Aclaración.
Antes de nada, y para evitar malentendidos, quiero aclarar que todo lo que a continuación vais a leer, es mi punto de vista de cómo deberíamos interpretar los textos sagrados, de cualquier religión, sin querer entrar en detalles y/o discusiones sobre si es acertada o no.
Aclaro desde ya, que no es mi intención atraer a debate alguno a ningún creyente, agnóstico o ateo, como tampoco la de adoctrinar en fe alguna, ya que, en estos momentos de mi vida, mi fe es la que es, y no tiene más símbolo que el de la curiosidad y el deseo del pragmatismo puro y duro. Por ello, si a alguien ofendo sobre mis puntos de vista, desde este momento, le pido mis más sinceras disculpas, pero las opiniones son como los culos, todos tenemos uno y tenemos derecho a utilizarlo de la forma que más nos convenga.
Y sin más preámbulos, vamos al cacao…
Todas las religiones son válidas.
¿Por qué digo esto antes que nada? Pues por una sencilla razón, todas las religiones nacen en el deseo del ser humano de que haya una fuerza superior en el Universo, se le llame como se le llame, y provengan del libro sagrado que provengan. En este caso, analizo la Biblia, porque me he encontrado a mucho “soldado de Cristo” y mucho “firme creyente” que me ha azotado con su interpretación de las Sagradas Escrituras desde el momento en que di mi punto de vista personal. Y por supuesto, también ha habido mucho “no creyente” que, en la falsa creencia de que así me hacía un favor, atacó a los “creyentes” con sus propias opiniones.
El respeto es lo que trato de que se extienda, tanto entre unos como entre otros. Y por tanto, no voy a ilegitimar una línea de pensamiento bajo otra, dando por hecho que, la Biblia, o las Sagradas Escrituras se usaban como método didáctico, ya fuera de forma oral o escrita, ya que en los tiempos en que se escribieron los originales, pocos sabían leer.