nuevo. Caminando tranquila, con su andar sereno, con ese cabello que brillaba suave bajo la luz del atardecer.
Y quise correr.
Quise detenerla.
Decirle que olvidara todo, que me dejara quedarme cerca.
Que todavía quedaba algo.
Que aún temblaba cuando la veía.
Pero no lo hice.
Porque entendí algo simple.
Y mi abuelo también lo decía: “Cuando el corazón se expresa, la simplicidad es maestra.”
Amarla fue simple.
Soltarla también debía serlo.
Volví solo a casa.
Saqué mi libreta, la misma de siempre, con las páginas llenas de tinta y desbordes.
Y escribí solo una más:
“Me gustas.”
Después tomé un encendedor.
Abrí la ventana.
Y dejé que esa página ardiera como arde el último acto de un amor que no pudo ser.
No fue un gesto dramático.
Fue una ceremonia íntima.
Un adiós silencioso, sin aplausos.
Hoy no quiero seguir intentando sostener una estrella fugaz con las manos.
Ni volver a quemarme por tocar el sol.
Hoy acepto que a veces, amar de verdad es dejar ir, aunque el pecho se encoja.
Mañana diré que dormí mal. Fingiré que todo sigue igual.
Pero tú y yo —yo, que te llamé Mon Soleil— sabemos la verdad.
Hoy entierro lo que nunca fue.
Y con las cenizas de esta página,
hago un juramento silencioso:
Voy a volver a buscarme.
Voy a volver a ser mi propia luz.
Mi sol.








