Prólogo.
La noche antariana era demasiado brillante incluso para los estándares galácticos del resto de los sistemas, pues las pálidas arenas del desierto antariana, reflectaban los pocos rayos solares de sus estrellas binarias que lograban alcanzar Antar 2, el único planeta habitado del sistema.
Esto se debía a que Antares 2 mantenía una órbita estable justo detrás de Antares 1, su planeta hermano, veinte veces más grande que el hermano menor, manteniéndolo oculto de miradas indiscretas y siendo confundido durante eras como una luna, hasta que los Antarianos alcanzaron a cumplir la primera regla para pertenecer al Consorcio Galáctico, desarrollar y controlar el viaje intergaláctico.
El segundo requisito era vivir en paz por más de dos milenios sin conflictos internos, es decir, sin guerras civiles y sin zonas con hambrunas o injusticia, ya que el Consorcio no apoyaba la explotación de la población bajo ningún tipo de excusa.
La tercera, que hubieran alcanzado un nivel tecnológico mínimo para poder competir en el espacio del Consorcio, creando IAs de decima generación como mínimo y construida una flota capaz de albergar al menos a un tercio de su población si un desastre estelar se producía.
Pero la sorpresa para aquellos que no residían en Antares, es que Antares 2 florecía con la noche. En el momento que Antares 1, el Guardián de los Antarianos, los cubría con su inmensa sombra, nubes se formaban inmediatamente, por condensación rápida, y en apenas unos minutos, empapaban las ardientes arenas, refrescándolas, permitiendo a las plantas, que existían en el subsuelo como un entramado vivo, explotaran hacia la superficie, abriendo las hojas para una rápida fotosíntesis en el decreciente resplandor nocturno.
Luego las bioluminiscencias florecían como flores, atrayendo a los pocos insectos que, aletargados en sus corazas, habían soportado las altas temperaturas bajo las arenas y comenzaban el proceso de caza, reproducción, nacimiento y muerte, como en todo planeta normal.
Solo en esas horas de oscuridad, los Antarianos se atrevía a ascender a la superficie, para sembrar sus cristales de Ziorita o para recolectarlos, con la tranquilidad de que no morirían en el intento.
Así mismo, también capturaban las criaturas que servían para nutrir sus bancos de peces y otras criaturas, que jamás ascendían a la superficie, pues requerían un grado de humedad que jamás habría en esta.
Una sombra caminaba entre la vegetación que crecía a cámara rápida a su alrededor, con la torpeza propia de quien sufre gran dolor o sufre alguna incapacidad, pero la hembra, de cabello color chocolate y piel del color del pino pulido, se aferraba el enorme vientre en gestación que portaba.
El miedo brillaba en sus ojos color café, típicos de su casta, la más baja, la llamada casta madera o los sin casta, aquellos que eran la élite de su sociedad.
Sobre la casta madera, llena de artistas, artesanos, costureras, diseñadores gráficos, ingenieros o pilotos, se encontraba la casta cobre, más grandes, musculosos y fuertes que ellos, que formaban los ejércitos del planeta, y aunque eran bastantes, siempre eran feroces y seguros a la hora de plantar cara a los enemigos de su imperio.
Los tonos cobrizos llenaban sus ojos, pieles y cabellos, desde el naranja metálico al rojo anaranjado del amanecer. Donde los madera eran toda la gama de chocolate, los cobre eran de los naranjas.
Por encima de la cobre, estaba la casta plata, llena de plateados, grises y acerados colores, para cabello, ojos o piel. Ellos formaban a los estrategas, a los inventores, a los diplomáticos de su cultura. Con una inteligencia superior a la media de las castas anteriores, ellos eran la elite, solo superada por los pocos dorados que dominaban su mundo.
Y es que de casta oro solo tres varones, en cada generación, existían. Los dorados siendo sus colores y emblema, tan fuertes como los miembros de la casta bronce, inteligentes como la casta plata y tan hábiles como los madera.
Eran regentes de su mundo, dividido en tres ciudades, un Rey y dos consejeros Reales. Sus hijas, cuando eran de casta oro, eran sus sumas sacerdotisas para ritos y guía espiritual, siendo las madres de la pequeña comunidad sacerdotal, toda ella formada por hembras de dicha casta.
Pero los ojos asustados de la hembra la tenían revisando la luminiscente oscuridad, por miedo a quien sospechaba sobre su gestación.
Llevaba demasiado tiempo esperando tener a su último hijo, una niña, por lo que parecía o por lo que contaban las leyendas. Ella aun no lo tenía claro, ya que toda mujer que pasara el cuarto mes de gestación y no diera luz antes del quinto, era sacrificada, y el fruto de su vientre descuartizado y entregado a las bestias de los océanos subterráneos. Y se decía que la criatura no nacida siempre era niña.
Cada cincuenta o sesenta años, se producía una gestación de casta diamante, la única que podría gestar un casta oro de cualquier varón. Nadie sabía lo que causaba que nacieran, pero ella tenía una teoría, aunque no la iba a poner en práctica, aunque sobreviviera a la gestación y al parto.
Siendo de casta madera, era una simple empleada, a la que sus superiores habían usado y regalado para usar, sin importar a quien.
Pero siempre sacrificaban a madre e hija, nunca investigarían al padre. Y por supuesto, a él no le pasaría nada, seguiría viviendo tranquilamente, teniendo hijos, propagando la probabilidad, hasta que encontrara otro vientre compatible para producir un diamante.
Porque, al fin y al cabo, exceptuando a los casta dorada, que vivían más de doscientos cincuenta o trescientos años, el resto de las castas apenas superaban los ciento cincuenta.
Una explosión sacudió la tierra, y la mujer miró a todas partes, tratando de descubrir de donde provenía el peligro, pero las plantas, que habían crecido demasiado rápido, ocultaban la visión de sus alrededores, por lo que no le permitían ver muy lejos.
Con dificultad, subió a la ladera de lo que durante el día había sido una duna, pero que, con las precipitaciones, que aun caían, se había convertido en un barrizal, para observar desde allí a lo que ocurría en el valle a sus pies.
Sorprendida, vio como naves Glieserianas perforaban la tierra con rayos láser, perforando, hasta alcanzar lo que parecía una estructura no antariana bajo su subsuelo. Una nueva sacudida aun mayor sacudió la zona, cuando los Antarianos, cubiertos con sus corazas rojoparduzcas, asaltaron la instalación sin dudar.
La hembra dudó un instante. Acababa de pasar el quinto mes de embarazo, lo que implicaba que lo que llevaba en el vientre era un diamante, y los diamantes y sus madres eran sacrificados en el planeta. Fuera, en la inmensidad del Consorcio, no se sabía lo que ocurría.
Se decía que había madres que mataban a sus hijas antes de que crecieran lo suficiente para autoprotegerse. También que había quien enseñaba a las diamante a vivir en castidad, para que no produjeran a los temidos trillizos dorados que podrían cambiar las reglas de su sociedad.
Aproximándose más a la nave más cercana, observó como soldados Glieserianos guiaban a humanas desnudas al interior, todas o casi todas en avanzado estado de gestación.
Sintiendo que era su oportunidad de un viaje a las estrellas, lejos de su propio pueblo, se desnudó, y en un descuido, se deslizó entre las humanas, con la mirada baja y gimiendo de miedo, como todas ellas, rezando porque su destino cambiase a mejor.